1 #2
Sacó un sobre grueso, con el interior de plástico de burbujas, y se lo entregó a Craig. Pero lo cogió Chávez con un gesto rápido y decidido.
—Tengo que revisarlo antes de que puedas verlo. Es el procedimiento.
El abogado esperaba de pie, impaciente, exudando un aroma fresco de colonia cara que deleitaba las fosas nasales de Craig, recordándole lo que había perdido. ¿Abogado patrimonial? ¿De qué patrimonio? ¿Había muerto alguno de sus padres?
Chávez tiró de la lengüeta y abrió el sobre.
—¿De quién es esto? —preguntó el recluso.
Los ojos del abogado se desviaron hacia su maletín abierto. Tal vez guardaba un bloc de notas allí.
—Es de Andrea Wilmore Brafford —respondió con calma—. Con instrucciones de que se debe entregar a usted en caso de que ella muera.
A Craig se le cortó la respiración. Intentó hablar, preguntarle cuándo le habían dado aquel sobre, pero tenía la garganta reseca y solo le salió un gemido estrangulado y áspero.
Dio un paso adelante y agarró el brazo del abogado, pero el hombre retrocedió.
Chávez le agarró el codo y él se detuvo, congelado en el sitio, sintiendo que la sangre se le escurría de la cara.
—Cálmate, ¿vale? —Chávez le soltó el brazo y sacó del sobre unas cuantas páginas dobladas escritas a ordenador.
Las inspeccionó con rapidez y luego se las entregó.
Antes de que Craig pudiera empezar a leer, el guardia miró dentro del sobre—.
Aquí hay algo más —dijo Chávez, que puso el sobre bocabajo sobre su mano y lo agitó con suavidad.
Un colgante con una cadena de plata tintineó al caer del sobre y posarse en la mano del guardia.
Cuando Craig reconoció las piedras azules, una oleada de náuseas lo golpeó con fuerza en lo más profundo del estómago mientras la habitación empezaba a girar a su alrededor.
«No. Esto no está pasando». Los pensamientos pasaban por su mente a gran velocidad.
«No puede estar pasando. Aún recuerdo lo que hice. Y sé lo que no hice».
—Muy bonito —dijo el guardia, cerrando el puño alrededor del colgante—. Pero no puedes quedártelo, conoces las normas.
—No... No... No... Por favor, déjame tocarlo un momento —suplicó, tartamudeando, con las lágrimas salpicándole las mejillas—. Déjame asegurarme de que es...
—Vale, pero solo un momento —dijo Chávez, abriendo de mala gana la palma de la mano, y dejó escapar un profundo suspiro que apestaba a mostaza, cebolla y tabaco barato.
Conmocionado, tocó la cadena con dedos temblorosos; después, el cierre desgarrado; y luego pasó el pulgar por la piedra central del colgante, como había hecho tantas veces en el pasado.
Tragó saliva, sin dejar de mirar el pequeño objeto enroscado en la regordeta palma del guardia. Era real. La pesadilla era real.
El sudor le brotó desde la raíz del pelo y empezó a deslizarse por su frente. Levantó las manos esposadas para limpiarse la ceja y se fijó en la carta que seguía sosteniendo sin darse cuenta.
Con la respiración entrecortada, hojeó las páginas en busca de algo que diera sentido a todo aquello, que respondiera a sus preguntas. No encontró nada hasta que llegó a la última página, donde el párrafo final le aclaraba todo con unas simples y paralizantes palabras.
La chica que mataste te está observando desde el paraíso, recostada en la nube número nueve con un margarita en la mano, esperando que tengas todo lo que te mereces en la vida después de que ella se haya ido. Adiós, mi amor. Tú eras el elegido.
La sangre se le subió a la cabeza en una oleada de rabia, el corazón le latía con fuerza, los puños se apretaron con tanta fuerza que le crujieron los nudillos, y la última página de la carta se arrugó y se manchó de sudor al caer al suelo.
—Andi, no... No... ¿Cómo has podido hacerme esto? —susurró.
Con los ojos clavados en el vacío como un animal herido y presa del pánico, se precipitó hacia la puerta enrejada y empezó a golpear el sucio cristal de vidrio armado con los dos puños mientras las esposas de acero se le clavaban en la carne.
—¡Dejadme salir de aquí! —gritó—. ¡Yo no maté a mi mujer, lo juro!
Repitió la frase una y otra vez, con la voz quebrada, amenazada por las lágrimas de rabia, impotencia y desesperación. La única respuesta que recibió fue el golpeteo rítmico y surrealista de otros reclusos contra los barrotes de acero, amortiguado por la puerta cerrada.
—¡Eh, basta ya! —gritó Chavez.
Pero Craig no lo oyó. Siguió golpeando la puerta, dándole patadas, y se hizo sangre en los nudillos mientras suplicaba y pedía ayuda. Incapaz de pensar con claridad, no se dio cuenta de las lágrimas que corrían por su rostro manchado.
Chávez tocó el botón de la radio que tenía en el pecho.
—Necesito asistencia aquí. —Después recogió las páginas de la carta esparcidas por el suelo, las volvió a meter en el sobre y deslizó allí el colgante, antes de doblar el sobre y metérselo en el bolsillo del pecho—. El fiscal tiene que ver esto. Es una prueba.
Las palabras del guardia le golpearon el pecho como un puño, pero él siguió aporreando la puerta con todas sus fuerzas bajo la mirada decepcionada de Chávez y la de asco del abogado hasta que cayó de rodillas, agotado, sollozando tan fuerte que no podía respirar.
—Yo no la maté, lo juro —dijo titubeando, ahogado, jadeando—. Yo... no lo hice.
Chávez se acercó a él y lo agarró del brazo.
—Cálmate, ya. Mañana tienes que ir al juzgado.
Craig miró al guardia a través del borrón de lágrimas.
—No lo entiendes —suplicó, agarrando la manga del hombre—. El colgante, ella... —Se detuvo a tiempo al darse cuenta de lo que estaba a punto de decir.
La puerta se abrió con un zumbido y el agente Mellor entró con un brillo de excitación en los ojos.
—Siete-uno-nueve, te vienes conmigo.