La chica que mataste 24
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CASUALIDAD

La entrevista de Andi no duró mucho. Quizá fuera la más corta que había hecho.

La entrevistadora, una mujer con obesidad mórbida que hacía mucho tiempo que había renunciado a sí misma, parecía distraída y con prisa.

Andi hizo todo lo posible por ocultar su decepción y mostrar el entusiasmo necesario para conseguir el trabajo.

No podía permitirse desperdiciar ni una sola oportunidad si alguna vez quería poder ganarse la vida.

Una vez fuera, bajo los penetrantes rayos del sol, respiró con tranquilidad.

Miró el cielo azul y lo contempló hasta sentir que flotaba y que el cielo se acercaba, un azul infinito rodeándola sin fin.

Hasta que se convenció de que todo era posible y que el único límite era el cielo infinito.

Luego bajó la capota de su Beetle y se dirigió a Smithville.

Su primera parada fue en una de las enormes gasolineras por las que es famosa Houston, una RaceWay, donde pudo encontrar aseos limpios.

Se apresuró a entrar y se cambió el atuendo de la entrevista por unos vaqueros elásticos, una camiseta de cuello de pico y sus Reebok favoritas.

Dudó un momento mientras tocaba la piedra azul del centro de su colgante.

¿Debería quitárselo? ¿No era un poco exagerado para su atuendo deportivo?

Sí que lo era, pero, combinado con su camiseta desgastada, el colgante parecía una de esas baratijas que usan las chicas jóvenes para conseguir un aspecto divertido y sin pretensiones.

A primera vista no parecía tener mucho valor.

Le encantaba llevarlo. Salvo la modesta alianza con la que le había propuesto matrimonio, Craig nunca le había regalado joyas.

No creía que el colgante fuera muy valioso, pero no le importaba.

Significaba mucho para ella porque era un regalo de su marido, no por su valor potencial en manos de un prestamista.

A ella le daba igual si eran zafiros o cristales, pero eso no se lo podría decir nunca a Craig.

Condujo hacia el oeste por la I-10, con la capota bajada y la música a todo volumen, agradeciendo el flujo de aire mientras las náuseas la asaltaban de vez en cuando.

Consiguió no detenerse hasta llegar a Smithville, aunque estuvo a punto de hacerlo un par de veces.

Pararse en el arcén para vomitar en una cuneta no era la forma en que quería pasar el día.

Su estómago se contrajo, se retorció y se rebeló como si una criatura alienígena estuviera a punto de salir de él y desgarrarlo en pedazos.

Se obligó a resistir las ganas de vomitar, respiró hondo, encendió el aire acondicionado y dirigió las rejillas de ventilación hacia su cara, antes de empezar a meterse caramelos de menta en la boca sin parar.

Dejando la I-10 en el retrovisor, tomó la autopista 71 en Columbus y se dirigió hacia el norte.

Cuando llegó a Smithville, era alrededor de la una de la tarde.

Durante un segundo consideró la posibilidad de comer algo, pero se decidió por un café solo, que conllevaba menos riesgo de un ataque de náuseas.

Al entrar en el centro de Smithville, buscó un Starbucks.

No había ninguno. El centro del pueblo le recordó a Andi los decorados del salvaje Oeste que había visto en Universal Estudios cuando había ido hacía muchos años con su padre.

Parecía congelado en el tiempo; estaba segura de que el pueblo había cambiado mucho desde hacía al menos cincuenta años.

Una rápida búsqueda en Google Maps le indicó cómo llegar a una tienda llamada The Olde World Bakery and Café.

La palabra panadería que había en el cartel le hizo la boca agua, anticipando bollería caliente y pasteles esponjosos a los que podría hincar el diente con gusto.

El pequeño y acogedor local olía tan bien como era de esperar. Una mujer mayor estaba sacando una bandeja de cruasanes del horno, llenando el lugar con un aroma a chocolate fundido y masa bañada en mantequilla. Incapaz de apartar los ojos de la bandeja, corrió hacia el mostrador.

Un joven pecoso le sonrió desde detrás de una gran caja registradora de estilo antiguo.

—¿Qué le pongo, señorita?

—Mmm, un café solo grande y uno de esos..., no, que sean dos, por favor. Dos cruasanes calientes.

Le entregó su tarjeta de crédito y él le indicó que esperara a un lado hasta que estuviera listo su pedido.

