15
DEL CORAZÓN
El suflé era difícil de hacer. En cualquier momento podía desinflarse y convertirse en una papilla antiestética e insalvable.
Era el primer intento de Andi. Nunca habría intentado hacerlo si no hubiera tenido tanto tiempo antes de las seis, cuando se suponía que debían empezar a llegar los invitados.
Quizá esa no fuera la única razón. Quería que Craig estuviera contento y orgulloso de que ella hubiera contribuido a que la fiesta fuera un éxito.
De lo contrario, habría dedicado su tiempo a buscar trabajo o a estudiar.
Últimamente, a raíz de todo lo que estaba ocurriendo en sus vidas —la nueva casa, la creciente lista de socios de negocios de Craig a los que tenían que entretener—, había abandonado prácticamente su proyecto de doctorado.
«Solo ha sido un contratiempo temporal», se prometía a sí misma cada mañana cuando se ponía a hacer las tareas domésticas o a ayudar a Craig a superar su día. Y, cada mañana, rompía la promesa que se había hecho a sí misma.
Desde que Craig se había ido esa mañana, había preparado todo lo necesario para la fiesta, había dispuesto cuidadosamente los aperitivos en bandejas y los había cubierto con plástico transparente.
Incluso había utilizado un cortador de galletas en forma de estrella para cortar rodajas de sandía, que colocó en una fuente y espolvoreó con frutos del bosque y hojas de albahaca.
El último aperitivo que quedaba era la espuma de salmón, pero ella quería untarlo justo antes de la fiesta, para que las tostadas no absorbieran demasiada humedad y se pusieran blandas.
Pero el suflé era otra historia. Era como si esa cosa tuviera voluntad propia y la tuviera secuestrada bajo amenazas.
Si se movía mal, se precipitaba o incluso respiraba mal, se desinflaba por despecho.
Murmurando una palabrota en voz baja, se prometió no volver a prepararlo, independientemente de los resultados finales de aquel día.
Sin embargo, el olor a fresas le hacía la boca agua y hacía años que no probaba un suflé.
Casi no oyó sonar el teléfono debido al ruido de la batidora de mano.
No pensaba contestar; detener la batidora podría desinflar las claras mientras hablaba por teléfono.
Quienquiera que fuese podría esperar unos minutos.
Pero entonces echó un vistazo a la pantalla y, al reconocer que el número era el de la recepción de la clínica veterinaria de su padre, apagó la batidora y dejó que se hundiera en la espuma llena de picos.
Nunca recibía llamadas de ese número. Su padre la llamaba desde su móvil. Algo no iba bien.
—¿Sí? —dijo con voz estrangulada, temblorosa. La escalofriante angustia que se enroscaba en sus entrañas empezó a desplegarse.
—¿Andi? Soy Gabriella, de...
—Sí, hola, Gabriella, ¿qué pasa?
—Es tu padre. Lo llevan al Baylor St. Luke›s Medical Center...
Sus rodillas cedieron y se sentó rápidamente en el borde de una silla de la cocina.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó, con los ojos llenos de lágrimas. «Por favor, Dios, por favor, que esté bien».
—Creen que ha sido un ataque al corazón. Sabrán más cuando le hagan más pruebas en el hospital.
Sacando fuerzas de flaqueza, se quitó el delantal y se puso los zapatos sin dejar de hablar por teléfono.
—Andi, van directamente a la unidad de alta especialización en cardiología, el Texas Heart Institute...
—Sí, sí —contestó ella, corriendo a toda prisa por la casa en busca de las llaves del coche.
—Lo llevan allí porque ya ha estado antes. Lo han tratado un cirujano y varios médicos. No teníamos ni idea.
Andi se quedó inmóvil, con un torrente de hielo recorriéndole la sangre. Su padre sabía que estaba enfermo y no le había dicho ni una palabra.
—Gracias, Gabrielle. Me voy al hospital ahora mismo.
