La chica que mataste 26 #2
52%

26 #2

—Craig no es gay —dijo Louise con voz decidida—.

Murray intentaba comprender el poder que ese chico tenía sobre nuestro hijo, eso es todo.

Creo que no era tanto el chico como su familia, su gran casa, su dinero.

Nuestro hijo quería esa vida con tanta desesperación que habría hecho cualquier cosa por conseguirla.

—Tragó saliva, conteniendo las lágrimas—.

Y entonces esa chica... le rompió el corazón.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Andi.

—Conoció a una chica encantadora, se llamaba Julie.

Se enamoró perdidamente, olvidándose incluso de su mejor amigo durante un tiempo.

Solo hablaba de ella. Queríamos conocerla, pero la mantuvo alejada de nosotros.

—Se detuvo un momento, eligiendo sus palabras—.

Aquella primavera se cogió un resfriado muy fuerte y estuvo en cama un par de días.

Fue entonces cuando Julie apareció en la puerta, con los deberes como excusa.

—Otra pausa—. Fue el destino... que él enfermara, que esa chica viniera a verlo...

—Nos echó un vistazo a nosotros y a nuestra casa, se marchó y nunca miró atrás —añadió Murray con frialdad—. Al parecer, también era rica. Craig nunca nos lo perdonó. Unas semanas después, se había ido.

Andi no tenía palabras. ¿Qué podía decirles a unos padres que habían perdido a su hijo por un motivo tan absurdo?

El hombre que describían no se parecía en nada a Craig y, al mismo tiempo, lo reconocía en algunas fotos, en algunas de las cosas que sus padres contaban sobre él y en la ambición feroz que describían.

Pasó otra página del álbum y se quedó paralizada. La foto mostraba a Craig con catorce años o así llevando su colgante. Por reflejo, lo tocó con los dedos.

—¿Era suyo? —preguntó Andi, incapaz de apartar los ojos de la foto.

No tenía ni idea de que el colgante fuera de Craig; él le habían hecho creer que se lo había comprado justo antes de la fiesta. ¿O ella lo había dado por hecho sin preguntarle? A veces sacaba conclusiones precipitadas.

—Sí —respondió Louise, sonriendo, con un matiz de tristeza en la voz—.

Y viene acompañado de una historia. —Miró a Murray para preguntarle si quería contarlo, pero él hizo un gesto con la mano, invitándola a que lo compartiera ella—.

Se trata de ese amigo suyo otra vez. Cuando cumplió catorce años, unos meses antes que Craig, lo aceptaron en un lujoso club de campo de Austin.

Y todos los miembros recibían un anillo.

Craig fue a su fiesta de cumpleaños y él le enseñó el anillo.

—Lanzó una rápida mirada a Murray. Su marido asintió y se metió las manos en los bolsillos.

—¿Qué pasó? —preguntó Andi, intrigada por la expresión sombría de sus rostros.

—Craig volvió de esa fiesta con el corazón roto.

Para él, ese anillo era un símbolo de un estatus que él no tenía.

Lloró desconsoladamente esa noche, sollozando en su almohada hasta que llegaron las primeras luces del amanecer.

Luego sacó un caballo y lo montó hasta que el pobre animal quedó empapado de sudor y echando espuma por la boca.

Ese día fue la primera vez que no fue a ver a su amigo. No quería verlo más.

—Sin embargo, al final hablaron —añadió Murray.

—Sí, tienes razón. Puede que fuera por teléfono.

—¿Por qué? ¿Qué ocurrió? —preguntó Andi.

—¿Puedo? —Louise acercó la mano al colgante. Andi se lo quitó y se lo entregó. Con dedos delicados, Louise giró el colgante y le mostró dos líneas irregulares en lados opuestos del colgante—. Esto era un anillo antes de convertirse en un colgante. Aquí es donde estaba unido.

Andi jadeó.

—¿Quiere decir que este es el anillo? El que...

—Sí —dijo Murray en tono serio—. Y, al parecer, es muy valioso porque lleva zafiros y un topacio, creo. Vale una fortuna. Ese chico lo llevó a una joyería para que hicieran un colgante con él y que Craig pudiera llevarlo debajo de la ropa sin que se viera.

Louise sonrió con calidez mientras le devolvía el colgante a Andi.

—Debe quererte mucho si te lo ha dado. Para Craig, representa el acceso al mundo en el que no nació, pero al que estaba dispuesto a llegar a cualquier precio. Lo llevaba siempre, es su propia versión de la llave del mundo al que quería pertenecer.

