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INVESTIGACIÓN
La nueva casa era un sueño.
Craig debía haber tenido acceso a información privilegiada, como, por ejemplo, que el vendedor estaba en apuros; estaba claro que se había aprovechado de su trabajo como agente inmobiliario.
No había otra forma en la que él pudiera haberles conseguido la extensa propiedad de trescientos veinte metros cuadrados de terreno perfectamente ajardinado.
Estaba muy por encima de lo que podían permitirse.
Unos días antes, había sorprendido a Andi llamándola por teléfono para invitarla a ir a ver la casa.
Ella pensaba que solo se la iba a enseñar, pero él la esperaba sosteniendo en los dedos un llavero con sus iniciales grabadas, listo para dejarlo caer en la palma de su mano.
La sorpresa fue abrumadora, la casa era absolutamente perfecta.
Sin embargo, había sentido una pizca de pena por haber sido excluida de todo el proceso; de encontrarla, de discutir la compra y hacer la oferta...
De todo aquello que hacía de comprar una casa juntos una parte fundamental de la vida matrimonial.
Él se había disculpado profusamente y le había explicado que solo había tenido dos minutos para hacer una oferta.
La propiedad iba a salir al mercado a un precio muy inferior al de su valor real y solo tuvo que retrasar la venta hasta que presentó su oferta, con la esperanza de que el vendedor firmara el acuerdo con rapidez.
Jude lo había ayudado a conseguir la hipoteca sobre la marcha.
—Bienvenida a casa, cariño —le susurró al oído mientras la levantaba en brazos para cruzar el umbral.
La dejó en el reluciente suelo de mármol blanco de un impresionante vestíbulo que se abría a un amplio salón de techos abovedados.
Tras cogerla de la mano, le enseñó la casa con el estilo típico de un agente inmobiliario demasiado entusiasta, en un juego en el que ella era una compradora exigente y él intentaba venderle la casa.
—Esta sala de proyecciones se ha diseñado pensando en el entretenimiento y el lujo, para disfrutar de ella en esas noches lluviosas en las que apetece pasar la tarde con los seres queridos viendo una buena película.
Las luces con regulador de intensidad por control remoto, las paredes oscuras, el sistema de sonido envolvente integrado y las cortinas de terciopelo que absorben el sonido proporcionan una experiencia visual única.
Tras añadir unos cómodos sillones y una pantalla a tu gusto, tendrás tu propia sala de cine.
Ella sonrió encantada, un poco aturdida, todavía incapaz de creer que la fantástica propiedad ahora era suya.
—Molduras —continuó, con la voz cargada de orgullo y emoción—, marcos a medida de primera calidad alrededor de las ventanas y las puertas, granito en la cocina y los baños...
—De acuerdo —dijo ella, rodeándole el cuello con los brazos y sellando su boca con un beso—, me la quedo —susurró sin aliento cuando él la soltó.
—¿No vas a echar de menos nuestro pequeño apartamento? —preguntó él con fingida preocupación en la voz.
—Déjame pensar... —contestó, siguiéndole el juego—. No, creo que no. —Estallaron en una carcajada resonante que terminó en un beso apasionado y un apresurado revolcón sobre el granito de la isla de la cocina.
Eso había sucedido hacía unos días, pero aún le ardían las mejillas cuando recordaba los detalles de aquella tarde y la forma en la que todo su ser había cobrado vida con su contacto: como arcilla templada, lista para ser moldeada en lo que él deseara que fuera y deseosa de que le diera la forma de sus fantasías, de que llenara por completo sus manos, de que su cuerpo se adaptara perfectamente al suyo.
Ahora estaba de pie en el apartamento, entre un montón de cajas de cartón embaladas, casi lista para dar el trabajo por terminado.
Los armarios de la cocina, con las puertas abiertas de par en par, estaban vacíos, desolados, listos para que el equipo de limpieza los dejara impecables para cualquier comprador interesado.
Arrancó un trozo de papel de cocina, cogió una botella de producto de limpieza con pulverizador y limpió una vez más las encimeras de formica; los limpiadores no tendrían que esforzarse demasiado.
Le daba un poco de miedo quedarse quieta y desocupada, a solas con sus pensamientos; en algún lugar debajo de toda la emoción de la nueva casa y la mudanza, ese miedo tácito envolvía con dedos helados su corazón.
La voz de Craig se filtraba a través de las finas paredes de su despacho.
Seguía haciendo llamadas de trabajo, aunque eran casi las siete de la tarde y aún no habían cenado.
Los de la mudanza irían al día siguiente a primera hora.
Le emocionaba la idea de vivir en su nueva casa, más cerca de la universidad y de la casa de su padre.
Durante unos instantes, esa euforia reavivada ahogó la angustia que se le enroscaba en las entrañas, silenciándola.
Si no pensaba en ello durante un rato, desaparecería en la nada de la que había surgido, porque carecía de todo fundamento.
Tenía que ser así. Todo era perfecto y no había nada que temer.
Sonó el timbre, sobresaltándola. No esperaba a nadie, pero un montón de gente había entrado y salido sin cesar durante los últimos días, ya que Craig quería hacer reparaciones en el apartamento antes de ponerlo a la venta.
No miró por la mirilla, simplemente abrió la puerta. Después se quedó petrificada.
Estaba mirando una placa policial, sostenida delante de su cara por una rubia oxigenada con gafas oscuras y surcos marcados flanqueando las comisuras caídas de sus labios.
—Detective Otwell, Departamento de Policía de Houston —dijo la mujer. Habló con voz autoritaria y seca—. Tengo que hacerle unas preguntas sobre Nikki Edwards. ¿Puedo entrar? —Señaló hacia el apartamento de Andi con la mano izquierda, en la que sostenía un bloc de notas y un sobre.
