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PLANES
—Necesitamos poner algo en la repisa de la chimenea —dijo Craig. Su voz resonó con un eco extraño en la habitación con techo abovedado y escaso mobiliario—. Algo que capte la atención, que dé pie a una conversación.
Craig había vuelto de su cena con Jude mostrando una euforia que ella nunca había visto en él antes.
Estaba exultante, de subidón por su propia adrenalina, inquieto, efervescente.
A veces odiaba la atracción que Jude ejercía sobre su marido.
Con solo unas palabras, ese hombre había provocado un cambio en la dirección y objetivos de su matrimonio.
Craig casi no lo había hablado con ella antes de empezar a actuar.
Tenía el empuje de un caballo de carreras pura sangre, más imparable que un tren de mercancías a toda velocidad.
Eran casi las doce de la noche de un lunes, pero Craig no mostraba signos de aminorar la marcha.
Ella estaba de pie en medio de la habitación, cambiando su peso de un pie a otro, preguntándose qué vendría a continuación.
¿Hacia dónde estaba conduciendo Jude a Craig esta vez y cómo de enganchado estaba su marido?
—Quedaría bien una geoda grande, una catedral de amatista o algo parecido —añadió, pasando las manos por la repisa como si le estuviera quitando el polvo.
Estaba impoluta, Andi tenía toda la casa impecable por la cena del jueves por la noche, que era la fuente del nerviosismo de Craig.
A lo mejor esta vez Jude no tenía nada que ver.
A Craig le gustaba aparentar que esas fiestas no lo alteraban, pero ella sabía que no era así.
Los días anteriores a la primera, estaba tan tenso como un resorte a punto de estallar, preocupado por cada pequeño detalle.
Ya había organizado dos fiestas de ese tipo.
La primera vez fue dura; solo se presentaron cuatro invitados y eso lo avergonzó.
Por suerte, entre los asistentes se encontraba uno de sus clientes más recientes, Sol Donati, y su mujer florero, una supermodelo a la que él duplicaba en edad.
Donati, por quién Andi no sentía demasiada simpatía, había salvado la velada, entreteniendo a los escasos invitados codo con codo con Craig, ayudándolo a guardar las apariencias.
Debió correrse la voz, porque en la segunda fiesta había diez invitados en la lista, y se presentaron todos. Al final de la tediosa velada, tres se habían comprometido verbalmente a poner sus propiedades en venta con Craig. Él dijo que esa noche había sido un éxito decente.
Para la próxima tenían una docena de confirmaciones, entre ellas la de Donati.
Craig ya notaba la presión y estaba perdiendo los nervios. No había suficientes muebles en la casa, pero tampoco dinero para comprar más. Había solicitado otra tarjeta de crédito y estaba a punto de agotar el límite de esa también, solo que no se decidía en qué.
—Esa gente se da cuenta de estas cosas, Andi —había dicho ya al menos tres veces—.
Distinguen la mierda barata igual que tú y yo podemos ver a través de cristal.
Tenemos que causar una buena impresión. Debemos comportarnos como si ya hubiéramos conseguido algún negocio del brutal tamaño de los que nos pueden traer ellos.
Ella se había ofrecido a coger prestadas algunas cosas de casa de su padre, pero él había arrugado la nariz.
—No te ofendas, Andi, pero tu padre no tiene tanta clase. A él no le importan mucho las cosas materiales, ¿verdad?
Eso era cierto. El doctor Wilmore nunca había rechazado a un dueño de una mascota por motivos económicos, y eso hacía que su hija se sintiera orgullosa, no avergonzada.
No era el momento adecuado para decirle nada de eso a Craig, aunque el tono despectivo de su voz le había atravesado el corazón como si fuera una navaja.
—¿Puedes conseguirme algo para esta maldita repisa?
Tiene el tamaño de un campo de fútbol y queda fatal vacía.
Las dos últimas veces estaba así... Y eso no puede volver a ocurrir.
La gente se da cuenta de esas cosas. —Caminaba furiosamente de un lado a otro delante de la chimenea—.
¿Qué te parece uno de esos corales grandes?
—Hizo un gesto con las manos—. Alguno especial, que no se pueda comprar en una tienda de souvenirs costera cualquiera.
—Podría quedar bien —respondió Andi, respirando despacio. Necesitaba mantener la calma. Había visto a Craig así antes. Era posible que no se le acabaran las pilas hasta las cuatro de la madrugada.
—¿Y bien? —le preguntó, girándose hacia ella y apoyando las manos en las caderas. Llevaba la corbata y los dos primeros botones de la camisa desabrochados, pero seguía sudando—. ¿Puedes conseguir uno?
Andi frunció el ceño. No estaba segura de entender lo que le decía.
—¿Cómo, exactamente? ¿Comprándolo por Internet?
—No, de tu... lo que sea que estés haciendo para conseguir el doctorado. Es en biología marina, ¿no? Seguro que tienen alguna mierda rara en los laboratorios.
