17
PROVOCANDO INCENDIOS
Craig tenía ganas de bailar.
Tan pronto como cerró la puerta tras despedir al último de sus invitados, cogió las manos de Andi y empezó a bailar con ella al ritmo de la música que había en su cabeza, un vals que tarareaba en su oído, cada vez más fuerte.
—Pa rum pum pum pum, pum pum, pum pum... —cantó, y giró con ella en brazos hasta que estallaron en carcajadas.
—Oh, por favor, para —dijo ella, apartándose para quitarse los zapatos—. Estoy destrozada. —Caminó descalza hasta el salón y se sentó en un sillón.
Un rápido golpe en la puerta llamó su atención. Era el hijo del vecino.
—¿Señor Brafford? Ya se han ido todos, señor —dijo el joven, pero no se marchó. Probablemente quería más dinero, como todo el mundo.
Craig se sentía generoso. La velada había sido un éxito rotundo. Sacó un billete de cien dólares de la cartera, se lo dio y le dio una palmada en el hombro.
—Gracias, chaval.
El chico sonrió.
—Llámeme si me necesita otra vez, señor.
Craig cerró la puerta con llave cuando se marchó y se apoyó en ella para recuperar el aliento. Había sido una fiesta fascinante.
Donati había llegado el primero. Fiel a su palabra, entregó de inmediato a Craig un sobre grueso y amarillo.
Había tenido el detalle de redondear generosamente la parte en metálico de su comisión no oficial, de catorce a veinte mil dólares.
Craig aún le estaba dando las gracias cuando apareció su jefe con su mujer, Holly.
La señora Hughes era tal como él había imaginado que sería la esposa del dinosaurio.
La mujer del jefe, una rubia excesivamente bronceada con el pelo corto peinado en un complicado recogido y bien fijado con laca, tenía una sonrisa permanente en los labios y una actitud de sabelotodo entrometida que irradiaba por todos los poros de su piel.
Sin embargo, cuando habló, resultó ser muy agradable.
Ella decía lo correcto en el momento oportuno y no tardó en elogiar a Craig por su hogar y el aspecto de Andi, aunque cuando mencionó la casa, le lanzó a Jeremy Hughes una mirada inquisitiva teñida de desdén.
Más tarde, probablemente le preguntaría por qué uno de sus empleados más jóvenes podía permitirse una propiedad que parecía más valiosa que la suya.
Pobre dinosaurio sin pelotas. A Craig se le ocurrió una idea al ver las miradas de reojo de Holly Hughes y la mandíbula apretada de su marido.
Mientras Andi acompañaba a Donati y a su mujer, Martine, al salón, él se coló en su despacho y sacó el sobre del bolsillo. Sacó la mayor parte del dinero y dejó en él dos mil quinientos dólares, lo volvió a cerrar y luego fue a buscar a su jefe.
Encontró a Hughes tomando una copa de vino y charlando con Andi.
A través de la ventana del salón, vio que se acercaba otro vehículo.
Eran Truman Haskett, un magnate con fábricas en la ciudad, y su acompañante, que era demasiado joven como para saber si era su mujer o su hija.
Apremiado por el tiempo, llamó la atención de Hughes y se lo llevó a un rincón, lejos de miradas curiosas y oídos indiscretos.
Allí le entregó el sobre.
—Esto es para usted, señor.
—¿Qué es esto? —El susurro del hombre era casi hostil.
—Su mitad de la bonificación extraoficial que he recibido de Donati.
Incrédulo, Hughes abrió el sobre y silbó en voz baja. Su ceño se estiró un poco, pero no desapareció del todo.
—Cualquier ganancia inesperada que reciba, la compartiré con usted —añadió Craig—. Si le parece bien, claro.
Esas pocas palabras hicieron desaparecer el ceño fruncido del hombre. Sonrió a Craig y le dio una palmada en el hombro.
—Tienes lo que hace falta, Brafford, de eso no hay duda. Ahora, sal ahí fuera a pescar peces grandes. —Luego se dirigió directamente a Donati mientras a Craig se le cortaba la respiración, temiendo lo que Hughes pudiera decir—. He oído que estás contento con mi chico —dijo, levantando la copa.
