La chica perdida en París Capítulo 48 #2
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Capítulo 48 #2

Me toma la mano, con lágrimas empañándole los ojos.

—Anunciémoslo juntas. Que sea un asunto de familia.

Angéline

— Mesdames et messieurs , señoras y señores de la prensa —anuncio en francés y en inglés—, bienvenidos a la Casa Doujan . Soy Angéline de Cadieux , parfumeuse . O, como me llaman en el laboratorio, la nariz jefa.

Risas.

—He convocado esta rueda de prensa para anunciar una iniciativa emocionante…

Es una fragancia que tuve el privilegio de lanzar durante la guerra, cuando las parisinas necesitaban un perfume para sanar el ánimo, para darles esperanza…

—Hago una pausa dramática y busco la mirada de Emma .

Intenta sonreír, pero le tiembla el labio inferior.

Se ha quedado en shock cuando he revelado mi conexión con ella.

Yo sigo tambaleándome por la noticia sobre su madre.

Me golpeó como un puñetazo en el estómago.

Mi niña, estoy segura. Me necesita. Cómo hemos llegado hasta aquí es lo que no comprendo.

Carraspeo—. Relanzamos Le Courage , un perfume que creé en los días oscuros de 1943.

Aplausos, vítores.

—Como muchas mujeres, yo también me vi atrapada preguntándome si se me valoraba a mi edad, si tenía el coraje de seguir durante mis propios días oscuros.

Entonces esta encantadora mademoiselle entró en mi vida cuando más la necesitaba.

Le debo mi nuevo espíritu al coraje y dotes de investigadora de mi nieta, mademoiselle Emma Keane , de Nueva York.

La cara de asombro de Emma no tiene precio.

Murmullos, flashes de cámaras. Preguntas que vuelan.

Me vuelvo hacia los reporteros, con las mandíbulas desencajadas, y otra andanada de flashes en la cara.

— Merci , mes amis , por venir hoy; espero verles en el relanzamiento de Le Courage . Hasta entonces, à bientôt . Mi nieta y yo tenemos un avión que coger.

Sonrío, les prometo una nota de prensa explicándolo todo y alguien descorcha el champán, dando por terminada la entrevista.

Brooke Hansen apura una copa y planta sus pies delante de mí.

—Es una farsante, madame de Cadieux —espeta con su habitual desparpajo—. Le ha mentido, le ha contado una patraña para ganarse su confianza.

Alzo el mentón, desafiante.

—No lo creo.

—Entonces crea esto — Brooke está en racha—: entrevistó a una mujer que decía conocerla de Dachau … La exprimió para obtener información y poder acercarse a usted y sacar una exclusiva sobre su tiempo en los campos durante la guerra.

Miro a Emma .

—¿Es cierto, mademoiselle ? —Sé que hizo la entrevista, pero quiero oír su versión.

—Sí, hablé con una mujer en una residencia para un reportaje sobre supervivientes del Holocausto…

Padecía demencia; la memoria se le iba al pasado con momentos tan vívidos y claros, como si fueran de ayer, y se hacía llamar Luise .

Cuando le pregunté si conocía a una prisionera polaca que había tenido un bebé, se puso nerviosa y empezó a divagar sobre una francesa y su hija.

Una parfumeuse . No pude corroborar su historia y no seguí por ahí, aunque quise.

Seguí buscando a una superviviente de los campos que pudiera haber conocido a mi abuela…

por eso la busqué a usted, madame : porque estuvo en Dachau al mismo tiempo.

Cualquier cosa que pudiera contarme ayudaría a mi madre a encontrar paz.

Jamás se me ocurrió que fuera mi abuela hasta que usted me contó la historia real de Luise .

Creo que le mintió a mi abuelo para proteger a su niña.

Siento un instante de esperanza: ojalá sea verdad, pero es probable que nunca sepamos toda la historia.

—Cuando los soldados americanos me rescataron —añado—, yo estaba desesperada por encontrar a mi bebé.

Les conté que una mujer de las SS me la había robado, así que no tenían motivos para interrogar a prisioneros.

Me mantuvieron en una unidad médica hasta que estuve lo bastante fuerte para viajar; luego fui a Dachau y busqué a Luise , pero había desaparecido.

Después de lo que me has contado, creo que se salvó a sí misma y a mi bebé poniéndose un vestido de prisionera.

¿Por qué no? A las mujeres en Dachau no las tatuaban, ella estaba delgada…

consumida… y, al cortarse el pelo, ¿quién iba a saberlo?

Pasó desapercibida, rezando para que nadie la reconociera como SS, y escapó disfrazada de prisionera.

—Lo que me asombra, madame —añade Emma —, es que tenía la respuesta y no la vi.

Cuando vino a Nueva York, pensé en intentarlo una vez más para saber si usted era aquella francesa y si se cruzó con mi abuela, pero tenía que acercarme a usted, saberlo todo.

Si soy culpable de algo, madame , es de querer saber la verdad.

— Mon Dieu . Claro que no tenías idea de quién era Luise .

—No hasta que hice la conexión cuando, en Kaufering , me habló de la mujer de las SS con ese nombre. Entonces estuve absolutamente segura de la relación entre nosotras. — Emma se vuelve hacia la reportera—. ¿Contenta, mademoiselle Hansen ?

—No —rezonga Brooke —. No tienen una prueba definitiva de que estén emparentadas.

—¿Qué más necesita? —la desafía Emma .

—Una prueba de ADN.

—No será necesario, mademoiselle . —Noto que se me curva la boca; en cualquier momento enseño los dientes de la rabia. La intromisión de esta mujer tiene que acabar ya—. No me cabe duda de que mademoiselle Emma Keane es mi nieta —digo con firmeza—, y no necesito ADN para probarlo.

—¿Cómo puede estar tan segura? — Brooke frunce el ceño.

— Emma Keane es una nariz, mademoiselle , y una brillante conocedora del perfume, como yo. Nada me parece más concluyente que eso.

Ella pone mala cara, se da la vuelta sobre los talones y se larga dando zapatazos. Adiós, muy buenas.

Virgen santa, he removido el avispero y no se sabe a dónde nos llevará esto. Cuando veo la sonrisa agradecida de Emma , me alegro, y mucho, de haberlo hecho.