La chica que mataste 25
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VISITA

Rebecca había elegido ese día lluvioso en particular para ir a visitar a Hunter, lo que suponía un cambio en su rutina matutina, que consistía en tomar café en el porche mientras Aaron se entretenía en el jardín y luego leer junto a la ventana.

La lluvia caía con fuerza e intensidad, obligándolos a ambos a mantenerse en la parte cubierta, lejos del borde, donde las gotas golpeaban la barandilla.

Poco se dijeron después de que ella anunciara su intención de visitar a Hunter esa mañana.

Ella lo había estado posponiendo durante unos días, aún abrumada por la culpa, a pesar de la explicación científica de su marido sobre las causas y los desencadenantes de los infartos de miocardio.

Aunque Aaron había intentado minimizarlo para que se sintiera mejor, Rebecca sabía que el estrés era un factor desencadenante y que ella le había provocado justo eso a Hunter, un estrés repentino e intenso.

Aaron se había ofrecido a acompañarla si esperaba a que él despejara su agenda lo suficiente como para ausentarse un par de horas.

Después de pensárselo un poco, decidió que quería visitar a su viejo amigo a solas.

Ya volvería durante el fin de semana con Aaron; estaba segura de que a Hunter le gustaría tener compañía.

Seguía lloviendo cuando entró en el aparcamiento del Centro de Rehabilitación Cardiaca.

Corrió bajo la lluvia, chapoteando en pequeños charcos y empapándose los zapatos, pero se sintió vigorizada al llegar a la entrada.

Tal vez necesitaba eso en su vida más de lo que se atrevía a admitir, alguna actividad enérgica que acelerara la circulación de la sangre por sus venas y la llenara de adrenalina.

Desde que se había jubilado, se contentaba con leer durante muchas horas cada día, perdida en un mundo de historias maravillosas.

Hacía ejercicio a través de otros, como cuando viajaba por el Congo con Michael Crichton, perseguía a los malos con Harlan Coben, iba a la batalla con Ivanhoe, de Sir Walter Scott, o escapaba de la cárcel con el conde de Montecristo.

La explicación de Aaron sobre cómo ocurrían los infartos no se le había olvidado; necesitaba cambiar algunas cosas en su vida para no correr el riesgo de que algún día el centro de rehabilitación en el que acababa de entrar se convirtiera en su hogar durante un tiempo.

Encontró a Hunter todavía en la cama, aunque eran casi las diez. Estaba despierto, mirando el techo blanco, con el rostro un poco tenso y muy pálido. Fueran cuales fueran los pensamientos que se agolpaban en su cabeza, no le hacían bien.

—Buenos días, dormilón —lo saludó, alegre, ocultando su preocupación.

—Ah —dijo él, y una gran sonrisa se dibujó en sus labios por un momento—. Me alegro de verte.

Rebecca se inclinó hacia él y lo besó la mejilla. Olía a hospital y a ropa sucia. Una barba de tres días, casi totalmente blanca, lo hacía parecer mayor de lo que era, abatido, al borde de la desesperación.

Hunter pulsó un botón en el panel lateral de la cama y el respaldo se elevó.

—Así. Mucho mejor. Ahora podemos hablar. —Hizo un gesto con la mano cortando el aire que había entre ellos—. Ya tenemos los ojos a la misma altura.

Al notar el temblor de sus dedos y la creciente palidez de su rostro, Rebecca sonrió y le entregó el regalo que había envuelto la noche anterior y que había conseguido proteger de la lluvia.

Radiante como un niño la mañana de Navidad, desenvolvió el delgado paquete rectangular con dedos temblorosos que rasgaban el papel con dificultad. La tristeza ahogó a Rebecca y le llenó los ojos de lágrimas, pero no lo ayudó.

—Es un cuaderno —dijo Hunter, pasando los dedos por la portada brillante y colorida—, y también hay un bolígrafo. —Su dedo trazó el contorno del delfín sonriente dibujado en él.

—Es para que lo uses como diario. Te será muy útil para poner tus pensamientos en orden.

Él se llevó el cuaderno al pecho con ambas manos, mostrando su agradecimiento.

—¿Sabes lo que creo? —Su sonrisa regresó por un breve instante—. Que echas de menos asignar tareas escritas a tus alumnos.

Rebecca se rio por lo bajo.

—Puede que tengas razón, pero quizá es que he visto el bien que les hizo escribir para superar algunos de los retos más difíciles de sus vidas. Inténtalo. Puede que descubras que te gusta.

—Te prometo que lo haré —dijo Hunter con la voz impregnada de la maravillosa expectación de una nueva actividad que prometía emoción, o por lo menos alivio contra el interminable aburrimiento de mirar al techo—. No es que esté muy ocupado... No me dejan hacer nada.

—Bueno, ¿cómo te encuentras? —preguntó ella, cogiéndole el bolígrafo y el cuaderno de las manos para dejarlos en la mesilla de noche, a su alcance. Luego se sentó en un taburete que había acercado a su cama.

—Como cabría esperar, pero todavía sigo aquí. Me refiero a que no estoy bajo tierra.

