16
FIESTA
El Mercedes de Craig ya estaba en el garaje cuando ella llegó.
Frunciendo el ceño, se preguntó por qué no había tenido noticias suyas si ya estaba en casa.
Al pasar por delante de su coche para llegar a la puerta, tocó la rejilla negra delantera del vehículo.
Estaba casi fría. Llevaba tiempo en casa.
Tragándose su decepción, cogió aire, dispuesta a mantener la calma y sobrevivir a la fiesta. Luego habría tiempo para hacer preguntas.
La puerta se abrió antes de que pudiera tocar el picaporte. Craig, que llevaba un traje que ella nunca había visto, la miró con incredulidad.
—¿Dónde demonios estabas? —Su voz estaba teñida de frustración y el tono era elevado, chirriante.
En lugar de mostrarse comprensiva, Andi estalló:
—He intentado hablar contigo no sé cuántas veces y no me has devuelto las llamadas.
Tiró el bolso al sofá, se quitó los zapatos y entró en la cocina con un suspiro de frustración. Parecía una zona de guerra. Esa noche no iba a haber suflé.
Vertió la mezcla de claras de huevo aplastadas en el fregadero y luego enjuagó las varillas bajo un fuerte chorro de agua. Después de secarlas, las dejó sobre la encimera y miró la hora.
—Mierda —murmuró. Faltaban menos de cuarenta y cinco minutos para que llegaran los invitados.
—No, de verdad, ¿dónde estabas? —dijo Craig con voz grave y amenazadora, y una mirada llena de odio.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Qué poco ha durado nuestra luna de miel —dijo Andi con naturalidad, retirando los ingredientes del suflé de la encimera, y sacó el salmón ahumado y el queso fresco. La puerta de la nevera se cerró de golpe tras darle una patada con el pie izquierdo—, ¿verdad, Craig?
—¿De qué estás hablando? —Apoyó las manos en las caderas, pero mantuvo las distancias con ella, como si fuera a tirarle comida y mancharle el traje nuevo.
—Dicen que la luna de miel dura hasta que la mujer derrama la primera lágrima. La verdadera luna de miel, no el viaje de dos semanas que hicimos después de la boda. —Se secó los ojos y utilizó un tenedor para echar el salmón ahumado en el robot de cocina.
A él no parecía importarle nada de lo que acababa de decir.
—Me has dejado aquí y te has ido quién sabe dónde. No te importa una mierda, ¿verdad? La gente está de camino y no hay nada listo.
— Todo está listo, joder —gritó ella, lanzando con rabia el tenedor al fregadero, donde repiqueteó contra el vaso de la batidora.
Él dio un paso atrás—. Todo excepto tu preciosa espuma de salmón.
—Echó el queso crema sobre el salmón y encendió el robot, que empezó a triturar en ráfagas rápidas y cortas—.
Y también estará lista a tiempo si me dejas en paz.
—Otra lágrima asomó en su ojo y añadió sal a la mezcla.
Miró a Craig y le dijo fríamente—: Déjame en paz. Te avisaré cuando esté todo listo.
Él hizo justo lo contrario. Se acercó a ella despacio, con las manos extendidas en un gesto tranquilizador y los ojos llenos de comprensión.
—Cariño, nosotros no somos así. Tienes razón. Si tanto odias estas fiestas, no habrá más. Tú mandas. No quiero volver a verte así de alterada.
Lo apartó de un empujón y volvió a poner en marcha el robot, pero su enfado iba disminuyendo. Ansiaba que sus brazos rodearan su cuerpo y le dieran la fuerza que necesitaba.
—Papá ha tenido un infarto —dijo finalmente, con la voz cargada de lágrimas no derramadas.
Él la tomó entre sus brazos.
—Lo siento mucho, Andi, cariño —le susurró al oído—. ¿Está...?
