La chica que mataste 25 #2
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25 #2

—Del instinto —bramó, sobresaltándola—, instinto de supervivencia.

Es ancestral. Es lo que nos mantenía con vida cuando vivíamos en cuevas —añadió, bajando el tono a uno normal pero aún apasionado.

—Apretó los labios durante un momento—. Cada vez que miro a Craig Brafford, se me ponen los pelos de punta.

Pensar que mi hija, mi niña ingenua y confiada, está sola con ese hombre o que duerme a su lado me resulta sencillamente insoportable.

Rebecca le cogió la mano antes de hablar.

—¿Estás seguro de que no son imaginaciones tuyas? Estamos envejeciendo, y la edad le hace cosas extrañas a nuestra mente. Así es como, en mi inculta opinión, llegamos a morir locos de remate. Llegamos allí poco a poco.

Hunter se rio.

—¿Crees que tengo alzhéimer o demencia? Di negativo en ambos antes de la boda de Andi. Y el mes pasado me repetí las pruebas al ver que no desaparecía el pavor, el miedo. Freddy hizo la evaluación; me lo habría dicho si hubiera visto algo. No es de los que endulzan las cosas.

Rebecca frunció el ceño. No sabía qué más decir o hacer. Conocía a Hunter desde hacía más de treinta años y nunca había delirado ni se había obsesionado como hacía cuando se trataba de su yerno. Quizá merecía el beneficio de la duda.

—No voy a decir que entiendo esto, Hunter. Me limitaré a creerte y a confiar en ti, sin importar lo inverosímil que me parezca todo lo que me has contado.

—Gracias —respondió él con voz serena—. Eso es lo único que te pido, de verdad.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Rebecca. Hunter la miró de forma inquisitiva—. Con lo de Craig, quiero decir. Si esto es lo que sientes por él, entonces...

—Nada —dijo con amargura, golpeando con la mano el lateral de la cama—.

Mi niña está enamorada de ese hombre y cualquier cosa que yo dijera o hiciera le rompería el corazón.

Ya lo has visto. —Gimió de frustración—.

Pero no dejaré de buscar la verdad que ese hombre intenta ocultar hasta que muera, aunque mi niña no quiera escucharla.

Con esas pocas palabras, Rebecca comprendió lo que le sucedía a su amigo.

—Por eso recurriste a las hamburguesas dobles con queso y a toneladas de patatas fritas, alcohol y quién sabe qué más, ¿no?

—Al helado también. —Sonrió con tristeza—. Y no a esa porquería baja en grasa de la sección de dietética del supermercado, sino al de verdad, al que me negué a mí mismo todos esos años cuando tenía algo por lo que vivir.

Ella se puso de pie y comenzó a caminar de un lado a otro por la habitación, despacio, mientras se retorcía la manos intentando pensar en la mejor manera de llegar a Hunter más allá de su famosa muralla de terquedad. Luego se detuvo a los pies de su cama.

—Si tu hija va a ser feliz con ese hombre y te equivocas sobre tus...

presentimientos, querrás estar allí, al lado de Andi y ver crecer a tus nietos, aunque sean hijos de él; así que debes pensar cómo hacer que eso funcione.

—Se mordió el labio un momento antes de continuar—.

Si tienes razón y este hombre es problemático, debes estar ahí para cuando Andi te necesite, porque lo hará cuando el desamor llame a su puerta; eso es un hecho.

De cualquier modo, deja de autocompadecerte y vuelve a centrarte. Ella te necesita.

Hunter se quedó un momento con la boca abierta.

—Soy un completo imbécil —murmuró.

Lo había convencido. Sonriendo, le dijo:

—No eres tan viejo y no te estás muriendo, y todavía tengo que ganarte miles de dólares en la mesa de póker.

—Te dejaré algo en mi testamento —respondió Hunter con una leve risita, bajando los ojos, algo avergonzado.

—Lo quiero mucho antes de que estires la pata —se rio Rebecca, dándole un puñetazo en el brazo.

Hunter levantó los ojos y la miró. Estaban llenos de lágrimas.

—Gracias, querida amiga.

Ella sonrió y asintió con la cabeza.

—¿Qué vas a hacer con eso que te dije sobre Andi, lo del trabajo en la universidad?

Una breve sobra nubló su mirada.

—Nada. Andi nunca haría eso. No me ocultaría un secreto así. Tiene que ser un error. Quizá alguien se equivocó de nombre o algo así. Seguro que no es nada.

De camino a casa, Rebecca pensó en la entrevista de Andi para el trabajo en el Departamento de Biología Marina de la universidad y en la afirmación de Hunter de que tenía que tratarse de un error administrativo.

Seguro que estaba en lo cierto; era lo único que tenía sentido.

Debían haber confundido a Andi con otra persona.

Sin embargo, algo le carcomía las entrañas, algo indescriptible, un atisbo de inquietud, una amenaza invisible.

Sintió un escalofrío y bajó la intensidad del aire acondicionado del coche.

Al volver a poner la mano sobre el volante, notó que se le ponía la piel de gallina.

Cuando un pensamiento aterrador empezó a formarse, la piel de gallina se extendió por brazos y piernas, trepó por su espalda en un cosquilleo helado hasta llegar a la nuca y le hizo cosquillas con dedos premonitorios.

Instinto.

Ahora entendía de lo que hablaba Hunter.

BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿Se encontró alguna otra prueba en el vertedero?

BARBARA OTWELL, DETECTIVE: Sí. Recuperamos una toalla empapada de sangre. Determinamos que pertenecía a la víctima.

BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿Cómo llegaron a esa conclusión?

BARBARA OTWELL, DETECTIVE: La policía científica comparó el ADN de la sangre con el pelo recogido de un cepillo encontrado en la residencia de la víctima durante el registro inicial y la incautación.

BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿Se recuperó alguna otra prueba del lugar donde se arrojó el cuerpo?

GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: Protesto, señoría.

BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: Retiro la pregunta. ¿Recuperaron alguna otra prueba del vertedero?

BARBARA OTWELL, DETECTIVE: Un mechón de pelo de la víctima y una astilla de madera que coinciden con una de las sillas de la cocina, todo cubierto de sangre.