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LLAMADA TELEFÓNICA
La residencia Ellefson, una amplia casa de estilo craftsman situada en un terreno de unos mil metros cuadrados en una calle sin salida, tenía el jardín lleno de flores coloridas que florecían durante todo el verano.
El forense había comenzado a dedicarse a la jardinería como pasatiempo, probablemente impulsado por el deseo de llevar aire fresco, sol y color a su vida.
Su trabajo diurno lo mantenía encerrado en una morgue todo el día o visitando escenas del crimen, y ninguna de las dos cosas parecía muy saludable, al menos en opinión de Rebecca.
Estaba contenta con la pasión recién descubierta de su marido por los bulbos y las rosas en flor. A ella le gustaba leer en el porche, recostada en el columpio, con la espalda apoyada en un par de cojines, mientras él se entretenía a unos metros de distancia.
Durante los días laborables de verano, su rutina comenzaba a primera hora y los dos la disfrutaban tanto como para justificar tener que despertarse con el sol naciente.
Esa mañana los cojines del columpio aún conservaban algo de la humedad de la noche.
Rebecca permaneció de pie, apoyada en la barandilla y con una taza de café humeante en las manos.
Miró la hora y anunció:
—Son casi las ocho.
—Sí, debería irme. —El doctor Ellefson gimió mientras se levantaba y se masajeó la pierna derecha con dedos expertos durante un minuto—. Me duele otra vez esta maldita rodilla.
—Es la vejez lo que te duele, Aaron, nada más.
—Lo sé de sobra. —Cogió una maceta con un rosal del porche y la puso en el suelo, junto al agujero que había cavado. Luego se acercó al grifo, lo abrió y cogió la manguera—. Deberías ver a esa gente abierta.
—¿A quiénes?
—A las personas mayores. La edad se nota mucho más por dentro que por fuera.
—Puaj. Muchas gracias. Paso. —Bebió un sorbo de café y saboreó el gusto amargo, deseosa de borrar la imagen que el comentario de Aaron sobre personas abiertas había traído a su vívida imaginación—. Hoy estás un poco sombrío. ¿Qué te pasa?
Él negó con la cabeza, se agachó junto al agujero y empezó a llenarlo con agua de la manguera.
—No lo sé. Algo que pasó durante la partida de anoche me mantuvo despierto un par de horas.
—Estabas algo inquieto, cielo. Me di cuenta. Te mueves como un rinoceronte, con suavidad y mucho estilo.
El doctor Ellefson soltó una carcajada.
—Hacía mucho que no me hacías un cumplido. —Cortó una rosa y se la ofreció.
Encantada, Rebecca la cogió y la olió. La fragancia de rosa era tenue, apenas perceptible.
—¿Te has preguntado alguna vez por qué las rosas de aquí no huelen tan bien como las del hotel en el que estuvimos en Grecia?
Habían estado de vacaciones allí hacía unos años. La rosaleda del hotel Thessaloníki había sembrado en su marido la pasión por la horticultura. Aquellas flores mareaban con su fuerte aroma.
—No tengo por qué preguntármelo —respondió él, dedicándole una rápida sonrisa—.
Es culpa de los químicos que les dan a las plantas para que crezcan más rápido.
Los estadounidenses no tenemos paciencia.
—Se acercó a los rosales más viejos, que florecían a pocos metros.
Los había plantado hacía dos veranos. Con un rápido tajo de sus tijeras de podar, cortó una flor roja y se la ofreció—. ¿Hueles la diferencia?
Rebecca inhaló. El aroma de la rosa era embriagador, como si toda la esencia de la exquisita flor hubiera entrado en su cuerpo y se hubiera instalado en su pecho.
—Gracias —dijo, aspirando la fragancia una y otra vez—. No tenía ni idea.
—Un placer —respondió Aaron, agachándose junto al agujero.
Estaba lleno de agua hasta la mitad, ya podía plantar el nuevo rosal.
Con cuidado, puso la maceta de lado y sacó la planta sin dañar las raíces.
Luego, sujetándola con las dos manos, la introdujo en la tierra y le dio unos minutos para que el agua aflojara las raíces—.
Hablando de no tener ni idea, ¿qué crees que está pasando con Andi?
¿Por qué no le dieron ese trabajo en la universidad?
Pensaba que los exalumnos tenían prioridad.
Ella apoyó los codos en la barandilla de madera.
—Yo me he estado preguntando lo mismo. Haré un par de llamadas. Seguro que alguien me da una respuesta.
—¿Crees que debemos entrometernos en esto?
—No nos estamos entrometiendo, Aaron. No estoy moviendo ningún hilo. Solo voy a preguntar. Andi es como una hija para nosotros. Por cierto, ayer fue muy doloroso verla discutir con Hunter.
—Eso ha sido lo que no me ha dejado dormir. No puedo creer lo que vi. Hunter nunca se ha comportado de esa manera.
—¿Quieres decir como si estuviera loco?
—Sí, se podría decir así —respondió Aaron, lanzándole una rápida mirada inquisitiva antes de compactar la tierra que había alrededor de la raíz del rosal.
No la presionó demasiado. Sentía el suelo blando bajo los dedos mientras el agua seguía abriéndose camino para separar las raíces y nutrirlas—. ¿Crees que tiene razón?
—¿Sobre lo que piensa de Craig? —preguntó Rebecca, frunciendo el ceño por un momento, pensativa.
