La chica que mataste 23
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VENTAJA

No había ninguna visita programada para ese jueves, y Craig había decidido dedicar el día a hacer llamadas telefónicas.

Después de la fiesta del diecinueve de agosto, había firmado un par de acuerdos exclusivos y había puesto las casas en venta con la agencia, pero las había anunciado fuera del ámbito que Jeremy Hughes conocía.

Había puesto los anuncios él mismo, pagándolos de su bolsillo, y había promocionado la propiedad entre residentes de California y Nueva York, baby boomers adinerados que buscaban jubilarse en algún lugar cálido e incluso extranjeros que querían asentarse en el país.

Había funcionado. Mucha gente mostró interés y una de las casas estaba a punto de venderse por más de cuatrocientos mil dólares por encima del precio que había puesto el cliente.

Su comisión extraoficial era del diez por ciento de esa cantidad.

Una pequeña parte iría a parar a su jefe, pero al menos la hipoteca estaría cubierta durante unos meses.

Sí, había funcionado. Pero no lo bastante rápido. Podrían pasar meses e incluso años antes de que quedaran disponibles otras propiedades de la primera docena , como llamaba a los asistentes a la fiesta del diecinueve de agosto. Necesitaba otra docena y después otra más.

Dejó la chaqueta del traje en el respaldo de la silla y se arremangó la camisa.

Aun así, hacía calor en la sofocante oficina.

Se aflojó la corbata y se dirigió a la cocina para ponerse otro café.

Luego llenó la taza con un puñado de cubitos de hielo.

De vuelta en su despacho, hizo un gesto con la cabeza y sonrió a Mary, para luego observar durante un breve instante cómo se encendían sus mejillas.

Tenía ese efecto en las mujeres, independientemente de su edad.

A lo mejor podía encontrar alguna manera de aprovecharlo.

¿Y si llamaba a las mujeres de la primera docena y les pedía referencias?

¿Les importaría a sus maridos? «Mierda...

Seguro que sí». Craig sabía que a él le sentaría muy mal si algún agente inmobiliario llamara a Andi a sus espaldas.

¿Y si le pedía a Donati que le diera algún contacto?

Ese hombre conocía a todo el mundo y estaba dispuesto a aportar capital a la aventura empresarial de Craig.

Tal vez estuviera dispuesto a hacer algo más.

¿Los padres de Jude estarían dispuestos a ayudar?

No conocían a mucha gente, pero le servía cualquier contacto.

Craig nunca escatimaba en trabajo, esfuerzo ni creatividad cuando estaba decidido a alcanzar una meta.

Sin embargo, carecía de algo muy importante: paciencia.

No quería esperar años y años hasta que su negocio creciera.

Quería que brotara como la planta de habichuelas de Jack, pero potenciada.

Lápiz en mano, se quedó mirando una hoja en blanco en la que había escrito: «LISTA» y había subrayado la palabra dos veces.

Ningún nombre había aterrizado allí desde que había empezado a hacer llamadas aquella mañana.

Cuando sonó su teléfono, se sobresaltó y dejó caer el lápiz, que rodó por el suelo hacia la pared y se detuvo al llegar a un pliegue de la moqueta desgastada.

No reconoció el número.

—Soy Craig Brafford —dijo en lugar del habitual «hola». Le encantaba ser profesional a riesgo de parecer engreído. Era mucho mejor que parecer superficial.

—Craig, soy Truman Haskett —dijo una voz seria que le resultaba familiar. Era un pez gordo de la primera docena, un magnate con fábricas y una mujer despampanante y demasiado joven para él.

Él sonrió. El número tres de la primera docena probablemente quería comprar o vender una casa.

—Señor Haskett, me alegra su llamada. ¿Qué puedo hacer por usted?

Un instante de silencio hizo que la frente de Craig se frunciera. La cosa no estaba empezando nada bien.

—Tengo un pequeño problema de liquidez —dijo Haskett finalmente, después de dejar escapar un largo suspiro de frustración. Hablaba en voz baja, como si quisiera mantener la conversación en secreto—. Necesito deshacerme rápido de una propiedad que tengo, no sé si me entiendes...

Craig volvió a sonreír.

—¿Con qué rapidez quiere que se venda?

—Mañana sería perfecto.

—Oh —reaccionó Craig, recuperando su lápiz favorito del suelo.

—Tengo la oportunidad de invertir en ciertas materias primas y sacar tajada en el mercado, pero debo hacerlo ya.

