28
DESCUbrIMIENTO
Los platos yacían a un lado en su mesa favorita de Mille Ponti, aún llenos de deliciosa comida italiana.
Andi había pedido champiñones rellenos, pero apenas terminó uno de los dos Portobello rellenos de jamón y queso ahumado fundido.
Janelle había dejado a un lado su salmón positano en el momento en que Andi había preguntado, señalando al delgado y lascivo camarero:
—¿Cuánto crees que gana?
—Ya está bien —dijo ella, y el plato chirrió en señal de protesta al chocar contra la superficie de hierro forjado de la mesa—. No puedo más, tía. ¿Todavía no tienes trabajo? —dijo, señalando de forma acusadora Andi con una uña decorada con brillantitos.
Los ojos de Andi miraron a Janelle un instante antes de buscar patrones en las baldosas granates del patio.
—Te lo habría dicho, ¿no crees?
—Esperaba que no me hubieras dicho nada porque eres imbécil —dijo Janelle, dándose toquecitos en los labios con la servilleta, y luego la arrojó sobre la mesa como si la hubiera ofendido—. Eso sería mucho mejor que seguir sin trabajo después de tanto tiempo.
Andi se encogió de hombros, deseando tener una respuesta.
—Craig me ha pedido que trabaje con él, y le he dicho que sí.
—¿Haciendo qué?
Andi gimió.
—No preguntes. Voy a ser una especie de ayudante para su negocio inmobiliario. Supermujer, anfitriona de sus fiestas y recadera con glamur. Ah, y también cocinera, casi se me olvida.
—Una cocinera con un doctorado —añadió Janelle, rematando la jugada, como solía hacer siempre—. ¿Me estás tomando el pelo?
—Ojalá. —Estar allí con Janelle, diciendo lo que pensaba sin censura por primera vez en semanas, la acercó peligrosamente a un ataque de llanto. Bebió agua helada a toda prisa para contener las lágrimas y las náuseas.
Últimamente, las náuseas habían empeorado, y cada arcada le quemaba el estómago como si hubiera estado comiendo fragmentos de cristal.
A veces, antes de que llegara un ataque de náuseas, sentía calambres tan violentos que la dejaban sin aliento y se quedaba encogida en el suelo hecha un ovillo o desplomada, apenas capaz de respirar.
Entonces empezaban las arcadas. Había llegado a aceptarlas porque le aliviaba los calambres.
Ella quería ir al médico, pero Craig no paraba de retrasarlo y, además, decía que quería acompañarla.
Tenía razón; los médicos de hoy en día no eran más que máquinas generadoras de dinero para el sistema sanitario con ánimo de lucro, no porque quisieran serlo, sino porque no tenían muchas opciones.
Mientras pudiera aguantar y evitar gastos anticipados, lo haría.
Todo ahorro ayudaba. Lo había mirado en Internet, y todas las mamás que estaban en el primer trimestre se quejaban de lo mismo, y los síntomas siempre desaparecían por sí solos.
—¿Estás bien? —preguntó Janelle, apretándole el antebrazo—. Te has puesto blanca.
Deseaba poder compartir la noticia con Janelle, pero le había dado su palabra a Craig. Ya se lo había contado a sus padres y si se enteraba, se pondría furioso con ella.
—Hoy no me encuentro muy bien. Perdón por estar tan insoportable últimamente. —Forzó una sonrisa y miró a Janelle.
—Pero ¿qué dices? No tienes nada por lo que disculparte.
Si yo estuviera en tu lugar y llevara tanto tiempo buscando trabajo, ya me habría vuelto loca.
—Frunció el ceño y se pasó la mano por su melena negra y rizada—.
Se me ha ocurrido una idea —anunció—. Sabes lo que hago para ganarme la vida, ¿verdad?
—Hasta cierto punto. Estás en el Ministerio de Trabajo, eso es lo sé —se rio Andi—; pero no tengo ni idea de qué color son los formularios que le das a la gente —añadió, guiñando un ojo.
—Son del color adecuado —respondió Janelle, levantando la ceja derecha—. A veces investigo denuncias por discriminación en el lugar de trabajo y durante el proceso de contratación.
Andi la miró con una pregunta tácita en los ojos. ¿Qué tenía que ver todo eso con ella?
—Si, por ejemplo, presentaras una denuncia afirmando que sufriste discriminación durante una entrevista de trabajo, esa denuncia abriría un caso, y yo podría coger ese caso de la lista y encargarme personalmente de él.
—No me discriminaron —dijo Andi.
Janelle se rio.
—Sí que lo hicieron: por ser mujer. Créeme, es verdad.
—¿En serio?