No recordaba ni una sola ocasión en la que Craig se hubiera comportado de un modo que justificara la opinión que Hunter tenía de él.
Además, recordaba a la perfección que su madre también había odiado a Aaron sin motivo alguno.
Había resultado ser un marido excelente, pero su madre había muerto con el corazón partido porque su hija se había casado con un hombre que tocaba a los muertos.
Los padres también podían equivocarse; no eran más que personas que cometían errores—.
No. Andi parece feliz y enamorada de él.
¿Viste cómo se le iluminaba la cara mientras nos estaba contando la historia de cómo se conocieron?
Satisfecho con su trabajo, el doctor Ellefson se levantó y se frotó las manos en los vaqueros de jardinería para librarse de la suciedad que aún tenía pegada en los dedos.
—Sí. Es feliz. Habría que estar ciego para no darse cuenta.
—Cerró el grifo y recogió sus herramientas—.
A lo mejor a Hunter le cuesta lidiar con eso.
Tras perder a su mujer, Andi es lo único que le queda.
Quizá esté viendo un monstruo donde no lo hay, solo porque ese hombre le ha arrebatado a su única hija.
—Sí, puede que sea eso. He oído que se pasa todo el día en la clínica, trabajando jornadas de doce horas, seis días a la semana, y que también va los domingos.
—Se va a consumir. —Las herramientas de jardinería repiquetearon cuando las dejó caer en su caja dentro del cobertizo—. Y alejará a Andi si sigue con esta locura.
Rebecca lo miró con ojos suplicantes.
—Vale, hablaré con él —concedió con un suspiro—. Lo llevaré a pescar; solo estaremos nosotros dos y algunas cervezas. Quizá me diga de qué va todo esto y atienda a razones.
Agradecida, Rebecca le tocó el brazo cuando Aaron pasó por su lado de camino a la ducha.
Ella lo siguió al interior, donde puso las dos rosas en dos jarrones pequeños y estrechos.
Apoyada contra la pared del baño, conversó con Aaron mientras él se duchaba, sobre todo acerca de lo horrible que sería si Andi y su padre llegaran a distanciarse y de cuánto debía estar sufriendo esa pobre chica, dividida entre su padre y su marido.
Pero Rebecca solo podía pensar en la llamada que estaba a punto de hacer para averiguar qué había impedido a Andi conseguir el trabajo que quería.
Parecía que se lo había tomado con resignación, pero Rebecca había notado la tristeza que había en sus ojos cuando respondió a la pregunta de Freddy DeMaria la noche anterior.
Por suerte, aún conocía a suficientes profesores para averiguarlo.
En cuanto el coche de Aaron dobló la esquina y desapareció de su vista, Rebecca se sirvió un café y se sentó en el sofá, con las piernas cruzadas y el teléfono en la mano.
Esperando con impaciencia a que fueran las nueve, cuando el personal docente llegaba al trabajo, repasó la lista de sus numerosos contactos guardados, buscando a alguien que pudiera saber algo sobre Andi.
—Ah, el César seguro que lo sabe —murmuró, refiriéndose al profesor César.
A las nueve y un minuto exactamente, hizo la llamada. Mientras sonaba el tono, se levantó y empezó a caminar nerviosa. Sin ningún motivo en particular, se sentía nerviosa y quería terminar la llamada de una vez.
Por suerte, el César contestó y pareció alegrarse de oírla. Charlaron sobre estudiantes, profesores, lo que habían hecho en verano y sobre quién más se había jubilado desde que Rebecca se fue. Después, ella dijo:
—Necesito un gran favor. Una protegida mía necesita que la aconsejen sobre cómo conseguir el trabajo para el que estudió. Puede que la conozcas, se llama Andrea Wilmore.
El silencio cayó pesadamente sobre la llamada. Era como si el profesor ni siquiera respirara.
—¿Podrías hacerme un inmenso favor y averiguar qué salió mal durante la entrevista?
—No necesito averiguarlo —respondió el César con voz sombría—. Ya lo sé.
Era el turno de Rebecca de contener la respiración. Escuchó las palabras de su antiguo colega sin decir ni una palabra. Luego le dio las gracias con susurros y de forma apresurada.
En cuanto colgó, dejó caer el teléfono sobre el sofá como si le estuviera quemando los dedos.
—Dios mío —susurró—, esto no puede estar pasando.
Se quedó mirando el teléfono, temiendo lo que estaba a punto de hacer, pero no veía otra opción. Con dedos temblorosos, cogió el teléfono y llamó a Hunter Wilmore. En cuanto contestó, fue directa al grano y le dijo:
—Hay algo preocupante que debes saber. Es sobre Andi. Sobre su incapacidad para encontrar trabajo.
GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: ¿Dónde conoció a Andrea Wilmore Brafford?
HOLLY HUGHES: En la fiesta de Brafford. Mi marido es el jefe de Craig Brafford.
GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: ¿Cómo la vio?
HOLLY HUGHES: Estaba perfectamente. Sonreía, saludaba a la gente, era una buena anfitriona.
GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: ¿Parecía angustiada por su dificultad para encontrar trabajo?
HOLLY HUGHES: No, en absoluto. Y, con sinceridad, no entiendo cuál es el problema. He visto algunas cosas en las noticias, pero ¿de verdad está tan mal apoyar a tu marido en su negocio? Es lo que llevo haciendo yo toda la vida.