10
PÓKER
La repisa tenía un adorno que, sin duda, propiciaría conversaciones, aunque ojalá no fueran de las equivocadas.
Estaba hecho con varios trozos de coral que Andi había comprado en la tienda de regalos local, cuidadosamente pegados entre sí, con las líneas de unión limadas y pintadas del color blanco más brillante que había podido encontrar.
Lo que había creado era biológicamente imposible, pero solo para un ojo experto.
Si un ojo así asistiera a la cena, a ella le encantaría conocer a un alma gemela y compartir unas risas a costa de sí misma.
Pero, como eso no iba a ocurrir, Craig estaría encantado y sus invitados, maravillados ante la llamativa agrupación de corales Merulina.
La enorme pieza blanca estaba flanqueada por un racimo de coral azul a la izquierda y otro de coral órgano rojo a la derecha.
Había comprado los dos en su estado original, inalterados, por menos de diez dólares cada uno en una pequeña tienda de Galveston que conocía bien.
Importaban cajas enteras de especies exóticas y las vendían a precio de ganga.
Craig probablemente nunca pondría un pie en ese tipo de tienda.
Lanzó una mirada satisfecha a la repisa, miró la hora y salió corriendo por la puerta. Se le estaba haciendo tarde.
Condujo la corta distancia hasta la casa de su padre con la capota subida, ignorando el sol poniente que bañaba el paisaje con brillantes tonos naranjas y rojos.
Sus pensamientos daban vueltas, ansiosos, mientras sopesaba la oferta de Janelle.
La había llamado antes y le había sugerido que buscara todas las instalaciones que contaban con biólogos marinos para confeccionarle una lista de posibles trabajos a nivel nacional. Luego le había preguntado:
—¿Estaría Craig dispuesto a mudarse a California o Florida por ti?
Recordó el silencio doloroso que se había apoderado de su animada llamada durante un momento interminable.
Su sueño de trabajar en la profesión que había elegido, y para la que se había formado estudiando durante casi ocho años, se estaba deshaciendo como una telaraña al viento.
Habría viajado hasta el fin del mundo para tener la oportunidad de cumplir ese sueño.
Pero ¿cómo iba Craig a marcharse de Houston?
Antes preferiría morir.
La llamada terminó antes de que Janelle pudiera oír las lágrimas en su voz.
Momentos después, la lista de posibles trabajos que había prometido llegaba a su bandeja de entrada.
Ni siquiera abrió el correo; en su lugar, se decidió por una alfombra que le pareció perfecta, compró por Internet varios cojines de colores a juego para recoger en una tienda local y encontró una receta de espuma de salmón.
Ahora, mientras conducía hacia casa de su padre para asistir a la noche de póker, no dejaba de preguntarse por qué ni siquiera había abierto el archivo. ¿Cuántos trabajos habría? ¿Tres? ¿O treinta? ¿Debía renunciar por completo y resignarse a ser la mujer de Craig, la madre de sus hijos?
Instintivamente, se tocó el abdomen con la mano derecha mientras se preguntaba si una nueva vida estaba creciendo en su interior.
Su cuerpo parecía diferente. Llevaba un tiempo sin tomar anticonceptivos y ni siquiera se lo había mencionado a Craig.
Quizá había llegado el momento de decírselo; puede que a él no le gustara ese tipo de sorpresa, aunque deseara tener hijos tanto como ella.
Momentos después, con sus pensamientos inacabados guardados en un lugar seguro de su mente, entró en el porche protegido por mosquiteras, donde todos estaban reunidos. La estaban esperando; las cartas estaban apiladas en una baraja junto a su padre, intactas.
—Hola a todos —los saludó, alegre—. ¿Estáis listos para perder algo de dinero esta noche?
Su padre se puso de pie y la envolvió en un cálido abrazo, seguido de un sonoro beso en la mejilla.
—Hoy tienes buen aspecto. Te he echado de menos.
El asiento que había a la derecha de su padre estaba vacío, reservado para ella. A continuación, estaban sentados el doctor Ellefson y su mujer, Rebecca. Se metió entre ellos, y puso los brazos sobre sus hombros en un abrazo lateral.
—Mírala —dijo Rebecca—, está preciosa. —Acarició la mejilla de Andi y luego tocó la tela de su blusa—. ¿Es seda auténtica?
Andi se rio entre dientes.
—No, a menos que la vendan en Walmart por nueve dólares con noventa y nueve —dijo, aunque la tela era preciosa, no cabía duda—. ¡Qué zapatos tan bonitos! —exclamó, admirando los zapatos de tacón bajo de Rebecca.
Con casi sesenta años, tenía clase, era elegante y siempre llamaba la atención por sus modales, su forma de hablar y su comportamiento.
Rebecca, una profesora jubilada de Literatura Inglesa de la Universidad A siempre tenía un chiste o un juego de palabras en la manga.
Se metía con todo el mundo indiscriminadamente.
Andi sabía cuándo estaba a punto de convertir a alguien en el blanco de una broma por el brillo pícaro que iluminaba sus ojos antes de hablar.
Le temblaban un poco las manos, probablemente por eso se había jubilado tan pronto.
Su mujer, Kim, era higienista dental y seguía trabajando solo porque le encantaba alejarse de Bob al menos cuatro días a la semana, o eso decía.
