La chica que mataste 4
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COMIDA

A Andi le encantaba la comida italiana.

El restaurante Mille Ponti había traído la cocina italiana al centro de Houston, con sabores deliciosos que seducían con la promesa de un sabroso queso parmesano y una untuosa salsa Alfredo que se escurría de cada fetuchini.

No importaba cuántas veces se hubiera prometido a sí misma probar algún sitio nuevo, siempre acababa en Commerce Street, mirando el logotipo rojo, blanco y verde que representaba una góndola en un canal veneciano. Allí se sentía como en casa.

Esta vez, esperaba que el restaurante que le resultaba tan acogedor la ayudara a disipar la oscura tristeza que le apretaba el corazón como si fuera un puño de hierro.

Era como si estuviera sumergida en un mar de amenaza inminente, de un horror inexplicable a punto de abatirse sobre ella, impidiéndole respirar y paralizándola.

El bullicio de la hora punta por fin estaba remitiendo y había algunas mesas libres en el patio.

A Andi le encantaba cenar al aire libre y creía que no había mejor manera de disfrutar de una comida italiana que hacerlo como les gustaba a los italianos, los inventores de las «comidas al fresco».

Quizá solo necesitaba la luz del sol y un cielo azul para ahuyentar las sombras.

Llegó unos minutos tarde a su cita para comer con Janelle Larimer. Era su mejor amiga desde que tenían ocho años, cuando el padre de Andi compró una casa al lado de la de los Larimer. Era un recuerdo agridulce para Andi.

Aunque por aquel entonces era muy pequeña, aún recordaba la inesperada muerte de su madre y la devastación que su ausencia había supuesto para su padre y para su propio corazón roto.

Durante semanas, ambos lloraban hasta quedarse dormidos, pero escondían su dolor el uno al otro como si el duelo fuera un pecado.

Como si se tratara de un acto vergonzoso destinado a ser llevado a cabo en la oscuridad y el aislamiento, bajo la amenaza de un fuerte castigo si de alguna manera se expusiera a la luz del día o a la presencia de otras personas.

Durante el día, apenas hablaban, como si perturbar el pesado silencio que envolvía la casa vacía pudiera poner en peligro de algún modo el preciado recuerdo de su madre.

Andi seguía yendo a la escuela. Su padre le preparaba el desayuno, la comida y la cena.

En silencio, tras dedicarle una sonrisa poco convincente y despeinarle un poco el pelo, le ponía un plato delante y le deseaba bon appétit , como hacía siempre antes de sentarse a la mesa.

Pero él ya no estaba allí. Sus ojos miraban casi siempre al vacío, como si buscara algo que no estaba.

Rara vez hablaba. Cada vez que lo intentaba, las lágrimas ahogaban su voz y giraba la cabeza, alejándose de Andi y ocultando su dolor.

Ella soportó el silencio y la pérdida, demasiado joven para saber cuál era peor o cómo encontrar su rumbo en un mundo puesto patas arriba.

—¿Cómo no me di cuenta? —era la única frase que repetía una y otra vez, con la cara contraída en un intento desesperado por contener las lágrimas y el lamento que debía llenar su pecho ansiando salir.

—Todas las señales estaban ahí —añadió una noche, todavía sentado a la mesa del comedor, con los codos apoyados entre platos medio llenos apartados. Se frotaba la frente con rabia, como si intentara llegar a algo enterrado allí, más allá de la piel y los huesos, y arrancárselo.

Aquella noche ella extendió el brazo, cruzando la mesa, para tocar el de su padre, pero él no pareció percibir su cercanía. Estaba a miles de kilómetros de distancia, probablemente intentando aferrarse al recuerdo ya desvanecido de su mujer, a lo que había perdido.

Entonces, una noche en la que ella temía apagar la luz de su habitación, sabiendo que las lágrimas no tardarían en aparecer donde el beso de su madre había dejado un abismo, su padre entró a trompicones en su cuarto, cayó de rodillas y abrió los brazos de par en par.

—Perdóname, hija, mi dulce niña —sollozó—. Yo... no he sabido cuidar de ti cuando más me necesitabas. Estaba demasiado ocupado culpándome por no ver la enfermedad de tu madre hasta... ¿Me perdonas?

Aún recordaba cómo se había abalanzado sobre sus brazos y se había acurrucado contra su pecho cubierto de lágrimas, escuchando los fuertes latidos de su corazón.

Lloraron abrazados durante lo que parecieron horas, pero, cuando la luz del amanecer disipó las sombras de la noche más larga de toda su existencia, ya tenían un plan. Se iban a mudar.

Su padre, el doctor Hunter Wilmore, un veterinario conocido y respetado, eligió una casa de ladrillo de una sola planta a poca distancia de Clear Creek y del parque Walter Hall.

Tenía grandes ventanales, por los que entraba la luz del sol para calentar sus maltrechos corazones, y un gran jardín con árboles maduros de los que podrían colgar columpios y hamacas.

Resultó que estaba justo al lado de la casa de una niña esmirriada de la edad de Andi, una chica de espíritu aventurero con rizos rebeldes y fuego en la sangre.

