La chica que mataste 2 #2
6%

2 #2

A Andi le encantaba ese apartamento. Representaba su transición a un estilo de vida adulto que disfrutaba: había pasado de ser una estudiante universitaria a una esposa joven, locamente enamorada, llena de ilusión y con ganas de exprimir al máximo cada día.

Se encontraba a bastante distancia de su futuro trabajo, a casi una hora en coche sin contar con el tráfico de primera hora de la mañana.

Así que tal vez la idea de Craig de vender el apartamento y mudarse a las afueras, reduciendo a la mitad esa distancia, no era tan mala.

Las primeras notas de Stronger , de Kelly Clarkson, sonaron al entrar en Caroline Street, pero Andi pulsó un botón para silenciar la radio y redujo la velocidad.

La calle estaba llena de coches de policía con luces intermitentes rojas y azules, tan brillantes que eran visibles desde lejos incluso con la deslumbrante luz del sol.

Una parte de la acera estaba acordonada con cinta amarilla en la que ponía: «NO CRUZAR», justo enfrente de la entrada al garaje de su edificio.

Un escalofrío la recorrió, y se detuvo por completo.

Habían acordonado su edificio. El hecho de que en el teléfono de Craig hubiera saltado directamente el buzón de voz hizo sonar las alarmas en su mente, aunque era martes a mediodía y él estaba en el trabajo.

Él estaba bien... Tenía que estarlo. El mundo no giraba solo en torno a él.

Sin embargo, al ver la furgoneta del médico forense, un nuevo escalofrío le recorrió el cuerpo.

Alguien había muerto... Alguien de su edificio; alguien a quien tal vez conocía.

Se acercó al edificio conduciendo despacio hasta que un policía levantó la mano para que se detuviera y se acercó a su lado, con el ceño fruncido y la cara sudorosa.

—Esta calle está cerrada al tráfico. Dé la vuelta a la manzana.

—Vivo aquí —respondió ella, señalando el rascacielos que se alzaba sobre sus cabezas—. Mi apartamento está en este edificio.

El policía apretó los labios durante un breve instante.

—Necesito ver su carné de conducir.

Andi le entregó el trozo de plástico mientras buscaba una figura conocida entre los numerosos investigadores de la escena del crimen que entraban y salían a toda prisa del edificio.

Las puertas de entrada, de cristal azulado y grueso, estaban sujetas con correas para mantenerlas abiertas.

Los técnicos de la policía científica, vestidos con monos blancos, llevaban varias cajas con bolsas de pruebas a sus furgonetas.

Incapaz de ver qué se estaban llevando, dirigió su atención a las personas que salían del edificio.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó, temerosa de oír la respuesta.

El policía negó con la cabeza.

—Lo siento, señora, no podemos divulgar ningún detalle. Tendrá que enterarse por las noticias.

—¿Ha... Ha sido en mi apartamento? —balbuceó, sintiendo como si una garra helada del miedo le apretara el pecho—. Vivo en el diecisiete once.

—No, señora —respondió el agente, devolviéndole el carné de conducir.

Una intensa oleada de alivio llenó de lágrimas los ojos de Andi—.

Aparque al otro lado de la calle si hay sitio, o en la parte de atrás, y utilice la entrada de servicio lateral.

Suba directamente a tu apartamento, ¿de acuerdo?

No se le ocurra empezar una misión de investigación para sus amigos de las redes sociales. Sería obstrucción a la justicia...

—Sí, lo sé —respondió ella, deseando salir de allí.

El agente se llevó los dedos a la sien y le hizo un gesto para que avanzara.

Andi condujo despacio, sin dejar de mirar la entrada principal del edificio.

Dos técnicos llevaban un cadáver en una camilla, envuelto en una bolsa negra con cremallera.

La silueta parecía frágil y diminuta, ocupaba muy poco espacio.

Tal vez fuera una mujer delgada y menuda.

Gracias a un golpe de suerte, se quedó una plaza de aparcamiento libre al otro lado de la calle justo cuando ella pasaba, así que maniobró su coche con rapidez para ocuparla antes de que otra persona pudiera reclamarla.

Subió el techo y cerró el coche con el mando a distancia antes de cruzar la calle y dirigirse a la entrada lateral.

Mientras los dos técnicos metían la camilla en la furgoneta, reconoció a un tercer hombre que salía del edificio.

Andi se acercó a la cinta amarilla y lo saludó con la mano.

El hombre le devolvió el saludo y se dirigió hacia ella enérgicamente, con un atisbo de sonrisa en sus labios pálidos y finos.

—Doctor Ellefson —lo saludó con calidez en la voz.

El hombre levantó las manos enguantadas en señal de disculpa tácita.

—Andi —dijo, mirándola con aprecio—. Estás muy guapa. ¿Era hoy la entrevista para el trabajo en la universidad?

