19
HOUSTON AL AMANECER
Houston había amanecido húmedo, pero a finales de agosto era el mejor momento del día.
El cielo púrpura se iluminaba con tonos anaranjados y dorados, los pájaros piaban con fuerza en los árboles, como si tuvieran que pelearse por el último gusano de la tierra, y el olor de la vegetación exuberante tocada por el rocío atraía a Rebecca al porche cada mañana.
Normalmente, esperaba a que Aaron hiciera el café y se preparara para la hora que le dedicaba a la jardinería antes de irse a trabajar.
Aquella mañana, tras una noche en vela que había pasado sobre todo en el sofá del salón viendo la televisión con el sonido apagado mientras sus pensamientos divagaban, no esperó a que él se despertara.
Con la primera luz del día, encendió la cafetera y respiró hondo, aliviada de que por fin se hubiera acabado esa noche interminable.
Después de un par de minutos y tres pitidos, llenó una taza hasta el borde y salió al exterior, donde la espabiló el persistente frío.
Inhalando el aire fresco y perfumado, reprimió un escalofrío y se sentó en el último escalón, en lugar de hacerlo en la butaca de mimbre como siempre.
Mantuvo las manos alrededor de la taza de café, aspirando el vapor amargo que se desprendía del líquido negro que invadía sus sentidos con el apetitoso aroma de la crema de vainilla francesa. Sin embargo, por mucho que lo intentara, solo podía pensar en Hunter.
La puerta mosquitera que había detrás de ella chirrió.
—Buenos días, cielo —dijo Aaron—. ¿Tomando café tú sola?
Rebecca giró la cabeza y sonrió. Aaron parecía cansado, más que de costumbre.
Tenía ojeras y los párpados un poco hinchados.
Debía haberse excedido con la sal en la cena.
Las comidas saladas y grasientas eran la debilidad de Aaron, aunque él sabía mejor que nadie el daño que ese tipo de comida podía hacerle a la salud de una persona.
—Te traeré uno —se ofreció.
—Ya tengo, gracias —respondió él, levantando la taza, y brindó con la de Rebecca como si estuvieran bebiendo vino—. Salud.
Ella sonrió, pero la tristeza persistente no la abandonaba.
—¿En qué piensas? —preguntó Aaron, sentándose a su lado con un quejido.
—En Hunter. —En cuanto dijo su nombre en voz alta, las lágrimas aparecieron—. Podría haberlo matado, Aaron.
Su marido le pasó el brazo por los hombros. Ella lloró en silencio, dejando salir todo el dolor que se había alojado en su pecho y le había robado el sueño.
—Tu intención era buena —dijo Aaron en voz baja—. Hiciste lo que creíste mejor.
Ella asintió, gimoteando.
—Le provoqué un infarto, eso fue lo que hice.
—No... Los genes y el estilo de vida de Hunter le provocaron el infarto.
—Sus palabras tranquilizadoras la hicieron sollozar con más fuerza—.
Shhh... —susurró, apretándole los hombros—.
Si no se lo hubieras dicho tú, podría haberlo escuchado de otra persona y habría tenido el mismo efecto.
Tal vez no ayer ni hoy, pero definitivamente en un futuro cercano.
—Le frotó la espalda con la mano para que entrara en calor—.
La gente muere, Becca. Todo el mundo lo hace.
Ese ataque al corazón se venía gestando desde hacía mucho tiempo y no tuvo nada que ver contigo.
Sollozando, ella lo miró a través de un velo de lágrimas.
—Has visto demasiada muerte, Aaron. Te has vuelto inmune a sus efectos psicológicos. Hablas del tema de una manera muy fría.
Él se rio y bebió un sorbo de café.
—¿Te imaginas cómo habría sido mi vida si no fuera frío con la muerte? No habría durado ni una semana.
—Es verdad —contestó, asintiendo con la cabeza—, pero sigo creyendo que las acciones tienen consecuencias, y las mías casi matan a un hombre. A un amigo muy querido. Puede que Hunter no se recupere nunca y tendré que vivir con eso el resto de mi vida.
—Vamos a analizar esa afirmación —dijo Aaron, dejando su café en el suelo antes de girarse para mirarla.
Habló con voz sombría y desapasionada, como si estuviera declarando ante un tribunal—.
Supongamos que tienes razón, que la noticia que compartiste con Hunter fue la causa de su ataque al corazón.
—Vale —susurró ella, frunciendo el ceño.
—¿Eras algo más que una mensajera?
—No, pero...
—Entonces, ¿por qué no asumes la responsabilidad, o al menos la compartes, entre tú, que solo fuiste la mensajera, y quien sea o lo que sea que...?