—Entiendo. Estaré encantado de ayudarlo. Lo primero que necesito saber es la dirección de la propiedad.

—Está en el Memorial Villages, justo al lado de Taylorcrest Road. Es un buen barrio con excelentes colegios. Es una casa de trescientos setenta metros cuadrados moderna y de primera categoría, con todas las mejoras que se te ocurran porque mi mujer y yo no hemos escatimado ni un centavo.

Craig odiaba cuando los clientes le hablaban de sus inmuebles, era una pérdida de tiempo. Lo único que necesitaba era la dirección. Así podría sacar el historial de la propiedad, averiguar por cuánto se había comprado y otras cosas que necesitaba saber.

—Qué maravilla. Eso ayudará a venderla rápido. —Después de dudarlo, decidió no volver a preguntar por la dirección, pero intentó conseguirla de otra manera—. ¿Puedo verla?

—Es el número mil quinientos nueve de Timber Hill Court. Está vacía. Pásate por mi oficina a por las llaves. Se las dejaré a mi ayudante por si no puede sacarme de alguna de mis reuniones.

Craig tecleó rápidamente la dirección en el ordenador. La casa era impresionante, con un valor de mercado estimado en casi tres millones de dólares. Sin embargo, el señor Haskett la había comprado hacía solo cuatro años por menos de dos.

—¿Entonces? ¿Qué me dices? —preguntó Haskett, que parecía más impaciente de lo que Craig habría esperado. Esa pregunta, formulada en ese tono tan apresurado, recortó otro par de miles de lo que Craig estaba considerando decirle.

Se tomó un momento para pensar.

—Bueno, señor, si tuviera uno o dos meses, podría conseguirle más de tres millones por ella. Pero, si quiere cerrar la venta mañana, tendré que tantear el terreno y ver qué puedo hacer. No se preocupe, conseguiremos venderla, estoy seguro; pero tendrá pérdidas.

—Ah, ¿sí? —Haskett parecía a punto de cambiar de opinión.

Craig no podía permitirlo.

—Probablemente no obtendrá por ella menos de lo que pagó, pero no el precio de mercado actual.

—Ya veo.

Se había vuelto parco en palabras. Mala señal.

—¿Por qué no me pongo con esto de inmediato? Si firma un contrato de exclusividad conmigo para las próximas veinticuatro horas, empezaré a hacer llamadas y le conseguiré mejor precio que nadie con tan poca antelación, y solo trataré con compradores que quieran pagar en efectivo.

—Eso está mejor —dijo Haskett, riendo aliviado—.

Por un momento, has hecho que me preocupara.

Haz que me sienta orgulloso, hijo. —Luego, sin previo aviso, lo pasó con su ayudante, una mujer de voz agradable y modulada que ya conocía el contrato que Craig iba a enviar y las llaves que tenía que recoger.

Eficiencia.

Le encantaba eso de sus clientes ricos. Era como si cuanto más ricos se volvieran, mejor comprendían que el único bien insustituible era el tiempo. Por eso nunca había que malgastarlo.

En esa línea, con una sonrisa en la cara digna del gato de Cheshire, llamó a Jude.

—¿Estás listo para la acción? —preguntó en cuanto su amigo descolgó el teléfono.

—Por supuesto —notó la emoción en la voz de Jude.

—Perfecto, porque esto empieza ya. Reúnete conmigo en el mil quinientos siete de Timber Hill Court.

—Podía oír a Jude escribiendo en su teclado—.

¿Es demasiado? ¿Puedes hacer que cuadren los números?

Creo que puedo sacarla por dos millones, dos doscientos como mucho.

—Craig contuvo la respiración, esperando que Jude pudiera conseguir el dinero de algún modo.

Luego, en un año más o menos, cuando la revendieran por encima del valor de mercado, podrían ganar quinientos de los grandes cada uno. O más.

—Creo que puedo conseguir el dinero, pero necesito que consigas el precio más bajo.

—Es hora de hacerse rico, hermano. —Craig colgó y salió a toda prisa por la puerta del despacho—. Dile al señor Hughes que tengo un cliente nuevo —le dijo a Mary cuando pasó junto a ella al salir.

Por el rabillo del ojo, vio su sonrisa acompañada de un aleteo de pestañas. Era guapa, un poco demasiado rellenita para su gusto y con las tetas demasiado grandes, pero follable al fin y al cabo.

La vida empezaba a sonreírle de verdad.