La chica que mataste 12
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EN CASA

La casa estaba completamente a oscuras cuando llegó Andi, pero el Mercedes de Craig estaba en el garaje.

Debía estar dormido, aunque faltaban unos minutos para la una y le gustaba trasnochar.

Tras abrir las puertas con cuidado para no despertarlo, cruzó de puntillas el lavadero y la cocina, y se sentó en el sofá nuevo, sintiéndose agotada hasta los huesos.

Necesitaba un momento antes de reunirse con él, para secarse las lágrimas y despejar la mente.

—Qué amable por tu parte unirte a mí —dijo Craig con calma, sobresaltándola. Estaba sentado en un sillón junto a la pared.

Ella jadeó y se puso de pie de un salto.

—Casi me da un infarto —dijo con un toque de risa insegura—. ¿Por qué estás sentado en la oscuridad?

—Te estaba esperando.

Craig no se levantó para besarla. Andi empezó a caminar hacia él, pero se detuvo a medio camino.

—¿Estás enfadado conmigo? —Se acercó rápido a la pared y encendió el interruptor de la luz. Con los ojos entrecerrados, estudió su rostro perfectamente inmóvil. ¿Qué demonios le pasaba?

—¿Debería estarlo? —preguntó con la misma calma, de manera inquietante—. ¿Por qué lo preguntas?

Ella esperó, empezando a perder la paciencia.

Debía sentirse abandonado, la víspera de su gran fiesta, solo porque ella sabía aguantar la presión y no se agobiaba con cada pequeño detalle.

Después del inusual comportamiento de su padre aquella noche, lo último que necesitaba era que Craig perdiera los nervios con ella.

Quería gritar, arañar algo hasta romperse una uña o tirar algo, partiéndolo en pedazos.

—Lo único que pasa es que mañana tenemos una fiesta muy importante, que podría arreglarlos la vida o arruinárnosla, y aquí nadie se está ocupando de nada.

Las manos de Andi encontraron rápidamente sus caderas.

—¿De qué me tengo que ocupar? Ya está todo listo. La compra está hecha. Lo único que tengo que hacer mañana es recoger algunas cosas y esparcirlas por ahí. Ya están pagadas, solo tengo que ir y meterlas en el coche. Hasta tu preciosa repisa está lista.

Una sonrisa se dibujó en los labios de Craig.

—Sí, he visto los corales. Son impresionantes.

—Ya lo creo que lo son. Tienen un valor incalculable, son únicos.

He tenido que firmar un documento; tengo que devolverlo todo el viernes —soltó, descubriéndose a sí misma tejiendo una elaborada mentira sin entender por qué.

Se mordió el labio, obligándose a dejar de mentir—. Veo que has traído la cama aquí.

—Sí, yo solo.

Andi bajó los ojos por un momento, ocultando un destello de ira provocado por su comentario.

—Es una disposición interesante... —La cama estaba colocada en ángulo, no paralela a la pared, pero tampoco tocándola.

Al menos había un metro de espacio vacío en todos los lados, para invitar a la gente a acercarse y sentarse tranquilamente.

Respiró, dispuesta a mantener la calma—.

¿Y si compro alfombras más pequeñas que combinen con la grande? ¿Para colocarlas alrededor de la cama?

—Hazlo.

Andi sintió el escozor de las lágrimas.

—¿Tienes que ser así?

—¿Cómo?

—Monosilábico. Frío. Cabreado sin motivo.

Él juntó las manos en el regazo, apoyando los codos en los reposabrazos, y se quedó mirándola.

—¿De verdad crees que está todo listo para mañana? ¿Sabes quién va a venir?

Ella negó con la cabeza de nuevo, conteniendo el nudo que tenía en la garganta y parpadeando para contener las lágrimas.

—Gente que vive en casas de un millón de dólares.

Gente que nació rica. ¿Crees que podemos engañarlos con un montón de biología marina muerta en la maldita repisa de la chimenea?

—Escupió las palabras como si su desprecio engullera sus orígenes, su mundo entero. Todo lo que era importante para ella.

—Escucha, si nuestra vida va a ser así, no quiero formar parte de ella.

Él se levantó bruscamente y se dirigió hacia ella con paso enfadado.

—¿Qué?

—Si esto te está causando tanta ansiedad, tal vez no merezca la pena. Arruinará nuestras vidas.

Frustrado, Craig levantó los brazos y los dejó caer.

—No es ansiedad, por el amor de Dios. Es una oportunidad.

Es ambición. Es voluntad de triunfar contra viento y marea.

—Empezó a andar de un lado a otro—. Nos hacemos amigos de estas personas, luego ponen sus casas a la venta conmigo y yo gano el doble de comisión.

Me recomiendan a sus amigos y, de nuevo, doble comisión.

No sé tú, pero yo no tengo intención de tardar treinta años en pagar esta casa.

Ella asintió, mordiéndose el labio para que no le temblara. Quería que la rodeara con sus brazos, sentir su aliento en el cuello y sus labios sobre los suyos, no una lección sobre negocios inmobiliarios.

—¿A cuánto asciende la hipoteca? No me lo has dicho.

Craig desvió la mirada un momento.

—No importa. Tú no tienes que preocuparte por nada. Solo asegúrate de que todo esté listo para mañana y de que brillemos. Demostrémosles a esos imbéciles privilegiados que somos igual de buenos que ellos.

