20
UNA PROMESA
Aún era hora punta cuando Andi condujo hasta el hospital para ver a su padre.
Mezclados con el temor por su salud, los recuerdos de la noche anterior la agitaban constantemente.
Ella y Craig nunca habían discutido. Nunca habían tenido una pelea de verdad.
Sin embargo, aunque él había hecho todo lo posible por ocultar sus verdaderos sentimientos, ella percibía que no le entusiasmaba nada su embarazo. No quería al bebé.
Quizá le costaba acostumbrarse a la idea de ser padre, porque desde luego no había pensado en ello como una prioridad.
Primero quería tener seguridad económica, y cuanto más lo pensaba Andi, más se daba cuenta de que tenía razón.
No podía conseguir trabajo por más que lo intentara.
Habían firmado lo que parecía ser una hipoteca agobiante, aunque ella nunca había conseguido sonsacarle ningún detalle.
«Todo saldrá bien», se repetía a sí misma, forzándose a creerlo un poco más cada vez.
Puede que él quisiera otra cosa, y puede que tuviera razón al decir que necesitaban estabilidad económica antes de ser padres, pero ya estaba embarazada, y eso no podía cambiarse.
Sin embargo, se sentía culpable porque había dejado de tomar anticonceptivos sin pensar en las consecuencias.
Creía que tendría que esperar mucho tiempo después de dejarlos para quedarse embarazada... Por lo menos, más de tres semanas.
La noche anterior había acabado mal, y ella tenía casi toda la culpa.
Emocionalmente agotada después del infarto de su padre y esa fiesta interminable, entristecida y conmocionada tras ver la reacción de Craig a lo que ella esperaba que fuera una noticia emocionante, aquel día la había dejado hecha un manojo de nervios.
Y había estallado.
Le había dicho cosas a Craig que él no se merecía escuchar, cosas que surgieron de un rincón profundo, retorcido y oscuro de su mente, cosas que ni siquiera ella sabía que pensaba.
En voz alta y chirriante, lo había acusado de utilizarla, de no importarle una mierda sus sentimientos, lo que ella quería en la vida.
Lo había aguijoneado con palabras afiladas y cortantes hasta que él había salido de la habitación dando un portazo tras de sí.
Había vertido sobre él un torrente de acusaciones: nunca compartía con ella sus planes a largo plazo y no le dijo que quería comprar esa casa, y Andi seguía sin saber cuánto les había costado.
¿Cómo podía saber las dificultades económicas que atravesaban, cuando él nunca le contaba nada y, sin embargo, se compraba trajes de Zegna y zapatos de Ferragamo?
¿Y eso de contratar a una empresa de mudanzas?
¿Dónde había quedado lo de pedir ayuda a unos amigos y alquilar un camión?
Eso no cambiaba el hecho descorazonador de que ella era incapaz de ganar un sueldo. No era más que un gasto adicional, y ahora lo había empeorado al quedarse embarazada.
Por primera vez desde que estaban juntos, Craig había dormido en el salón, en la cama convertida en sofá, mientras que ella lo había hecho en la habitación de invitados, donde había llorado sobre la almohada hasta que se había quedado dormida.
Cuando se despertó a las siete de la mañana, él ya se había ido.
Encontró el colgante azul donde se lo había quitado la noche anterior, y se lo puso como un gesto silencioso para mostrar lo arrepentida que estaba por su arrebato, como una manera de mantener a Craig cerca de su corazón.
Lo llamó al móvil para disculparse, pero saltó el buzón de voz.
Luego condujo hasta el hospital, sin tomar café ni desayunar, deseosa de ver a su padre.
¿Seguía vivo? Había comprobado su teléfono innumerables veces durante la noche y no tenía ningún mensaje.
Si hubiera pasado algo, la habrían llamado independientemente de la hora, ¿no?
Al entrar en el aparcamiento del hospital, tomó aire y lo retuvo durante unos segundos, tranquilizándose.
No había razón ni excusa para que su padre percibiera su angustia.
Probablemente solo le haría más daño, casi tanto como si le contara lo del embarazo.
Una lágrima se deslizó por su mejilla mientras entraba en el edificio y se dirigía a los ascensores. Parecía que nadie quería a ese bebé, pero ella sí, desesperadamente; el instinto de protegerlo a toda costa alimentaba su amor por la vida nonata que crecía en su interior.
Corrió hacia la habitación trescientos siete y se quedó paralizada en la entrada, sintiendo cómo la sangre se le iba del rostro. La cama estaba vacía; las sábanas, cambiadas; los monitores, apagados. Débil y con náuseas, se dirigió vacilante hacia el puesto de enfermeras.
—Estoy buscando a mi padre, Hunter Wilmore —le dijo a una joven que estaba revisando una pila de historiales—. Por favor, ¿me puede decir dónde está?
Ella no levantó los ojos de los papeles.