Janelle no se lo creía, pero tanto Andi como su padre le atribuían el mérito de haberles devuelto la vida aquel otoño.

Siempre estaba metida en líos, era una polvorilla.

Una vez trepó tan alto por un roble del patio trasero de los Wilmore que tuvieron que llamar a los bomberos.

En otra ocasión, convenció al doctor Wilmore para que la ayudara a quedarse con un cachorro que, según ella, le había regalado un vecino.

El veterinario convenció a los Larimer para que adoptaran al cachorro, pero unas semanas más tarde se dio cuenta de que la astuta niña lo había engañado.

Fueron necesarias dos horas de interrogatorio para que Janelle confesara que se había encontrado con una camada de cachorros de coyote en el bosque detrás del parque y que había robado uno de la madriguera.

Ese otoño las niñas empezaron juntas tercero. Entraron en el patio cogidas de la mano. Andi, tímida e insegura, caminaba medio paso por detrás de Janelle, que no le soltaba la mano. Desde ese día, fueron inseparables. Hasta la universidad.

Andi había elegido seguir los pasos de su padre, y el doctor Wilmore soñaba de forma no tan secreta con poner su lucrativa consulta veterinaria en manos de su hija en algún momento, cuando llegara el momento de jubilarse.

Pero la pasión de Andi no era pasar los días tratando a un paciente peludo detrás de otro.

Le encantaba el mar.

No, era mucho más que eso: Andrea Wilmore era uno con el mar, con todas sus criaturas, grandes y pequeñas. Encerrarla en un despacho durante días y días sería un pecado, o eso creía el doctor Wilmore.

Andi había intentado convencer a Janelle de que estudiara Biología Marina con ella, pero su mejor amiga se había mantenido firme, aunque de vez en cuando se le llenaban los ojos de lágrimas.

—No, de ninguna manera. Eso no es para mí.

Te he visto sentada en esas pozas de marea, llenas de quién sabe qué bichos, pasándotelo bomba.

Pero ¿tú me has visto a mí en el agua? Si pasa nadando un pececito y siento que el agua se mueve contra mi pierna, salgo zumbando para salvar la vida. Además, grito.

Janelle gritaba como nadie, emitiendo un sonido desgarrador que sembraba el pánico instantáneo en cualquiera que aún respirara y que pensaría que el cielo tenía que estar cayéndose.

Por desgracia, no era apta para la biología marina ni para ningún otro campo de estudio similar.

Janelle había optado por una licenciatura en Administración y le había ido muy bien, pues había sacado solo sobresalientes y había terminado la carrera en un tiempo récord.

Se habían mantenido en contacto durante sus años universitarios; habían ido juntas a fiestas en los dos campus, habían tenido citas dobles, charlaban casi todas las noches y hablaban casi todos los días de camino a la universidad.

Compartían la misma vieja hamaca que había detrás de la casa de los Wilmore para ver la puesta de sol, a veces bebiendo té helado o, como de mayores, cerveza fría directamente de la botella.

Su amistad, forjada a lo largo de los años, se hizo más fuerte que nunca.

El trabajo de Janelle había hecho mella en su tiempo libre, al igual que la relación de Andi con Craig, pero aun así se las arreglaban para quedar un par de veces al mes para comer, una o dos para cenar y hablaban bastante por teléfono.

Mientras se le hacía la boca agua al percibir el aroma del pollo a la parmesana, Andi se detuvo junto a la valla del patio, buscando a Janelle.

Era fácil reconocerla: su melena negra y rizada hacía que destacara entre la multitud.

La vio al otro lado del patio, sentada en una mesa junto a la barandilla, con vistas al río Buffalo Bayou.

Después de acercarse en silencio, Andi rodeó los hombros de Janelle con los brazos y le dio un sonoro beso en la mejilla. Janelle chilló de alegría y luego le devolvió el beso.

—Guau, pero ¡qué guapa! —dijo Andi—. ¿Maquillaje nuevo? ¿Te has cambiado de peinado? ¿Lo conozco?

—Vaya, qué perspicaz eres —respondió Janelle—. Sí, llevo una marca nueva de maquillaje. Esta vez me he comprado uno caro.

—Bien por ti. Se nota. —Andi se sentó frente a Janelle y arrastró su silla de hierro forjado más cerca de la mesa, haciendo que las patas chirriaran ruidosamente contra el cemento—. ¿Y el pelo?

—¿Qué? ¿Esto? —respondió Janelle, tirando de un par de trenzas con cuentas que surgían del lado izquierdo de su raya—. He hecho lo que he podido —se rio—. No puedo pasarme un millón de horas haciéndome trencitas en el pelo, así que esto es lo más trenzado que lo voy a tener.

—Me parece muy bien, pero estás evitando el tema principal —dijo Andi mientras cogía el menú y fingía mirarlo, aunque sabía lo que quería.

Janelle bajó los ojos y sonrió mientras jugaba con el dobladillo de su servilleta blanca; sus uñas perfectamente arregladas seguían el hilo hasta la esquina y luego volvían a donde desaparecía en el pliegue.