9
EL JEFE
No hacía demasiado calor fuera, pero Craig apenas podía respirar.
Llevaba pasándolo mal todo el camino de vuelta desde la casa que había enseñado, a pesar de la corriente de aire helado que salía de las rejillas de ventilación del salpicadero.
De vez en cuando bajaba las ventanillas porque quería librarse del olor de aquel lugar repugnante.
El hedor se había pegado a sus fosas nasales, a sus manos y a su ropa, devolviéndole recuerdos que preferiría no tener.
La pobreza siempre tenía el mismo olor nauseabundo, sin importar el código postal.
Había tenido que enseñar una casa de mierda en East Houston, tan mugrienta que no había querido tocar los picaportes de la puerta ni poner su maletín sobre la encimera manchada.
La cocina apestaba a especias de olor extraño y a vómito rancio.
Apostaría mucho dinero a que habían meado en una de las paredes sin hacer el menor esfuerzo por limpiar el desastre.
Debería haber sido una venta fácil, ya que se trataba de una propiedad sobre la que se iba a hacer una ejecución hipotecaria, por lo que tenía un gran descuento.
Pero la clienta, una madre soltera con tres hijos y un marcado acento sudamericano, se había tomado el mayor tiempo en la historia inmobiliaria para tomar una decisión.
Unas interminables horas después, se presentó la oferta y el vendedor la aceptó con rapidez; el correo de confirmación le llegó antes de que hubiera tenido la oportunidad de librarse de la cliente.
Era una pena, porque lo más probable era que no le concedieran la hipoteca; con gente como ella, los trámites casi siempre salían mal.
Aquella colosal pérdida de tiempo le había sido impuesta nada menos que por su jefe, Jeremy Hughes, un dinosaurio cincuentón con muy poca ambición y la mentalidad de un galeote.
Había sido feliz dirigiendo esa agencia inmobiliaria que ni siquiera era suya durante toda su carrera, sin aspirar a más, sin querer abrir una propia. Cobarde. Testarudo. Idiota.
Mientras aparcaba su Mercedes negro delante de la oficina, Craig le dirigió una mirada crítica. Cogió su maletín y la chaqueta que había dejado en el asiento del copiloto y entró apresurado.
La puerta se cerró tras él justo cuando escuchó la voz de Hughes.
—Brafford —lo llamó, con rabia evidente en su voz—. Entra.
Craig masculló una palabrota mientras miraba el techo, como si las manchas de agua de los paneles que antes eran blancos fueran la respuesta a sus preguntas.
Muchas veces había pensado en renunciar a su trabajo y montar su propia agencia, pero aún no estaba preparado para dar ese paso.
No disponía de suficiente liquidez y, lo que era más importante, no tenía acceso a nuevas propiedades.
Para eso, necesitaba estar al amparo de una empresa estable y reconocida como Parker Jones Realty.
Les daban a sus agentes acceso a su sistema nacional, donde los listados se preparaban antes de ser publicados en Internet para que los compradores los vieran.
Necesitaba ese acceso; esa era la principal razón por la que no podía decirle a Hughes que se fuera a tomar por saco.
Llamó a la puerta abierta solo para captar la atención de Hughes.
Su jefe estaba hojeando un grueso informe encuadernado con grapas de alta resistencia.
Había pegatinas de colores marcando las páginas en las que había hecho anotaciones en cursiva ilegible y títulos resaltados con subrayador amarillo o verde.
—¿Quería verme?
Hughes señaló la silla que había frente a su escritorio desordenado y lleno de rayones sin levantar la mirada inyectada en sangre del informe.
Un mechón de pelo ralo dejaba al descubierto su brillante cuero cabelludo, a pesar de sus esfuerzos por peinarlo hacia atrás y cargarlo de gel para que no se moviera.
Una gruesa vena latía en su sien como una criatura viva retorciéndose bajo su pálida piel.
Hughes cerró el informe con un sonoro suspiro de frustración.
—¿Cómo ha ido? —preguntó. Una sonrisa amenazadora se dibujó en su boca.
Craig se encogió de hombros, esforzándose por ocultar su decepción por cómo había pasado la mayor parte del día.
—Han aceptado la oferta. Ahora hay que esperar a que se cierre la venta.
—¿Sabes por qué te he llamado? —dijo, mientras tamborileaba con los dedos sobre el grueso informe con un ritmo que solo él entendía.
Craig negó con la cabeza y cruzó las piernas, proyectando una actitud relajada.
—No tengo ni idea. ¿Tiene alguna propiedad nueva para mí?
—No. Quiero que hablemos de tu rendimiento y de las dos infracciones del código de conducta que te has marcado en el último mes.