—En la quinta planta. Habitación cinco, diez, creo. —Por fin miró a Andi y sonrió—. Son buenas noticias. Ha salido de cuidados intensivos.
Andi respiró, todavía agarrada al mostrador para mantener el equilibrio, reacia a soltarlo. Al final lo hizo y se dirigió hacia los ascensores y luego, a la quinta planta.
Estaba despierto y leyendo un periódico.
Un tubo le suministraba oxígeno a través de las fosas nasales y varios cables salían de su bata, conectados a una de las máquinas que había junto a la cama.
En el dedo índice izquierdo llevaba un pulsioxímetro.
El monitor situado sobre su cabeza emitía un pitido silencioso con una cadencia constante y tranquilizadora.
—Papá —susurró, y luego corrió hacia la cama.
Él dejó caer el periódico y abrió los brazos, y ella acurrucó la cara contra su pecho, escuchando los fuertes latidos de su corazón, como solía hacer cuando era pequeña.
—No llores, mi dulce niña —susurró—, no hay nada por lo que llorar. Me pondré bien, ya verás.
Andi se secó los ojos con los dedos y se sentó a un lado de la cama.
—Me diste un buen susto, papá.
—Ja, tendrías que haber visto a la señora Carson, la anciana que tiene un caniche mestizo.
—Andi asintió. La conocía bien. La señora Carson llevaba yendo a la clínica desde que Andi era pequeña y solía ir a la clínica para acariciar y dar de comer a los animales internados—.
Creo que casi le da un infarto a ella también cuando me tumbé en el suelo y le pedí que llamara a Gabrielle.
—Su voz era débil y sin aliento, pero había humor en ella—.
Siempre es bueno tumbarse en el suelo cuando sientes que vienen estas cosas, para no partirte la cabeza —dijo mientras se golpeaba el cráneo con el dedo y soltaba una risita.
—Vale, papá, genial. Intentaré recordarlo la próxima vez que me esté dando un infarto. —Se rio y tocó el colgante.
—Siempre me ha gustado ese colgante, aunque parece un poco tosco —comentó—. Craig podría tener mejor gusto.
Los ojos de Andi se nublaron con un rápido fruncimiento de ceño. Tal vez todavía estaba confundido por todos los medicamentos que le habían administrado.
—¿Siempre? ¿A qué te refieres? Craig me lo regaló ayer, antes de la fiesta.
Le tocó a su padre fruncir el ceño.
—¿De verdad? —dijo casi en un susurro—. Debo estar confundido entonces.
Algunos de estos medicamentos son como alzhéimer en vena.
—El destello de una sonrisa asomó a sus labios mientras su ceño empezaba a disiparse—.
Si yo fuera un perro y mi dueño —la señaló con un gesto de la mano— dijera que actúo confuso justo después de haber sufrido un infarto, le diría: «¿Qué esperabas?
Va a estar un poco indispuesto durante un tiempo.
Necesita descanso, paseos lentos, dieta blanda... ».
—Ajá —comentó ella, y le señaló con el dedo—. Entonces, ya sabes lo que tienes que hacer.
Hunter se acomodó un poco y pulsó un botón para elevar el respaldo, probablemente preparándose para montar una defensa contra sus propios argumentos.
La puerta de la habitación se abrió y entró un hombre vestido con un pijama sanitario de color verde.
Llevaba una mascarilla quirúrgica colgando del cuello.
—Soy el doctor Pontiff, el cardiólogo del señor Wilmore —dijo, tendiéndole la mano.
Andi se abstuvo de sonreír al oír su nombre, apreciando el cálido y confiado apretón de manos. Resultaba sorprendente que los médicos siguieran estrechando la mano de los pacientes. Probablemente no les importaba porque, de todos modos, se las lavaban después de cada interacción con el paciente.
—Sí, todo el mundo tiende a reírse por lo bajo cuando me presento —añadió el doctor, que tenía un toque de humor en la mirada—. Puede imaginarse cuál era mi apodo en el instituto, pero le prometo que hoy no voy a pontificar.
—Andi Wilmore —respondió ella, omitiendo su apellido de casada sin saber por qué—. Soy su hija.
—Me lo imaginaba. Hay cierto parecido. —Sacó un taburete de cuatro patas y se sentó a los pies de la cama a hojear el historial.
Su sonrisa se desvaneció. Cuando levantó la vista, su mirada era muy seria—.
Su padre sufrió un IAMSEST o infarto de miocardio sin elevación del segmento ST. Eso significa que el bloqueo era parcial, no completo.
Le estamos tratando con inhibidores de la ECA y una combinación de medicamentos disolventes de coágulos y anticoagulantes para prevenir futuros coágulos.
—Hizo una pausa, probablemente esperando las preguntas de Andi, pero ella no fue capaz de articular ninguna palabra—.
Ahora mismo, su padre está fuera de peligro.
Se encuentra en lo que llamamos un estado grave pero estable.
