La chica que mataste 27
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CONTRATADA

Toda la semana había sido de vértigo para Craig.

Tras la inesperada llamada de Truman Haskett sobre su casa y su imperiosa necesidad de liquidez inmediata, ideó un plan para conseguir firmar una oferta a la baja. Para que todo saliera bien, necesitaba que Jude hiciera exactamente lo que él le dijera cuando él se lo dijera.

A primera hora del viernes, invitó a Haskett a su despacho para discutir las opciones. Por suerte, Andi se había ido esa mañana a otra estúpida entrevista de trabajo o a visitar a su padre, como hacía todos los días.

Haskett refunfuñó un poco porque habría preferido hacerlo todo de forma remota mientras se ocupaba de su negocio desde la oficina que tenía en un rascacielos.

Pero su necesidad de liquidez debía ser muy fuerte, porque se presentó en la casa de Craig y esperó pacientemente mientras sorbía café y llenaba el salón de humo de puro.

La estrategia de Craig implicaba un tiempo de espera, destinado a tensar los nervios del vendedor hasta el límite, ya que se acercaba el fin de semana y la ventana de oportunidad se estaba cerrando.

Durante ese tiempo, hizo algunas llamadas a algunos clientes que sabía que no estarían interesados en comprar la casa.

Después, cuando Haskett estaba a punto de estallar, llamó a Jude.

Siguiendo sus instrucciones, Jude mostró un mínimo de interés por la propiedad.

Craig compartió la dirección y puso la llamada en altavoz para que Haskett pudiera escuchar.

Utilizó el nombre real de Jude, ya que, una vez realizada la venta, ese nombre quedaría registrado, sería información pública para quien estuviera interesado en conocerlo.

Jude, que era un hijo de puta muy astuto, le puso los dientes largos a Haskett, diciendo que el precio de dos coma dos millones era lo bastante interesante como para hacerle abandonar la agenda del día para cerrar la venta.

Entonces dio la estocada final. Dijo que estaba a punto de firmar otro acuerdo por una casa similar, cuatrocientos mil dólares más barata; se trataba de una propiedad que Craig había elegido cuidadosamente para él entre las que estaban disponibles.

La llamada telefónica se convirtió en un baile; Craig alababa la casa de Haskett, alegando que era mucho mejor que la otra y Jude se hacía el duro. Mientras tanto, Haskett sudaba a mares y se paseaba furioso por el suelo de madera del despacho de Craig.

Finalmente, Jude dijo que firmaría y cerraría ese mismo día por cuatrocientos mil dólares menos. Craig regateó un poco más hasta que Jude amenazó con poner fin a la llamada. Solo entonces Haskett, murmurando una palabrota, dijo:

—De acuerdo, cierra la maldita venta en un millón ochocientos.

Luego empezaron la entrada y salida de papeles del fax y la recopilación de firmas, hasta que todo estuvo listo en menos de una hora.

Jude había cumplido con su parte y tenía el dinero preparado como le había indicado Craig.

Para cuando se cerró el trato, eran casi las cuatro de la tarde, hora en que los bancos cierran por el fin de semana, pero consiguieron firmar la compraventa en el último momento.

Tras la firma, Haskett abandonó la oficina del abogado después de darle un firme apretón de manos a Craig, seguido de una palmada en el hombro.

Incluso estrechó la mano de Jude. Normalmente, Craig se habría asegurado de que los dos hombres no se conocieran en persona —era una práctica recomendada en el sector—, pero la presión del tiempo lo había hecho imposible.

Luego el muy imbécil se fue y Craig también se marchó, sin pasar ni un segundo más con Jude, ni en la oficina del abogado de la agencia ni en la acera que había delante de ella.

No dejó de sonreír hasta que llegó a casa, poco después de las seis.

Encontró la casa vacía, apestando a humo de puro y al sudor con aroma a colonia de Haskett, perceptible aún en el despacho de su casa.

Pero ya había acabado todo. Encendió el aire acondicionado, bajó la temperatura unos grados y luego abrió algunas de las ventanas con mosquiteras para que entrara aire fresco.

Se sirvió un whisky y gritó tan alto que sus palabras resonaron contra las paredes:

—¡Vivaaa! ¡A disfrutar del fin de semana! ¡Nos lo merecemos!

Se puso unos vaqueros y una camiseta blanca que se le ceñía al torso, se dejó caer en un gran sillón del salón y llamó a Jude. Cuando contestó, le dijo:

—¡Enhorabuena! Es usted el orgulloso propietario del número mil quinientos nueve de Timber Hill Court.

— Somos los orgullosos propietarios, amigo. Los dos —respondió Jude con una risita—. He transmitido la casa a un fideicomiso que he creado. Y tú eres uno de los beneficiarios.

«Maldita sea». Dejar un rastro de papel nunca era bueno.

—No me dijiste nada de eso. Deberías haberme preguntado. Hemos roto algunas reglas con este trato, ¿sabes?