—Sí —contestó ella, alegre, olvidando por un momento que estaban de pie al lado de la escena de un crimen—, me ha ido muy bien. Creo que la he clavado.

—Claro que sí —respondió el hombre con orgullo—. Te daría el abrazo que te mereces, pero... —hizo un gesto con las manos enguantadas— he tocado cosas.

—No te preocupes —respondió ella, ya sin sonreír—. Cuando termines, si tienes tiempo, sube a tomar un café. Vivo en el diecisiete once. —Mientras estaba hablando, se dio cuenta de que no era posible. Tenía que hacer una autopsia.

—Me pareció reconocer tu edificio, pero no estaba seguro —respondió en un tono suave que llevaba el recuerdo de la preocupación, o quizá Andi se lo había imaginado.

No era tan descabellado pensar que el doctor Ellefson pudiera haberse preocupado por un momento al saber que le habían llamado para ocuparse de una muerte sospechosa en el edificio de Andi—.

Rebecca es la que se sabe todas las direcciones de memoria. Estaría perdido sin ella.

—Yo también —susurró ella, sonriendo con timidez—, aunque por motivos diferentes. —Compartieron un breve momento de amistad y cordialidad en silencio, cada uno a un lado de la cinta amarilla. Justo cuando el doctor Ellefson se disponía a marcharse, Andi le preguntó—: ¿Qué ha pasado?

Él miró a izquierda y derecha, y luego dijo en voz baja:

—Ha aparecido una chica muerta en el segundo piso.

—¿Por sobredosis? —preguntó Andi, que conocía las estadísticas de criminalidad de su barrio.

Él asintió con un movimiento de cabeza apenas perceptible.

—Ya sabes que no puedo hablar de un caso abierto, cielo; pero, cuando esté cerrado, puedes preguntarme lo que quieras. Tal vez la próxima vez que nos veamos en casa de tu padre para jugar al póker —dijo con un brillo en los ojos.

Andi sabía que a él le gustaban las noches de cartas tanto como a ella.

—Te tomo la palabra —dijo ella; le encantaba hablar de casos antiguos con el forense, aunque a veces los detalles de esas conversaciones no eran bienvenidos en la mesa de juego.

Una vez, la mujer del doctor, Rebecca, profesora de Literatura Inglesa en la Universidad A su rostro arrugado y sus amables ojos se volvieron firmes y profesionales mientras caminaba hacia la furgoneta.

Su escaso pelo, que le llegaba hasta los hombros y era casi totalmente blanco con algunos mechones rubios, ondeaba con la brisa de la tarde cuando subió a la parte trasera, seguido de cerca por uno de sus ayudantes.

Andi entró en el portal climatizado de su edificio con pasos vacilantes.

Mientras esperaba el ascensor, sintió una punzada de culpabilidad al darse cuenta del alivio que le había provocado saber que el cadáver que llevaban en la bolsa de plástico negra no era el de Craig.

Un escalofrío le recorrió la espalda al pensar que alguien había exhalado su último aliento solo unos pisos más abajo del apartamento donde ella y Craig disfrutaban de una vida dichosa, ajenos a las batallas de los demás.

Tal vez esa chica había gritado pidiendo ayuda y nadie la había escuchado.

O tal vez había muerto tranquilamente mientras dormía, sin saber que nunca volvería a despertarse.

Mientras el ascensor la elevaba a la decimoséptima planta, se dio cuenta de que no conocía a ninguno de sus vecinos del segundo piso.

Por mucho que lo intentara, no lograba ponerle cara a la figura atada a la camilla, aunque seguro que se había cruzado con ella alguna vez.

Tal vez se miraron durante menos de un segundo, asintieron y sonrieron, y luego apartaron la mirada en un gesto tácito de indiferencia.

A la gente ya no le importaban las personas.

Todos vivían aislados en sus propias burbujas, intoxicados y abrumados por el exceso de lo que ocurría, y rara vez dejaban entrar a alguien nuevo.

O tal vez Craig tenía razón. El barrio se estaba volviendo demasiado peligroso y desagradable, no era el lugar adecuado para formar una familia.

No cuando todo tipo de personajes oscuros habían conseguido acceso a lo que antes eran edificios decentes gracias a sus ganancias de dudosa procedencia.

Le encantaba aquel apartamento, era el primer hogar que Craig y ella habían compartido, pero pronto, en solo unos días, se mudarían a las afueras, dejando todo aquello atrás.

Puede que nunca llegara a saber quién era su vecina del segundo piso.

GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: ¿Cuál era el estado mental de Andrea en ese momento?

JANELLE LARIMER: Parecía estar bien, pero eso fue antes de...

GOODRIDGE, ABOGADO DE LA DEFENSA: Gracias. No hay más preguntas para este testigo, señoría.