La chica que mataste 14
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ZEGNA

Craig estaba teniendo una semana llena de altibajos.

El martes tuvo que dar un cheque de casi cinco mil dólares que no tenía para cubrir los gastos de la mudanza.

Luego fue corriendo a pedirle un préstamo sobre el título de propiedad de su coche a un usurero baboso y gordo llamado Alf.

El interés era del cincuenta y nueve por ciento durante los tres primeros meses.

De milagro, consiguió ingresar el dinero en el banco justo antes del cierre. A la mañana siguiente, ya habían cobrado el cheque de los gastos de la mudanza. Ese hijo de puta de Hughes no había perdido el tiempo.

El miércoles llamó a sus invitados para que le confirmaran que sabían la dirección y le dijeran qué les gustaba beber y cómo les gustaba que les rascasen la espalda.

Luego fue corriendo a recoger la alfombra que Andi había encargado y llevarla a casa.

Cuando la colocó, tuvo que admitir que su mujer tenía un gusto razonable.

Con mucho esfuerzo, arrastró la enorme cama al salón él solo, sin que nadie le sostuviera las puertas, y después salió de nuevo para llevar a casa el nuevo sofá modular.

Finalmente, se sentó en uno de los sillones nuevos, sudoroso y cansado, y esperó a que Andi regresara.

Siguió esperando y luego esperó un poco más, casi hasta medianoche, mientras ella estaba fuera, jugando al póker con un grupo de personas de la tercera edad, sin preocuparse por él.

Odiaba que fuera allí más de lo que podía expresar con palabras.

Sobre todo, cuando necesitaba que estuviera concentrada.

A su mujer no parecía importarle lo más mínimo la fiesta por la que él se había estado dejando la piel.

No tenía ni idea de cuántas llamadas había hecho solo para que le colgaran, lo mandaran al infierno o lo amenazaran.

Ella parecía inquieta, incapaz de centrarse, egocéntrica como nadie que él hubiera conocido antes.

Lo único que le importaba era su estúpida carrera y ahora, además, los niños.

Como si todo lo demás fuera de maravilla y estuvieran aburridos, sin nada mejor que hacer que procrear sin cesar y gastarse una fortuna en unos mocosos malcriados.

Decían que criar a un hijo costaba lo mismo que un Ferrari nuevo, así que no valía la pena.

Tras un pésimo comienzo de semana, su suerte cambió. El jueves por la mañana, llegó una oferta por la casa de Donati al fax de su despacho cuando aún estaba en pijama. Un millón cuatrocientos mil, con compra inmediata en efectivo.

«Sí. Por fin».

Al día siguiente podría recuperar el título de propiedad del Mercedes.

Mientras hacía un baile de felicidad silencioso, marcó el número del comprador y convenció al chino para que subiera la oferta en setenta y cinco mil más.

Después, redactó la oferta formal en un formulario con el membrete de Parker Jones y se la envió al comprador para que la firmara.

A los pocos minutos, se la devolvió firmada.

Con una amplia sonrisa, llamó a Donati, le comunicó la buena noticia y le envió por fax la oferta formal. Se apresuró a prepararse un sándwich antes de salir a la carretera para un día complicado, pero tuvo tiempo de pasar por el pequeño dormitorio para ver los cuadros que había pintado Andi.

Tres grandes e impresionantes lienzos estaban apoyados contra las paredes.

No sabía mucho de arte, pero había visto suficientes casas lujosas, decoradas a lo grande, para saber que los cuadros de su mujer habrían encajado a la perfección entre obras de arte de Jackson Pollock y otros artistas similares.

Probablemente podría ser una artista medio decente si lo intentara, pero él tenía otros planes para ella.

Necesitaba a alguien en quien pudiera confiar para que hiciera las llamadas por él, enviara contratistas a las casas que él y Jude iban a comprar juntos, se asegurara de que el trabajo se hacía bien, pagara a los obreros y se preocupara de que las casas estuvieran listas para venderlas.

Podría decorarlas para que se vendieran más caras, organizar las jornadas de puertas abiertas, rellenar el papeleo...

Probablemente necesitaría sacarse pronto la licencia de agente inmobiliaria.

No había tiempo para ninguna tontería artística, como tampoco lo había para ninguna de sus estupideces sobre biología marina.

Dedicándose a eso, no iba a ganar dinero.

Andi no tardaría en superarlo y comenzaría a ver la perspectiva general que él quería que viera.

Agachándose y entrecerrando los ojos para leer la firma, dejó escapar un fuerte suspiro de alivio.

Había tenido el sentido común de firmar con un nombre falso.

Menos mal. Le preocupaba que su ego asomara la cabeza y que hubiera firmado los cuadros con su propio nombre.

Entonces todo el mundo sabría que ni siquiera podían permitirse comprar arte, que tenían que hacerlo .

Medio bocadillo más tarde, estaba a punto de salir cuando el fax volvió a sonar. Desde el umbral de la puerta del garaje, giró sobre sus talones y volvió corriendo al interior, justo a tiempo para coger la oferta firmada de Donati cuando salía de la impresora, caliente y con olor a tinta.