Le cogió las manos y Andi se estremeció cuando sus dedos helados tocaron los suyos.

—¿Tienes frío? —Empezó a frotarle los brazos con las manos para calentarla.

Despacio, ella se recostó contra su pecho, anhelando su amor, mientras su angustia empezaba a disiparse.

Tal vez tuviera razón al estar nervioso.

Estaba jugando muy por encima de su nivel y se había metido en unas deudas considerables que no podían permitirse, sobre todo porque ella seguía en paro.

Gran parte de lo que estaba pasando con Craig era culpa suya.

—Todo irá bien, Craig. Relájate. Ya tengo tres obras de arte que podrían gustarte, listas para colgar. Están en el dormitorio pequeño, secándose. La mayor parte de la comida está hecha. El resto lo prepararé en cuanto vuelva de recoger las compras y de la entrevista.

Craig apartó las manos de Andi y las metió en los bolsillos.

—¿Qué entrevista?

Ella se dio la vuelta para mirarlo a la cara.

—Todavía estoy en una fase inicial del proceso. A ver si hay suerte.

—¿Dónde es el trabajo?

—En un banco —dijo, bajando los ojos ante su mirada—. Es para un trabajo de cajera en la sucursal local.

Él la miró con incredulidad.

—¿Mi mujer, una cajera de banco? ¿Has perdido la cabeza? ¿Sabes lo que me hará eso? ¿Lo que nos hará? —Sus gritos resonaban contra los altos techos y las paredes vacías.

Andi se rodeó el cuerpo con los brazos, sintiendo el frío de su ira recorrerle la sangre como esquirlas heladas.

—Entonces, no se lo digas a nadie —dijo intentando bromear, aunque su voz sonó triste—. Tengo que empezar en algún sitio, Craig, y nadie me contrata. Seguiré intentándolo hasta que consiga un trabajo, el que sea, y entonces empezaré desde ahí.

Despacio, Craig se acercó a ella y le tocó la cara con suavidad.

—Siento que no me lo dijeras, eso es todo.

—¿Por qué? —Las lágrimas manchaban sus mejillas, indeseadas, imparables.

—Para poder orientarte y darte algunos consejos. Podríamos investigar ese banco juntos, averiguar qué buscan en sus empleados; luego tú se lo venderías y se enamorarían de ti.

Andi se quedó mirando el suelo de madera donde habían caído sus lágrimas. La sal que contenían probablemente mancharía la madera.

—Gracias —susurró.

—Ganar tu propio dinero es importante para ti, ¿verdad?

—Le pasó los dedos por el pelo y alrededor de la oreja, colocando unos mechones cortos detrás del lóbulo.

Ella se estremeció, pero esta vez no fue el frío de sus dedos, sino el fuego que él sembró en su sangre—.

Porque podríamos apañárnoslas perfectamente sin que tuvieras que aguantar el trajín diario de trabajar.

Ella se apartó de mala gana.

—¿En qué me convertiría eso, entonces? ¿En esposa? ¿En madre? Eso está muy bien, pero puedo ser mucho más, Craig. Necesito serlo.

—Eres una esposa estupenda —susurró él, antes de besarle el cuello.

—Y seré una madre estupenda. Pronto.

Los labios de Craig se detuvieron en el sitio.

—¿Cómo de pronto?

Andi se rio y enterró los dedos en su pelo, del que tiró con suavidad.

—No lo sé, solo era un comentario.

—Bien —murmuró él, y sus labios reanudaron la exploración de su cuello—. Porque ahora mismo estamos bastante ocupados. —La cogió de la mano y la llevó a la cama—. Por cierto, necesitaremos una manta para esta cama. Que sea cara.

—Sí, está entre las cosas que voy a recoger mañana —dijo ella.

Con las manos de él en su cintura, se sentaron juntos, uno al lado del otro.

—¿A quién le importa un trabajo de cajera de banco con poco sueldo cuando podríamos hacer grandes cosas juntos? —Craig le desabrochó la camisa con pericia, despacio, demasiado despacio.

—¿Como qué? —Mantenerse concentrada en la conversación mientras las manos de su marido le recorrían el cuerpo exigía un gran esfuerzo. Solo quería dejarse caer en la cama.

—Jude y yo vamos a empezar un negocio juntos.

Yo encontraré las casas, él las comprará baratas y las revenderemos al año siguiente, con un lavado de cara.

Necesito tu ayuda para hacerlo realidad, Andi, cariño.

—Su blusa, con todos los botones desabrochados, caía abierta hacia los lados.

El pecho le subía y bajaba con fuerza—. Eres mi compañera de equipo, mi pareja —susurró, mientras sus labios recorrían el borde de su sujetador—. Mi fuerza... Mi esencia...

El calor que le transmitía su cuerpo la volvía débil, indefensa, y la dejaba lista para él. Andi gimió, saboreando cada sensación con los ojos entrecerrados.

Entonces sus manos se volvieron de acero al colocarla en posición, y sus ojos se clavaron en los de ella sin piedad, como si tratara de perforarle el cráneo y leerle la mente. Como si intentara dominarla.

El calor se convirtió en un repentino escalofrío que le heló el alma.

Apartó el sentimiento y se abandonó a los brazos de Craig, recordándose lo mucho que la quería.

Fuera lo que fuera lo que estaba mal, solo estaba en su cabeza.

Rehuyendo su mirada inflexible, cerró los ojos y los mantuvo apretados hasta que todo terminó.