—Está en el hospital. Ahí es donde estaba. —Se soltó, aunque le habría encantado pasar un momento abrazada a él, sintiéndose segura, amada—. He vuelto para terminarlo todo para la fiesta, como prometí.
Él se quedó sin palabras por un breve instante.
—No tenía ni idea —dijo. Se palpó los bolsillos en busca de algo y sacó el teléfono—. No tenía batería. Siento mucho no haber estado a tu lado cuando más me necesitabas.
Ella asintió, mirando la espuma en lugar de mirarlo a los ojos. Por alguna razón, le parecía más seguro evitar su mirada.
—¿Traje nuevo?
—Sí —respondió él, con una sonrisa inconfundible en la voz—. ¿Te gusta? —Se giró hacia ella, dio unos pasos adelante y atrás, se desabrochó el botón de la chaqueta, abrió la solapa y se metió la mano en el bolsillo del pantalón, como si fuera un modelo profesional.
Le quedaba bien. Sonriendo, Andi se secó una lágrima rebelde y empezó a poner la espuma sobre galletas saladas colocadas en bandejas en filas uniformes y angulosas; parecían soldaditos con gorros rosas.
—No sé si quiero saber... —dijo, con el ceño algo fruncido. Últimamente había gastado mucho dinero que no tenían.
—No, es mejor que no lo sepas —respondió Craig con rapidez, haciendo un gesto con las manos tan desesperado que resultaba gracioso—. Hoy hemos vendido la casa de los Donati, y solo con el trato extra que hice con él podremos pagar esto con creces.
—Un trato extra, ¿eh?
Craig tenía olfato para el dinero. Lo ansiaba como la gente ansía el helado o el chocolate, como los adictos ansían su próxima dosis, siempre mayor que la anterior, nunca suficiente.
Se alimentaba del dinero como otros se alimentan de café.
Y tenía talento para ello, un don innato para olerlo, encontrarlo y ganarlo.
En cuanto a gastarlo, Andi creía que a Craig le daba más placer que el sexo.
Todo estaba listo.
—Coloca estas bandejas en la isla de la cocina y esas otras, en la mesa del comedor.
Ten cuidado de no manchar tu traje nuevo.
—Por un momento, pareció petrificado ante la idea de estropear su atuendo—.
Déjalo, ya lo hago yo. —Andi cogió dos de los platos y los llevó al comedor, luego volvió a por más—.
Tú lleva las servilletas y los vasos. Ah, y también las botellas.
—Sí, señora —dijo él, trotando sobre el suelo de madera con lo que parecían unos zapatos nuevos con un poco de tacón. Estaba impresionante. Más alto, lleno de confianza en sí mismo, radiante. Cuando sonreía, era irresistible.
De pasada, Andi miró por la ventana del salón y se fijó en un joven vestido con una chaqueta blanca que merodeaba al final del camino de entrada.
—Craig, ¿quién es ese?
—¿El chico de fuera? Es el aparcacoches para la fiesta. —Se echó a reír, probablemente al notar su boca abierta y sus ojos como platos—. Es el hijo de los vecinos de al lado. No nos costará ni un centavo. Se conforma con las propinas, y tal vez algunas sobras, si las hay.
—¿Qué? ¿Vamos a perder la oportunidad de comer aperitivos rancios durante toda una semana? —Ella se rio y, de pasada, le tocó la cara—. Voy a vestirme.
Tardó unos diez minutos en ponerse lo que había elegido para la ocasión: un vestido largo de satén azul noche brillante con una generosa abertura en una pierna y un escote pronunciado.
Combinaba a la perfección con los pendientes chandelier azules que le había regalado en una ocasión Janelle, y probablemente ninguno de los invitados se daría cuenta de que las piedras eran circonitas baratas.
No es que le importara lo que notaran o no los invitados; lo único que no quería era que Craig se sintiera avergonzado de ella.
