11
UNA NOCHE
A Andi se le iluminó la cara y sonrió. Le encantaba recordar aquel primer día de Craig y ella.
—Pues, yo regresaba de la universidad una noche de octubre, al día siguiente de mi cumpleaños.
Lo recuerdo porque el día anterior, en mi cumpleaños, había ido a ver a papá a la clínica y me estaban esperando con una tarta decorada con una cara de gato con unos bigotes enormes —dijo, mirando a su padre con calidez en los ojos.
—Oh, qué tierno —dijo Rebecca.
—Al día siguiente llovía mucho y estaba oscuro.
En la I-45 en dirección norte, cruzando el puente de la bahía, mi coche empezó a balancearse y a hacer un ruido espantoso.
Se me había pinchado una rueda. Paré en el arcén, pero me daba miedo salir del coche para mirar.
Por allí, los coches circulan a mucha velocidad.
Rebecca se puso la mano en el pecho.
—¡Qué horror! ¿Qué hiciste?
—Después de un rato, decidí conducir despacio y coger la primera salida.
—¿Llevabas encendidas...? —empezó a preguntar el doctor Blass.
—Sí, iba con las luces de emergencia encendidas y conseguí llegar hasta la autopista 197, luego me detuve.
La oscuridad era total. La verdad es que pensé que iba a morir esa noche.
Lo sentía en mis huesos como si ya estuviera ocurriendo.
—Fascinado, su padre escuchó la historia que había oído antes con una intensidad inusitada en sus ojos.
Tocándole de nuevo el brazo con ánimo tranquilizador, la sonrisa de Andi floreció al recordar—.
Estaba a punto de llamar a papá para que me rescatara cuando un coche se detuvo detrás del mío.
Pensé que era el fin. Allí sola, en mitad de la nada, estaba convencida de que ese tipo, quienquiera que fuera, me iba a matar.
¿Por qué no iba a hacerlo? Nadie se enteraría.
—Dios mío —susurró Rebecca, y luego bebió un pequeño sorbo de su cerveza—. Yo me habría desmayado.
—Tenía un espray de pimienta —dijo Andi, y su comentario desató una carcajada alrededor de la mesa.
—¿Qué os he dicho antes? —preguntó el doctor Ellefson—. Nada de sentimientos inútiles, solo una cabeza práctica y fría, bien sujeta a sus hombros. Buena chica.
—¿Y qué pasó después? —preguntó el doctor DeMaria—. No nos dejes con la intriga.
—Pues tenía el espray en la mano, lista para usarlo.
Había cerrado las puertas, pero temía que rompiera la ventana o algo así.
Sin embargo, se acercó a la ventanilla bajo esa lluvia torrencial y llamó de forma educada, con calma, como si la lluvia no estuviera cayendo con tanta fuerza.
Me dijo: «Señora, no hace falta que salga del coche.
Abra el maletero y le cambiaré la rueda».
Y bajo ese aguacero, empapado por completo, me sonrió.
—Ooh, qué romántico... —dijo Rebecca—. Es una historia preciosa.
—Luego condujo detrás de mí hasta que llegué a la casa, para asegurarse de que no me ocurría nada. —Bajó la mirada y entrecerró los ojos, reviviendo el más preciado de sus recuerdos—. Al día siguiente me entregaron una docena de rosas de color rosa. Y así empezó todo para Craig y para mí.
Hubo otro momento de silencio y luego se oyó el sonido de una ficha golpeando el montón.
—Lo veo —dijo el doctor DeMaria—. Hay una base antropológica para que a los padres les cueste aceptar a sus yernos. A la hija ahora la posee otro hombre más joven...
—Anda, cállate ya —dijo el doctor Blass—. Aquí no estamos todos obsesionados con el sexo. Pero conozco a alguien que sí que lo está. ¿Te has mirado en el espejo últimamente?
En la mesa surgieron risas suaves mientras continuaba el juego.
—Papá, ¿qué sucede? —preguntó Andi. Había una mirada intensa y ardiente en los ojos de su padre que le provocaba escalofríos.
—Ah, sí —dijo finalmente; luego rompió el contacto visual y tiró las cartas sobre la mesa—. No voy.
Hubo otro momento de silencio mientras Rebecca sopesaba sus posibilidades.
—Subo —dijo, y arrojó un par de fichas verdes al montón.
—Te prometí que respondería a las preguntas que quisieras sobre el caso Edwards —dijo el doctor Ellefson, rompiendo el incómodo silencio. Estaba mirando a Andi.
Agradecida, se giró hacia él, contenta de poder olvidar por un momento el extraño comportamiento de su padre.
—Perdón... ¿El caso Edwards?
—La chica que murió por sobredosis en tu edificio. Nikki Edwards. ¿Te acuerdas de ella?
—Ah, sí —respondió Andi, sintiendo una punzada de culpabilidad por haber olvidado por completo todo lo relacionado con aquella pobre chica. Era como si su olvido quitara sentido a su corta vida.
El doctor Wilmore se inclinó sobre la mesa para captar la mirada del doctor Ellefson.
—¿Has dicho Nikki Edwards? ¿Una morena de veinte años con pelo largo, alta y guapa?
—Sí —respondió el forense—. Bueno, tenía veinticinco, pero sí. ¿De qué la conoces?
—Solía traer a su gata a mi clínica. Se murió por la edad. —Se pasó la mano por la barbilla, ensimismado—. ¿O fue de diabetes? No me acuerdo. No la he visto desde entonces.
—¿A quién? ¿A la gata? —preguntó el psiquiatra—. En realidad, eso es algo bueno.
El veterinario le dio un puñetazo de broma, riéndose.
