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RECUERDOS
Andi estaba cómodamente sentada en el sofá, con los pies apoyados en el reposapiés de piel desgastada y un gran álbum de fotos abierto en el regazo. El té estaba olvidado en la mesa de centro; el vaso frío y sudoroso goteaba agua sobre el posavasos de cartón con el logotipo de Heineken.
Sentada a su lado en el borde del sofá, la señora Brafford explicaba cada foto con todo lujo de detalles.
A veces, los Brafford no se ponían de acuerdo sobre las circunstancias en las que se habían hecho algunas de las fotos o recordaban los mismos hechos, pero en una secuencia diferente, lo que sembraba amistosas y humorísticas disputas entre ambos.
Andi apartó la vista una foto de Craig tomada cuando tenía unos siete u ocho años y, al mirar a la señora Brafford y encontrar el parecido con facilidad, se preguntó cómo no se había dado cuenta antes.
«El ojo de la mente ve lo que quiere ver —pensó—.
En la cafetería he visto a dos extraños. Aquí veo familia».
Parecían haberle cogido cariño al instante, y ella disfrutaba de la sensación de calidez, de aceptación y de amor.
Los dos eran encantadores y serían unos abuelos maravillosos para su bebé si Craig les permitiera convertirse en una parte más cercana de su familia.
Frunció el ceño por un instante. Ella encontraría la manera de que así fuera. Tenía que hacerlo.
—Aquí, se había raspado la rodilla al caerse.
—La señora Brafford señaló una foto en la que se veía a Craig sentado en el suelo en medio de un parque infantil, sujetándose la rodilla.
Tenía una expresión de puro horror en su carita.
Estaba pálido, boquiabierto y con los ojos abiertos como platos, mirando directamente a la cámara—.
Craig tiene..., mmm, se me ha olvidado cómo se llama.
Se desmaya cuando ve sangre, en cuestión de segundos, y no puede evitarlo.
Se despierta, vuelve a ver la sangre y se desmaya de nuevo.
Hematofobia, eso es. En esta foto, acababa de desmayarse y se recuperó antes de que pudiera limpiarle la sangre, pero se la cubrió con las manos para no verla más.
—Soltó una risita y pasó las yemas de los dedos por la fotografía donde estaba el rostro del niño pequeño—.
Su padre estaba ocupado haciendo fotos y Craig se enfadó porque nos reímos de él —dijo en tono culpable—.
Estaba muy gracioso, escondiendo la sangre bajo las manos mientras le gritaba a su padre.
—Ese día fue la primera vez que me gritó —añadió su padre—. Creo que fue entonces cuando nos dimos cuenta de lo orgulloso que era. —Silbó—. Ese niño, con diez años y un metro y medio de estatura, era capaz de fulminar a cualquiera que lo mirase mal.
A medida que Andi pasaba las páginas, el niño crecía de una foto a otra, pareciéndose más al hombre que ella conocía y amaba, y al mismo tiempo, menos.
El Craig adolescente tenía un ceño fruncido que unía sus cejas, una mirada ferozmente oscura en sus ojos y una expresión de aguda determinación, casi como una forma enfurecida de ambición.
Algo de eso seguía existiendo en el Craig adulto, aunque de una forma más suave, más apacible, menos intensa.
Ella sabía que él se estaba matando a trabajar, impulsado por la ambición que había florecido muchos años atrás, en esa casa, cuando era un adolescente.
Se preguntó qué se lo habría inculcado a aquel niño.
Aun así, las fotos mostraban a una familia feliz, con unos padres cariñosos que cuidaban bien de su hijo.
—¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué ya no forman parte de su vida? —Andi miró primero a la señora Brafford, quien enseguida bajó la vista, y luego a su esposo, que respiraba de forma ruidosa.
—Se avergonzaba de nosotros, por... —empezó a decir el señor Brafford, pero su mujer lo cortó.
—Murray, no —le suplicó, secándose una lágrima con la yema del dedo—. Piensa en lo que él diría si supiera que se lo hemos contado.
Murray dirigió la mirada hacia su mujer.
—Esta chica está casada con nuestro hijo, Louise. ¿No crees que tiene derecho a saberlo?
Louise bajó los ojos y se miró las manos mientras las retorcía.
—Está bien —dijo al fin—. Pero deja que yo cuente la historia.
—De acuerdo —respondió Murray, abandonando su sillón para coger una cerveza fresca de la nevera. Quitó la chapa y la lanzó a la basura, donde tintineó brevemente antes de quedarse quieta.
Louise se giró hacia Andi, que sentía que se había excedido. Sin embargo, tenía curiosidad por averiguar qué había provocado una ruptura tan profunda entre su marido y esas personas aparentemente tan agradables.
—Craig siempre fue muy, ¿cómo decirlo?, consciente de cómo funciona el mundo —dijo Louise, desviando la mirada a izquierda y derecha, como si buscara una forma de escapar de la habitación, de la conversación—. No nos iba muy bien económicamente cuando él era pequeño. Lo pasamos...
—Éramos muy pobres —intervino Murray—. Yo trabajaba como jornalero cerca de Austin, y mi mujer daba clase a primero cuatro horas al día, aquí, en el pueblo. Pagábamos el alquiler a duras penas.
