La chica que mataste 29
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SOSPECHA

Andi no recordaba cómo había llegado a casa después de la comida con Janelle. Debió conducir sin prestar mucha atención, guiada por el instinto de esconderse del mundo hasta poder entender lo que estaba sucediendo.

Por un momento, pensó en ir a casa de su padre, pero no era propio de ella huir. Tendría que enfrentarse a Craig de todos modos, y cuantas menos cosas tuviera que explicar, mejor.

Se había arrastrado hasta el interior de la casa y, nada más poner un pie en el gran salón, un dolor le desgarró el abdomen, seguido de una oleada de náuseas tan intensa que apenas pudo llegar al baño.

Intentó mantenerse en pie mientras vomitaba en el lavabo, pero sus piernas estaban débiles y temblorosas.

Agarrándose débilmente a la encimera, se dejó caer apoyada contra la pared hasta sentir el frío mármol bajo sus nalgas.

Tuvo unas cuantas náuseas más y luego todo se oscureció.

Al cabo de un rato, volvió en sí, temblando de frío.

Mientras se orientaba e intentaba ponerse de pie, recordó los sucesos de ese mismo día y las verdades que había descubierto.

Jadeando y gimiendo cuando la realidad la golpeó de nuevo, se obligó a levantarse y enjuagarse la boca, y luego entró tambaleándose en el dormitorio.

No se cambió; no le quedaban fuerzas en su cansado cuerpo. En lugar de eso, se tumbó en la cama, acurrucada de lado, con los ojos muy abiertos.

El único que sabía lo de las entrevistas era su marido.

Nadie más estaba al corriente de todas. Su padre y Janelle sabían lo de la universidad, los Ellefson también y probablemente todos los de la noche de póker.

Pero solo Craig estaba al tanto de la entrevista en el banco, en la clínica dental y en los demás sitios.

Le daba vergüenza compartir con nadie lo desesperada que estaba, encadenando un fracaso tras otro.

Pero ¿cómo iba Craig a hacerle algo así? No podía ser.

Él la amaba.

Lo creía con cada fibra de su ser. Se había convertido en alguien tan íntimamente ligado a lo que ella era que no podía concebir que él hiciera algo para herirla. Era tan inimaginable como la idea de que su mano derecha apuñalara a la izquierda.

Él nunca le haría eso, no podía haberlo hecho. Al contrario, se había ofrecido a hacer unas llamadas para conseguirle trabajo en las empresas de sus contactos comerciales o clientes o lo que fueran esos hombres tan poderosos. Se había ofrecido a ayudarla.

Pensó en preguntarle si él era quien estaba difundiendo mentiras entre sus posibles empleadores y, por un momento, imaginó cómo se desarrollaría esa conversación.

Preguntarle sería tan insultante que causaría un daño irreparable y fracturaría su relación.

Craig sentiría que lo estaba traicionando, que desconfiaba de él, y la apartaría de su corazón. Para siempre.

La sospecha era algo terrible. Su mente hiperactiva no dejaba de crear escenarios horribles, encadenando imágenes cada vez más perturbadoras que la acosaban sin descanso.

La sospecha, una vez sembrada, nunca podría eliminarse por completo, no hasta que se encontrara con su enemigo mortal: la certeza.

Tenía que saberlo. Y si no podía preguntar, ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Cómo podía estar segura?

Unos escalofríos sacudieron su cuerpo. Se tapó con las sábanas y trató de dormirse, pero los calambres volvieron y pronto le sobrevino otra oleada de náuseas.

Todavía estaba vomitando cuando sintió la mano de Craig en la frente, sujetándole la cabeza. Sobresaltada, intentó apartarse.

—Shhh, soy yo —dijo él.

Andi levantó la vista del lavabo y se encontró con sus ojos cálidos y cariñosos en el espejo.

Por un breve instante, no lo reconoció. Las mismas sospechas que estaban envenenando su mente habían extendido un manto de duda y miedo sobre todo lo que tenían, filtrándose por todas partes y avanzando como las mareas, imparables.

Las arcadas se convirtieron en sollozos y sus hombros se agitaron espasmódicamente mientras Craig intentaba sujetarla. Ella se retorció y se apartó.

—No, no —gimoteó, extendiendo la mano para impedir que se acercara a ella.