—No pasa nada —respondió Jude, con aparente despreocupación—. Ya lo verás. ¿No quieres deducirte los gastos que vamos a tener en la casa hasta que se venda?

—Sí, pero...

—Entonces, hay que hacerlo así. Ahora te toca a ti confiar en mí.

—Me parece justo, pero la próxima vez dímelo con antelación, por favor. Podrías haber dejado mi nombre fuera del fideicomiso; habría sido mejor. Sé que no me la jugarías, aunque nuestro acuerdo no estuviera por escrito.

Terminó la llamada, un poco irritado con Jude. ¿Ese fideicomiso iba a causar algún problema? Probablemente no. ¿Qué probabilidades había de que Haskett sospechara que había existido alguna irregularidad y empezara a investigar el trato? Casi cero. Pero no exactamente cero. «Joder».

¿Y dónde demonios estaba Andi?

Últimamente, parecía pasar cada vez más tiempo fuera, haciendo quién sabe qué, quién sabe dónde, en lugar de ocuparse de la casa y pensar en el menú de la próxima fiesta.

Tenía una cantidad enorme de trabajo que hacer y ella podría sacar adelante la mayor parte, dejándole tiempo para concentrarse en lo importante, lo que solo él podía hacer. ¿Por qué no paraba en casa?

Llamó a su móvil y dijo una palabrota al escuchar el timbre amortiguado, pensando que debía habérselo dejado en casa. No era así. Cuando empezó a seguir la fuente del sonido lejano, Andi entró por la puerta, sonriente, con el teléfono sonando en la mano.

—Ya he vuelto. —Se reunió con él en medio del salón y le dio un beso fugaz en los labios, luego se apartó. Mientras se quitaba los zapatos, preguntó—: ¿Me has echado de menos?

—Siempre lo hago —sonrió Craig, apoyándose en la mesa y cruzándose de brazos—. ¿Dónde estabas?

—Aj... Estaba haciendo lo de siempre —respondió, apartando la mirada un momento—. Entrevista de trabajo, visita a papá y recados.

Estaba mintiendo. Estaba seguro de ello.

—¿Qué tal tu día? —preguntó rápidamente, deseosa de desviar la atención de ella.

—He ganado mucho dinero para ti y para mí, cariño. —Se acercó a ella, la rodeó con los brazos y la atrajo hacia él.

Andi respondió a sus caricias como siempre, con los ojos entrecerrados y un beso apasionado.

—¿Cuánto? —preguntó. Había un destello en su mirada de algo oculto que él no entendía.

—Unos quinientos mil —anunció con orgullo—. Hemos firmado los papeles hoy.

Andi se quedó boquiabierta.

—¡Madre mía! ¿Tanto? ¿De verdad?

—De verdad. No podremos disponer de él hasta el año que viene, cuando vendamos la casa, pero está ahí. Es nuestro.

—¿Qué casa?

—Jude y yo hemos comprado una casa a muy buen precio; era una oportunidad única, no podíamos dejarla pasar.

—Pero ¿podemos permitirnos otra hipoteca? —Parecía preocupada, su alegría había desaparecido.

—Jude se encarga de la parte financiera. Tiene dinero de sobra.

Algo de lo que Craig acababa de decir llamó la atención de Andi, porque inclinó ligeramente la cabeza, como si fuera un perro confundido.

—No te preocupes por eso —dijo él—, vamos a celebrarlo. ¿Por qué no me esperas en el porche? Voy enseguida.

Él sonrió de manera alentadora mientras ella abría la puerta que daba a la terraza. Una vez fuera, ella chilló de alegría.

—¡Oh, Craig, esto está precioso! Me encanta.

Había comprado una mesa y unos sillones de mimbre negro con cojines resistentes a la intemperie.

El conjunto podía colocarse como un diván grande redondo o dividirse en varias secciones.

A través de la ventana, Craig vio a Andi tumbada en él y rodando de lado, luego de espaldas, probando diferentes posturas y recolocando los cojines, encantada.

Su hermosa y fantástica mujer... Podía hacerlo tan feliz...

Cogió una botella de champán y un par de copas, y se unió a ella en el diván. Después de descorcharla con un ruido fuerte, sirvió el líquido espumoso en las dos copas y le entregó una.

—Salud, cariño. Por muchos muchos más días como este.

Ella se deslizó hacia el borde del diván y se sentó, luego cogió la copa de champán con vacilación.

—Los bebés y el alcohol no se llevan bien. —Apenas tocó el líquido con los labios, luego dejó la copa a un lado sobre la mesa de hierro forjado—. Bebe tú, yo te haré compañía.

Así, sin más, se esfumó toda su alegría.

Tenía que recordarle su embarazo, la traición que tanto había intentado perdonar y olvidar, aunque no había podido hacerlo.

No había conseguido ni lo uno ni lo otro.

¿Cómo iba a hacerlo si todos los días ella se aseguraba de mencionarlo de alguna manera?

¿Y cómo demonios podía estar tan orgullosa de algo que él nunca había querido? ¿De algo que ella le había robado?

Su hermosa mujer estaba muy lejos de ser lo bastante dócil.