—Ah, ya veo a dónde quieres llegar, y eso no se puede aplicar en este caso.
—¿Por qué no? Arguméntame tu punto de vista. Luego analizaremos qué es un ataque al corazón, qué otras causas contribuyen a tener uno y cómo tampoco compartes responsabilidad con esas causas.
—¿Te refieres a los antecedentes familiares? Recuerdo que dijo que su madre había muerto de un ataque al corazón... ¿O fue de un derrame cerebral?
—Da igual, los dos son accidentes cardiovasculares.
—Sonrió, la amabilidad de sus ojos era reconfortante—.
Debería aprovecharme de esta victoria fácil, pero, para que lo sepas, las enfermedades cardiovasculares son la principal causa de muerte en Estados Unidos.
Tendrías que argumentar que eso tampoco es un factor y que solo tú tienes la culpa de lo que le ocurrió a Hunter.
Por cierto, él se alegrará de oírlo, porque eso significaría que, si se recupera del infarto que le has provocado, podrá comer todas las hamburguesas que quiera y fumar como un carretero, siempre y cuando no se te permita acercarte a él ni dirigirle la palabra nunca más.
Vivirá para siempre, porque tú no estarás allí para causarle la muerte. Menuda suerte tiene el muy cabrón.
Rebecca lo miró con un desafío fingido.
—Nunca te voy a ganar, ¿verdad?
—No. Sobre todo cuando se trata de la muerte y de sus múltiples tentáculos. —Una sombra bañó su frente, arrugándola—. Me paso todo el día mirando la obra de esa bastarda. A estas alturas, ¿crees que no conozco muy bien cómo trabaja la muerte?
Ella se quedó mirándolo durante un largo momento, agradecida de tenerlo en su vida. Muchos años atrás, cuando aún era joven, había temido que la edad abriera una brecha entre ellos, pero, con cada año que pasaba y cada nueva arruga en su rostro, lo quería más.
—¿Y qué hacemos con lo de Andi?
Aaron se encogió de hombros, cogió la taza y bebió un trago largo.
—Ya le has contado a Hunter lo que está sucediendo, que él haga lo que crea más conveniente.
Rebecca levantó las cejas.
—Está en un hospital. Apenas puede respirar y hacer pis, por el amor de Dios. Deberíamos decírselo a Andi. Es como una hija para nosotros.
Aaron se levantó y le ofreció la mano. Ella la aceptó y se puso de pie, ocultando un pinchazo de dolor lumbar bajo una mueca fugaz.
—Sí, Andi es como una hija para nosotros —dijo Aaron en voz baja, con un tono reflexivo y mesurado—. Pero su padre acaba de tener un infarto. Este otro asunto, por muy feo que sea, no debería pesar en su mente ahora mismo, cuando puede que solo pueda pasar unos días más con su padre.
Había una cruda realidad más allá de las amables palabras de Aaron.
—Eres una persona muy oscura —susurró Rebecca, dándose cuenta de que él tenía razón y de que Hunter podría dejarlos en cualquier momento. Ese día. Al siguiente. Pronto—. Has visto demasiada muerte. —Suspiró y luego apartó un mechón rebelde de la frente de su marido.
—Y tú eres una dama de brillante armadura —respondió él mientras le abría la puerta.
Entraron en la casa, donde los pájaros no trinaban y el sol no brillaba—.
Una armadura blanca —añadió mientras ella corría hacia las ventanas para abrir las persianas y dejar entrar algo de luz—.
Nada menos que a lomos de un caballo blanco.
Rebecca se rio suavemente y lo miró con amor.
—Siempre dispuesta para salvar al mundo de todo mal —continuó diciendo Aaron con la misma voz desenfadada, pero con un trasfondo profundo y serio.
Rebecca se quedó inmóvil, con la mano suspendida en el aire antes de alcanzar la cuerda de la persiana.
—¿Estás insinuando que hice algo malo al intervenir?
—Tú no interviniste. Tus acciones no cambiaron el curso de la historia.
Querías saber la verdad por el bien de tu protegida.
Hay personas que se pasan toda la vida sin saber qué sucedió para que fracasaran, para que perdieran cualquier posibilidad de alcanzar sus sueños.
—Aaron la besó en la frente—. Andi es afortunada por tenerte.
—Cogió la llave del coche de la mesa, se detuvo en la puerta y añadió—: Cuando llegue el momento, puede que intervengas, y no hay nada malo en ello; pero tienes que dejar que sea ella la que se acerque a ti.
Tiene que ser dueña de su vida y de las consecuencias de sus actos.