Ella levantó las cejas.
—¿Quieres que robe uno de la universidad?
Craig suspiró con desdén.
—No, no quiero que lo robes, quiero que lo pidas prestado.
Si tiene que haber papeleo por medio, me da igual, pero intenta encontrar algo que podamos poner encima de esta...
—Gesticuló con furia hacia la ofensiva repisa, manteniendo los labios apretados, probablemente para evitar que se le escapara alguna palabrota. Ella las odiaba.
—De acuerdo —suspiró.
Andi no tenía intención de hacer eso, prefería llamar a una amiga que coleccionaba corales raros o buscar en la tienda de regalos local algo que pudiera tener potencial tratándolo con un poco de lejía o pintura blanca en aerosol. El rojo funcionaría. También el gris oscuro.
—Estás sonriendo —dijo Craig, y luego la abrazó, levantándola un poco—. Tienes una idea. Te quiero, mi dulce mujer. Le besó los labios y luego la dejó en el suelo—. Hablemos de los muebles. Tengo algunas ideas.
Volvió a fruncir el ceño. El sofá de piel del salón se lo había prestado Jude.
Les habría dejado quedárselo más tiempo, pero Craig quería algo mejor.
Como de costumbre, a ella no le preguntaba qué quería tener en su nuevo hogar.
Todo giraba en torno a los invitados, sus socios comerciales y a su capacidad para ganar más y más dinero.
Aunque a Andi no le importaba mucho porque, siempre que le dejaba llevar la batuta, acababa sorprendiéndola de manera positiva, impresionándola, superando sus sueños más salvajes, como había hecho con la casa.
—Craig, no tenemos dinero. —Esa afirmación le llenó los ojos de lágrimas—. Tal vez cuando consiga un trabajo te sea más fácil hacer todo lo que te propones. Pero de momento...
—Para eso estoy trabajando —respondió, elevando un poco la voz.
Agarró el nudo de la corbata y tiró de él con fuerza hasta que pudo quitársela, luego la tiró en el sofá—.
De eso va todo esto, de ganar pasta, de no tener que volver a preocuparme por el dinero.
—La miró fijamente como retándola a decir algo.
Ella no lo hizo, sabía que no era el momento adecuado. Tal vez al día siguiente, cuando se hubiera calmado un poco.
Cruzó los brazos sobre el pecho y esperó, sosteniéndole la mirada, pero negándose a hablar.
—Genial —dijo, animado, como si ella estuviera de acuerdo con todo.
Empezó a pasearse por la habitación y a señalar con las manos varias secciones—.
No tendrán acceso a toda la casa, ¿verdad?
Solo necesitamos la cocina, el comedor, la sala de estar y ese cuarto de baño de allí.
Quiero juegos de toallas nuevos, bien colocados, que hagan juego con el mármol del baño.
Un jarrón con plantas secas, con clase. Busca en Internet cómo se colocan.
Tiene que evocar las palabras: «mucho dinero».
Andi sacudió la cabeza en silencio. Craig se repetía todo el rato, casi obsesivamente, como si se estuviera recordando a sí mismo lo que importaba de verdad.
Parecía que estaba soñando despierto y en voz alta.
Le encantaba la ambición de Craig, el fuego que había dentro de él, pero a veces ardía con demasiada intensidad.
En días así, daba miedo, aunque solo fuera un poco, aunque fuera sin motivo.
Su marido frenético, echando espuma por la boca mientras hablaba de muebles, toallas y pétalos de rosa secos, sería capaz de cancelar la fiesta si a ella se le rompiera una uña.
Craig se detuvo frente al sofá de Jude.
—Esta porquería tiene que irse. Quedaré con Jude para devolvérselo, o puedo ponerlo en uno de los dormitorios hasta que acabe la fiesta.
Pero aquí vamos a necesitar una alfombra oriental de las grandes.
—Se quedó inmóvil un momento, mirando el reluciente suelo de madera de arce—.
Será mejor que apostemos por la decoración moderna —añadió, hablando despacio, vacilante—.
Nunca podré competir con esos ricachones —dijo, haciendo comillas con los dedos en el aire—, me dan mil vueltas.
Pero sí que puedo enseñarles un par de cosas de la decoración moderna.
«Mañana te daré material para que te lo estudies y luego tendrás que hacer una preselección de alfombras.
—Se giró hacia el otro extremo del salón—.
Para ese rincón tengo una idea que nos costará muy poco dinero.
—Se acercó a la ventana, probablemente imaginando lo que planeaba hacer.
Ella lo siguió, intrigada, contagiada por su entusiasmo—.
Compraremos un sofá de piel nuevo, pero ahí, mi encantadora mujer, vamos a poner nuestra cama.
—¿Qué? —Parecía que al final había perdido la cabeza por la presión—. ¿Estás loco? No podemos poner nuestra cama ahí.
