La chica que mataste 7
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JUDE

El Game Nite Bar and Grill estaba abarrotado a esa hora de la tarde, poco después de las siete.

Un bar deportivo ruidoso y animado incluso en sus noches tranquilas, esa noche estaba casi insoportable, aunque a Craig le gustaba que hubiera gente.

El lugar olía a parrillas grasientas, a bacon chisporroteante y a hamburguesas cubiertas de cheddar fundido acompañadas de grandes cantidades de cerveza.

De vez en cuando, algo de comida o bebida caía al suelo o se derramaba sobre las mesas pegajosas, pero eso formaba parte del encanto rebelde del lugar.

Jude llegaba tarde, y Craig mataba el tiempo comiéndose los cacahuetes que ponían siempre de aperitivo: los partía con habilidad entre los dientes, antes de pelarlos y masticarlos, ávido de su sabor salado.

Con la mirada fija en una de las pantallas de televisión instaladas sobre la barra, se estaba bebiendo una Heineken fresquita directamente del botellín, animando de vez en cuando a los Rockets cuando metían alguna canasta.

Una chica alta y rubia, con vaqueros cortos rotos y una camiseta sin mangas, pasó contoneándose, probablemente de camino al baño.

Meneaba las caderas mientras se abría paso entre los borrachos, ignorando sus comentarios lascivos y sus aullidos de lobo.

Cuando se acercó a la mesa de Craig, hizo contacto visual con él y aminoró un poco el paso, dejando que sus dedos recorrieran la superficie rayada de la mesa.

Él sonrió, halagado por su atención. Podía llevarse a cualquiera a casa con ella esa noche, pero lo estaba mirando a él. Eso le hizo sentir bien.

—Tío, eres increíble —dijo Jude detrás de él al pasar, antes de sentarse en la mesa. Dio dos palmadas en el hombro de Craig, su saludo habitual—. Tienes una mujer fantástica en casa, una chica increíble, ¿y te quedas embobado mirando a una guarrilla en un bar? ¿De qué vas, colega?

La sonrisa de Craig se desvaneció y rompió el contacto visual con la rubia.

Cuando volvió a levantar la vista, la chica ya no estaba.

A su lado, Jude sonreía, mostrando dos filas de dientes impecablemente blancos.

Esa sonrisa le valió la atención instantánea de la camarera, una pelirroja con largos y sedosos rizos que habrían puesto celosa a Cher.

Su pronunciado escote tampoco estaba nada mal, y ella sabía muy bien hasta dónde debía inclinarse mientras tomaba nota del pedido de Jude o con qué lentitud morderse el labio brillante.

Aunque no le interesaba, Craig disfrutó igualmente del espectáculo.

—Solo estaba matando el tiempo mientras llegabas —contestó tras dar un sediento trago a la botella de cerveza casi vacía—. Mirar sin tocar está permitido. —Dejó el botellín en el posavasos y al instante fue sustituido por otro lleno y abierto.

La Cher pelirroja dejó caer una Bud Light delante de Jude y luego añadió:

—Te puedo conseguir lo que quieras muy rápido. ¿Vale, cariño?

Craig se rio. No entendía por qué Jude no estaba entre la pelirroja y la morena de pelo liso de la barra que no le había quitado ojo desde que había entrado en el bar, practicando sexo épico hasta quedarse sin aliento, en lugar de perder el tiempo con él.

—Admite que estabas celoso —bromeó.

—¿Celoso? ¿De qué? —Chocaron sus botellines y bebieron un trago.

Jude se limpió la boca con el dorso de la mano en un gesto rápido que dejó gotas de espuma adheridas a su barba pulcramente recortada—.

La rubia estaba mirando las llaves de tu coche, tío.

Le interesaba el Mercedes, no tu encantadora personalidad.

—Y una mierda —replicó Craig, rugiendo de risa—. Te estás convirtiendo en el monstruo de ojos verdes. A partir de ahora, te llamaré señor Celos.