El trayecto fue un torbellino de lágrimas y una lucha por respirar, con el pecho oprimido y el corazón entumecido, petrificada por el miedo.
La noche anterior, se había despedido de él con palabras amargas.
Esas no podían ser las últimas que le dedicara a su padre.
No podían acabar así. No podía morir... Ahora no. «Oh, Dios, por favor».
Frenó con un chirrido de neumáticos sobre el asfalto caliente bajo el porche blanco y salió corriendo hacia el hospital, dejando el motor en marcha y las llaves en el contacto.
—¿Señora? —la llamó un guardia de seguridad—. No puede aparcar ahí.
No se detuvo hasta llegar al mostrador de recepción.
—Mi padre, Hunter Wilmore. Acaban de traerlo —soltó sin aliento, inclinándose sobre el mostrador de recepción como si su proximidad fuera a motivar a la hastiada mujer a teclear más rápido.
—¿Ha dicho Woolmore?
—Wilmore: w, i, l, m, o, r, e.
—Vale —murmuró, corrigiendo lo que había escrito con una lentitud exasperante. Tenía las uñas tan largas que tecleaba con los laterales de los dedos en vez de con las yemas—. Tercera planta, UCI de Cardiología. Habitación tres, cero, siete.
—Gracias —gritó por encima del hombro mientras corría hacia los ascensores. Uno había empezado a cerrar sus puertas, pero ella deslizó la mano entre ellas y las detuvo. Luego les pidió disculpas a los dos hombres que la miraban con ojos críticos y pulsó el tres.
Solo entonces respiró.
Todavía estaba vivo, ¿no? Tenía que estarlo. En recepción no daban los números de habitación de los pacientes fallecidos, ¿verdad? Su mente giraba en círculos sin sentido mientras el ascensor subía hasta la tercera planta y abría sus puertas con un chirrido.
La unidad de cuidados intensivos de Cardiología era silenciosa y estaba llena de luz, procedente de los grandes ventanales de varias habitaciones vacías y de las luces fluorescentes del techo.
Un pitido débil y distante rastreaba el ritmo cardíaco de alguien.
Frenética, evitó el puesto de enfermeras vacío y buscó los números de las habitaciones, que encontró marcados en pequeñas placas metálicas plateadas fijadas a las paredes junto a las puertas correderas.
La tres, cero, siete estaba allí. Su corazón seguía latiendo.
Pálido, con los ojos cerrados, no reaccionó cuando ella abrió la puerta con cuidado y se coló dentro.
La habitación olía ligeramente a gel antibacteriano y a la loción para después del afeitado de su padre.
La luz del sol se filtraba a través de las persianas abiertas.
Los monitores mostraban un ritmo cardíaco constante, los pitidos eran el único sonido que podía oír.
Las lágrimas le quemaron los ojos. Todavía estaba allí. Aún estaba vivo.
Se puso en cuclillas a un lado de la cama, tomó con suavidad la mano de su padre entre las suyas y apoyó su acalorada mejilla contra ella.
—Lo siento —susurró.
No se merecía nada de lo que le había dicho la noche anterior o en otras ocasiones en las que habían discutido por su marido. No recordaba que hubieran discutido nunca por nada más. Su único defecto era que se preocupaba mucho por ella.
—No llores, dulce niña —le susurró, apretándole un poco la mano—. Estoy bien. Ya me conoces, soy tan duro como el acero. —Esbozó una sonrisa, pero era ladeada y débil. Abrió los ojos y los cerró de inmediato—. Hay mucha luz aquí.
Aunque tuvo la tentación de ir corriendo a cerrar las persianas, decidió no hacerlo. El sol era bueno para el alma, aportaba esperanza y ganas de sobrevivir.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Andi, parpadeando para eliminar las lágrimas rebeldes—. ¿Qué te han dicho?