Pasó la mano por la superficie lisa del cojín.

—¿Te gusta?

—Me encanta —dijo Andi, sonriendo ampliamente y pestañeando con coquetería.

—Muy bien. Ahora hablemos de negocios —dijo Craig en un tono un poco frío y serio.

—Oh —dijo ella, girándose con cara preocupada y algo triste—. Vale.

—Tenemos que planificar otra fiesta. —Andi frunció el ceño y se apartó de él, no mucho, solo unos centímetros, pero el gesto estaba ahí, el mensaje era alto y claro.

Le encantaba ese estilo de vida, pero no quería hacer nada para ganárselo.

Menos mal que, en realidad, no era decisión suya—. Tenemos que seguir haciéndolas.

—Pero ha habido una hace poco —argumentó ella—. ¿Por qué no esperamos un poco más? —Se mordió la uña un momento, mirándolo fijamente, mientras él veía cómo trabajaba su mente—. Celebremos primero la fiesta del bebé.

Una pizca de ira corrió por sus venas. Respiró, dispuesto a mantener la calma.

—Pensé que habíamos acordado que lo haríamos en un par de meses.

—Sí, es verdad, pero he pensado que, si lo que te apetece es hacer una fiesta, la del bebé sería más divertida.

—No busco diversión, joder, Andi —espetó—. Busco ganar dinero y estas fiestas son la forma de conseguirlo. Ya te lo he explicado varias veces.

—Sí, es verdad —dijo ella, con la voz cargada de tristeza y resignación, intentando calmarlo—. No sabía que teníamos que organizarlas tan a menudo, eso es todo.

—Si dejamos pasar demasiado tiempo, ¿sabes lo que sucede?

Pues que esos imbéciles ponen sus casas en venta en otras inmobiliarias o compran las propiedades de otros.

—Murmuró una palabrota entre dientes, enfadado por tener que explicárselo todo de nuevo.

Andi no era idiota. ¿Por qué se comportaba como si lo fuera?

—. Tendremos que hacer fiestas todo el tiempo.

Si estamos en este juego, más nos vale jugar como profesionales para ganar, ¿no?

—Se obligó a sonreír y pasó los dedos por el pelo corto y despeinado de Andi, colocándole un mechón detrás de la oreja.

Ese peinado suyo quizá funcionaba con las tortugas marinas y los delfines, pero no con gente como Donati y Haskins. Sus mujeres se gastaban cientos de dólares en la peluquería, y se notaba.

—¿Serás mi copiloto? —preguntó él, mientras seguía jugando con su cabello—. ¿Trabajarás conmigo?

Ella apretó los labios un momento.

—Sí, supongo que sí. —Soltó una risa amarga—. No tengo otra opción, ¿verdad?

—¿Tan horrible te parece trabajar conmigo?

Andi suspiró y apartó la mirada.

—La pasión que tú sientes por esto —señaló la casa—, por los bienes inmuebles, por ganar montañas de dinero, yo la tengo por el mar y todas sus criaturas.

Ese es mi sitio —dijo con voz quebradiza—.

Pero no estaba en mi destino, ¿verdad? Y tampoco lo estaba trabajar de cajera en un banco o de recepcionista en una clínica dental.

Aunque no he probado a pedir trabajo de camarera; seguro que me contratan en algún restaurante barato.

—¡Joder, Andi! Traza la línea en algún sitio y no la cruces.

Ella se mordió el labio.

—Parece que tú eres el único empresario de la ciudad que me quiere contratar.

Supongo que debería estar agradecida. Me entristece, sin embargo, no poder ser más que tu mujer y ayudarte con tus cosas.

Siempre soñé con ser algo más —dijo lloriqueando—.

Ni siquiera puedo encontrar la energía y la motivación necesarias para terminar mi doctorado. ¿Para qué iba a hacerlo, verdad?

Él se quedó mirándola un momento. Andi siempre acaba diciendo las peores cosas posibles para hacerle sentir como una mierda. Pero él la necesitaba, y a ella terminaría por gustarle.

—Entonces, bienvenida a bordo —dijo, sonriendo y abriendo los brazos—. Este empresario está encantado de contratarte.

Andi se acurrucó en su pecho y suspiró.

—Trabajaré para usted, señor Brafford. ¿El empleo incluye baja por maternidad y seguro médico?

Craig se tragó una palabrota, contento de que ella no pudiera ver la expresión de su cara. Otra vez había tenido que sacar a relucir al mocoso.

—Lo que tú quieras, e incluirá también un BMW para sustituir ese coche de mierda que conduces y...

—Pero me gusta mi Beetle.

—Está bien, quédate con el Beetle si quieres, pero ¿podrías hacerme un gran favor?

Ella lo miró.

—¿Qué necesitas? —preguntó, muy seria, sin un atisbo de sonrisa en los labios.

—¿Por qué no te dejas el pelo un poco más largo? Los hombres tenemos fantasías con el pelo de las mujeres. —Sonrió—. Muchas fantasías.