La chica que mataste 2
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LA ENTREVISTA

El delfín giró de forma juguetona en el aire y luego cayó al agua con un chapoteo, salpicando gotas saladas sobre el pantalón de traje azul marino y los zapatos a juego de Andi. Ella dio un paso atrás, con sus tacones resonando sobre el cemento liso y húmedo que rodeaba la piscina.

Con una amplia sonrisa, echó una mirada cariñosa al lugar, preguntándose por qué se había mantenido alejada de allí después de la graduación.

Había estudiado en la Universidad A&M de Texas, y el Centro de Investigación de Biología Marina de Galveston era su lugar favorito del mundo.

Como estudiante, había pasado cada momento disponible en esa piscina, nadando con delfines y rayas, preparándose para un día como aquel, en el que podría unirse al equipo de investigación marina no como estudiante, sino como investigadora científica júnior.

Algún día, quizá pronto, podría tener un equipo a su cargo, pero ese viaje que llevaba años planeando empezaría allí mismo, junto a la piscina, tras una entrevista en persona que tenía que superar.

Esa misma mañana, se había pasado varias horas dando vueltas por el dormitorio en ropa interior, incapaz de decidir qué ponerse.

¿Debería llevar un atuendo formal para la entrevista, mostrando a la organización el respeto que se merecía?

¿O debería volver a sus viejos hábitos, llevando pantalones cortos y una camiseta por encima del bikini, esperando en secreto que la persona que la entrevistara fuera tan apasionada del mar y de sus habitantes como ella, y que no le preocupara el código de vestimenta?

—Solo tienes una oportunidad para causar una buena impresión —le aconsejó su padre, lo que inclinó de inmediato la balanza a favor del traje que, además, nunca tenía ocasión de usar.

Le quedaba increíblemente bien a su esbelto cuerpo, resaltando el azul de sus ojos y los mechones aclarados por el sol de su pelo corto y despeinado.

Ahora parecía que no pertenecía al lugar en el que se sentía como en casa. Miró la hora y luego dirigió la vista hacia el edificio principal, preguntándose si había entendido mal dónde iba a ser la entrevista.

—Tú debes ser Andrea —dijo una mujer joven con voz alegre, tras haber cruzado la piscina a crol, deslizándose suavemente a través del agua.

Apoyó los codos en el borde de la piscina y se limpió las gotas de la cara con un gesto rápido y sencillo de la mano—.

Soy Marjorie —añadió—, la directora del programa.

Andrea se agachó junto a la piscina y estrechó la mano chorreante de la mujer.

—Llámame Andi, por favor.

—Andi, claro —dijo con una sonrisa agradable y abierta que rozaba sus ojos marrones—. Puedes llamarme Marj.

La sonrisa de Andi se ensanchó. Ya le caía bien.

—Muy bien, charlemos un rato —dijo Marj, apoyando las palmas de las manos en el borde de la piscina como si se dispusiera a salir, pero se detuvo en seco—. Podemos hacerlo en un despacho o aquí, con los delfines —inclinó la cabeza, divertida—. Por casualidad, no tendrás un bañador...

Andi ya se estaba desabrochando la chaqueta, con una amplia sonrisa.

Pocos momentos después, tras abandonar su ropa formal doblada sobre un banco, se unió a Marj en la piscina, dándole la bienvenida a la sensación refrescante del agua salada sobre su piel acalorada tras lanzarse impecablemente de cabeza.

—Estoy lista —dijo en cuanto reapareció.

—Primero, te voy a hablar un poco del programa —dijo Marj—. Teniendo en cuenta tus logros académicos, creo que encajarías a la perfección. El estudio tiene un presupuesto para dos años y evalúa el efecto del cambio climático en los patrones de migración y el crecimiento poblacional de los delfines.

—Excelente —dijo Andi, con un entusiasmo inconfundible en la voz—. Encaja mucho conmigo.

—Sí, ya lo he visto en tu currículum, aunque decidiste realizar un estudio diferente para tu proyecto de fin de carrera.

¿Leones marinos, eh? Aquí en el Golfo de México, no hay leones marinos.

—Andi habría jurado que había oído un deje de pena en la voz de Marj.

Había encontrado un alma gemela, alguien que compartía su pasión por la vida marina.

—Formé parte de un programa de intercambio de estudiantes con la sede de la Universidad de California en San Diego.

—¿Con Scripps?

Andi asintió.

—Sí, con el Instituto de Oceanografía Scripps.

—¿No te desviaste mucho de tus estudios anteriores?

—Yo no lo veo así. Los primeros tres años me dediqué a la vida marina, mientras que el último año aproveché la oportunidad de estudiar su entorno en detalle, específicamente el delicado equilibrio que asegura que la rica fauna marina de la Tierra siga existiendo.

