La chica que mataste 6
16%

6

EL PADRE

El doctor Wilmore no trabajaba los lunes por la mañana.

Como la consulta veterinaria había empezado a irle mejor de lo que había previsto, trabajaba muchas horas a la semana, incluyendo una jornada completa los sábados y media los domingos.

Se merecía dormir hasta tarde los lunes por la mañana, pero Andi sabía que ya estaría de pie a las ocho o así, sorbiendo su primera taza de café e ignorando la rebanada de pan tostado que siempre se preparaba igual que como solía hacerlo la madre de Andi.

Pero nunca la tocaba.

Más tarde, en un homenaje silencioso, la tiraba al lago Clear, donde se la comían los peces si los patos no llegaban antes a los trozos, que se hundían con rapidez.

Andi aparcó su Beetle en el camino de entrada tras el corto trayecto en coche desde su nueva casa, que estaba a solo unos minutos de distancia.

La mañana primaveral perfecta, con cielos azul intenso e increíbles y una suave brisa, pasó desapercibida; su mente estaba en otro lugar, atrapada en un debate interior sobre lo que estaba a punto de hacer.

Su padre abrió la puerta antes de que ella pudiera meter la llave en la cerradura.

—Andi, qué sorpresa. —La rodeó con los brazos y le dio un beso en la mejilla, y luego apoyó la cara contra la suya durante un momento que ella disfrutó.

La fuerza y el calor de su padre eran justo lo que necesitaba.

Aun así, de alguna manera eso la entristeció—.

¿Qué te trae por aquí tan temprano? ¿Y tan arreglada?

—La guio al interior de la casa que había sido su hogar hasta unos dieciocho meses antes.

Ya le resultaba un poco extraña, pero a la vez familiar.

El aroma a tostadas y a café recién hecho, a suavizante de lavanda y a velas con olor a manzana.

—Voy de camino a una entrevista de trabajo.

—Ah —dijo él mientras le servía una taza de café. Volvió a poner la cafetera en su sitio y se sentó a la mesa de la cocina, con las manos entrelazadas, dispuesto a escuchar.

El silencio llenó la habitación con palabras no dichas, pero los pensamientos giraban en la cabeza de Andi; no sabía qué decir.

—Quería invitarte a una pequeña reunión que vamos a hacer con unos amigos para celebrar nuestro sexto mes de casados —dijo con voz entrecortada.

Había sonado como si aún fuera una niña pequeña y estuviera diciendo una mentira.

No era así, pero la invitación no era la única razón por la que se había pasado por allí.

Una nube cubrió los ojos de su padre. De repente, parecía cansado; en su cara destacaban detalles que Andi no había visto antes.

Las venas de sus sienes, la miríada de arrugas alrededor de sus ojos, las articulaciones ligeramente hinchadas de sus manos y la tristeza que intentaba ocultar cuando sonrió y levantó los ojos para encontrarse con los suyos.

—Estoy agradecido y honrado, cariño, pero no creo que fuera bien recibido allí.

Los demás invitados son de tu edad, ¿cierto?

—Ella asintió—. ¿Ves? No encajaría. Probablemente todos esperarían a que yo me fuera para empezar con lo que sea que hagan los jóvenes hoy en día: bailar con la música a todo volumen, contar chistes subidos de tono o fumar marihuana.

—Se rio, pero su voz estaba cargada de tristeza—.

Estoy seguro de que tu marido apreciará mi decisión de desearos a ambos un feliz aniversario desde la distancia.

—Extendió la mano por encima de la mesa y le tocó la cara con dedos cálidos, acariciándole la mejilla como solía hacer para animarla cuando estaba triste o se había raspado una rodilla—.

Os enviaré algo bonito. Una botella de...

¿Cómo se llama el champán que le gusta a Craig? Dom Perignon, ¿no?

Andi parpadeó para contener unas lágrimas inoportunas, pero se apoyó en su mano.

—Te equivocas con él. Le encantaría que vinieras. —Mientras pronunciaba esas palabras, los ojos de su padre se desviaron hacia un lado y retiró la mano.

—Andi, sabes que eso no es verdad, pero no pasa nada. Yo soy tu pasado y él es tu futuro. Yo... —se atragantó y carraspeó en voz baja antes de continuar— espero que hayas elegido bien y que yo esté equivocado. Me haría tremendamente feliz darme cuenta de que lo he juzgado mal. Lo sabes, ¿verdad?

Ella asintió. A su padre nunca le había gustado Craig y nada de lo que ella dijera lo haría cambiar de opinión. Ya llevaban juntos casi un año y Andi le había dicho de todo para convencerlo sin lograrlo. No había nada en concreto que no le gustara de Craig, nada que pudiera expresarse con palabras.