Como era un caballero, Donati levantó también su copa mientras lanzaba a Craig una mirada divertida a la par que comprensiva. El comentario de su jefe había sido una vergüenza solo para el propio Hughes, no para Craig, y definitivamente no para Donati.
—Sí, así es. El señor Brafford tiene la clase que busco en el agente inmobiliario con el que trataré de ahora en adelante. Trabajaré solo con él.
Una vez puesto en su sitio, Hughes se calló, por suerte, luciendo una educada sonrisa en el rostro durante el largo rato que pasó antes de que se alejara.
Pero luego se redimió un poco cuando se presentó a todos los invitados y habló del éxito de Craig al conseguir vender la casa de los Donati por un precio muy superior al del mercado.
La gente estaba más dispuesta a escucharlo de un tercero en lugar de oírlo directamente de Craig.
Eso ocurría cuando los hombres no estaban ocupados desnudando a Andi con la mirada.
Cada vez que se paseaba por el salón con una bandeja de aperitivos o copas de champán perfectamente enfriado, los invitados dejaban de hablar y se limitaban a mirar.
Las mujeres, sobre todo las jóvenes mujeres florero, se ponían verdes de envidia y le lanzaban miradas penetrantes, que su bella y brillante esposa ignoraba con amabilidad.
Los hombres eran un libro abierto para Craig.
Él había estado en su lugar, mirando a alguna belleza de piernas largas, incapaz de apartar la vista de sus curvas mientras la visión de su cuerpo ondulante lo agitaba y desataba su imaginación, haciéndole preguntarse de qué color serían sus bragas y si serían de seda o de encaje.
A qué olería, cómo temblaría si él tocara su cuerpo acalorado.
Mientras llevaba una bandeja vacía de vuelta a la cocina, Andi sonrió y le guiñó un ojo.
La fiesta iba bien; todo el mundo se había presentado, la charla era animada y entusiasta, la comida era un éxito, y eso no era poco cuando el público estaba formado por personas adineradas y mimadas a las que no les faltaba de nada.
Aunque a regañadientes, se estaba convirtiendo en su socia.
Tal vez necesitaba saborear las recompensas de su trabajo antes de apasionarse por atender a gente como esta, antes de poder mirarlos y verlos como lo que eran en realidad: oportunidades.
Pero, de momento, lo más urgente era llevarla a comprar un nuevo vestido de cóctel más corto y con un escote más profundo, tal vez incluso sin espalda. Nunca en la historia del dinero una piel como la de Andi había hecho ningún daño, a menos que estuviera cubierta bajo capas innecesarias de tela.
Mientras tanto, él tenía que ocuparse de las mujeres.
Celosas del atractivo de Andi, podrían convertirse en un problema a menos que él hiciera que la noche fuera inolvidable para ellas.
El cumplido adecuado, una mirada larga y profunda a sus ojos o un roce casual de su mano contra un hombro desnudo bastarían para encender su fuego interior; no hacía falta más que eso para hacerlas sonreír.
La mayoría estaban hambrientas de atención y afecto; las personas con las que se habían casado eran adictas al poder y estaban siempre ocupadas fuera de casa.
Empezó su ronda con Martine Donati, una morena de pelo largo y sedoso y piel del color de un café con leche y caramelo.
Le ofreció una nueva copa de champán, le quitó la vacía de la mano sonriendo y posó los ojos en sus labios carnosos, y luego un poco más abajo.
Charlaron brevemente sobre la casa que acababan de vender y luego sobre su futuro hogar, una mansión de casi seiscientos metros cuadrados con dos hectáreas de terreno que aún les estaban construyendo.
Donati se acercó y puso las manos con posesividad sobre los hombros de Martine, acercándola a él. Craig mantuvo la calma y continuó hablando.
—Le ofrecí a este joven la oportunidad de venir a trabajar para mí en cuanto se vendiera la casa —dijo en voz baja, como si estuviera hablando solo con su mujer—. ¿Qué te parece?
—Lo que tú decidas está bien, Sol —respondió Martine, sin apartar los ojos de Craig. Luego se mordió el labio de forma seductora. Se acordaría de él durante un tiempo.