—Háblame de tu proyecto sobre los leones marinos. Tengo entendido que lo revisaron y lo publicaron. Enhorabuena.

—Gracias —respondió ella, un poco sorprendida.

Marj había hecho los deberes. Se rio por lo bajo—.

Todo comenzó por una cría de león marino que encontré muerta en la playa.

Era casi adulta y la había matado una hélice.

Ese semestre estábamos dando los patrones de contaminación y se me ocurrió hacer un estudio de las vibrisas.

Quería ver si era posible medir los niveles de tóxicos oceánicos metabolizados en los bigotes.

—Sonrió con timidez, mirando por un instante las olas que golpeaban contra el muro—.

Los leones marinos no mudan el pelo, así que, a diferencia del cabello humano, sus bigotes siguen creciendo durante toda su vida, trazando la historia de su entorno.

—Dejó de hablar un momento, recordando quién era Marj—. Pero eso ya lo sabes.

—¿Quién analizaba los bigotes en busca de toxinas? —preguntó, mientras el interés iluminaba sus ojos.

—Un laboratorio privado que trabaja para farmacias y para la policía científica.

Tengo un conocido —añadió, sintiendo que se le encendían las mejillas.

Sentía como si su estudio fuera menos valioso porque había recibido ayuda para encontrar el laboratorio donde realizar las pruebas—.

El doctor Ellefson, el forense jefe del condado de Harris, es amigo de la familia. Él me habló de ese laboratorio.

El interés de Marj se mantuvo firme, su entusiasmo era tan fuerte como el de Andi.

—¿Qué encontraste?

—La cría de león marino había estado expuesta a varios metales pesados, entre ellos hidrocarburos y plásticos.

El estudio destacó —añadió, sintiendo que se le sonrojaba la cara como cada vez que hablaba de sus logros— porque habíamos documentado unos dos años de la evolución de la contaminación del agua del hábitat de los leones marinos a través de la evolución de los bigotes del cachorro.

Como los anillos del tronco de un árbol, aunque de manera secuencial, no concéntrica.

Marj le dirigió una mirada larga llena de admiración.

—Es increíble. Esa es la manera de pensar que necesitamos incorporar a nuestro equipo.

Andi estuvo sonriendo todo el camino mientras conducía de regreso a casa desde Galveston en su Beetle rojo descapotable, cantando con la música de la radio.

Se detuvo un par de veces para llamar a Craig, pero no consiguió hablar con él.

Quería compartir la buena noticia con su marido, pero eso tendría que esperar.

Debía estar con un cliente, enseñando una propiedad o firmando papeles.

Esas eran las únicas veces en las que él no contestaba a las llamadas, ni de ella ni de nadie.

Su padre tampoco contestaba, así que le dejó un emocionado mensaje antes de volver a cantar junto a Maroon 5 y su Beautiful Mistakes .

Se sonrojó mientras dejaba que su imaginación la llevara a cómo pensaba celebrar su nuevo trabajo con Craig en la cama, tal y como sugería la canción.

Y con champán, enfriado a la perfección y servido en copas altas tipo flauta, aunque ella se conformaba con una coca cola o una cerveza bien fría bebidas directamente de la botella.

Todavía no le habían ofrecido formalmente el puesto de investigadora científica.

Pero Marj le había dicho que ella era la candidata más prometedora, que su formación académica encajaba a la perfección y que su pasión era un pasaporte casi directo para el equipo al que quería unirse.

El resto de los pasos eran solo una formalidad.

Otra entrevista con un profesor asociado, muy probablemente con el señor César, el César , como los alumnos habían apodado a ese hombre tan alto e imponente.

Ella había asistido a su clase de Fisiología Animal Comparada, y él le había escrito la carta de recomendación que le abrió las puertas para su año en San Diego, refiriéndose a ella como «su estudiante más prometedora hasta la fecha».

No le preocupaba no pasar la entrevista con el César.

Probablemente no sería más que una conversación informal entre profesor y antigua alumna, con algún consejo sobre cómo sortear los peligros de una carrera en el campo de la investigación.

Luego debería pasar una verificación de antecedentes, pero no tenía nada que ocultar o temer.

Debía rellenar unos formularios para que pudieran obtener su historial crediticio y penal.

No encontrarían nada malo. Sí, podía celebrarlo esa noche con champán porque eso hacía feliz a Craig, y si él sonreía, su mundo giraba en el sentido correcto.

La canción terminó un par de segundos antes de que doblara la esquina hacia su calle.

Ella y Craig compartían su apartamento desde que ella se mudó allí justo después de terminar la universidad.

Era un piso de dos habitaciones en la decimoséptima planta de un edificio exclusivo en Caroline Street.

Tenía sus encantos, como su cercanía inmediata al parque Discovery Green y al Toyota Center, lo que les permitía salir a caminar o ver un partido sin tener que coger el coche ni preocuparse por aparcar en el centro.