La chica perdida en París Capítulo 42
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Capítulo 42

Angéline

Perfume:

Emma Everlasting

Mandarina, rosa Louis - Philippe , almizcle

—Adelante, madame de Cadieux , cuéntenos los años de la guerra y cómo perseguía nazis.

Alzo una ceja.

—No perseguía nazis, monsieur , ellos me perseguían a mí.

Mi entrevista en la televisión no va nada bien.

Ay, mamá, ¿por qué accedí a dejar entrar esta productora estadounidense en mi château ?

Emma me aseguró que no duraría más de tres días.

Ya llevamos cinco. Con la lluvia torrencial fuera, el equipo deja el suelo de dentro con más barro de lo que he visto en cincuenta años.

El corazón me late con fuerza mientras aliso la lana de mi abrigo negro. Sí, ese abrigo. Lance localizó a Fräulein Schmidt y la «convenció» de que lo entregara.

—Llevaba este abrigo cuando la Gestapo me acorraló en un cementerio de Montmartre . Apenas logré escapar. Mi amiga Yvette no. Murió en una prisión nazi.

—Uf… es toda una historia, madame —dice el director, pasándose la mano por la cara—. No era lo que esperaba.

—¿Y qué esperaba, monsieur ?

—Ya sabe… persecuciones de coches por las calles de París, con los nazis pisándoles los talones. Intriga. Romance. Casablanca y café au lait .

Suelto un suspiro largo.

—En París no había coches durante la guerra, monsieur . Los alemanes se llevaron la gasolina.

—Quédese ahí, madame . Tengo una idea. —Frustrado, el director grita—: ¿Dónde está ese experto en historia?

—Aquí, señor.

Un acento británico impecable y un exceso de colonia. Almizcle cítrico con demasiada vainilla dulce. No me gusta este tipo.

El respetable señor P. R. Kendall se sienta conmigo y empieza a disertar sobre los orígenes del socialismo nazi, el plan maestro de Hitler y cómo el Alto Mando requisó residencias privadas como mi château —lo cual no ocurrió—, pero no me atrevo a interrumpir y arruinar la toma.

Todo el equipo nos observa: iluminación, sonido, maquilladora, figuristas.

Parecen aburridos. Yo también lo estaría si tuviera que escuchar estas sandeces.

Lo único que me hace soportar esta entrevista es saber que el director la intercalará con imágenes del relanzamiento de Le Courage y metraje de la Segunda Guerra Mundial en París.

La campaña fue un éxito rotundo. Mujeres de todo el mundo nos escribieron diciendo que Le Courage las inspira a ser quienes son.

Que les encanta la idea de compartirlo y transmitirlo, como hicimos en 1943.

Emma insiste en que el público quiere verme más, así que aquí estoy, aunque este historiador estirado no alcanza ni de lejos la superficie del dolor y el sufrimiento de aquellos años.

Entiendo que eso no vende jabón —como dice mi nieta—, pero necesitamos algo que conmueva, que inspire… , no esta lección insípida.

Por cierto, ¿dónde están Emma y Ryker ?

Es raro verlos separados, y no pude alegrarme más cuando anunciaron oficialmente sus planes de boda.

Por supuesto, insistí en que la ceremonia se celebrara aquí, en el château .

Les recuerdo que no soy demasiado vieja para ser bisabuela.

Se me encoge el corazón al recordar a mi querida hija, Naomie Fleurine — Judy para los suyos—.

Durante tantos años tuve un vacío en el alma, pero todo encajó cuando la tomé de la mano.

Le debo a Emma y a su loca y obstinada idea haberla encontrado.

Si no hubiera sido tan testaruda, jamás habría recuperado a mi niña.

Doy gracias a Dios cada día por haber tenido la oportunidad de estar con ella.

Espero que Emma me visite a menudo después de casarse con mi apuesto guardaespaldas.

Piensan dividir su tiempo entre París y Nueva York.

Ryker me ha prometido el mejor equipo de seguridad del sector cuando no esté aquí: exagentes del MI6 que le reportarán directamente.

Antes de ponerme a planear una boda, tengo que terminar esta entrevista. Tomo el frasco de Le Courage que hay sobre la mesa mientras el historiador sigue con su discurso.

—La vida en el campo de concentración era difícil —dice mirando a cámara—.

A los prisioneros se les daban uniformes que no les quedaban bien, sufrían racionamiento de comida…

y no tenían papel higiénico. —Esboza una sonrisa.

Me gustaría verle el trasero sentado sobre un agujero abierto, junto a otros noventa y nueve presos refunfuñando—.

Los guardias de las SS adiestraban perros para disciplinar a los prisioneros y las palizas eran habituales.

Sigue parloteando como un manual humano mientras yo niego con la cabeza, hasta que no puedo más.

—Basta, por favor. Esto está mal, horrorosamente mal.

—Le aseguro, madame —replica, ofendido—, que mis datos son precisos.

—Suena usted como un autómata.

— Madame de Cadieux —interviene el director—, el señor Kendall es un experto en historia europea de los campos de la Segunda Guerra Mundial.

—¿Ah, sí? —Alzo las cejas—. Yo estuve allí. Él, no. —Me vuelvo hacia el historiador, que se ha puesto rojo como un tomate—. Respeto su conocimiento, monsieur , pero no tiene ni la menor idea de lo que fue la vida en los campos. Si la tuviera, estaría llorando a mares.

Aprovecho el momento, imaginando que me despedirán después de este arrebato.

¿Pueden hacerlo?

Ahora que he empezado, no puedo detenerme.

—Durante años, al recordar mi cautiverio en Auschwitz y Dachau , creí que le había pasado a otra persona.

No podía ser yo quien lo hubiera vivido, porque era demasiado cruel y doloroso para recordarlo.

