La chica que mataste 1
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La chica que mataste

La chica que mataste

Por Leslie Wolfe

© inepub.com

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UNA CARTA

Le habían quitado todo.

En cuestión de días, la vida de Craig Brafford había sido destrozada, puesta patas arriba y hecha trizas en pedazos irreconocibles teñidos de matices de pesadilla.

Media docena de policías habían registrado su casa en busca de quién sabe qué, sin dejar nada intacto y rompiendo cosas por despecho; él había visto las fotos.

Ahora no había nadie y la puerta estaba sin cerrar, una invitación para que los delincuentes locales la saquearan y ocuparan en cuanto su detención saliera en las noticias de la noche.

Le había rogado a su abogado, el exitoso Lamar Goodridge, que se pasara por allí para cerrar la casa con llave y activar la alarma.

—No es mi trabajo. —El hombre había respondido tranquilamente con voz grave y gélida, cargada de desprecio—.

Apenas puede permitirse mis servicios —había añadido, mientras miraba el reloj de oro que adornaba su muñeca.

El abogado cobraba novecientos dólares por hora, y Craig habría pagado con gusto por su tiempo, pero el señor Goodridge no podía permitir que lo vieran preocupándose por uno de sus clientes o haciéndoles recados.

Humillado, había bajado la cabeza y no había vuelto a mencionarlo, encogiéndose impotente ante la idea de que su hermoso hogar fuera invadido por hordas de chusma callejera.

Goodridge había aceptado su caso gracias a un considerado anticipo que había dejado vacías las cuentas de Craig.

Aun así, Goodridge seguía frunciendo el ceño cuando lo miraba, como si ver al recluso vestido con un mono naranja fuera de alguna manera ofensivo, como si nunca hubiera visto a un preso.

Tal vez Goodridge se preguntaba si Craig podría pagar sus facturas legales cuando terminara su calvario.

O quizá intentaba adivinar si su cliente lo había hecho o no, aunque lo primero que el propio Goodridge había dicho en su primer encuentro había sido:

—No me importa si es usted inocente o no; se merece la mejor defensa que el dinero pueda pagar.

Es decir, su dinero. Todo lo demás... —Dejó que la palabra se desvaneciera en el silencio, acompañado de un encogimiento de hombros y de un gesto de la mano que transmitía su indiferencia por todas las personas potencialmente inocentes que no podían permitirse una representación legal decente y que perderían su libertad solo por esa razón: no ser lo bastante ricas. Aunque fueran inocentes.

Su abogado era muy engreído. Rara vez trabajaba en casos pro bono y, cuando lo hacía, solo representaba a gente de Sunnyside, el barrio donde había nacido y crecido en la más absoluta indigencia.

Él llamaba a esa preferencia no oficial: «Un tributo a sus ancestros».

Ya fuera un cliente pro bono o de pago, sus ojos inquisitivos parecían perforar la mismísima alma de quien se sentara frente a él, y se le escapaban muy pocas cosas.

Probablemente por eso cobraba tanto y por eso rara vez perdía un caso.

Por culpa del adelanto, se había quedado sin dinero para la fianza; Craig no tenía ni un centavo, ni en efectivo ni a crédito.

La fianza de quinientos mil dólares bien podría haber sido de cinco millones.

Demasiado orgulloso y demasiado avergonzado para pedir ayuda a la gente adinerada que conocía, se preparó para pasar varias semanas en confinamiento.

Con un rápido golpe de martillo, el juez decretó su prisión preventiva y su abogado se encogió de hombros ante su preocupación por el tiempo que tendría que pasar entre rejas a la espera de juicio.

Luego lo llevaron a la penitenciaría Houston Southeast Jail, donde lo encerraron con el resto de los presos.

Había supuesto que la « inocencia hasta que se demostrara la culpabilidad» se aplicaría de algún modo a su tiempo en prisión.

Estaba muy equivocado. Con la rapidez y eficiencia de una cinta transportadora mecánica, el sistema le había despojado de la dignidad que le quedaba, lo había empujado y examinado, infligiéndole dolor físico cada vez que no seguía las normas, y le había asignado un número sin dedicar ni un instante a considerar su presunta inocencia.

Ahora era el prisionero número cinco-tres-tres-siete-uno-nueve.

El número resonaba en su cabeza, como el estribillo obsesivo de una canción no escrita de la que no podía librarse, el epítome de su dignidad perdida, de su identidad a punto de desaparecer y de su libertad embargada.

Pálido y sintiendo sus entrañas atadas en un nudo permanente de angustia y miedo, había agachado la cabeza y aguantado, día tras día, esperando, deseando, recitando el mantra involuntario que había quedado atrapado en su cerebro.

«Cinco-tres-tres-siete-uno-nueve».

Ahora era solo eso. Se había convertido involuntariamente en cinco-tres-tres-siete-uno-nueve y enseguida se había dado cuenta de que era mucho mejor aceptarlo que luchar, que rechazar su nueva realidad y sus muchos insultos y heridas, todo en nombre de un precepto que solo parecía tener valor en las películas.