Su jefe iba a estar encantado; qué buena suerte, justo el día de la fiesta. Craig estaba impaciente por ver la cara de la comadreja cuando le enseñara el acuerdo firmado, casi trescientos mil por encima del precio de venta.

Pero antes fue directamente a The Galleria y aparcó delante de Neiman Marcus. Fue corriendo hacia la puerta, pero, en cuanto entró en la tienda, se puso a caminar. Andaba de forma despreocupada, evitando mirar las etiquetas, con calma, como si pudiera perder todo el día allí.

Enseguida, un vendedor de ojos pequeños y brillantes empezó a adularlo.

Cedió a las insistencias del hombre y se probó un traje de Brioni tras palpar la tela con las yemas de los dedos.

La chaqueta de lino y lana lo cambió. Parecía más alto con ella, aunque el traje era de un gris claro, nacarado.

Su espalda parecía más recta; sus hombros, más anchos; y su porte, más imponente.

Los pantalones le quedaban demasiado ajustados, se le ceñían en los muslos.

Una vez dentro del probador, miró el precio y se quedó de piedra.

—Siete mil dólares —susurró con tristeza en la voz. Se quedó unos instantes mirando su imagen en el espejo, deseando tener dinero para permitírselo. Todavía no, pero pronto podría.

—Los pantalones me quedan demasiado ajustados —le dijo al vendedor cuando salió del probador, con las mejillas al rojo vivo, delatándolo—. No sé quién podría llevar esto y estar cómodo. ¿Puedes enseñarme otra cosa?

El vendedor asintió con la cabeza y lo miró solo una fracción de segundo más de la cuenta. Craig se tragó una palabrota. No había nada que odiara más que la pobreza, no tener suficiente dinero. No ser una de las personas que podían hacer lo que querían.

El hombre regresó con un traje azul marino que llevaba en los brazos extendidos como una ofrenda destinada a un dios.

—Este traje es de Ermenegildo Zegna. Tóquelo —animó a Craig—. Este increíble tejido de lana y seda es la seña de identidad de Zegna. Nadie más hace este tipo de trajes.

Craig sonrió. Se veía a sí mismo llevándolo.

Todos los peces gordos que se cruzasen con él más tarde esa noche percibirían el fino tejido como algo que ellos llevarían.

¿Qué tenían los italianos con el lujo? Los italianos eran los amos del lujo.

Era increíble. Un país pequeño, que ni siquiera tenía dos veces el tamaño y la población de California, y lo tenía todo.

Ferrari, Lamborghini y Maserati conducían bajo la bandera italiana.

En moda, la lista era aún más increíble: Gucci, Armani, Versace, Cavalli, Valentino, Bulgari y un largo etcétera.

Debía ser algo que había en el aire. Tenía que ir allí a respirarlo.

El Zegna le quedaba como un guante. Sentía el lujo en cada poro de su piel. Los pantalones le quedaban perfectos y el precio le hizo tragar saliva, pero no podía decir que no.

—Me lo llevo —le dijo al vendedor.

Luego siguió al joven mientras lo ayudaba a elegir una camisa de seda y una corbata a juego, también de Zegna.

Aunque tuvo bastantes dificultades para elegir entre las muchas marcas que reconocía, acabó eligiendo un par de zapatos de piel de Ferragamo para completar el atuendo.

Sudando a mares, esperó a que el empleado se lo entregara todo a la cajera.

—Serán cinco mil trescientos ochenta y siete dólares con veintinueve centavos —le dijo la cajera rubia y menuda en voz baja cuando terminó de escanear las etiquetas.

«Maldita sea». En ninguna de las tarjetas le quedaba tanto límite. Y ese estúpido vendedor no se iba. ¿A qué demonios estaba esperando?

Sacó dos tarjetas de la cartera y le entregó primero la American Express azul.

—Cobra dos mil con esta y el resto, con la Mastercard.

Ella vaciló solo una fracción de segundo y luego cogió las dos con unas uñas impolutas que repiquetearon agradablemente contra el plástico.

Se le quedó mirando un poco mientras esperaba a que se aceptara el primer cargo.

Craig contuvo la respiración y apretó los dientes hasta que la cajera le hizo firmar todo con una dulce sonrisa.

El vendedor cogió los artículos que le entregó la cajera: el traje metido en una bolsa larga y todo lo demás en bolsas con el logotipo de Neiman Marcus, y lo acompañó a la salida.

—Yo me encargo a partir de aquí —dijo Craig, cogiendo las bolsas y el traje.

El vendedor le sujetó la puerta con una sonrisa. Craig se apresuró a salir para poner distancia entre él y aquellos ojos brillantes e insolentes.

A medio camino hacia su coche, Craig empezó a sonreír. Al diablo con ellos y lo que pensaran de él. Pronto compraría ese Brioni, a crédito o en efectivo, como fuera. Pero esos dos seguirían siendo trabajadores por horas al servicio de sus caprichos. No al revés.

Cruzó el aparcamiento a paso ligero. El día pintaba muy bien, y aún no eran ni las doce.