Las cejas de Craig se alzaron. Eso no se lo esperaba.
—¿Qué?
—Felicidades por tu nueva casa —dijo Hughes en voz baja, cargada de frustración.
«Así que esa es la causa de su enfado, la envidia». Craig inclinó la cabeza durante un breve instante.
—Gracias, señor.
—No puedes hacer una oferta personal por una propiedad antes de que salga al mercado.
Craig se quedó mirando a Hughes con los ojos muy abiertos.
—Lo siento mucho...
—¿Vas a decirme que no lo sabías? ¿Cómo es posible? Cuando aceptaste este trabajo, firmaste un documento en el que se detallaban tus responsabilidades. Todas las propiedades adquiridas por nuestros empleados tienen que ser aprobadas previamente por un alto directivo.
Craig se inclinó hacia delante y extendió las manos en un gesto de apaciguamiento.
—Yo... no sé qué decir. No puedo creer que no me acordara de eso. Han pasado más de cinco años desde que firmé esos papeles, pero tiene razón. Debería haberle preguntado antes de hacer una oferta.
—Y yo habría denegado tu petición —dijo levantando la voz y golpeando el informe con la mano.
«Menudo cabrón». Se la habría denegado para comprársela él.
—Por favor, dígame en qué me equivoqué, aparte de en no pedirle su aprobación primero.
—El mismo documento que convenientemente olvidaste que habías firmado especifica con claridad que ningún agente inmobiliario puede comprar una vivienda antes de que haya estado en venta durante al menos treinta días —dijo, dándole otro rapapolvo al informe—.
Estamos en el negocio de hacer dinero para nuestros clientes y, a través de las comisiones que ganamos, para nuestra empresa.
No para nosotros. Conseguiste esa casa antes de que saliera al mercado.
Sabías que estaba infravalorada y, en lugar de dejar que los compradores pujaran por ella, hiciste una oferta a la baja.
—Ah, ahora lo entiendo —susurró Craig. La ansiedad se agolpaba en sus entrañas—. Por favor, señor, dígame cómo puedo arreglar esto.
Hughes lo miró con los orificios nasales abiertos y una expresión de desprecio inconfundible.
—Estoy tentado de hacer que te retiren la licencia de agente inmobiliario solo porque puedo. Me has dado razones de sobra.
Craig aflojó la mandíbula. Por primera vez desde que había comprado aquella casa, sintió que el miedo lo estrangulaba.
Tragó con fuerza, con la garganta seca y la respiración entrecortada en los pulmones.
El saco de mierda envidioso sentado frente a él podía aplastarlo a él y a sus sueños como a si fueran un insecto.
—Pero no lo haré —añadió Hughes, bajando la mirada y respirando ruidosamente, sin molestarse siquiera en ocultar su frustración—.
Si lo hiciera, nos expondría a una demanda por parte del cliente.
La oficina central me ha ordenado que te abra un expediente por insubordinación, que te ponga en un plan de mejora de desempeño durante noventa días y que te despida por causa justificada en el momento en que no acates las normas.
Craig respiró.
—Gracias, señor. Le agradezco mucho la segunda oportunidad que me está dando. Le juro que fue un descuido...
—No te atrevas a insultarme con tus mentiras —dijo. El golpe de su mano hizo sonar la taza de café y el portabolígrafos—. Sabes muy bien lo que hiciste y por qué.
Craig se apartó del escritorio, poniéndose instintivamente a distancia del hombre enfurecido, como si Hughes fuera a abalanzarse sobre él y molerlo a palos.
—Le pido disculpas de nuevo —susurró, sintiendo en la garganta el sabor amargo de la bilis naciente. Para pedirle disculpas a ese hijo de puta necesitó hasta la última gota de fuerza de voluntad que pudo reunir—. Se lo compensaré. Lo prometo.
—Aún no he terminado contigo. —Hughes abrió el informe en una página marcada con una nota adhesiva verde—. He descubierto que hay un cargo de un servicio de mudanza completa realizado en tu nueva dirección. Nos has robado casi cinco mil dólares.
—No, no, señor, yo no he hecho nada. —Se levantó de un salto, cogió su maletín y lo abrió en la silla donde estaba sentado—.
Tengo el cheque aquí mismo. He tenido que enseñar propiedades todos los días desde que Mary me dio la cantidad final la semana pasada.
Me dijo que trajera un cheque la próxima vez que viniera a la oficina en horario laboral.
—Extrajo el cheque, ya rellenado, y lo deslizó sobre el escritorio hasta que Hughes pudo cogerlo sin esfuerzo.
