La chica que mataste 32
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ME QUEDO

Caminar hasta la puerta le exigió a Andi hasta la última pizca de fuerza que le quedaba.

Cada paso era definitivo, más difícil de dar que el anterior, como si estuviera atada a Craig con una goma elástica que se negara a romperse.

En lugar de ceder, se tensaba cada vez más, y cuanto más se estiraba, más difícil era dar un paso adelante.

—Andi —la llamó Craig, y su paso vaciló. Unos pocos más y llegaría al garaje. Luego, al coche. Y después, se iría por fin—. Por favor, no te vayas.

Deseó poder bloquearlo de algún modo, no verlo ni oírlo hasta que tuviera la energía suficiente para completar la insoportable acción que estaba a punto de llevar a cabo.

Dejar a Craig.

Solo dos semanas antes le habría parecido imposible.

No, le habría parecido una completa locura.

Esa misma mañana, Andi aún no creía que pudiera ser verdad.

Cautiva en las despiadadas garras de la ansiedad mientras esperaba para saberlo con certeza, se había sumergido en innumerables escenarios, tratando de justificar su comportamiento, razones que lo eximieran de toda responsabilidad.

Luego pasó a inventar formas de restar importancia a lo que había hecho.

Inventando excusas. Racionalizando lo inconcebible.

Después de todo, no era tan malo quedarse en casa y disfrutar de una vida sin preocupaciones, ¿verdad?

Bueno, tal vez eso era cierto para otras mujeres, pero no para ella.

Era una científica, le faltaban meses para convertirse en doctora en Biología Marina, una experta en su campo.

No solo le había robado una carrera, sino también su autoestima y el fruto de todos los años que había pasado estudiando.

Toda su visión del mundo en el que vivía estaba manchada por lo que él había hecho.

—¿Podrías al menos decirme por qué? —le gritó él mientras se alejaba.

Había un matiz de profunda tristeza y desesperación en su voz que la dejó helada. A su corazón todavía le afectaban las inflexiones de la voz de Craig.

Se giró despacio, respirando con dificultad, temiendo desmayarse.

Una oleada de debilidad le recorrió el cuerpo en el momento en el que se detuvo y lo miró.

Allí de pie, en mitad del salón, todavía mojado, con una toalla alrededor de las caderas y sin importarle las gotas que se acumulaban en el parqué, parecía vulnerable y derrotado.

Una expresión de total confusión se plasmaba en su rostro, en la boca entreabierta, en las cejas levantadas y en la mirada suplicante.

Se merecía una explicación. ¿O no...? A lo mejor era ella la que se merecía saber por qué, y esa curiosidad latía en cada recoveco de su mente. El motivo no podía ser solo por sus estúpidas fiestas. Era imposible. No tenía sentido.

Sintiendo que ya no podía sostenerla durante más tiempo, dejó que bolsa de viaje cayera al suelo con un golpe sordo.

—Sé lo que has hecho, Craig.

—¿De qué estás hablando? —Dio dos pasos hacia ella, pero Andi levantó la mano y él se detuvo—. Por favor, cariño, dime qué crees que he hecho.

—No me llames cariño —susurró, con la voz teñida de tristeza y rabia. Quería darle una bofetada mientras gritaba: «¿Cómo has podido?». Pero ella no era así.

Sus lágrimas se habían secado y habían sido sustituidas por una fría determinación.

Ella y Craig habían terminado. La historia de amor, el romance, el matrimonio...

todo se había acabado. Lo único que quedaba era tierra quemada, marcada y contaminada, árida para siempre.

¿Cómo podría volver a confiar en alguien después de aquello?

—¿Qué he hecho? ¿Me lo puedes decir, por favor? —susurró—. Haré lo que sea...

—No hay nada que puedas hacer, Craig. Ya has hecho bastante —dijo con una risa amarga—. Demasiado.

—¿Qué quieres decir? Me estás asustando.

Los labios le temblaron antes de hablar.

—Sé que llamaste a todos los sitios donde hice una entrevista de trabajo, difundiendo mentiras sobre mí.

—Apenas soportaba mirarlo. Sentía como si una pesada carga le estuviera aplastando el pecho—.

Llamaste a la universidad, Craig. Ese lugar es como un hogar para mí, como una segunda familia.

¿Te imaginas lo que deben estar pensando de mí ahora todas esas personas que conozco, respeto y quiero?

—Sollozó y se secó una lágrima con un gesto de enfado—.

¿Cómo pudiste? ¿Cómo voy a volver a asomar la cara por allí?

—Empezó a respirar de forma entrecortada y superficial luchando por mantener encerrada su rabia—.

¡Tú... me has matado ! Has destruido todo por lo que he trabajado, todos mis sueños. ¿Por qué lo has hecho?

Con los hombros encorvados, Craig dejó caer la cabeza hacia delante.

—Sí, lo hice —murmuró—. Lo siento mucho. No tienes idea de cuánto lamento...

—¿Qué? ¿Que te haya pillado? —Comenzó a pasearse furiosa por la habitación; la adrenalina estaba inyectando algo de energía en su debilitado cuerpo—.

Fuiste implacable, Craig. No te saltaste ni un solo trabajo y contaste una mentira diferente cada vez.

—La bilis le subió por la garganta, amenazándola con otro ataque de náuseas—.

Eres muy creativo, lo reconozco, pero de una forma despreciable.

—Por favor, perdóname —susurró él, mirándola con ojos suplicantes.

Ni siquiera entonces le estaba dando una respuesta directa. Era un mentiroso compulsivo.