—Que me voy a poner bien —dijo con voz débil. Abrió un poco los ojos y la miró—. No te preocupes por mí.
—Un infarto me da derecho a preocuparme, papá —respondió ella—. ¿Ha sido muy grave?
Giró ligeramente la cabeza, pero luego la miró.
—Estas cosas siempre son graves, pero estaré bien. —Abrió los ojos un poco más—. Te juro que estaré bien. Pregúntaselo tú misma a los médicos.
—Ya lo creo que lo haré —respondió ella, sorbiéndose los mocos—. No confío en ti con estos asuntos.
—Ah —respondió mientras una oleada de tristeza bañaba su rostro—. Estás hablando de tu madre y de cómo es posible que no viera que se estaba muriendo hasta que un día se cayó al suelo.
—No, papá... No he querido decir eso. ¿Llevas culpándote de su muerte todos estos años? —Le besó la mano y volvió a apretarla—. Pues no deberías, nadie tiene la culpa.
—Entonces, ¿qué querías decir ?
—Quería decir que no me puedo fiar de ti —respondió ella, con una pequeña sonrisa en la voz—. Mentiste sobre tu salud para protegerme. Sabías que esto iba a pasar, ¿verdad? No me fío de usted, señor —bromeó como siempre hacía con él.
—Lo sé. —Se movió un poco y se giró hacia ella—. Por eso te invito a que hables con mi médico cuando haga la ronda de por la tarde.
Ella cerró los ojos un instante, no quería que su padre viera su frustración. La dichosa fiesta... No podía quedarse mucho tiempo.
—¿Me perdonas? —preguntó. Una nueva lágrima se acumuló en el rabillo del ojo y cayó sobre el dorso de su mano. La limpió enseguida con la yema del dedo.
—¿Por qué, cariño?
—Por lo que dije anoche. No era mi intención... —dijo atragantándose, incapaz de encontrar las palabras—. No te merecías nada de eso.
—Ah, eso... No importa, Andi. Nada de lo que digas o hagas está más allá del perdón de tu viejo padre.
—Dejó de hablar durante un momento, que ella atesoró, con la cabeza apoyada en su mano, aferrándose a él, sin saber por cuánto tiempo más su padre seguiría allí para que ella pudiera aferrarse a él—.
¿Puedo hacerte una pregunta? —Su voz sonaba un poco más fuerte.
—Claro.
—¿Eres feliz?
La pregunta la sacudió, resonando en su interior durante un largo instante. ¿Cómo era posible que una pregunta tan sencilla tuviera una respuesta tan complicada? Y, sin embargo, la respuesta era sencilla, si quería mirar más allá de sus miedos infundados y su egoísmo.
—Sí —respondió ella, levantando la cabeza para mirarlo a los ojos—.
Soy feliz, papá. Me hace reír. Siempre está ahí cuando lo necesito.
Se preocupa por mí y siempre me pone en primer lugar.
Ojalá pudieras verlo como lo veo yo. —El pitido que emitía el monitor aumentó de frecuencia y Andi sintió que su padre se tensaba.
Probablemente habría un mejor momento para decirle lo que quería contarle a continuación—.
Quizá algún día —dijo sonriendo—, quién sabe.
Llegaremos a ser una familia feliz, todos juntos.
—Bueno, si tú eres feliz, yo también lo soy —respondió él, y luego cerró los ojos.
—Papá, tengo que irme —dijo de mala gana, deseando poder quedarse para cuidarlo, hacerle compañía cuando estuviera despierto y dormitar a su lado durante la noche.
Había llamado a Craig varias veces de camino al hospital, pero sus llamadas iban directas al buzón de voz. No le había dejado ningún mensaje... Era a su marido a quien necesitaba, no a una grabación fría y despiadada. Y lo necesitaba más que nunca.
—Es esa fiesta, ¿no? —preguntó su padre en un susurro—. Vete, Andrea. No te preocupes por mí. Mañana seguiré aquí.