La chica que mataste 4 #2
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—He conocido a un chico.

—Ajá —exclamó Andi, con una sonrisa de oreja a oreja. Se recostó contra el duro respaldo de la silla—. Venga, cuéntame todos los detalles, no te dejes ni uno... Ya somos mayorcitas las dos —dijo entre risitas.

—Pues él es...

—¿Qué os traigo, chicas? —El camarero era alto y delgado, no tenía más de veintidós años y las miraba con una sonrisa lujuriosa en sus pálidos labios.

A través de la rejilla metálica de la mesa, recorrió con la mirada las piernas de Janelle y luego las de Andi.

Janelle llevaba una falda corta y una blusa sin mangas, mientras que Andi llevaba vaqueros y una camiseta sin mangas.

La atención del camarero volvió a centrarse en la piel expuesta de Janelle mientras fingía que estaba apuntando algo.

Las dos chicas se miraron y soltaron una risita.

—Tomaremos una bruschetta de entrante y de segundo yo quiero una ensalada mixta —dijo Andi.

—¿Te has vuelto vegetariana, tía? —Janelle desvió la mirada hacia el camarero y pestañeó con coquetería, flirteando con él de broma—. Trae también un carpacho y un pollo Marsala.

El camarero consiguió despegarse de la mesa y desaparecer.

—No tienes vergüenza —se rio Andi.

—¿Crees que se le caerá la comida... —Janelle volvió a pestañear y se mordió el labio provocativamente— si le doy un buen meneo? —Le guiñó un ojo y las dos empezaron a reírse a carcajadas.

—Venga, déjalo ya. Estabas a punto de hablarme de tu chico misterioso.

—Ah, sí. —Janelle se puso seria durante un segundo, pero luego se dibujó en sus labios una sonrisa diferente—. No es... el tipo de chico con el que suelo salir —confesó, bajando la mirada un momento—. Se llama Troy y es gerente de proyectos en una empresa de construcción.

Andi frunció un poco el ceño. ¿Y qué problema tiene Troy? ¿Por qué ese pobre hombre no cumple las expectativas de la diosa?

Janelle miró fijamente a Andi durante un segundo y luego soltó:

—Está divorciado y tiene un hijo. Uf.

—No pasa nada —respondió Andi, que extendió la mano por encima de la mesa y apretó la de Janelle—.

Muchos matrimonios fracasan, pero la gente merece una segunda oportunidad.

Oye —le dijo al ver que no levantaba los ojos de la servilleta que examinaba con atención—, mientras tú seas feliz, todo está bien.

Cuando Janelle volvió a mirar a Andi, su sonrisa había desaparecido.

—¿Cuándo supiste que Craig era el elegido?

Andi respiró; por alguna razón, sus pulmones estaban hambrientos de aire. La pregunta de Janelle trajo un remolino de pensamientos, dudas y preguntas sobre sí misma y sobre su futuro con Craig.

La joven que estaba sentada frente a ella estaba a punto de clavar el tenedor en un trozo de ternera cruda cubierta de alcaparras y cebolla roja finamente picada.

Era su mejor amiga y, aun así, había cosas que no se atrevía a decir en voz alta, que no podía compartir con ella.

Cosas tan personales y tan retorcidas que ni siquiera Janelle las podría entender.

Craig era como una droga para ella... Cocaína pura, directa en vena, sin cortar.

Anhelaba sus caricias, temblaba con solo pensar en ellas y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por verlo sonreír, por saber que él seguía queriéndola cada vez más, tal como ella a él.

Apenas recordaba nada de los últimos doce meses, desde que lo había conocido; todo había sido arrastrado al olvido por un torbellino de emociones tan intenso que había borrado lo demás de la memoria física.

Cuando hacían el amor, se quedaba agotada y débil, con ganas de más; no se saciaba nunca de él.

Lo que siempre empezaba como un baile de iguales en los preliminares terminaba con él tomándola como deseaba, volviéndose de algún modo dominante mientras ella se volvía sumisa, ansiosa, deseosa, anhelante...

Él era el elegido... Para ella, no existía nadie más.

—Vaya, la pregunta te ha dejado sin palabras, ¿eh? —Janelle se rio, luego pinchó otro trozo de carne y lo enrolló hábilmente con el tenedor antes de darle un mordisco.

Andi soltó una ligera risita.

—¿Cómo supe que él era el indicado? Bueno, pues..., supongo que cuando me di cuenta de que no me veía compartiendo la vida con nadie más. Ni siquiera sé cuándo fue ni cómo, pero él se convirtió en una obsesión para mí. Solo podía pensar en él.

—Ya veo... —respondió Janelle—. Es curioso cómo funciona el amor, ¿verdad? —Había tristeza en su voz, un sentimiento de pérdida no expresado.

—¿A qué viene esa cara tan larga? —Andi mordió un trozo de la crujiente bruschetta . El sabor del ajo y la albahaca fresca le llenó la boca.

—Pensé que me mantendría siempre libre, sin ataduras, ¿recuerdas? —Dejó el tenedor y bebió un sorbo de agua con gas fría—. Soltera y sin hijos. Una mujer independiente. Yo sola contra el mundo.

—¿Y ahora todo eso ha cambiado?

—Está cambiando. —Suspiró y apartó el plato a medio terminar a un lado—. Lo peor de todo es que parece que ya no me importa nada de esa mierda de la independencia —dijo mientras miraba fijamente a Andi, como si le estuviera pidiendo ayuda—. Estoy cambiando. Y es aterrador.

Andi dio otro bocado y lo masticó rápido.

—No pasa nada, ¿sabes? Puede que descubras que la persona en la que te estás convirtiendo es mejor que tu antiguo yo. Y a lo mejor disfrutas mucho más de tu nuevo yo.

Janelle sonrió, con un agradecimiento tácito en los ojos.

—¿Eres feliz? Quiero decir, realmente feliz, en el fondo de tu corazón.

Su pregunta atravesó el corazón de Andi como una afilada estalactita de hielo. Aunque en esa sencilla pregunta no había razón alguna para que ese escalofrío se extendiera por sus venas, le había producido una especie de mal presentimiento.

—Sí, lo soy —respondió con sinceridad, aunque le parecía que estaba mintiendo. Se sentía culpable en cierta manera—. No permitiría que fuera de otra manera. No puedo imaginarme una vida sin Craig. —Esa parte parecía cierta.

—No me digas que saca la basura todas las noches... —Janelle enarcó la ceja derecha, pero el destello que había en sus risas anteriores se había desvanecido.