Un minuto después, lo recogió todo y se dirigió a la puerta, sin dejar de mirar el expositor donde estaban los productos recién horneados.

Sin prestar mucha atención a por dónde iba en el estrecho local, rozó a un hombre y le derramó el café caliente encima.

—Ay, Dios mío, lo siento muchísimo —dijo ella, acercándose al mostrador para coger un puñado de servilletas de papel.

A sus sesenta años, el hombre tenía un poco de barriga, pero seguía llevando un cinturón tradicional con hebilla vaquera y un sombrero de ala ancha a juego.

La miraba fijamente, aunque Andi no podía saber hasta qué punto estaba enfadado.

Dos vasos de papel habían caído a sus pies, derramando su contenido sobre el suelo de mosaico.

—Por favor, permítame que le pague otro —dijo Andi, y luego se giró hacia el joven pecoso y le dijo—: Por favor, repite su pedido. Y el mío también... —Sus cruasanes estaban esparcidos por el suelo, empapándose de café derramado.

Empezó a secar la camisa de cuadros del hombre donde el café la había manchado y luego alargó la mano para hacer lo mismo con una mancha bastante grande que tenía en sus vaqueros, pero dudó. En lugar de eso, le entregó unas servilletas y le dijo:

—Tome, por si quiere...

—No pasa nada —respondió él con desenfado mientras ella estaba agachada en el suelo, recogiendo los cruasanes y los vasos, e intentando contener el líquido derramado con servilletas. El hombre le tocó el hombro—. No te preocupes.

—Ya está su pedido, señorita —dijo el dependiente—. No se preocupe por eso, lo limpiaré en un santiamén. Ocurre todo el tiempo.

Pagó los cafés y entregó dos de las tres tazas al hombre. Luego cogió unas cuantas servilletas más del dispensador y se las ofreció. Él las cogió sin decir nada, mirándola con ojos sonrientes.

Una oleada de náuseas le subió a la garganta. Tenía que salir de allí antes de añadir vómito fresco al trabajo de decoración que había hecho en la ropa del hombre.

—De verdad, lo siento muchísimo —dijo.

El hombre se llevó dos dedos al ala de su sombrero y asintió, sin dejar de sonreír.

Andi se apresuró a salir de allí y miró hacia atrás durante un breve instante mientras la puerta se cerraba.

Su pie se enganchó en un guijarro y patinó hacia un lado, torciéndose el tobillo.

Perdió el equilibrio y tuvo que apoyar la mano en la mesa de hierro forjado de otro cliente para no caerse.

Por suerte, en esa ocasión no se derramó café; la mujer no tenía ninguno delante.

« Vaya —pensó—, necesito un carné para caminar. Al parecer, ya no estoy capacitada para hacerlo».

La mujer tenía una sonrisa agradable y unos ojos bondadosos bajo su largo flequillo castaño. Su pelo, brillante como la seda, estaba recogido en una juvenil coleta, desafiando su edad. Antes de que Andi pudiera disculparse, dijo:

—¿Estás bien, querida?

—S... sí —tartamudeó—. Lo siento mucho —dijo mientras se enderezaba. Le dolía un poco el tobillo. Intentó moverlo, poniéndole peso poco a poco. Le molestaba, pero podía soportarlo.

—¿Por qué no te sientas un momento? —dijo la señora, señalando una de las sillas.

Andi sacó la que tenía más cerca y se sentó.

—Gracias —dijo, esbozando una sonrisa cargada de vergüenza—. No quiero molestar...

—Qué bobada. Alguien que se las arregla para chocar dos veces en dos minutos debería sentarse un rato, recuperar el aliento y orientarse antes de incorporarse al tráfico —dijo con una sonrisa contagiosa—. Ya sabes, para no ponerte en peligro a ti mismo y a los demás.

Las mejillas de Andi se encendieron.

—Vaya, ¿también ha visto eso? —Señaló la cafetería, de donde acababa de salir el hombre con el que se había tropezado.

—Sí —respondió ella, y luego acercó su bolso como si estuviera haciendo sitio en la mesa. O quizá desconfiaba un poco de Andi.

El hombre se acercó a la mesa, dejó en ella los dos cafés y se sentó en la silla que había vacía.

—Vaya, hola de nuevo —dijo riendo entre dientes.

Andi se tapó la boca con la mano y jadeó.

—No me digan que están juntos.

El hombre apretó la mano de la mujer con sus dedos artríticos.

