La chica perdida en París Capítulo 49
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Capítulo 49

Angéline

Perfume:

Le Bel Ange

Jazmín, rosa, cedro

Una multitud de reporteros me bombardea a preguntas, rodeándome en un círculo estrecho cuando llego al Hospital Universitario.

Me da vueltas la cabeza. El pánico me aprieta el corazón.

Nunca soñé que mi historia suscitaría tanto interés en Estados Unidos.

Salgo en todos los noticieros vespertinos con fotos glamurosas mías en París, intercaladas con imágenes en blanco y negro de los campos de concentración y presentadores informando sobre mi asombroso reencuentro con mi nieta.

Emma .

Ha estado al teléfono sin parar con su padre y el hospital.

Está en una situación crítica. Me sujeta, me anima el espíritu con su sonrisa cautivadora, mientras Ryker abre paso delante de nosotras, siempre vigilante por si surge algún problema.

No pienso rehuir ninguna polémica, pero más vale que nadie intente impedirme ver a mi hija.

El vuelo en el Concorde desde París transcurrió sin contratiempos, con muchas manos entrelazadas, susurros, luego oraciones y café caliente.

En tantas ocasiones sentí la presencia de Lance , su fuerza y su arrojo recordándome que soy más fuerte de lo que creo, que la edad nada tiene que ver con lo que Emma llama «pura vitamina» y que soy una vieja de armas tomar.

¿Lo oyes, Mon amour ? Ojalá estuvieras aquí conmigo para conocer a tu hija.

Al aterrizar nos escoltó la policía local hasta una limusina; el tráfico denso aumentaba la tensión.

No puedo creer el interés del público estadounidense por seguir la pista a una parfumeuse francesa que corre a ver a su hija moribunda.

He pedido privacidad, pero aquí soy noticia y el revuelo no cesa.

Emma me asegura que sus compañeros de WJJR rezan por nosotras y mantendrán una distancia respetuosa aquí en el hospital, y le pedirán a ella actualizaciones. Les he prometido una exclusiva cuando esté preparada.

Por ahora, quiero ver a mi niña. Naomie Fleurine .

Para su familia, Judy . Mi bebé hecha toda una mujer.

No puedo contener las lágrimas mientras nos conducen a su habitación privada.

Ojalá Lance estuviera aquí para conocer a su hija.

Lo echo de menos más que nunca: su firme seguridad serena dándome valor.

Mi largo viaje no ha terminado… lo más difícil está a punto de empezar.

Sé que estás aquí, mamá.

No te vayas. Te necesito.

Emma

— Maman est ici, ma petite … Mamá está aquí —susurra madame , tomando la mano de mamá entre las suyas.

Ojos cerrados, conectada a las máquinas que emiten pitidos, el olor a antiséptico y a un falso limón con lejía empapa el aire del sistema de ventilación.

Mi madre no se mueve, ni siquiera el dedo meñique.

Un suspiro pesado se escapa de los labios de madame .

Se me parte el corazón en dos; me duele hasta el fondo que estas dos mujeres tengan que conocerse así.

Las enfermeras se quedaron boquiabiertas cuando entramos en la habitación privada, abriéndole paso a madame como si visitara la realeza.

Sonrío. Lo es. Es la mujer más valiente que he conocido, junto con mi madre, que atendió a soldados heridos en condiciones de combate…

Dos mujeres fuertes que por fin se están conociendo.

Madame abrazó a mi padre, y lo besó en ambas mejillas.

Luego se irguió, solemne, cuando conoció a mi abuelo, el capitán del Ejército de Estados Unidos que salvó a su bebé y la trajo a este país.

Le expresó su gratitud con un abrazo enorme, y fue la primera vez que vi a este militar enjugarse una lágrima.

Él estaba deseoso de contar su historia: estaba redactando un informe sobre los bebés nacidos en Dachau …

Increíblemente, encontró cuatro más además de los húngaros cuando una joven con un uniforme de prisionera hecho trizas exigió ver al oficial al mando: había salvado a un bebé de las SS cuando dispararon a la madre.