—Creo que lo que querías era una anfitriona para tus fiestas y, si yo hubiera encontrado trabajo, el papel que habías imaginado para mí en tu pequeño negocio inmobiliario se habría visto amenazado.

Craig apoyó las manos en las caderas y se giró de lado con frustración.

—¿Es eso lo que piensas? Al diablo mi negocio inmobiliario —gritó—. Al diablo con todo.

Andi lo miró sorprendida. No era propio de él levantar la voz. Pero si lo pensaba bien, ¿quién era ese hombre y qué sabía ella realmente sobre él? ¿Existía el Craig del que se había enamorado?

—Cancelaré la fiesta del jueves —dijo él, dando un par de pasos más hasta que Andi le lanzó una mirada fulminante, obligándolo a mantener las distancias—. Cambiaré de trabajo. Me dedicaré a lo que tú quieras, pero no me dejes. Todo lo que he intentado hacer ha sido por ti.

Ella se rio.

—¿Me estás tomando el pelo?

—Esta casa, nuestra vida en las afueras, este estilo de vida, todo ha sido por ti. Para ti.

La duda, alimentada por su deseo de hacerla realidad y por el amor que creía ver en los ojos de él, empezó a abrirse camino en su mente. ¿Y si estaba diciendo la verdad?

—Piénsalo... Cuando me conociste, estaba contento viviendo en ese edificio de apartamentos casi sin muebles. No era nadie, no tenía nada, y no me importaba. —Juntó las manos, rogándole en silencio que le creyera—. Hasta que te conocí.

Si se obligaba a creerle de nuevo y descubría que todo era mentira, nunca volvería a ser la misma. Nunca se recuperaría. Y, aun así, alejarse del amor de su vida era casi imposible bajo el peso de todas esas dudas.

—Si todo era por mí, ¿por qué no querías que trabajara? ¿Por qué saboteaste mi trabajo en la universidad? ¿Y todos lo demás?

Craig bajó la mirada.

—Ya te lo he dicho. Yo no era nada, solo un donnadie.

Tú habrías tenido un éxito inmenso en cualquier cosa que hubieras hecho.

Y entonces me habrías tirado a la acera, como un mueble viejo que ya nadie necesita.

—Se calló un momento—. No quería perderte...

no quiero perderte. Estoy dispuesto a todo para hacer que te quedes.

Esas palabras aparentemente inocentes resonaron de forma negativa en su cabeza.

— ¿Hacer que me quede? —repitió Andi, levantando una ceja.

—Para convencerte. —Craig apretó las mandíbulas durante un breve instante—. Ha sido una mala elección de palabras.

«O un lapsus freudiano», pensó Andi. Pero el hielo que había levantado alrededor de su corazón para poder marcharse seguía derritiéndose.

—Déjame llevarte de vacaciones —dijo Craig de pronto, pillándola desprevenida—. Solo tenemos que cancelar lo del jueves y marcharnos. Donde tú quieras: al Caribe, a las Bahamas..., donde sea. Tú eliges.

Andi dejó escapar un largo suspiro que derritió el hielo que quedaba.

Los matrimonios necesitan trabajo, mucho trabajo.

Craig no gritaba ni la pegaba, no bebía y no la engañaba.

Era un hombre inseguro, nada más, y había cometido un error.

Craig se había escapado de casa a los dieciséis años y había luchado por labrarse un futuro, mientras que ella tenía una familia, un padre que le ponía todo al alcance de la mano.

Tenía casa y comida gratis mientras asistía a la universidad, hacía un máster y empezaba el doctorado.

Mientras que él... no tenía a nadie, hasta que había llegado ella.

Quizá merecía otra oportunidad.

—Si alguna vez me vuelves a mentir, me iré en el acto. Desapareceré. No te daré ninguna explicación y no volveré a hablar nunca más contigo.

Craig se acercó un paso más.

—Me parece justo. —Sonrió tímidamente, con el labio inferior tembloroso y los ojos brillantes—. ¿Compro los billetes de avión? ¿A dónde quieres que vayamos?

—No he terminado —contestó Andi con frialdad—. Celebraremos la fiesta del jueves y nos iremos el sábado, para que tengas tiempo de hacer las llamadas de seguimiento. Has trabajado muy duro.

—Oh, Andi —murmuró Craig, llevándose la mano de ella a los labios—. Eres la mujer más increíble del mundo. ¿Me perdonarás alguna vez?

Se le cortó la respiración. Era una pregunta complicada.

¿Podría? ¿Era posible? No lo sabía. Esperaba poder hacerlo, pero no había manera de saber qué efectos tendría el paso del tiempo en ellos.

Su matrimonio apenas se sostenía; era frágil y estaba deshilachado, hecho trizas, por los vientos huracanados de la adversidad y el engaño.

—No lo sé. Trabajaremos en ello, día a día.

—No necesito nada más —dijo él en voz baja, antes de besarle la mano—; solo eso y tu destino de vacaciones preferido, mi maravillosa dama.

¿Estaba preparada para pasar una semana a solas con él?

¿Para dormir entre sus brazos y que le hiciera el amor mientras la fealdad de sus mentiras y la incertidumbre sobre su futuro seguían pesando tanto en su corazón?

Pero para que los matrimonios funcionaran se requería mucho esfuerzo.

Marcharse resultaba duro, complicado, desgarrador; pero quedarse era mucho más difícil.

La vida que crecía dentro de ella le dejaba muy pocas opciones.

—Quiero ir al Caribe —respondió con calma, una vez tomada su decisión—, a Montego Bay. Pero solo una semana, porque empiezo en un nuevo trabajo.