La pequeña casa de campo contaba parte de esa historia.
Incluso veinte años después, los muebles parecían destartalados, las paredes necesitaban una mano de pintura fresca y la nevera, que era vieja y ruidosa, traqueteaba como si estuviera a punto de venirse abajo cada vez que el compresor se ponía en marcha.
—Todavía trabajo algunas tardes y todos los fines de semana, pero aquí, en el pueblo, en la ferretería. Repongo las estanterías y a veces trabajo de cajero. Louise se jubiló después de que le detectasen un cáncer de mama.
«Oh, no». Andi miró a Louise y se percató de cosas que antes no había notado: los hombros que se le marcaban a través de la tela fina de la blusa; la extrema delgadez de su rostro, casi imperceptible gracias a su cálida sonrisa.
—No te preocupes, querida —dijo Louise—, estoy bien. Ya lo he superado.
—Uf. —El alivio llenó de lágrimas los ojos de Andi—. Me alegra mucho oír eso.
La mujer alargó la mano y apretó la suya.
—Y mi mayor deseo se está haciendo realidad. Voy a ser abuela.
—Sí —dijo Andi enseguida, sintiéndose parte de la familia. Entonces se acordó de Craig y su sonrisa se desvaneció—. Espero poder conseguir que ustedes y Craig se reconcilien. Si quieren, claro.
Murray se acercó a ella con pasos fuertes, casi pisoteado.
—No hay nada más desgarrador que quedarte fuera de la vida de tu hijo. Nada me gustaría más que reunirnos todos en torno a una mesa en Acción de Gracias, o un domingo, o lo que él esté dispuesto a aceptar. Pero no creo que sea posible. Nunca nos aceptará.
—Craig es muy ambicioso —intervino Louise—.
Es así desde los doce años. Descubrió cómo vivían otras personas cuando su padre lo llevó un otoño a la feria de Austin.
Vio los coches lujosos y a la gente con dinero que no olía a granja, paja y caballo.
Regresó cambiado después de aquella feria; avergonzado de quién era y de quiénes éramos mi marido y yo.
—Nunca nos perdonará que seamos pobres —afirmó Murray con sencillez y una aceptación descorazonadora—.
Nunca nos dejaría cruzar su puerta porque seríamos una vergüenza para él, recordándole de dónde viene y que creció en la pobreza.
—Se inclinó hacia ella y le tocó la mejilla con sus dedos callosos—.
Por eso no asistimos a vuestra boda, querida, aunque nos hizo ilusión saber que por fin iba a sentar la cabeza con una buena chica.
—Sí, nos habría encantado ir, pero él nos llamó y nos advirtió que nos mantuviéramos alejados. —Louise se limpió las lágrimas.
Andi se quedó de piedra. ¿Eso era todo? ¿O había habido una discusión gorda entre ellos, algo que había ocurrido hacía muchos años y que no se podía olvidar?
—Después de aquella feria —continuó Louise con voz suave y resignada—, no quiso que nos vieran con él en ningún sitio. Ni siquiera nos permitía ir a recogerlo al colegio cuando podíamos hacerlo. Ni al campamento de verano. Y se negaba a ir con nosotros a la iglesia.
Sin palabras, Andi pasó una página del álbum de fotos, esperando irracionalmente encontrar respuestas allí.
Una foto mostraba a Craig mirando a la cámara con ojos oscuros, casi amenazadores.
La otra foto lo mostraba riendo feliz con otro niño de su edad, corriendo agarrados de la mano, un ejemplo de libro de texto de una infancia feliz.
La cabeza del otro chico estaba girada, pero aun así ella pudo ver que se estaba riendo igual de fuerte.
—Ese era su mejor amigo de aquel entonces, el hijo de unos ricachones del otro lado de las vías —dijo Murray—.
Craig se obsesionó con ese chico. Pasaba todos los días en su casa, a la que no pertenecía, probando cómo era esa vida, con criados, comidas finas y todo eso.
Eso alimentó su rabia contra nosotros. Cada día que iba allí, volvía odiándonos más.
—No nos odiaba —intervino Louise—. Yo no iría tan lejos. Volvía más avergonzado de nosotros, rechazándonos más.
—Y no creas que no intenté ganar más dinero —dijo Murray—.
Acepté un segundo trabajo, pero me pagaban un sueldo mínimo.
No tengo estudios. —Frunció los labios y se quedó un momento mirando el suelo de madera lleno de rayones—.
Pero ese chico y Craig se volvieron inseparables.
—Suspiró y desvió la mirada mientras sus mejillas ardían—.
Pensábamos que era gay, al menos por un tiempo, hasta que apareció su primera novia.
—No es gay —replicó Louise—. Te lo dije hace mucho tiempo. Él y ese chico eran solo amigos, eso es todo. No me creíste entonces, pero podrías creerme ahora que estamos pasando la tarde con la encantadora mujer de tu hijo. A lo mejor así te convences —dijo riéndose.
—No habría pasado nada si hubiera sido gay, ¿sabes? —añadió Murray, ensimismado en lo que parecían ser unos pensamientos bastante dolorosos—. Puede que seamos de Texas, pero lo habríamos aceptado. Lo único que queríamos era que él fuese feliz.