Janelle asintió con la cabeza de forma lenta y exagerada.
—Venga, escribe una queja contra alguno de los imbéciles que se negaron a contratarte, declarando que crees que fuiste discriminada por una razón de género. Y después envíala aquí —añadió, mostrándole una dirección de correo electrónico del Ministerio de Trabajo en su teléfono.
—¿Ahora? —Andi frunció el ceño, preguntándose si Janelle sabía lo que estaba haciendo.
—Sí, ahora. No tiene por qué ser larga. Con una línea es suficiente. «Yo, Andrea Wilmore Brafford, durante la entrevista para el puesto que sea, creo que fui discriminada por ser mujer. Por favor, ayúdeme».
Andi escribió el mensaje según las indicaciones y luego pulsó enviar. Un silbido marcó la exitosa transmisión del mensaje.
Janelle miró la pantalla de su teléfono.
—Vamos, vamos —murmuró—. Aquí está —dijo; después dio unos golpecitos en la pantalla y puso el teléfono en la mesa—.
Me han asignado tu caso y eso significa que ya puedo investigar sin perder mi trabajo.
Puedo hacer preguntas. ¿A quién llamamos primero?
¿A la universidad? Dime el nombre de la mujer que te hizo la entrevista.
—Marjorie —respondió Andi, con los ojos llenos de lágrimas. No tenía ni idea de lo que había hecho para merecer una amiga como Janelle—. Doctora Marjorie Hitchens, del Departamento de Biología Marina.
—Muy bien, allá voy. —Janelle marcó el número y puso el altavoz.
Después de preguntar por la doctora Hitchens un par de veces, por fin consiguió que se pusiera al teléfono—.
Doctora Hitchens —dijo Janelle, poniéndose el dedo índice en los labios, instando a Andi a guardar silencio—.
Gracias por atender mi llamada. Soy Janelle Larimer, del Ministerio de Trabajo.
—Dígame, ¿qué puedo hacer por usted?
Estamos investigando una denuncia relacionada con una tal..., mmm, Andrea Wilmore Brafford. Usted le hizo una entrevista...
—Sí, la recuerdo bastante bien. ¿Cuál es la pregunta?
—¿Estaba cualificada para el trabajo?
—Sí, era la mejor candidata para el puesto.
A Andi se le llenaron los ojos de lágrimas. Se tapó la boca con ambas manos para mantener los sollozos encerrados en su pecho.
—¿Le hicieron una oferta?
Se produjo un momento de silencio.
—No. Estábamos a punto de hacerlo, pero recibimos una llamada del FBI. Nos notificaron que estaba siendo investigada por contrabando de especies raras y exóticas.
Andi se quedó de piedra. Sacudiendo la cabeza, dijo en voz baja:
—No, eso es mentira.
Janelle levantó la mano y dijo:
—Gracias, doctora Hitchens, no tengo más preguntas.
Colgó, pero no dijo nada. Durante un largo momento, Janelle se quedó mirando el teléfono, mientras que Andi simplemente se quedó allí sentada, conmocionada, sin palabras.
—Dime otro trabajo para el que te entrevistaron —dijo Janelle con frialdad.
La siguiente llamada fue al banco. El hombre que la había entrevistado dijo que habían recibido una llamada avisándoles de que Andrea Wilmore estaba siendo investigada por robar en su trabajo anterior.
En el tercer trabajo afirmaron que Andrea Wilmore los había usado como referencia para un préstamo antes de que comenzara a trabajar allí.
Con cada llamada que hacía, Janelle se enfadaba más y más mientras Andi sentía que todo su mundo giraba fuera de control. Resistiendo cada vez con más dificultad las ganas de vomitar, sollozó en silencio, dejando que Janelle trabajara, haciendo llamada tras llamada.
En la clínica dental dijeron que habían oído que Andrea estaba siendo investigada por un fraude con tarjetas de crédito. Tras la llamada, Janelle colgó el teléfono y estrechó la mano de Andi.
—Mírame.
Andi intentó calmarse, pero no lo consiguió. Lloraba desconsoladamente, llamando la atención de los comensales que había en el patio y haciendo un ridículo espantoso.
—Yo no hice ninguna de esas cosas... —gimoteó.
—Ya lo sé.
—¿Quién querría hacerme tanto daño? —preguntó entre sollozos.
—No, Andi. La pregunta es: ¿quién podría hacerte tanto daño? ¿Quién sabía que ibas a hacer entrevistas en todos estos sitios?
La sangre desapareció del rostro de Andi mientras sus manos se enfriaban bajo el agarre de un miedo indescriptible.
Solo lo sabía una persona.