21
FAMILIA
Craig dijo una palabrota en voz baja, revolviendo la pasta con rabia mientras miraba la salsa Alfredo que se cocinaba a fuego lento en el cazo. La cena ya casi estaba lista, y Andi aún no había llamado ni regresado a casa. Eran casi las nueve.
A lo mejor se había excedido.
Salir del dormitorio la noche anterior dando un portazo había sido muy mala idea.
Dejar que Andi llorara sola toda la noche tras un día complicado como el que había tenido podría resultar en un error fatal.
Sí, se había quedado embarazada..., pero seguía siendo su Andi, su bellísima y deslumbrante mujer.
El embarazo era poco más que una molestia.
Algunos desaparecían por sí solos o eran falsas alarmas. Pero no podía volver a ocurrir.
Ese mismo día, había dudado antes de concertar la cita para la vasectomía.
¿Y si, dentro de veinte años, le apetecía tener un hijo?
Alguien que se hiciera cargo del negocio y que fuera socio de los hijos de Jude si los tenía.
Alguien que cuidara de él en su vejez, que le hiciera compañía, como Andi hacía con su padre.
Por eso colgó sin pedir cita para el procedimiento.
¿Eran reversibles esas cirugías? ¿Había algún hombre que hubiera procreado después de revertir su vasectomía?
Ya tendría tiempo de averiguar todo eso.
Hasta entonces, tenía una mujer por ahí, a saber dónde, que no le hablaba.
Eso era descorazonador. La necesitaba a su lado todo el maldito tiempo.
Confiaba en ella: era su apoyo, su pilar, el acero que lo sostenía.
Y ella no estaba porque él había abierto su bocaza, diciendo solo cosas equivocadas, cuando decir las correctas habría supuesto una gran diferencia.
Necesitar a las personas... era una mierda.
La pasta estaba lista, hervida a la perfección, al dente. Apartó la cazuela a un lado. Como estaba puesta la campana extractora, no oyó entrar a Andi.
—Hola —dijo ella, de pie en medio de la cocina, cambiando su peso de una pierna a la otra. Jugaba nerviosa con el colgante azul que él le había regalado, lanzándole miradas de disculpa a él, a la mesa puesta y a los fogones.
Llevaba el colgante. Era una buena señal.
—Cariño, lo siento mucho —dijo Craig, dejándolo todo y corriendo hacia ella.
La estrechó entre sus brazos y le besó los labios con avidez, de forma posesiva. Le habría gustado arrancarle la ropa de su cuerpo desafiante y tomarla allí mismo, en el suelo de la cocina, hasta que se olvidara de todo y de todos excepto de él.
Andi respondió apasionadamente, susurrando cosas que él no entendía.
—Me tenías muy preocupado —le murmuró al oído—. No me vuelvas a hacer esto.
—Estaba en el hospital —dijo Andi, apartándose con suavidad—. Con papá.
Craig frunció el ceño.
—Me lo imaginaba. ¿Cómo está?
Andi sacó una silla de debajo de la mesa y se sentó.
Esa noche Craig se había esforzado mucho.
La mesa estaba puesta con un mantel de damasco blanco, velas blancas listas para que las encendiera y los mejores adornos.
Y, sin embargo, ella no parecía darse cuenta.
Para Andi, probablemente era lo mismo que comer pescado frito en un plato de papel en la playa y lamerse los dedos grasientos después de cada trozo.
—Está bastante mal, Craig. Va a necesitar asistencia, cirugía y operaciones. —Se secó los ojos con un rápido movimiento de los dedos. Llevaba llorando mucho más tiempo que los pocos minutos que habían pasado juntos desde que había vuelto. Tenía los ojos rojos e hinchados.
Él apagó el fuego y apartó el cazo. Luego se giró hacia ella y se quedó inmóvil un instante, sintiendo que una oleada de rabia le incendiaba las entrañas.
Tenía arena en los zapatos. Puede que hubiera estado en el hospital un buen rato, pero ese no había sido el único lugar en el que había estado mientras él se volvía loco de preocupación y la llamaba una y otra vez, obteniendo como única respuesta el mensaje del buzón de voz.
Cada vez que tenía que tomar una decisión importante o quería huir de algo, Andi acudía al Golfo de México igual que la mayoría de la gente acude a ver a amigos y familiares en busca de respuestas, apoyo y consejo.
Se había quedado mirando el océano durante horas, sin apenas moverse, y esa experiencia la recargó de alguna manera, como si el propio mar fuera su fuente de energía.
Desde la boda, no había estado allí sin él.
Hasta ese momento.
La noche anterior, había llevado las cosas demasiado lejos.
No iba a repetir los mismos errores, eso estaba claro. Su gran boca iba a permanecer cerrada a menos que tuviera las palabras correctas preparadas, listas para ser pronunciadas con la entonación adecuada y el lenguaje corporal apropiado.
Abrió la nevera, sacó una de las mejores botellas de vino y cogió el sacacorchos de camino a la mesa.
Con un par de movimientos rápidos, descorchó la botella con un sonoro chasquido y vertió un poco de borgoña en las dos copas.
Permaneció de pie sosteniendo una en la mano e invitó a Andi a unirse a brindar con él.
—Pase lo que pase, estoy aquí para ti, para ayudarte con todo lo que necesite tu padre. —Chocó su copa contra la de ella.
Andi levantó la suya con dedos pálidos y temblorosos y apenas probó el vino antes de dejarla sobre la mesa. Sus ojos permanecían bajos, como si las baldosas de la cocina fueran mucho más interesantes que él.
¿Qué escondía?
—Tienes arena en los zapatos —comentó Craig, manteniendo un tono desenfadado.