No era verdad que todo el mundo era inocente hasta que se demostrara su culpabilidad.

En la cárcel, él era culpable. Así de simple.

A nadie le importaba que él se estuviera pudriendo en aquel infierno, olvidado por todos, ahogado en su rabia y su vergüenza.

Acabar en ese sitio... Eso no debería haberle ocurrido. A él no. Jamás.

No encajaba allí. La figura atlética pero esbelta, de casi un metro ochenta, no era un testimonio de miles de horas pasadas levantando pesas en el gimnasio, como la mayoría de sus compañeros de cárcel.

Las manos, finas y nervudas, con dedos largos y uñas limpias, daban fe del estatus de ejecutivo que tanto le había costado conseguir.

La frente alta, el cabello peinado hacia atrás, los rasgos delicados y los profundos ojos color avellana lo presentaban como un hombre carismático y atractivo, una cualidad que siempre había valorado de sí mismo, pero que había comenzado a temer desde el día que había puesto un pie en la penitenciaría Houston Southeast Jail.

Allí, el denominador común de todo era el miedo. Un miedo primario, animal, incesante.

Sin embargo, ya habían pasado tres semanas, con una lentitud inquietante, mientras aprendía a responder cuando le llamaban «siete-uno-nueve» o «recluso».

Había descubierto que algunos de los guardias no eran más que personas normales y corrientes ganándose la vida, mientras que a otros les encantaba infligir dolor a los presos que tenían bajo su control.

Como E. Mellor, el funcionario de prisiones de dos metros y unos ciento cuarenta kilos, que tenía un brillo sádico en los ojos y una sonrisa que le estiraba los labios sobre unos dientes rechinantes como el gruñido de un depredador.

A veces, Mellor deslizaba la mano por la punta de su porra de goma en un gesto obsceno que no prometía nada bueno al recluso que no bajara la mirada y no le pagara.

El oficial E. Mellor —a saber lo que significaba la E de su placa— le había quitado a Craig los últimos dólares que tenía cuando llegó a la penitenciaría y había seguido exigiendo más de una fuente que ya se había secado.

Esa noche, al menos, Mellor no estaba a la vista; el guardia que recorría los pasillos era un latino mayor, N.

Chávez, según su placa. La piel se le había oscurecido por años de fumar tabaco barato y la barriga cervecera, que hacía que los botones de su camisa estuvieran a punto de salir disparados como si fueran semillas de sandía escupidas, anunciaba cirrosis en un futuro cercano.

Ojeras y un bigote manchado y canoso completaban el retrato del único guardia que aún no le había puesto una mano encima desde que estaba allí encerrado.

Los demás —Mellor más que ninguno— lo habían empujado contra la pared o le habían dado con las porras en los riñones de pasada, solo para enseñarle cómo funcionaban las cosas. Solo porque querían.

Una transmisión distorsionada salió de la radio de comunicación en la solapa de Chávez, y él respondió rápidamente con un código numérico; luego se dirigió a la celda de Craig con un gruñido y una expresión de frustración en el rostro.

Craig se levantó y se acercó a los barrotes, que agarró con dedos fríos, sudorosos y temblorosos.

—Las manos —dijo Chávez, para indicarle que se diera la vuelta y metiera las manos por la abertura que había en los barrotes. Luego le puso un par de esposas en las muñecas a Craig; el contacto del metal frío le provocó escalofríos por la espalda—. Ha venido a verte tu abogado —añadió Chávez.

Craig enarcó las cejas.

—¿Ahora? —Goodridge había estado allí esa mañana, preparándolo para el día siguiente, el tercero de su juicio.

Chávez se encogió de hombros. Sujetándolo del brazo, lo sacó de la celda y lo condujo por el pasillo hacia una de las salas de visita.

—¿Por qué estás aquí?

—Yo no hice nada, lo juro —respondió, con la voz triste, derrotada.

Una risotada surgió de la celda por la que acababan de pasar.

—Otro hombre inocente en la cárcel —anunció en alto una voz gutural con un fuerte acento guatemalteco, y enseguida los demás reclusos empezaron a gritar, a decir obscenidades y reírse a su costa.

—Aquí nadie es culpable de nada —dijo Chávez, con bastante sarcasmo en la voz—. Ni siquiera los que aceptan acuerdos. —Le lanzó una mirada rápida y luego se encogió de hombros, como si hubiera decidido que ya no le importaba una mierda.

—Por asesinato —contestó, bajando la voz—. Dicen que maté a...

—Venga, entra ahí —dijo Chávez, empujándolo con suavidad hacia la sala. La puerta emitió un zumbido y se cerró tras ellos.

Un hombre con traje a medida y zapatos caros se levantó en cuanto entraron.

Craig se giró hacia Chávez.

—Este no es mi abogado.

Chávez lo miró boquiabierto y cogió la radio.

El abogado levantó la mano.

—No hay ningún error. Soy Arthur Flanagan, abogado patrimonial —dijo, antes de sacar una tarjeta de visita de un tarjetero y entregársela. A continuación, abrió su maletín—. Tengo una carta para usted.