—No, imbécil, a la chica.
—Entonces, ¿al final fue una sobredosis? —preguntó Andi.
—Sí —respondió el doctor Ellefson—. No era una usuaria habitual o al menos no llevaba drogándose mucho tiempo.
Por lo general, los nuevos consumidores son los que cometen ese tipo de errores.
No saben cuánto puede aguantar su cuerpo.
—Miró sus cartas—. No voy. —Parecía que al final su mano no era tan buena.
Andi dudó. Había bastantes fichas en el bote, y su mano era bastante decente.
Con tres de las cartas de la mesa, tenía un full de cuatros sobre dieces.
Pero era una situación complicada; todos los cuatros estaban en el tablero, lo que significaba que cualquiera que tuviera una pareja más alta que sus dieces se llevaría el bote.
—Lo igualo —dijo finalmente, arrojando dos de sus fichas verdes sobre la mesa.
Esperaba que la emoción de la partida disipara la oscuridad que los inquietantes comentarios de su padre habían provocado en el ambiente del grupo y en su propio corazón.
¿Por qué tenía que ver lo peor de Craig, cuando siempre era un hombre amable, que solo veía lo bueno de la gente?
El odio que su padre parecía albergar hacia su marido tenía que terminar de algún modo, o ella se vería obligada a mantenerse alejada.
Eso era lo que él no entendía: la estaba apartando, obligándola a tomar partido.
—Por cierto, estaba embarazada —añadió el doctor Ellefson.
—¿Quién? —preguntó DeMaria—. ¿La gata?
Las risas rugieron alrededor de la mesa como en los viejos tiempos, cuando ni un solo ceño fruncido nublaba la frente de su padre. Antes de que se volviera tan oscuro y odioso. Antes de que ella conociera a Craig.
Un par de horas más tarde se puso de pie, justo después de reunir una buena cantidad de fichas que ascendía a unos treinta y cuatro dólares más o menos.
—Tengo que irme —dijo, y la mayoría de los jugadores la abuchearon, rogándole que se quedara más tiempo.
Por supuesto, Rebeca no participó en el abucheo; era una señora—.
Craig celebra una gran fiesta mañana por la noche; esa es la razón por la que estamos jugando hoy en lugar de mañana, y todavía tengo que preparar un montón de cosas.
Rodeó la mesa y se despidió de todos con un abrazo.
—¿Cómo va la búsqueda de trabajo? —preguntó el doctor DeMaria.
—Pues... —respondió Andi— no va de ninguna manera. Nadie me quiere.
—¿Y la universidad? —preguntó el doctor Ellefson—. Estabas emocionada después de la entrevista.
Ella sacudió la cabeza, entristecida.
—No hubo suerte. Me enviaron una carta.
Rebeca la miró fijamente y luego miró a su marido, pero no dijo nada.
El último en la fila de abrazos era su padre. Andi dudó un poco, ya que estaba un poco disgustada por su reticencia a aceptar a Craig. En lugar de abrazarla, él tomó sus manos y las apretó con fuerza.
—¿Qué le pasaba a la rueda? —preguntó—. Andi, mírame.
—¿Eh?
—La rueda —repitió—, la que tenías pinchada la noche que conociste a Craig. ¿Qué le había pasado?
Ella se encogió de hombros.
—Llevé el coche al taller y me la arreglaron.
—¿Estaba perforada?
Andi frunció el ceño, intentando recordar. ¿Por qué le estaba haciendo su padre esas preguntas? ¿A quién le importaba la maldita rueda?
—N... no, dijeron que solo estaba desinflada. —Se acercó a él y le dio un beso en la cara barbuda—. Buenas noches, papá. Mañana te llamo.
Su padre no le soltó las manos.
—¿Y si tenías razón? —susurró, mirándola a los ojos con la misma intensidad que ella había notado antes—.
Somos animales, nada más. Seguimos teniendo instintos, poderosos instintos que nos avisan cuando se acerca un depredador.
Esos instintos han mantenido vivos a los humanos durante siglos en una jungla llena de leopardos, tigres y lobos. ¿Y si esa noche tenías razón?
Ella intentó liberar las manos.
—Papá, me estás asustando. ¿Razón en qué?
—¿Y si ese primer instinto tuyo fuera real, Andrea?
—¿Cuando pensé que iba a morir por lo de la rueda? —dijo en tono agudo—. Dios mío, papá, estás loco. Estaba sola y tenía miedo a la oscuridad. Era mi primer pinchazo, y fue de noche, bajo la lluvia. Nada más.
—Pero ¿y si...?
Ella se soltó de sus manos y apretó los labios durante un momento, sin estar segura de qué más decir.
Su padre parecía desesperado por alguna razón; sus ojos estaban llenos de un miedo indescriptible.
Quizá debería llamar al doctor DeMaria uno de esos días para pedirle su opinión profesional.
Hasta donde ella sabía, así comenzaban los síntomas de la demencia, con cambios de personalidad y paranoia.
Su padre era aún demasiado joven para eso, pero la gente enferma a cualquier edad.
Tienen miniaccidentes cerebrovasculares y episodios isquémicos transitorios.
Están perdidos y se vuelven irreconocibles.
Sin embargo, su padre debería confiar en lo que pensaba ella sobre Craig. Si la quería, tenía que encontrar la forma de entablar una relación normal con su yerno. Si no, ¿cómo podría querer a su nieto?
Sin darse cuenta, se tocó el vientre con un gesto tranquilizador.
—Ha sido una velada excelente —dijo, sonando más fría de lo que hubiera querido—. Hasta ahora.
Lloró durante todo el camino a casa.