Y el padre del bebé era estadounidense.

La única identificación de la niña era una cinta azul deshilachada atada a su muñeca rolliza.

Mi abuelo nunca me lo contó porque no le pareció importante.

Mientras asimilo esta nueva información, relata cómo la prisionera insistía en que la madre de la niña era polaca, mascullaba un nombre que mi abuelo no llegó a entender y confirmaba lo del padre americano.

Los nazis habían destruido tantos registros en los campos que fue imposible verificar su historia.

Como la madre había muerto, los mandos no siguieron investigando pero, de buena fe —y para evitar mala publicidad—, concedieron a mi abuelo permiso para adoptar a la niña.

A ambos les queda mucho por ponerse al día, pero por ahora madame quiere pasar cada minuto con su hija.

Al ver la expresión terca surcarle la frente, sabiendo lo vulnerable que está, tengo que decir algo, lo que sea, para darle esperanza.

—Ella la oye, madame .

Madame de Cadieux me mira.

—¿Cómo puedes estar segura?

—Está llorando.

Inclino la cabeza y masajeo los hombros de mi madre como hacía cuando volvía de su turno en el hospital de veteranos, agotada pero feliz de ayudar a los soldados a los que adoraba. Cerraba los ojos y las lágrimas le corrían por las mejillas, perdida en recuerdos de guerra y sufrimiento.

Ahora lo entiendo.

Contengo mis propias lágrimas; los sentimientos se me desbordan.

Llevamos un buen rato sentadas a su lado, con madame hablándole en su precioso acento francés, diciéndole quién es, lo que le pasó en los campos, Auschwitz y Dachau , la noche en que nació en una caseta de madera, cómo la obligaron a entregar a su bebé por culpa de una cruel guardiana de las SS cuando los aliados bombardearon su tren y luego cómo huyó, adentrándose en el bosque con las balas silbándole alrededor.

Y después cómo la buscó cuando los soldados americanos la llevaron al campo principal de Dachau para el registro.

No había rastro de una SS con un bebé… El dolor que eso le ha causado todos estos años.

Después, cómo di con ella y ella descubrió que yo era su nieta y el viaje que hemos hecho juntas, que nos ha traído de vuelta hasta ella.

Un velo de sudor cubre la frente de mi madre y los labios le tiemblan. Madame se inclina aún más y la ilumina la sonrisa más hermosa.

—Sí, soy tu mamá. —Pausa. Los labios de mamá vuelven a moverse—. No, ma petite , me quedo aquí mismo.

Mamá parece tan en paz… Tiene los ojos cerrados, los rasgos suaves y lisos, la belleza intacta, el pelo claro crecido…

Lleva la chaquetilla acolchada de satén rosa que le regalé.

Papá contó que ella les dijo a las enfermeras que no se la quería quitar…

Fue antes de entrar en este estado semicomatoso final.

Permanecemos a su lado cada día durante dos semanas… Las enfermeras van y vienen, toman las constantes vitales, ajustan medicación… Mamá recobra la consciencia dos veces y luego se desvanece. Madame le cuenta más historias de París, de sus perfumes… y siempre, cuánto la quiere.

Y entonces, una mañana lluviosa, cuando un frío húmedo llena la habitación, mamá exhala su último aliento.

Todo queda en silencio. El olor a lejía y antiséptico se disipa con nuestras lágrimas saladas.

El único aroma que queda en el aire es una lavanda avainillada suave.

Un aceite esencial que froté en las manos de mi madre.

Madame tiembla sin control cuando la enfermera confirma su fallecimiento, pero no suelta la mano de su hija, le seca la frente. Los ojos, solemnes, se le encogen hasta ser puntitos, el color avellana oscurecido. La barbilla le tiembla…, pero son sus palabras las que nunca olvidaré.

—Mi hija está contigo ahora, mamá, el círculo se ha cerrado. La tuve en brazos cuando llegó a este mundo en el campo y dio su primer aliento. Doy gracias a Dios por estar aquí cuando da el último.