—Los médicos siempre lo pintan todo muy mal —dijo el doctor Wilmore—. Lo sé muy bien. Yo también soy así, pero, en mi caso, mis pacientes no entienden nada de lo que digo.
El cardiólogo sonrió, pero esa sonrisa no quitó la seriedad de su mirada.
—Usted es veterinario, ¿verdad? Entonces, entenderá perfectamente lo que voy a recomendarle.
Andi se llevó las manos al regazo para mantenerlas firmes. Su respiración se entrecortó, temiendo cada palabra que estaba a punto de salir de la boca del hombre. Las bromas de su padre le decían que estaba igual de asustado, solo que no quería demostrarlo. Ella le cogió la mano y se la apretó.
—Tendrá que vivir en una residencia asistida durante los próximos tres a seis meses, como mínimo —anunció el doctor Pontiff.
—¿Qué? No —dijo Andi, poniéndose de pie, pero sin soltar la mano de su padre—. No hay necesidad de eso. Yo puedo cuidar de él.
—Andrea —dijo el doctor Wilmore con suavidad—, deja hablar al doctor. A lo mejor sabe lo que está diciendo.
—Señorita Wilmore, su padre no puede hacer ningún esfuerzo durante un tiempo.
Necesitará una enfermera las veinticuatro horas del día y un médico que pueda estabilizarlo en caso de que ocurra algo.
Mientras tanto, estamos considerando varios procedimientos para acelerar su recuperación.
Angioplastia, para abrir las arterias y terapia con células madre, para ayudar al músculo dañado a recuperarse con más rapidez.
Necesitará asistencia médica que usted no podrá proporcionarle en un entorno doméstico. Nadie podría.
Las lágrimas corrían por su rostro, pero no sollozaba. Era como si sus ojos se desbordaran por el dolor que sentía en el pecho. Se giró hacia su padre.
—Cuidaré de ti, lo prometo. Vendré todos los días, y superaremos esto juntos. Ya verás.
—Doctor Wilmore —dijo el doctor Pontiff al cabo de un rato—, quiero que sepa que estamos haciendo todo lo que está en nuestra mano para devolverle la salud lo antes posible. Y, señora Wilmore, lo peor ya ha pasado. Con cuidados y paciencia, es posible que su padre logre una recuperación completa.
Estaba descentrada. Pensamientos extraños y observaciones inusuales que no venían al caso acudieron a su mente: el color de la ventana y cómo refractaba la luz del sol con matices de azul verdoso sobre las paredes blancas, la cálida sequedad de la mano del doctor Pontiff cuando volvió a apretar la suya antes de salir de la habitación, el ligero parpadeo de la luz fluorescente del techo...
Se sentó a un lado de la cama, luchando por ordenar sus pensamientos errantes.
—T... te llevaré conmigo —balbuceó—. En cuanto te dejen volver a casa, te llevaré a vivir con nosotros. Esa casa es enorme —dijo con una risita—. Hay mucho espacio.
—Mi dulce niña —susurró él, llevándose su mano a los labios. La mantuvo allí un rato y cerró los ojos, brillantes—. Sabes muy bien que no sería bienvenido allí.
—Eso no es verdad —susurró ella—. Te equivocas.
—Él no me querrá allí, te lo aseguro. —Antes de que pudiera volver a resistirse, él dijo—: Necesito que hagas otra cosa por mí.
—Claro, lo que quieras —dijo ella, conteniendo la respiración. La petición de su padre había sonado bastante sombría...
—Cierra la casa. Me refiero a nuestra casa. Vacía la nevera, corta el agua. Véndela si quieres. Hace tiempo que está a tu nombre. La escritura está en mi escritorio, en el cajón del medio.
—¿Qué? ¿Vender nuestra casa? —Intentó contener un sollozo, pero no lo consiguió—.
De ninguna manera... Vas a salir de esta...
Vas a volver a casa. —Sus hombros se sacudieron mientras rompía a llorar amargamente y sus palabras se convirtieron en sollozos apenas inteligibles—.
No me vas a dejar sola aquí para lidiar con este mundo estúpido e increíblemente loco que no tiene sentido.
—Shhh, Andrea, no te voy a dejar —la tranquilizó, con un humor forzado en su voz—. Todavía no. Tardaré un tiempo. Incluso comeré tofu o lo que sea si eso te hace sentir mejor. Cenaré la comida para conejo de la clínica. ¿Qué dices, eh?
Ella lo miró como si fuera la última vez que fuera a verlo, preguntándose si todavía estaría allí al día siguiente.
¿Sería capaz de cumplir su promesa? ¿Cuántas personas habían hecho la misma promesa en esa misma cama, para acabar rompiéndola junto con los corazones de sus seres queridos?
Lo único que tenía era el ahora... Los preciosos momentos que aún les pertenecían a los dos.
Eso y la nueva vida que crecía en su interior eran sus únicas certezas.