Ella le apretó la mano, y él le devolvió el gesto de forma débil y temblorosa; ese ligero temblor estaba presente en sus dedos independientemente de lo que intentara hacer.

—¿Fue por mi culpa?

—¿Eh?

—¿Lo que te dije sobre la entrevista de Andi en la universidad fue lo que desencadenó tu infarto?

—No. En absoluto —contestó, y por un momento su voz sonó como antes, llena de vigor y determinación.

Se apoyó más en las almohadas—. Fumar puros, el whisky de doce años, los filetes, las semanas de siete días en la clínica...

Lo estaba haciendo todo mal. —Se aclaró la voz y pareció avergonzado por un momento—.

Cuando ocurrió, me sorprendió que no hubiera sucedido antes.

—Puedo soportarlo —dijo Rebecca, mirándolo fijamente—. Ya soy mayorcita. Y si yo te hice esto, puedo...

—Los hombres de mi familia llevan tres generaciones muriendo de accidentes cardiovasculares de un tipo u otro.

Las mujeres también, pero no todas, no como en el caso de los hombres.

—Guardó silencio durante un rato, desviando a veces la mirada hacia la ventana mojada por la lluvia—.

Me rendí, eso es todo. En lugar de dar mis paseos, empecé a pasar más horas en la clínica y a comer comida basura; me daba todo igual.

—Estás deprimido —añadió Rebecca con rapidez.

—Yo soy el que tiene formación médica. Tú eres profesora de Literatura Inglesa. ¿Qué sabes tú de las depresiones? —bromeó, mirándola un instante antes de apartar la vista.

—De Hamlet a Holden Caulfield, creo que he tenido unas cuantas oportunidades de entenderlas, las suficientes como para reconocer una cuando me está mirando fijamente a la cara, mintiendo con sus dientes amarillentos por los puros.

—Ja. Me has pillado, ¿eh?

—Sí, pero hay una cosa que no entiendo. ¿Por qué estás triste? ¿Por Andi?

No respondió. En lugar de eso, giró la cabeza hacia otro lado y se quedó mirando por la ventana, pero ella aún podía ver el brillo de las lágrimas en sus ojos. El silencio se apoderó de la habitación, el suave pitido de su monitor cardíaco era el único sonido que lo perturbaba.

—Hunter, Andrea se casó y abandonó el nido, pero eso es normal, y tú lo sabes. Así es como debe ser. —Él no dijo nada, solo mantuvo la mirada apartada de ella—. Tú no querías que se quedara contigo para siempre, ¿verdad?

Cuando por fin la miró, sus ojos eran ardientes y el dolor que se veía en ellos era inconfundible, pero había algo más.

Angustia, miedo inmenso y pavor, como si estuviera viendo un choque de trenes a punto de producirse, incapaz de intervenir y salvar las vidas que estaban a punto de acabar en una matanza sin sentido.

—Por supuesto, quería que se casara, que formara su propia familia y abandonara el nido.

¿Qué clase de padre sería si no? —Cogió el vaso de agua, bebió un sorbo con la pajita roja y se aclaró la garganta en voz baja—.

Pero siempre he deseado que encontrara un buen marido, un compañero auténtico y honesto. No alguien como... él.

Otra vez lo mismo. Fuera lo que fuera lo que Hunter tenía contra el marido de Andi, no iba a desaparecer.

—¿Qué tiene de malo? —preguntó Rebecca en voz baja y comprensiva.

A lo mejor podía llegar al fondo del asunto porque, para ella, no tenía sentido—.

El chico no es nada feo, todo lo contrario.

Podría ser más alto, lo reconozco, pero a Andi no parece importarle.

Tiene un buen trabajo, es educado y parece preocuparse mucho por Andi.

Él le tomó la mano con las suyas tras girarse para mirarla sin tener que mover la cabeza. Sus ojos se clavaron en los de ella con una tácita súplica de ayuda.

—Hay algo en él que no puedo identificar, que me da más miedo que cualquier otra cosa.

—La soltó y le mostró una cicatriz que tenía en la mano derecha, a la altura de la base del pulgar, una línea blanca de unos dos centímetros de largo—.

¿Ves esto? Un dulce y pequeño spaniel me lo hizo con sus dientes de leche.

No quería que le pusiera la vacuna de la rabia.

—Luego señaló otra cicatriz que había en el interior de su dedo anular.

Medía más de dos centímetros y medio—. Pude ver el interior de la articulación metacarpofalángica cuando la gata birmana la abrió con sus garras durante un examen del oído.

Tuve suerte de que no me cortara los ligamentos.

—Dejó de hablar un instante—. Cada vez que esto ocurría, y me ha pasado más de dos veces, justo antes de que uno de mis pacientes se enfadara tanto conmigo como para abalanzarse y hacerme sangre, sentía que se me ponían los pelos de punta.

Era como si supiera que iba a ocurrir antes de que sucediera.

—Dejó escapar de sus pulmones una sonora bocanada de aire que le produjo un escalofrío—. Era como si sintiera sus pensamientos.

—¿De qué está hablando?