—Sí, podemos. Lo he visto. Quítale las sábanas, deja solo el protector del colchón por si alguien derrama su bebida.
Cúbrelo con una manta lujosa y un montón de cojines elegantes que combinen con la alfombra.
La gente se va a tumbar en ella, ya verás.
Está de moda. Así el salón parecerá un bar tipo lounge .
Pero necesitamos mesas pequeñas y modernas repartidas por varios lugares.
Después pondremos algunos pufs grandes. ¿Sabes los que te digo, esos que son lo bastante grandes como para usarlos de cama?
Servirán como sillones o sofás improvisados.
—Sus hombros se relajaron un poco mientras sonreía—.
Vamos a parecerles más sexis que Google, ya verás.
Solo tenemos que hacer que todo nos salga por cinco mil dólares. No he podido conseguir más crédito.
Un largo suspiro. Como siempre, estaba a punto de hacer algo asombroso.
—Vale —dijo Andi; lo único que tenía que hacer ahora era seguirle la corriente.
Craig se abalanzó sobre ella y le dio un beso rápido en los labios.
—¿Sabes todo lo que tienes que hacer mañana?
Contando con los dedos, Andi recitó:
—Decorar la casa, preselección de alfombras modernas, nuevos juegos de toallas, cuadros para el baño...
—¡Mierda! —exclamó él, golpeándose la frente con la palma de la mano—. Me había olvidado de los malditos cuadros. Nuestras paredes están vacías. No tenemos ninguno.
Una sonrisa traviesa se dibujó en los labios de Andi.
—Con unos cuarenta pavos en pintura acrílica y en espray tendremos las paredes decoradas.
Tú limítate a elegir la alfombra, ¿de acuerdo?
En cuanto tenga los colores, haré algo. El arte moderno es fácil.
—Una punzada de duda la desinfló un poco—.
Bueno, para esta gente, al menos. No parecen muy aficionados a ese tipo de arte.
Él la miró durante un largo instante, con ojos intensos, abrasadores.
—No sabes lo maravillosa que eres.
A ella se le encendieron las mejillas.
—Solo quiero hacer tus sueños realidad, eso es todo.
Ojalá pudiera conseguir que los míos se cumplieran al mismo tiempo.
—Dejó escapar un amargo suspiro—. Si yo tuviera también un sueldo, sería más fácil.
Pensaba que, a estas alturas, ya me estaría ganando el pan.
Pero nadie me quiere. —Al decir esas simples palabras, las lágrimas volvieron con toda su fuerza, sacudiéndole los hombros.
Envolviéndola con sus brazos, Craig se movía lentamente de un lado a otro, como si fuera un bebé al que hubiera que calmar.
—Shhh... Todo irá bien. Ya verás. —Le acarició el pelo mientras la cara de Andi permanecía enterrada en su hombro —. ¿Por qué no hago algunas llamadas para abrirte algunas puertas?
Ella se apartó, lloriqueando.
—No... De momento, no hagas nada. Prefiero conseguirlo por mi cuenta.
Él dobló un poco las rodillas, buscando sus ojos.
—Avísame si cambias de opinión, ¿de acuerdo? Llevo haciéndoles la pelota a estas personas el tiempo suficiente como para poder pedirles favores, ¿sabes? Quizá pueda hacer que las cosas sucedan para ti como tú las haces suceder para mí. ¿Eh? ¿Qué me dices?
Ella asintió, secándose los ojos con el dorso de las manos.
—Te avisaré. Lástima que no conozcas a nadie en mi campo.
Pero su atención había desaparecido. Sus ojos miraban al vacío con esa expresión intensa que ella había aprendido a reconocer.
—¿Qué comida puedes preparar que destaque?
No tenía respuesta. Cocinar no era su fuerte. Las dos últimas veces, se las había arreglado con bandejas de quesos y una selección de vinos buenos.
—¿Puedes hacer algo elegante, como por ejemplo una espuma de salmón?
«Oh, mierda».
—No tengo ni idea de cómo se hace eso —respondió Andi, con un tono de exasperación en la voz.
¿Debía ayudar a amueblar la casa, conseguir corales para la chimenea, hacer obras de arte para las paredes y cocinar cosas elegantes en tres días?
¿Y qué más? Tenía una entrevista el miércoles por la mañana y quería seguir buscando trabajo.
Eso era más importante que un entrante estúpido y pijo—.
Ni siquiera he probado nunca la espuma de salmón.
—Estoy seguro de que en Internet hay alguna receta — dijo sonriendo, mientras se acercaba a ella desabrochándose despacio la camisa, con la mirada fija y cargada de deseo.
—Craig —protestó ella en voz baja, apartándolo débilmente—. Estoy cansada.
—Por eso te voy a llevar a la cama —susurró mientras ella se fundía en sus brazos.
Aquella noche, después de que él se hubiera dormido, ella miró al techo con los ojos muy abiertos hasta que la luz del día empezó a proyectar sombras sobre las paredes desnudas.