—Desde el día en que puse mis ojos en esta hermosa potra tejana —respondió.

Andi bajó los ojos, avergonzada.

—Deben pensar que estoy loca. Ando un poco distraída, eso es todo.

Ambos la miraron con un interés genuino mal disimulado.

—Cuenta, cuenta —preguntó la mujer—. Nos encantan los chismes. Como puedes ver, no pasan demasiadas cosas en nuestro pueblo.

—Es verdad —añadió el hombre—. Que derramaras ese café ha sido lo mejor del año.

—Son ustedes muy amables —respondió Andi, ocultando una oleada de malestar bajo una sonrisa, y la disipó con un trago de café.

Se preguntó si haría mal compartiendo información personal con esos extraños.

Estaba deseando contarle a alguien lo de su bebé; a alguien que se alegrara por ella, aunque fueran unos extraños a los que en realidad no les importaba—.

Estoy embarazada —añadió, con la voz entrecortada por la emoción.

El hombre se quedó boquiabierto, sin palabras.

—Virgen Santa —dijo la mujer, aplaudiendo sorprendida. Luego se acercó a la mesa y apretó la mano de Andi—. Felicidades, querida. Debes estar encantada.

Se le iluminó la cara. Necesitaba su amabilidad como un soplo de aire fresco, para calmar sus preocupaciones y su corazón dolorido tras la fría reacción de Craig.

—Sí, lo estoy. Y también tengo náuseas todo el tiempo, pero esa es otra historia.

—Miró la hora. Se estaba haciendo demasiado tarde.

Aún tenía que ir a ver a los padres de Craig y quería estar en casa antes de que él regresara del trabajo—.

Debería irme. Se me está haciendo tarde.

Tengo que ir a un sitio. —Se levantó y cogió su taza de café y la bolsa de papel con los dos cruasanes, aún calientes—.

Gracias a los dos por su comprensión y hospitalidad. Ha sido un placer conocerlos.

—Encantado, jovencita —respondió el hombre, cogiendo con fuerza las manos de su mujer.

Andi consiguió llegar al coche, cojeando solo ligeramente y sin que ocurrieran más incidentes.

Desde detrás del volante de su Beetle, se despidió de la pareja con la mano y luego se marchó.

Su primera parada fue en el arcén de la autopista, donde se agachó junto a la rueda delantera y vomitó.

Ni siquiera un sorbo de café amargo le alivió el ardor de estómago ni le quitó el mal sabor que sentía en la garganta.

Unos minutos después, jadeando por el esfuerzo, se enjuagó la boca con agua embotellada y se sentó al volante, esperando un momento antes de reanudar su viaje hacia la casa de los padres de Craig.

Sentía las manos débiles, como si girar el volante fuera a suponerle demasiado esfuerzo.

Quería tumbarse, pero le faltaban varias horas para poder hacerlo.

Tardó menos de diez minutos en llegar a la residencia Brafford.

Era un pequeño rancho en un terreno de un cuarto de acre, con una cerca blanca de estacas y un encantador roble antiguo en el borde de la propiedad.

Con una oleada de ansiedad revoloteando en su interior, respiró hondo varias veces mientras se alisaba el pelo despeinado y se retocaba el brillo de labios.

—Ánimo —murmuró para sí misma antes de llamar al timbre.

La puerta se abrió de par en par. El hombre de la cafetería sonrió y la invitó a pasar con un gesto de la mano.

—¿Cómo? —preguntó, incrédula—. ¿Son ustedes los padres de Craig? —Una oleada de vértigo la invadió y se agarró al umbral de la puerta para mantener el equilibrio.

Los dos se miraron, visiblemente excitados.

—Sí, lo somos. Siéntate, querida, y pon los pies en este reposapiés —dijo la señora Brafford—. Te traeré hielo para ese tobillo. ¿Te apetece un té?

BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿En qué momento se dio cuenta de quién era la joven?

MURRAY brAFFORD: Lo supe desde el principio, cuando me encontré con ella en el café. Cuando reconocí el colgante, me sorprendí tanto que se me cayeron los cafés que llevaba en la mano. Pobrecita, pensó que había sido culpa suya.

BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿Le dijo usted que había reconocido el colgante?

MURRAY brAFFORD: No. Le dimos tiempo para que nos contara ella misma quién era y por qué estaba allí. Supusimos que había venido a la ciudad a buscarnos. Nos limitamos a esperar.