—Ah, ¿sí? Entonces, explícame por qué siempre dejas la llave del coche sobre la mesa cuando salimos, si tienes bolsillos de sobra, como el resto de nosotros, que somos personas decentes que no sentimos la necesidad de restregar la estrella de tres puntas en la cara de los demás.

Aquel comentario le aflojó un poco la mandíbula mientras se sonrojaba.

Lo hacía a propósito. Le gustaba lo que sentía cuando la gente se daba cuenta y le lanzaba miradas rápidas llenas de envidia o, en el caso de las mujeres, de interés sexual motivado por el materialismo.

Había una sensación de validación, de autoestima, que se intensificaba con cada lugar en el que «olvidaba» su llave sobre la mesa, con el mando cuidadosamente colocado con el logotipo hacia arriba.

Los camareros se movían más rápido. Sus porciones de carne eran de mejores cortes, más grandes, más jugosas.

Su cerveza estaba más fría. Sus cacahuetes, más frescos.

Las propinas también tenían que estar a la altura y ser mayores que el promedio, al menos un treinta por ciento, pero valía la pena.

Quizá algún día podría enviar a la Cher pelirroja a casa con mil dólares de propina.

Algún día. Podía imaginarse cómo se quedaría mirando la cuenta, luego le preguntaría si estaba seguro, después rompería a llorar y lo miraría con respeto. Con mucho respeto.

No esperaba que Jude se hubiera dado cuenta de lo que hacía con la llave.

El hombre adinerado y culto, proveniente de una familia mucho mejor que la suya, no necesitaba valerse de esos trucos para conseguir la atención que él ansiaba.

O quizá él no deseaba la atención que Craig anhelaba, aquella sin la que no podía vivir.

Pero Jude era su amigo, lo había visto en sus peores y mejores momentos.

Estaba seguro de que no le importaba su inocente truco de la llave del coche.

—Bueno, si la llave de mi coche te supone un problema en bares y restaurantes, me aseguraré de guardármela en el bolsillo. —Dio un trago y saboreó el líquido frío y sabroso—. No quiero privarte de ninguna oportunidad de ligar. Después de todo, como bien has dicho, soy un hombre felizmente casado.

Jude se rio y le dio un puñetazo de broma en el costado.

—¿Estás hablando en serio? ¿De verdad crees que a la gente le importa eso?

Craig se rio también, pero había un toque de seriedad oculto bajo esa risa.

—Claro que sí. Voy a demostrártelo. Dame tu llave, por favor —extendió la mano hasta que Jude, mirándolo como si acabara de verlo bailar desnudo bajo la luna llena, sacó la llave de su coche y la puso con firmeza en la mano de Craig.

El logotipo de Audi, cuatro aros entrelazados, era tan familiar para todos como la estrella de tres puntas de su mando. Puso las dos llaves una al lado de la otra y le hizo una seña a la camarera, acompañada de un chasquido de dedos. Ella no tardó en acercarse.

—¿Qué te traigo, cariño?

—De momento, solo quiero saber tu opinión —dijo Craig, sonriendo—. Por favor, ayúdanos a resolver una disputa amistosa. —Por un momento, pareció preocupada—. Es una tontería, te lo prometo.

—Vale, dispara —dijo, metiendo la libreta en el bolsillo del delantal, y apoyó una mano en la cadera.

—Mirando estas dos llaves, ¿qué propietario de coche dejaría una propina mayor?

La pelirroja colocó una larga uña acrílica junto a la llave del Mercedes y dio dos golpecitos.

—Ah —reaccionó Craig—, lo sabía. Te lo dije. Pero tú también lo sabías, ¿verdad, señor Celos?

—Mierda —dijo Jude, antes de hacer un chasquido con la lengua; luego tocó el antebrazo de la camarera mientras su rostro se volvía serio—. ¿Conoces a alguien que quiera comprar un Audi TT? —Su voz era sombría, pero sus ojos brillaban de risa—. El vendedor está muy motivado.