—Vaya —susurró Andi—. No tenía ni idea. —Entonces un pensamiento cruzó su mente y los miró a los dos con humor en los ojos—. Lo han reconocido cuando me han visto en la cafetería, ¿verdad?

—Sí —sonrió Murray, avergonzado.

—¿Por qué no me han dicho nada?

—En primer lugar, no sabíamos si ibas a venir a vernos o no, o si querías conocernos —dijo Louise—. Y, en segundo lugar, porque nos hemos quedado de piedra. No podíamos creer lo que veían nuestros ojos. Luego has dicho que tenías que ir a un sitio y hemos regresado rápido para llegar antes que tú.

Andi se rio y negó con la cabeza.

—Qué historia tan increíble para contarles a sus nietos —dijo ella, pasando otra página del álbum. Había unas cuantas fotos más de Craig, a veces sonriendo, pero la mayoría de las veces con esa expresión sombría y dura en la cara. No había fotos de él y Julie.

Andi golpeó con la uña una de esas fotos y dijo:

—Este no es el Craig con el que me casé. Mi marido es amable, servicial y siempre está ahí para mí. Es divertido y dulce, muy trabajador, un triunfador. No está tan... enfadado con la vida.

—¿A qué se dedica? —preguntó Louise.

—Trabaja en una inmobiliaria como agente de viviendas caras y propiedades comerciales.

Louise y Murray intercambiaron una mirada rápida.

Después Louise sonrió y dijo:

—Me alegro de que haya cambiado. Quizá la pubertad fue más dura con él de lo que creíamos. Parece que, después de todo, ha encontrado su camino y se ha convertido en un hombre de provecho. Os deseo toda la felicidad del mundo.

—Gracias —respondió Andi, pasando otra página, pero el resto del álbum estaba vacío. Levantó la vista de las páginas en blanco con una expresión inquisitiva en la cara.

Murray se rascó las raíces del escaso mechón de pelo que aún le quedaba en la parte superior de la cabeza.

—Un par de semanas después de que Julie lo dejara, cuando tenía unos dieciséis años, Craig desapareció, dejándonos atrás y a su amigo también.

—Ese chico tenía el corazón tan roto como nosotros —añadió Louise.

—Nunca olvidaré su última noche —dijo Murray.

—Murray... No —susurró Louise con voz suplicante.

Él fingió que no la había oído.

—Nuestro hijo nos preguntó, ahí mismo, mientras estábamos sentados a la mesa, que por qué habíamos tenido un hijo.

Nos gritó, nos llamó irresponsables por traer a un niño al mundo siendo tan pobres.

Luego procedió a explicarnos que nos habría ido mucho mejor si no lo hubiéramos tenido.

Si no hubiéramos «procreado»; él usó ese verbo.

Andi escuchó las palabras de Murray con el corazón encogido. Eso explicaba la reacción de Craig ante su embarazo.

—Por la mañana, ya no estaba —susurró Louise.

—Nuestro hijo desapareció sin decirnos nada. Nos descartó como si fuéramos basura. Pasaron varios años hasta que volvimos a saber de él. Incluso presentamos una denuncia a la policía, aunque no hicieron nada con ella, salvo ponerle un sello de fugitivo e ignorar nuestras llamadas.

—¿Puedo? —preguntó Andi, sosteniendo su teléfono y pidiendo permiso para fotografiar algunas de las fotos del álbum.

—Por supuesto —respondió Louise—. De todos modos, algún día serán tuyas.

A Andi le resultaba difícil dejar la hospitalidad de sus suegros, pero tenía que darse prisa si quería estar en casa antes que Craig, que solía llegar alrededor de las siete.

Ambos le dieron un largo abrazo, le besaron las mejillas y se despidieron de ella con la mano mientras se alejaba en el Beetle, hasta que desaparecieron de su retrovisor.

Sin embargo, en su interior surgió un temor inquietante, el de que nunca volvería a verlos.

GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: Señora Brafford, ¿cuál diría que es la posesión más preciada de su hijo?

LOUISE brAFFORD: No sé si seguirá siendo la misma, pero durante mucho tiempo fue un colgante cuadrado y azul con una cadena de plata.

GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: ¿Ha visto ese colgante recientemente?

LOUISE brAFFORD: Sí. En el cuello de su mujer.