La chica que mataste 22
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Andi miró la pantalla con incredulidad. Era muy tarde... Había pasado con creces la hora a la que había puesto la alarma en su teléfono la noche anterior. Tenía una entrevista en menos de dos horas en pleno centro de Houston.

Saltó de la cama y corrió al baño, sedienta, con un sabor amargo en la boca. Estaba un poco mareada, débil incluso, y se arrepintió al instante de la prisa con la que había abandonado la comodidad de la cama. Puede que estuviera incubando algo.

Con rapidez, se enjuagó la boca y se cepilló los dientes. Luego empezó a vestirse, tras elegir con cuidado su atuendo. Estaba sobrecualificada para el trabajo de atención al cliente al que aspiraba, no quería que ir demasiado arreglada jugara en su contra.

Había sido una semana dura después del infarto de su padre y aquella fiesta.

Su primera discusión con Craig había quedado en el olvido, o al menos eso esperaba.

Había estado más dulce que nunca, más tranquilo con ella, más atento, aunque ella se daba cuenta de que estaba sometido a un estrés considerable.

Continuaba trabajando muchas horas, algunas de la tarde, desde su despacho en casa, donde estaba siempre al teléfono, intentando contactar con personas influyentes.

Andi lo oía a través de las paredes, no era nada fácil.

Con su padre en rehabilitación cardíaca —así llamaban a la residencia asistida temporal para personas que se recuperaban de todo tipo de problemas cardíacos—, Andi se había visto incapaz de pasar tanto tiempo con él como hubiera querido.

Su cardiólogo, el doctor Pontiff, le había explicado sin medias tintas que los pacientes se obligan a sí mismos a permanecer despiertos y parecer animados cuando recibían la visita de seres queridos cuando, en realidad, deberían estar descansando.

Podía ir a verlo todos los días, por supuesto, pero solo durante una hora.

El mismo médico le había asegurado que la recuperación del doctor Wilmore marchaba según lo previsto y que el paciente se había mostrado dispuesto a hacer lo posible para recuperarse antes.

La angioplastia se había realizado con éxito, reduciendo el riesgo futuro.

Su padre se tomaba las medicinas y comía y descansaba bien.

Pronto, en unos meses, podría irse a vivir con ella.

Todos los días, a eso de las cinco de la tarde, Andi se presentaba en el Centro de Rehabilitación Cardiaca y llevaba a su padre en silla de ruedas al exterior para pasar un rato juntos respirando aire fresco y disfrutando de la suave puesta de sol de principios de otoño.

Aún no le había hablado de su embarazo. Insegura sobre cómo reaccionaría, dado que sus sentimientos hacia su marido no habían cambiado, pensó que lo mejor sería dejar pasar más tiempo antes de darle la noticia.

Craig tenía razón, como siempre, al sugerir que esperaran uno o dos meses más antes de contárselo a sus amigos y a la familia de ella en una acogedora fiestecita en casa.

Quizá para entonces ya le habrían dado el alta a su padre y si no, seguro que lo dejaban salir una tarde.

Rodeado de amigos que se alegrarían por ella y Craig, puede que el doctor Wilmore se relajase un poco y la noticia de su embarazo no le disgustara tanto como Andi temía.

Era difícil saber lo que iba a pasar. ¿Se pondría triste porque era el bebé de Craig?

¿O la noticia le alegraría porque era de su hija, su propio nieto?

¿Podría la pequeña vida que crecía en su interior convertirse en el puente entre los dos hombres más importantes de su vida?

Eso esperaba. Le dolía el corazón cada vez que pensaba en la ruptura entre los dos.

Casi completamente vestida, trotó descalza por la casa mientras cogía sus cosas. El colgante azul fue el toque final a su atuendo, y se lo abrochó apresurada, justo antes de abrir la nevera para tomar una rebanada de queso suizo de camino a la puerta.

Una oleada de náuseas la paralizó y la hizo correr hacia el lavabo.

Últimamente, las náuseas eran cada vez más intensas.

Desde hacía dos noches las arcadas eran tan intensas que sentía como si el revestimiento de su estómago quisiera desprenderse.

Cuando por fin terminó de vomitar, estaba sin aliento y desfallecida por el esfuerzo.

El sabor de su boca era amargo y extraño, aunque su estómago estaba vacío, excepto por un vaso de agua.

Cuando levantó los ojos del lavabo, se vio en el espejo.

Estaba pálida, sus labios apenas tenían color y su rostro estaba demacrado.

Había vomitado todas las mañanas de los últimos días, pero pronto acabaría.

Toda la información que leía en Internet hablaba de que el primer trimestre era el peor y que luego todo se estabilizaba.

Bueno, excepto por los antojos ridículos de comida, como pepinillos, comida china y limones.

Respirando despacio para contener las náuseas, pensó en una rodaja de limón, y ese pensamiento se convirtió en un antojo de algo ácido. Un rápido vistazo al teléfono le confirmó que aún tenía tiempo para hacer lo que se había propuesto ese día.

Era hora de conocer a los padres de Craig.

El día anterior, rebuscando entre los documentos personales de Craig, había encontrado su partida de nacimiento. Se llamaban Louise y Murray Brafford. Craig había nacido en un hospital de Austin. Solo tenía que buscar su dirección en Internet.

No muy contenta con su palidez fantasmal tras el ataque de náuseas, se maquilló rápidamente y se retocó el brillo de labios.

Luego se dirigió a la cocina, donde encendió el portátil y esperó a que se cargara mientras cortaba un limón por la mitad y empezaba a lamer el zumo que goteaba, disfrutando de su frescor mientras le cortaba las náuseas.

Un momento después, jadeó y lanzó el limón a la basura mientras corría hacia la nevera. El zumo le estaba quemando el estómago. Le quitó la tapa a un envase de yogur y se tragó el equivalente a una cucharada. Al llegar a su estómago, calmó su dolor.

El primer trimestre se le estaba haciendo eterno.

Respirando aliviada, se sentó y comenzó su búsqueda.

Unos instantes después, encontró a un tal señor Murray Brafford que vivía en Smithville, Texas.

La aplicación de navegación de su teléfono le dijo que estaba a menos de dos horas si cogía la I-10.

Pensó en enviar la dirección de los Brafford desde el portátil a su teléfono por un SMS, pero luego decidió no hacerlo.

Craig podría tropezarse con el mensaje y enfadarse mucho con ella por ir a conocer a sus padres en contra de sus deseos expresos. Tanto ella como Craig usaban ese portátil.

En lugar de eso, memorizó la dirección, preguntándose por qué estaba haciendo algo de lo que Craig no debía enterarse. No tenía secretos para su marido... Ese era el único. ¿Estaba mal ir a ver a sus padres y presentarse? ¿Había sido muy grave su pelea?

Estaba a punto de descubrirlo.

Borró el historial de búsquedas del navegador, apagó el portátil y cerró la tapa.

En el remoto caso de que no quisieran saber nada de su hijo, Craig nunca se enteraría de su viaje. Sería como si no hubiera ocurrido nunca. Pero, si su bebé podía tener más abuelos en su vida, ella quería contribuir a que eso fuera posible. Los abuelos hacían que la infancia fuera maravillosa.