Olfatear ollas sucias para conseguir una lamida de guiso o un tarro desechado de mermelada de frambuesa para que tu lengua no olvidara el sabor.

Hurgar en la basura de la cocina de las SS en busca de mondas de patata que comer.

Los retretes abiertos, los cadáveres apilados.

El hedor, la inmundicia… Al final, te adaptabas o no sobrevivías.

—Uf…, estaba equivocado, madame , discúlpeme —musita el director—. Continúe, por favor. Nuestros espectadores deben oír la historia real de lo que le ocurrió en los campos. Sigan grabando, Mac .

Asiento y aclaro la garganta.

—Nunca olvidaré la humillación. Ya no tienes nombre.

Eres un número. Y luego están las pequeñas cosas…

, los detalles que definen la vida en los campos y que jamás se olvidan…

Cómo las SS te seleccionan para el trabajo o para la muerte.

Si te mandan a la izquierda, mueres. A la derecha, vives.

Por un tiempo. En Auschwitz te tatúan el número en el brazo izquierdo, la tinta se mezcla con tu sangre al pincharte la piel con la aguja larga.

Me remango el abrigo y muestro mi número al público. Con una Z. Por primera vez en público. Me siento lo bastante segura para mostrarlo gracias al apoyo de mi familia.

—Luego vienen las duchas, donde los hombres de las SS te observan desnuda, evaluando tu valor según si los pechos te cuelgan o no, mientras una prisionera te afeita cada pelo del cuerpo.

El uniforme fino que te cuelga con el número de identificación cosido.

La estrella o el triángulo amarillos que marcan tu condición.

Los pies siempre hundidos en el barro, la lucha en la oscuridad absoluta por encontrar un sitio donde dormir en los barracones, pelear por una litera del tercer nivel porque arriba se respira mejor.

Robar un trapo para cubrirte la cabeza, porque, cuando te rapan, no imaginas cuánto frío se pasa.

A medida que pasan las semanas, los meses, sin apenas comer, luchas por no rendirte.

Aprendes a comerciar con tu ración diaria de pan y, aun así, las selecciones continúan.

Quién vivirá, quién morirá. Lo que más me duele es ver a los niños enviados a la cámara de gas sin sus padres.

Solos. Asustados, llorando y llamando a sus mamás. Se me rompía el corazón.

Hago una pausa. Silencio. Nadie se mueve. Pero no he terminado.

—El miedo a morir en los campos nunca se apaga.

Ruegas no convertirte en uno de ellos, los que pierden las ganas de vivir.

Ves las señales: la mirada vacía, la forma en que arrastran los pies…

y un día no aparecen en la formación. Y lo sabes.

Aunque logres sobrevivir, nunca recuperarás lo que tenías.

Das gracias y haces lo posible por seguir adelante.

Porque, por terribles que sean las cosas, quieres vivir un día más.

Y yo lo he hecho. Soy una de las afortunadas.

Tengo a mi familia, mis perfumes y mi jardín, un lugar donde siento el sol en el rostro y el aire huele dulce y puro.

Llegué a casa. La vida es buena… Estoy a salvo.

Nunca debemos olvidar el Holocausto, mes amis, pero tampoco debemos permitir que vuelva a suceder.

El equipo estalla en un aplauso espontáneo que dura varios minutos.

Asiento en señal de gratitud, las lágrimas asomándome, el corazón cantando porque, por fin, soy libre.

No de los recuerdos —ellos siempre estarán conmigo, como debe ser—, sino del miedo, de la frustración de que nadie me escucharía. Nadie me creería.

Lo han hecho. Merci .

Veo a Emma y a Ryker al fondo, él con el brazo alrededor de ella, mi nieta llorando mientras hablo. Son como nosotros, Lance . Locos de amor. Rezo para que tengan tantos años felices como tuvimos nosotros… y cien más.

Me pongo unas gotas de perfume en las muñecas y aspiro el aroma delicioso.

Melocotón y limón, rosa blanca aterciopelada, musgo de roble.

—Conservé una cinta azul impregnada de Le Courage en los campos.

Me recordaba que el arte del perfume se asemeja a la vida.

La nota de salida es el presente, efímero.

La nota de corazón es el pasado, los recuerdos que enriquecen el alma.

Y la nota de fondo es el futuro…, eterno —digo mirando a cámara—.

Y ahora voy a abrazar a mi nieta y a planear su boda mientras nos sentamos en mi jardín y respiramos el perfume de las rosas que inunda el aire.

La vie est bonne, n’est-ce pas? —Sonrío a cámara—.

Soy Angéline de Cadieux , nariz principal de la Casa Doujan —recalco—. Bonne nuit, mes amis . Buenas noches.

—¡Corten, toma buena! —grita el director, secándose el sudor de la frente.

Emma corre hacia mí y me abraza; luego me susurra al oído, con su dulce aliento a menta y besos:

—Ha estado increíble, madame .

Ryker asiente.

—Es un honor trabajar para usted, madame . —Se vuelve hacia mi nieta—. Tú también eres parte de mi trabajo, Emma ; al fin y al cabo, eres familia.

—¿Eso significa que puedo darte órdenes? —bromea ella.

Él sonríe.

—Significa que no te librarás de mí.

—Puedo vivir con eso.

Le rodea el cuello con los brazos y lo besa largamente. La simple alegría de verlos juntos, la maravillosa complicidad que comparten, me calienta el corazón.

Suspiro.

—Hacéis que esta vieja se sienta joven otra vez.

Me reclino, cierro los ojos y veo a mamá y a Lance . A Yvette y al profesor Zunz . Y a mi niña, sonriéndome.

Estaré aquí todavía un tiempo. Mientras mi familia me necesite.