Kim, una mujer alta de ojos amables y bonito pelo castaño, rara vez se unía a ellos en las partidas.
El póker no era lo suyo; prefería cocinar, y todos la adoraban por eso.
Mientras se repartían las cartas y el dinero cambiaba de manos, ella se ocupaba de atender al alegre grupo, reponiendo bebidas y preparando aperitivos.
A veces, les sorprendía al final de la partida con algo delicioso que nadie esperaba.
El mayor del grupo era Freddy DeMaria, de sesenta y ocho años, un psiquiatra jubilado.
Consciente de su parecido con Robert De Niro, se vestía y peinaba como él en la vida real, con el pelo largo y canoso, la barba recortada, camisa blanca desabrochada y americana informal.
Era el blanco preferido del humor de Bob Blass y se lo tomaba como el apasionado estudioso de Freud que era, retorciéndolo y devolviéndoselo.
Las bromas entre ambos eran un espectáculo por el que merecía la pena comprar entradas.
Los demás asistentes, sabiendo que los dos necesitaban un poco de alcohol para entrar en calor y empezar a disparar, se aseguraban de que no les faltara la bebida.
Andi revolvió el pelo de Freddy y tomó asiento después de echar unos billetes en una caja, la entrada habitual. El botón del crupier estaba junto a su pila de fichas.
—¿Reparto yo?
—Has llegado tarde —respondió el doctor Blass, mirándola por encima de sus gafas de lectura—, pero nos encantan las caras bonitas. No deberías ser recompensada por tu tardanza; deberías ser castigada.
—Vaya —reaccionó el doctor DeMaria—. Qué elección de palabras tan intrigante, mi querido amigo.
Las mejillas del doctor Blass se pusieron al rojo vivo. Andi soltó una carcajada. El doctor DeMaria siempre hacía que todo girara en torno al sexo.
—¿Lo mismo de siempre? ¿Entrada de diez dólares, con subida máxima de veinticinco centavos?
—Sí, cariño —respondió su padre.
—Solo eso —añadió el doctor Ellefson—. No podemos permitirnos subir más contigo en la mesa.
Andi cogió la baraja de cartas.
—Gracias a todos por adelantar la partida un día.
No me habría gustado perdérmela. —Mientras pronunciaba las palabras, resonaron en su interior de cierta manera.
No solo eran ciertas, sino que se dio cuenta de que esas personas mayores que estaban reunidas en torno a la mesa verde, con su humor desenfadado y sus pésimas técnicas para marcarse faroles, eran lo mejor de su semana. ¿Qué decía eso de su vida?
—No sería lo mismo sin ti —dijo su padre, acercándose para besarle la sien. Luego cogió un par de fichas amarillas y las tiró al centro.
A su izquierda, el doctor DeMaria lanzó otra ficha amarilla. Ella empezó a repartir.
—Me pregunto por qué es tan buena en este juego —dijo el doctor Blass, echando un rápido vistazo a sus cartas. Un destello de disgusto arrugó su nariz. El dentista no sabía disimular.
—Está aquí, ¿sabes? —dijo Rebecca con calma y voz tranquilizadora—. Puedes dirigirte a ella directamente.
Andi se rio.
—No creo que sea tan buena. Yo solo... Bueno, supongo que es cuestión de suerte.
—Está concentradísima —dijo el doctor Ellefson, mirando fijamente sus cartas como si tuviera problemas para comprender su valor.
O tenía una mano malísima, o absolutamente fantástica—.
Me he dado cuenta... —dijo, girándose hacia ella para mirarla con rapidez— de que no pierdes la calma en ningún momento.
No te dejas llevar por las emociones. —Se aclaró la garganta en voz baja y dejó las cartas en la mesa con cuidado.
Su mano era buena, pero aún podía cambiar—. No te permites hacerlo.
Sonriendo al médico forense, Andi descartó una carta del mazo y puso la siguiente bocarriba sobre la mesa.
—No, eso no es verdad —replicó su padre—. Mi niña comete los mismos errores por dejarse llevar por el corazón que todos los demás. —El tono de su voz estaba tocado por la amargura y la decepción.
Rebecca lo miró rápidamente y susurró:
—Hunter. Basta ya.
—No, sé de lo que hablo —dijo; el intento pacificador de Rebecca había tenido el efecto contrario al deseado—. Si no, ella vería lo que yo veo...
—Papá —dijo Andi, que le puso la mano en el antebrazo y apretó con suavidad—. Por favor, no empieces. Craig es mi marido y lo quiero. Por favor, respeta mis sentimientos.
Él bajó la cabeza como si sus pensamientos le pesaran demasiado como para sostenerla con la columna recta. Suspiró y susurró:
—Sí, sí, cielo. Perdóname.
—Si aceptaras a tu yerno como un miembro más de la familia, como a un hijo, me harías la mujer más feliz del mundo. Me estás destrozando por dentro...
Extrañamente, ni el doctor Blass ni el psiquiatra tenían nada humorístico que decir, dejando que el silencio pesara en la mesa. Al final, el dentista tiró un par de fichas amarillas al montón y dijo:
—Lo igualo.
—¿Cómo os conocisteis? —preguntó Rebecca—. Creo que no he oído nunca esa historia.