Ella le lanzó una rápida mirada de disculpa.
—Me echaron del hospital a las siete. Quería ver el mar.
Él consiguió fingir una sonrisa alentadora.
—¿Y cómo te fue? ¿Viste la puesta de sol?
Otro instante de silencio.
—Sí y también algunas crías de tortuga —dijo ella con una leve sonrisa en los labios.
—¿Crías de tortuga? —Su voz había sonado seca y su tono, más alto de lo que hubiera querido. ¿Por eso se había vuelto loco de preocupación? ¿Por unas crías de tortuga?
—En esta época eclosionan los huevos de las tortugas marinas —dijo riéndose en voz baja, mientras una lágrima rebelde rodaba por su mejilla—.
Quería oír las olas, contemplar la puesta de sol, ver los pájaros...
Esa es la única biología marina a la que tengo acceso.
—Su voz estaba teñida de tristeza y pesar—.
No iba a estar fuera mucho tiempo. Pero entonces tuve una idea irracional, casi mágica, de que si veía una cría abriéndose camino hacia el océano, estaría bien.
Y papá también estaría bien. Y nuestro bebé...
Craig le apretó el hombro y ella se apoyó en él.
—Me gustaría haber estado allí contigo, eso es todo —dijo Craig con dulzura—. No tenía ni idea de dónde estabas. Tenía miedo.
—Lo siento —susurró Andi, bajando de nuevo la mirada—. Las cosas que dije...
—No pasa nada. Lo entiendo. —Dejó la copa vacía sobre la mesa y se acercó a la encimera para rallar el parmesano—.
Mañana te explicaré nuestro estado financiero.
Responderé a todas tus preguntas, te lo prometo.
—Se giró hacia ella brevemente, sosteniendo un trozo de queso con dos dedos, e hizo un gesto con él—.
Pero solo si prometes que no te vas a asustar.
Andi lo miró fijamente, preocupada.
—¿Tan mal estamos?
Craig continuó rallando el parmesano.
—No, no estamos tan mal. Piensa en esto como una inversión en nuestro futuro.
Como en cualquier negocio, al principio solo estamos comprando cosas.
Estamos construyendo, gastando dinero y recursos.
Después empezaremos a ganar dinero, mucho dinero, que no tendríamos oportunidad de ganar si no hubiéramos invertido al principio.
—Terminó de rallar y dejó el rallador en el fregadero, luego se lavó las manos—.
Por eso no quería que vieras los números todavía.
Puede que parezcan más aterradores de lo que son en realidad.
Aparentemente distraída, Andi se agarraba y se soltaba las manos sobre el regazo.
—Lo último que quiero es asustarte o hacerte sentir aún peor por no tener trabajo.
Ella asintió, moqueando, con los ojos aún bajos.
—Gracias por hacer la cena —susurró—. Huele genial.
Craig sonrió.
—Es tu comida favorita: pasta Alfredo con hierbas y bastantes especias, como a ti te gusta. —Hizo una reverencia rápida—. ¿Puede traerle algo más el chef, señora Brafford? ¿Tal vez un poco más de vino?
Andi sonrió y lo miró sin decir nada.
—¿Nada de nada? —Craig permaneció de pie, con la manopla de cocina en la mano, tomándose su papel tan en serio como podía. Deseaba saber qué decir o hacer para sacar a Andrea de dondequiera que estuviera y traerla al presente con él y aquella pasta.
Ella extendió una mano hacia la suya en un gesto silencioso de súplica.
—¿Podría papá venir a vivir con nosotros si la residencia es demasiado mala o cuando le den el alta?
Craig cogió aire. «Genial... Entonces, ya solo nos faltaría un payaso para ser un puto circo».
Sin vacilar, respondió:
—Por supuesto que podría. Es de la familia. —Se sirvió más vino en la copa y se lo bebió de un trago—. Aunque me preocupa un poco, si te digo la verdad. Sé que no le caigo muy bien. Tengo miedo de que su presencia pueda dañar nuestra relación.
—Gracias —susurró Andi—. Necesitaba escuchar que lo acogerías en nuestro hogar.
Estoy segura de que su presencia no dañaría lo que tenemos.
—Otra lágrima descendió por su rostro—. Últimamente solo pienso en la familia, en qué fácil es perder a las personas a las que queremos y en lo importantes que son... No hay nada más importante en el mundo.
A Craig no le gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación, pero la estaba escuchando de todos modos. Siempre valía la pena ver de dónde venía el tren antes de pisar las vías. Antes de entrar en el túnel.
—¿Has hablado con tus padres últimamente? —preguntó Andi.
Craig bajó la cabeza para ocultar su frustración.
—Ya te dije que estamos distanciados. Tuvimos una especie de pelea.
—No vinieron a la boda. ¿Los invitaste, como habíamos hablado?
Él negó con la cabeza.
—No. Tomamos caminos separados hace mucho tiempo.
—Pero... ¿No los echas de menos?
Le tocó los labios con el dedo índice, para que dejara de hablar.
—Confía en mí, es mejor así. —Le cogió la mano y tiró de ella hasta que se puso de pie—. Tú eres todo mi mundo, Andi. —Le dio un beso rápido en los labios—. Pero apestas a hospital, y te lo digo con todo mi cariño. ¿Crees que podrías darte una ducha rápida antes de que se enfríe la pasta?
Unos minutos más tarde, cuando ella volvió de la ducha con un albornoz de rizo rosa y unas zapatillas de pelo, él había llenado los platos con fetuchini y salsa Alfredo, había añadido queso parmesano por encima y había espolvoreado la cantidad justa de perejil, orégano y albahaca frescos.