La pelirroja negó con la cabeza, luego los miró a cada uno durante un instante antes de desaparecer, probablemente dudando de su cordura.

—Sí, acepto que he sido derrotado en mi propio desafío —dijo Jude con solemnidad—. Lo próximo que vas a decir es: «Te lo dije».

—No, eso ya lo he dicho —respondió Craig.

Se le hinchó el pecho. Le encantaba la camaradería de Jude, los juegos a los que jugaban a menudo, el tiempo que pasaban juntos—.

Lo siguiente que te voy a vender es el Mercedes-Benz descapotable que ha salido este año.

Tú te lo puedes permitir, yo no. Me he tenido que conformar con uno de segunda mano —dijo esforzándose por parecer humilde durante un momento—. Pero aun así te he ganado por goleada.

Jude engulló el resto de su cerveza, llamó a la pelirroja para pedirle otra ronda y tocó el brazo de Craig para llamar su atención. Con rostro serio, le dijo:

—Ya que estamos hablando de las cosas que podemos permitirnos, tengo algo que discutir contigo. —Se calló un momento mientras la camarera colocaba dos botellines nuevos delante de ellos y limpiaba la mesa de cáscaras de cacahuete—. La hipoteca que te conseguí...

—Sí, un millón de gracias, amigo. Hiciste posible que consiguiera mi casa nueva. No sé cómo, pero...

—Sí, vale, ya me diste las gracias —respondió Jude—. No me refería a eso. La empresa para la que trabajo crea hipotecas, pero las hipotecas reales proceden de varios prestamistas. Yo trabajo para una agencia que facilita un gran número de préstamos de este tipo.

—Sí, ya lo sé. ¿Qué quieres decir? —Craig cogió un cacahuete y abrió la cáscara. Se metió los dos diminutos cacahuetes que habían caído en su mano en la boca y empezó a masticar. Un poco de ansiedad le dibujó una arruga en la frente. ¿Pasaba algo con su hipoteca? ¿Iba a perder la casa?

—El caso es que tenemos unas condiciones estupendas para empleados, sus amigos y sus familiares.

Tu préstamo tiene un interés de casi un punto menos gracias a eso.

Puedo comparar diferentes prestamistas sin que se haga una consulta de crédito para cada uno, y el papeleo se hace en...

Ya sabes, en secreto. —Su voz se convirtió en un susurro que Craig apenas podía oír.

Frunció el ceño.

—¿Y eso qué significa?

—Significa que nadie tiene que comprobarlo. Se basa en mi palabra, en mi garantía, por así decirlo. Si yo digo que cumples los requisitos, entonces cumples los requisitos.

—Ah —dijo Craig, mientras las ruedas empezaban a girar en su mente cada vez más rápido—. Eso explica algunas cosas. ¿Hay algún límite para eso de los amigos y los familiares?

—Ninguno en absoluto.

—¿Puedes meterte en algún problema?

—No, a menos que un préstamo autorizado por mí no se pague. Si eso ocurriera, revisarían la documentación original, y si descubriesen que he infringido algunas normas o que la carpeta de archivos está vacía, sí que tendría problemas.

—Entonces, habrá que pagarlo —dijo Craig, mientras una sonrisa florecía en su rostro—. Puedo conseguirnos acceso a viviendas infravaloradas, como la que me he comprado yo o que necesitan una reforma. Le daremos una mano de pintura, o lo que sea, y las venderemos como solo yo sé.

Jude levantó su cerveza. Craig brindó con su botellín con un entusiasta y sonoro tintineo.

—Vamos a ganar millones.

—Sí —asintió Jude—. Empezaremos mañana. Así podré permitirme ese maldito descapotable.

La sonrisa de Craig se suavizó mientras soñaba con un futuro en el que Jude y él trabajaban juntos ganando mucho dinero, viajaban, compraban cosas y vivían a lo grande. Ese futuro, su sueño más preciado, por fin se iba a hacer realidad.

La vida le sonreía.