Le encantaban esos pendientes, le hacían mantener la cabeza erguida y contonearse con elegancia al caminar porque si no, rebotaban como dos sonajeros en manos de un niño pequeño.
Llamó a Craig desde la puerta del dormitorio, sosteniendo dos pares de zapatos, uno en cada mano.
—¿Cuáles?
—Los de tacón, Andi —dijo él sonriendo—. Siempre los de tacón.
Con esos tacones ella era un par de centímetros más alta que él y la otra opción eran unos zapatos planos, pero a él no parecía importarle.
Sonriendo, se puso los zapatos y se levantó.
Había algo en los tacones, en la manera en que hacían que una mujer caminara con la espalda recta, sobre todo alguien como ella, a quien le gustaba pisar con fuerza y contonearse al caminar.
Satisfecha con la imagen que le devolvía el espejo, se retocó el pintalabios y volvió a la cocina.
Él silbó al verla, y ella hizo una reverencia mientras se le hinchaba el corazón. Llevándose la mano a los labios, Craig le dijo:
—Falta algo en su impresionante atuendo, señora Brafford. Y creo que sé lo que es. Quieta.
Tras abrir su maletín, sacó una caja larga y extrajo un colgante azul con una cadena de plata.
Era impresionante, aunque un poco inusual.
El colgante era cuadrado, con un topacio azul central rodeado de pequeños zafiros.
La cadena tipo rolo era lo que llevaría un hombre, no era fina y delicada como las joyas tradicionales de mujer, pero la moda no era el fuerte de Andi.
Lo único que importaba era el hombre que la sostenía.
Chillando de alegría, le rodeó el cuello con los brazos y lo besó con fuerza.
Él se lo puso y ella lo tocó, palpando la piedra central con las yemas de los dedos; luego corrió hacia el espejo del baño. Craig estaba a su lado en el reflejo, radiante de orgullo. El color del colgante combinaba a la perfección con sus pendientes.
—Gracias —susurró—, no me lo esperaba.
La sonrisa de él se amplió.
—Me alegro de que te guste.
—¿Ha sido..., mmm, muy caro? ¿Las piedras son auténticas?
—¿Tú que crees? —La miró de pies a cabeza y silbó—. Señora Brafford, está usted increíble.
El sonido de un coche que entraba en su casa llamó su atención.
—Pongámonos serios —dijo Craig, echando un vistazo rápido al Cadillac Escalade blanco—. Es Donati. Ha llegado puntual.
Ella se dirigió hacia la entrada, dispuesta a saludar al invitado y a su despampanante mujer.
—Por cierto, ¿va a venir Jude?
—No —respondió Craig, bajando la voz hasta un susurro, probablemente porque Donati ya estaba lo bastante cerca como para oírlos—. Jude está aburrido de asistir a eventos de negocios.
A través del cristal esmerilado de la puerta principal, Andi vio cómo el aparcacoches cogía las llaves de la mano de Donati y suspiró. Por fin había empezado la temida fiesta.
BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: En el momento del arresto, ¿ya había realizado el registro de la residencia?
BARBARA OTWELL, DETECTIVE: No.
BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿Qué encontraron?
BARBARA OTWELL, DETECTIVE: Había rastros de sangre en una de las sillas de la cocina.
También había restos de sangre en la lechada de las baldosas que había bajo la mesa de la cocina, dañadas por la lejía, pero aún viables desde el punto de vista forense.
Faltaba la cortina de la ducha del cuarto de baño principal y había indicios visibles de que la habían arrancado.
Una pequeña parte seguía unida a las anillas.
En mi experiencia profesional, las cortinas de ducha se utilizan a menudo como contramedidas forenses, como, por ejemplo, para deshacerse de un cadáver.
BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿Fue localizada esa cortina de ducha?
BARBARA OTWELL, DETECTIVE: Sí. La encontraron en el vertedero, manchada de sangre. El fragmento recuperado coincidía perfectamente con el trozo que seguía unido a las anillas.