—Me siento muy halagado por su oferta, de verdad —dijo Craig, dirigiendo su atención a Donati.
—¿Pero?
Ningún salario, por muy generoso que fuera, podía justificar la pérdida del futuro que él y Jude habían planeado juntos.
Estaría encerrado en una oficina, obligado a participar en unas dinámicas aburridas solo para sobrevivir a la jornada sin ser apuñalado por la espalda por cosas sin sentido.
En cuanto a Donati, era un hombre demasiado poderoso como para enemistarse con él.
Ya había asistido a dos de sus fiestas y siempre le había dado su apoyo.
De no haber sido por su respaldo, Craig y Andi habrían estado solos en casa esa noche, preguntándose cómo harían para pagar la próxima hipoteca. La verdad era la mejor política.
—¿Puedo ser completamente honesto con usted, señor?
—No permitiría que no lo fueras —lo animó, con una leve sonrisa y un gesto de la mano.
—Mi pasión es el sector inmobiliario. Mi sueño es tener mi propio negocio en un par de años, en cuanto consiga un poco de capital.
—Donati era imposible de leer, pero había un destello de interés en sus ojos de acero.
Interés, no ira—. Espero no haberlo decepcionado.
Es solo que creo que uno nunca puede tener verdadero éxito a menos que siga su pasión.
Los labios de Donati se estiraron en una sonrisa.
—Eso fue lo que hice yo hace treinta años. Los barcos significan para mí lo mismo que las casas para ti.
—Exacto. —La voz de Craig estaba cargada de emoción.
Más que un mentor, había encontrado su alma gemela—.
Cuando miro una casa, veo una historia esperando a ser contada, una familia que inicia una nueva etapa en el viaje de su vida.
Veo sueños a punto de hacerse realidad tanto para el vendedor como para el comprador.
Es como si pudiera ayudar a forjar el futuro de toda esa gente.
Donati levantó su copa.
—Cuando estés listo para recaudar capital para tu futura empresa, llámame.
Ese comentario llamó la atención de Truman Haskett, que evaluó a Craig como si no lo hubiera visto antes, se rascó el bigote blanco con el dedo y luego se lo alisó. El interés se estaba extendiendo.
Dio las gracias a Donati con una inclinación de cabeza mientras alzaba su copa.
—Por usted y por toda su familia.
—Y por ti, hijo.
La siguiente parada fue la señora Hughes, quien parloteó sin pensar durante unos diez minutos sobre los muebles de la casa, diciendo lo que ella creía que quedaría mejor en vez de lo que ya tenían.
Hizo un sinfín de comentarios sobre la cama en medio del salón y sobre el color de las cortinas.
Por suerte, cuando estaba a punto de perder la cabeza, Andi lo rescató diciendo que lo sentía mucho, pero que lo necesitaba en la cocina.
Unos momentos después, continuó su recorrido con Gemma Haskett y luego pasó al siguiente invitado, un hombre de una refinería mediana de petróleo llamado Bill Parsons, cuya pálida mujer se estaba convirtiendo en una flor marchita junto a la ventana.
Sus invitados se quedaron hasta más tarde de lo que era habitual para ese tipo de reuniones.
Hughes se ganó con creces los dos mil quinientos que le había pagado, sin darse cuenta de que los roles habían cambiado con rapidez y ahora era él quien estaba trabajando para Craig a todos los efectos excepto sobre el papel.
Había recorrido la sala con tanto fervor como lo había hecho Craig.
No creía que Hughes fuera un perro que aún pudiera cazar, pero resultó que dependía de quién sujetara la correa.
Hughes y su mujer fueron los últimos en marcharse. El hombre le dio las gracias por una velada excelente. Mientras decía las palabras, dio una palmada en el bolsillo del pecho de su chaqueta, donde Craig lo había visto deslizar el sobre antes.
Él sonrió, amable, y respondió:
—Ha sido un placer. Me alegro de tenerlo a mi lado, señor. Algo me dice que vamos a hacer cosas maravillosas juntos.
Un destello de codicia brilló en los ojos de Hughes.
—Claro que sí. No lo dudes. —Se humedeció los labios y encendió un puro cubano bastante grande antes de salir por la puerta.