Andi frunció el ceño y miró por encima del hombro los montones de cajas que cubrían las paredes del salón.
—No conozco a ninguna Nikki, eh...
—Edwards.
—Sí, claro, entre. —Se hizo a un lado, invitó a la policía a entrar con un gesto de la mano y cerró la puerta tras de sí—. Nos estamos mudando; disculpe el desorden.
La policía se encogió de hombros mientras escudriñaba la habitación como si estuviera investigando a Andi y Craig, no a una mujer desconocida. Como si fueran sospechosos de quién sabe qué delito.
—¿Cuándo se marchan? —preguntó, con las gafas de sol todavía puestas. Andi no sabía si se trataba de una técnica para ocultar sus ojos durante las entrevistas o si le molestaba la luz.
—Mañana —respondió Andi con calma—. ¿Qué puedo hacer por usted, detective?
La voz de Craig se oía a través de las paredes mientras iniciaba otra llamada telefónica.
—¿Quién es?
—Mi marido. Está trabajando —dijo Andi mirando las gafas oscuras y reflectantes sin ocultar su irritación—. Lo siento, detective, pero estamos muy ocupados con la mudanza. Si puedo responderle a algo, lo haré con mucho gusto. Si no es así, por favor, disculpe, pero...
—Nikki Edwards —dijo la mujer, hablando despacio—. ¿La conocen usted o su marido?
—No, ¿quién es?
—Era... —la policía permitió que se creara un momento de silencio tenso, casi aterrador— su vecina del segundo piso.
—Ah, ¿la que murió de sobredosis la semana pasada?
—¿Cómo sabe que sufrió una sobredosis?
Andi se mordió el labio durante un breve instante. Con los policías, debía tener cuidado con lo que decía. Podrían tergiversar sus palabras por su prisa por hacer detenciones, justificadas o no.
Otwell acercó la punta de su bolígrafo al bloc de notas, dispuesta a escribir algo.
—No lo sabía. Lo he deducido por los cotilleos del edificio y tampoco es una suposición tan descabellada teniendo en cuenta que estamos en el centro de Houston.
Hubo un instante de silencio.
—Claro —dijo la detective mientras volvía a observarla, pero Andi le sostuvo la mirada sin inmutarse—. ¿Y no la conocía?
—Ya le he dicho que no.
—¿Y su marido? Necesitaré hablar con él también.
—Él tampoco la conocía. Lo hablamos después de enterarnos de su muerte. Yo llegué a casa de la universidad justo cuando se estaban llevando su cuerpo. Fue algo horrible...
—Sí, este tipo de cosas suelen serlo. —Otwell cerró la tapa de su bloc de notas con un rápido gesto de la mano—. Ella tenía más o menos su edad... A lo mejor la vio alguna vez, aunque fuera de pasada.
Andi negó con la cabeza y mantuvo los labios apretados. ¿Cuántas veces tendría que decirle que no conocía a esa pobre chica?
—La verdad es que me sorprende que haya tardado tanto en ponerse en contacto con nosotros. Supongo su caso no era una prioridad.
Esa afirmación provocó líneas de tensión alrededor de la boca de la policía.
—Nada más lejos de la realidad —dijo la mujer, apoyando la mano derecha en la cadera—. Lo que se ve en las películas no se corresponde con la realidad. Estas cosas llevan su tiempo.
—¿Y cuál es la realidad? —preguntó Andi con dulzura, sonriendo—. Seguro que están hasta arriba de trabajo.
—Pues sí, ya lo creo que sí. Desde principios de año, ha habido más de trescientos asesinatos en la ciudad. Una sobredosis accidental rara vez justifica las horas perdidas haciendo entrevistas de seguimiento.
Andi esperó a que continuara, pero no lo hizo. Otwell abrió su bloc de notas de nuevo y le preguntó:
—¿A dónde se mudan? Necesito saberlo por si tengo que hacerles más preguntas.
—A Brookhaven, justo al lado de Bellfort Avenue. —Andi dijo la dirección exacta y el policía la anotó.
—Qué bien —comentó con evidente envidia—. Es un barrio mucho mejor que este. Enhorabuena. —Se dio la vuelta para marcharse y le entregó el sobre que tenía bajo el bloc de notas—. He encontrado esto en el pasillo, delante de su puerta.
Andi lo cogió y reconoció el logotipo de la Universidad A todo lo demás se hacía por correo electrónico o a través de una llamada telefónica.
No iba a tener el trabajo de sus sueños, la carrera para la que se había estado preparando toda su vida.
—¿Está bien? —le preguntó la policía, sujetándola del brazo para que no se cayera.
Andi asintió lo más enérgicamente que pudo, ansiosa por librarse de ella para poder abrir la carta en paz. Tal vez había una razón por la que no le habían ofrecido el trabajo, algo que podía arreglar. A lo mejor todavía había esperanza.
BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: ¿Conoció usted a Andrea Wilmore Brafford en persona mientras investigaba la muerte de Nikki Edwards?
DETECTIVE BARBARA OTWELL: Sí.
BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: En ese momento o durante las investigaciones posteriores, ¿encontró alguna conexión entre Andrea Wilmore Brafford y Nikki Edwards?
DETECTIVE BARBARA OTWELL: No. Los casos no tienen ninguna relación.
BUSCHER, FISCAL DEL DISTRITO: Durante su entrevista, ¿cómo le pareció que estaba Andrea Wilmore Brafford?
DETECTIVE BARBARA OTWELL: Feliz. Recuerdo que pensé que debían estar recién casados, porque ella estaba radiante. Pero después vio la carta.