—Es instinto paternal —le había dicho en alguna ocasión antes de casarse.

Después de llevarla al altar a regañadientes, dejó de hablar de ello, respetando la santidad de su matrimonio. Pero el problema estaba ahí, enterrado a poca profundidad, asomando su fea cabeza cada vez que intentaba reunir a las dos personas más importantes de su vida.

—Quería preguntarte algo más —dijo, con la voz más clara, aunque aún cargada con el temblor de las lágrimas que amenazaban con salir—. ¿Sigues buscando un técnico veterinario?

A su padre se le iluminó la cara.

—¡Sí! Estamos desesperadamente cortos de personal desde que ampliamos el horario de la consulta. ¿Conoces a alguien interesado?

Andi se levantó e hizo una reverencia, que acompañó de una tímida sonrisa.

—A mí.

Él se quedó boquiabierto y se hizo el silencio en la habitación.

Afuera, a través de la ventana bañada por el sol, Andi vio un arrendajo azul posado en una rama de roble.

Por alguna razón, su mente se aferró a la imagen tranquilizadora del pájaro al igual que se habría agarrado a un salvavidas en un mar tempestuoso.

—Andi, ¿por qué? —preguntó el doctor Wilmore, en un susurro atónito. Sus cejas blancas y despeinadas estaban levantadas, formando líneas paralelas en la parte superior de su frente. Se pasó la mano por el pelo corto un par de veces en un gesto que transmitía su desconcierto.

Ella bajó los ojos y se sentó a la mesa.

—Podría cambiar de carrera sin problema, papá.

Estaría bien que trabajáramos juntos, ¿no?

Ya tengo muchos de los créditos necesarios para sacarme la licencia.

Solo me falta la formación práctica, y podría conseguir una parte en tu consulta, ayudándote.

Después, podría volver a la universidad y cambiar de programa doctoral para convertirme en doctora en Medicina Veterinaria en lugar de en doctora en Biología Marina.

Podría crecer y aprender bajo tu ala. —Sonrió, pero le ardían los ojos—. Aprendería del mejor.

Su padre dejó salir una larga bocanada de aire de sus pulmones y estiró la mano por encima de la mesa para apretar la suya. Una lágrima rodó por la mejilla de Andi. Desvió su atención hacia el arrendajo azul, deseando que cantara.

—Nada me gustaría más que pasar mis días contigo, mi niña; pero ya hemos hablado esto, tu pasión no es poner vacunas a las mascotas ni cortarles las uñas.

—Inspiró ruidosamente; su respiración era agitada y superficial—.

Tu sitio está en el mar, al sol, como Cousteau en su Calypso .

¿No era antes tu modelo a seguir, tu héroe?

—Se inclinó más sobre la mesa y le cogió las dos manos—.

¿No vimos todos sus documentales juntos?

Ella se quedó mirando sus manos, sin habla, incapaz de levantar la mirada para encontrarse con la suya.

—¿Qué está pasando en realidad? —preguntó él, con la voz cálida y paciente—. Cuéntamelo. Sea lo que sea, tú y yo encontraremos la forma de arreglarlo.

Ella sacudió la cabeza y dejó de luchar contra las lágrimas.

—Nadie me quiere, papá. Me han rechazado en todas partes.

La universidad fue la primera; me enviaron una carta y no me dieron ninguna explicación.

Tan solo me dijeron que gracias, pero no.

—Lloriqueó y le lanzó una rápida mirada antes de volver a bajar los ojos—.

Además, no hay tantos puestos de trabajo para la investigación biológica.

En dos semanas ya había solicitado trabajo en todos.

No hay nada para mí... Parece que nunca seré una investigadora marina. Ese sueño está roto.

—¿Y la entrevista de hoy?

Ella apretó los labios con fuerza durante un momento.

—Es para un puesto de recepcionista en una clínica dental —susurró.

—Dios mío, Andi... —Se levantó, se acercó a ella y se agachó junto a su silla.

Ella enterró la cara contra su pecho y sollozó mientras él le acariciaba el pelo en silencio—.

Encontraremos algo, ya verás —dijo al cabo de un rato—.

Ánimo, jovencita. Tienes toda la vida por delante, no puedes rendirte después de solo tres intentos.

Ella lloriqueó y cogió un pañuelo de papel para limpiarse los ojos.

—¿Lo entiendes ahora? Prefiero trabajar contigo en tu consulta que ser la recepcionista de un dentista cualquiera. Lo siento, pero no puedo encontrarle sentido a la vida si se supone que lo único que tengo que hacer es concertar citas y cobrar de más a la gente.

Él se levantó y empezó a pasearse despacio por la habitación, con las manos entrelazadas a la espalda, como hacía siempre que pensaba.