Desconcertado, Craig dejó caer los brazos a los lados en un gesto de desesperación y abandono.

—¿Qué te pasa? Esto no es normal. Te voy a llevar al médico.

Débil y temblorosa, se metió en la cama.

—No. Seguro que solo es un virus estomacal. —Una mentira había inspirado otra—. Deberías mantenerte alejado para no contagiarte.

Craig le tocó la frente febril y palpitante con una mano fría y refrescante, mirándola con ojos preocupados.

—¿Quieres que te traiga un poco de sopa? ¿Te apetece?

—No, gracias. Soy incapaz de retener nada. Solo... necesito dormir. —Cerró los ojos, tiró de las mantas hasta la barbilla y se acurrucó de lado.

Él permaneció en silencio un rato, probablemente observándola, luego atenuó las luces y salió, cerrando la puerta con suavidad detrás de él.

Andi abrió los ojos.

Ese sí que era su marido. Cariñoso, amable, considerado. Ofreciéndole sopa y a llevarla al médico, diciendo y haciendo todo bien; el hombre increíble del que se había enamorado perdidamente.

No era un sociópata que había permitido que se presentase a entrevistas durante meses, para luego arruinar sus posibilidades de que le dieran el trabajo, buscando que ella...

¿Que ella qué? ¿Qué podría ganar él con que ella no tuviera trabajo?

La respuesta a esa pregunta la golpeó en el plexo solar como el puño de un boxeador.

«¿Serás mi copiloto?», le había preguntado el viernes anterior, y no era la primera vez que le pedía que trabajara con él.

No... No tenía sentido. La sospecha era algo terrible.

Creaba monstruos que no existían, que no eran reales.

¿Cómo sabía que no le había ofrecido trabajar con él por lástima, porque nadie más quería contratarla?

Enterrando la cara en la almohada, soltó un gemido. Podría haber tenido el trabajo de sus sueños, con Marjorie en la universidad, mientras terminaba su doctorado. Pero alguien le había jodido la vida, se la había robado.

No podía haber sido Craig. Acababa de enterarse por sus padres de que le gustaba el dinero, así que habría preferido tener más. Su salario habría ayudado a la familia a ganar más.

Cerró los ojos, deseando quedarse dormida.

A través de las paredes, podía oír a Craig haciendo llamadas a clientes desde el teléfono de su despacho, una tras otra, con una paciencia sobrehumana.

Junto a su voz lejana, surgió otra de su memoria, la de su padre, diciendo: «¿Quién sabe cómo habría sido tu vida si no lo hubieras conocido? ».

El recuerdo la estremeció hasta despertarla del todo. ¿De verdad había dicho su padre esas palabras? ¿Era posible que, durante todo ese tiempo, él tuviera razón y ella estuviera equivocada?

No podía vivir con esa terrible sospecha pesando sobre su cabeza o perdería la cordura.

Durante un rato respiró, apartando las náuseas, y se tocó el vientre, pensando en su bebé. Su embarazo cambiaba las cosas más de lo que se había tomado la molestia de reconocer.

Necesitaba saberlo. Tenía que estar segura, sin la menor duda.

Y solo había una forma de averiguarlo.

Con la luz tenue, tomó su teléfono e hizo otra búsqueda de ofertas de trabajo en su campo.

Encontró una en el Downtown Aquarium. Era para un trabajo de técnico y pedían dos años de universidad como mínimo, aunque lo ideal eran cuatro.

Con su título superior, estaba más que cualificada.

Y lo que era más importante: Craig no sabía nada de ese trabajo.

Respondió a la oferta enseguida, utilizando el currículum que tenía guardado en Internet. Luego, con dedos temblorosos, cambió la contraseña de su teléfono. Eligió un código aleatorio de seis dígitos que no tenía nada que ver con ninguna fecha importante de sus vidas.

Una lágrima le surcó la mejilla mientras dejaba el teléfono sobre la mesita de noche. Si el acuario le ofrecía el trabajo, lo sabría.

—Dios mío, por favor, que esté equivocada —susurró en la silenciosa oscuridad de la habitación—. Por favor, haz que esté equivocada. No puedo perderlo.

Antes de quedarse dormida, la última imagen que rondó la creciente oscuridad que se apoderaba de su mente fue la de dos chicos corriendo de la mano, riendo.