—¿Mary estaba al corriente de esto?
Él asintió enérgicamente.
—Por supuesto, ella hizo la reserva.
Hughes apretó los labios y miró a Craig con ojos escrutadores y llenos de dudas.
—Digamos que me lo creo —murmuró—. También está la cuestión de tu rendimiento.
Has cerrado pocas ventas este mes y, salvo por la casa de Donati, no has conseguido a más clientes.
—Sonrió, más bien enseñó los dientes con maldad.
El pliegue de su labio superior era un signo revelador de lo mucho que deseaba librarse de Craig, causarle dolor.
—He estado trabajando en propiedades nuevas muy interesantes —respondió Craig, cerrando el maletín antes de dejarlo en el suelo. Permaneció de pie, con los hombros un poco encorvados hacia delante.
—Ese es tu problema, Brafford: solo persigues a los grandes, no te molestas en hacer el trabajo duro como el resto de nosotros. Algún día, esta ambición tuya...
—Nos hará ricos a los dos —dijo Craig, mirando a Hughes a los ojos con confianza.
Ahora sabía cuál era el problema de su jefe: la envidia y la falta de motivación.
El hombre estaba más flácido que el pene de un hombre de ochenta años antes de la invención de la viagra.
Le gustaba el dinero, envidiaba a la gente que lo tenía, pero no sabía cómo conseguirlo para sí mismo.
Ese perro apestoso no sabía cazar. Pero aún podía tentarlo para que se portase bien con una loncha de bacon de vez en cuando y aprendiera a lamer la mano que se lo daba.
—Este jueves, mi mujer y yo vamos a celebrar una cena para posibles clientes en nuestra casa nueva. Nos gustaría que se uniera a nosotros y los conociera. Todos tienen propiedades del tamaño de la de Donati o más grandes. Son clientes potenciales a los que llevo tiempo trabajándome.
Hughes se levantó y se inclinó hacia delante, con las palmas de las manos apoyadas en el escritorio. No había ni rastro del desprecio anterior en su rostro, el brillo del interés iluminaba sus ojos.
—¿Ibas a invitarme desde el principio?
—Sí, señor. Estaba esperando a que hubiera suficientes confirmaciones de asistencia para no hacerle perder el tiempo. La señora Hughes también es bienvenida; a mi mujer le encantaría conocerla. Le enviaré un mensaje con la dirección.
—Ya tengo la maldita dirección —dijo, golpeando de nuevo con la uña la portada del informe.
—Sí, claro.
El hombre enderezó la espalda, sin dejar de mirar a Craig. La frialdad de sus ojos había disminuido.
—Quizá tú y yo podamos trabajar juntos para conseguir clientes buenos. Me parece que tienes contactos. Si puedes permitirte una casa como la que has robado, la mudanza y todo lo demás, está claro que tienes dinero.
Craig asintió, ya que no confiaba en su voz para mentir convincentemente sobre sus recursos. El cheque que acababa de darle a su jefe sería devuelto a menos que consiguiera reunir cinco mil dólares antes de que cerraran los bancos esa noche. «Joder».
—Me encantaría tener la oportunidad de aprender de usted cómo se consiguen los peces gordos. Podría observar cómo me desenvuelvo en la reunión el jueves y luego aconsejarme.
Hughes extendió su mano sudorosa y Craig se la estrechó.
—Me encantaría hacerlo, hijo —dijo. Esta vez, la sonrisa del hombre era sincera, aunque retorcida.
Probablemente en su cabeza se estaba gastando las grandes comisiones que deberían ser solo de Craig, pero qué demonios, a veces había que pagar al gaitero, o de lo contrario podía arruinar toda la maldita fiesta.
Hughes cogió una hoja con una casa para vender y se la enseñó a Craig sin soltarla. Era otro tugurio de East Houston.
—Entonces, le daré esto a Patterson —dijo Hughes—. Tú vete a conseguir a los peces gordos, hijo.
BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: Había un expediente abierto a Craig Brafford en el archivo de Recursos Humanos con su firma. ¿Por qué fue?
JEREMY HUGHES: Por insubordinación, con noventa días de prueba.
BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿Opina que el acusado no mostró demasiado respeto por las normas que rigen su profesión?
JEREMY HUGHES: Craig cometió un error con unos documentos, eso es todo. No fue nada grave. No quería informar de lo que había hecho el chico, pero hay que cumplir las normas.
BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿Afirma entonces que Craig Brafford es un hombre honesto y respetuoso con la ley?
JEREMY HUGHES: Por lo que yo sé, sí.
BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: Señor Hughes, ¿puedo recordarle que está bajo juramento?