—Ya le has dedicado siete años a la biología. Estás a mitad de camino en tu doctorado. No puedes renunciar. Ni ahora ni nunca.

—Pero ¿y si no hay futuro para mí en la biología? Necesito tener un sueldo, papá. Necesito que mi vida signifique algo.

—Sí, sí —respondió él enseguida—, pero no creo lo consigas trabajando como técnica veterinaria. Perderías un año de tu vida sacándote la licencia.

—Solo durante un tiempo —insistió ella—. Y, si me gusta, cursaré los créditos del doctorado en Veterinaria que me falten y me uniré a tu consulta.

Él negó con la cabeza y se tapó la boca con la mano, como si tratara de evitar que salieran las palabras.

—Nada me haría más feliz que tenerte cerca de mí todos los días.

Pero eso rompería tu corazón, y el mío también, porque no es lo que quieres en realidad.

—La miró fijamente—. Vamos a pensarlo un poco más.

No eches por tierra todo lo que has construido por un par de cartas de rechazo.

Espera. Llegarán nuevas oportunidades. La biología marina es tu pasión, mi niña.

Merece la pena luchar por ello —añadió, cerrando la mano, y dio un puñetazo al aire—. Lucha por ello. Con uñas y dientes.

—¿Uñas de tigre? —bromeó ella, haciendo alusión a un viejo juego al que jugaban juntos cuando era pequeña.

—Garras de tigre —dijo él riéndose—. Sí, exacto. Dientes de sable y garras de tigre. —Los sonidos de las risas se apagaron, dejando paso a un tenso silencio—. Pensé que estabas ocupada mudándote a tu nueva casa.

Ella hizo un gesto despectivo con la mano.

—La empresa de Craig le ofreció pagarle una mudanza completa. Lo han hecho todo ellos. No he tenido que mover ni un dedo. Tienes que venir a verla, es increíble.

El doctor Wilmore frunció el ceño y volvió a pasarse la mano por el pelo. En algún momento del último año, todos los mechones de su cabeza se habían vuelto de color blanco brillante.

—¿Cómo te imaginas que puede permitirse todo eso? ¿Una casa más grande que la mía, una mudanza completa? ¿Estás segura de que estás enterada de todo lo que pasa, Andi?

—Uf, papá, basta ya de sospechas, por favor.

—Se puso de pie y comenzó a recorrer la habitación con rabia, tocando objetos familiares al pasar, como si intentara calmarse.

La superficie brillante de los armarios lacados, la carcasa de acero inoxidable de la tostadora que todavía estaba caliente, los botones de la cafetera...

—. Tú no estás allí viéndolo trabajar todos los días hasta las diez, incluidos los fines de semana.

Es ambicioso y dedicado, un buen marido y un gran apoyo. Es igual que tú.

— No se parece en nada a mí. —Las palabras le salieron tan cortantes como unas cuchillas de afeitar. Cerró los ojos un momento, probablemente arrepentido de su arrebato.

—Es amable y cariñoso, muy trabajador y me hace feliz.

Me encanta mi vida, papá; lo único que va mal es mi carrera, y eso me rompe el corazón.

Es como si las estrellas se hubieran alineado en mi contra, impidiéndome cumplir mi sueño.

Lo único que hago todo el día es buscar trabajo, hacer entrevistas, escribir cartas de presentación y esperar a que Craig vuelva a casa.

El ceño de su padre volvió a fruncirse mientras su mano encontraba y cubría su boca una vez más. Cuando habló, su voz había recuperado su calidez habitual:

—Ven a la noche de póker el jueves que viene.

Ella bajó la mirada con tristeza.

—Llegaría muy tarde, papá. Vamos a celebrar una fiesta en casa para los clientes de Craig.

Él se mordió el labio, probablemente para evitar hacer un comentario sobre el trabajo de Craig. Andi conocía su opinión y no le interesaba volver a oírla.

Al igual que su padre había hecho en su momento, Craig estaba haciendo todo lo que podía por su familia, por su futuro juntos.

Agradecida de que hubiera decidido no decir nada más contra su marido, le dio un beso en la mejilla y salió corriendo. Iba a llegar tarde a su entrevista de trabajo.

BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿Cuáles fueron las circunstancias de su interacción con Andrea Wilmore Brafford?

DOCTORA MARJORIE HITCHENS: La entrevisté para un puesto de investigadora científica en el Departamento de Biología Marina de la Universidad A&M de Texas.

BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿Le pareció que Andrea Wilmore Brafford estaba cualificada para ese trabajo?

DOCTORA MARJORIE HITCHENS: Le faltaba un año para doctorarse en nuestra especialidad, y demostró la mentalidad y la pasión necesarias para alcanzar el éxito en nuestra línea de trabajo. Era la candidata ideal.