Capítulo 48
Emma
Perfume:
Velvet Nights
Amapola azul del Himalaya, jazmín, ámbar gris
La historia dista mucho de haber terminado.
Solo puedo conjeturar lo que ocurrió cuando el tren de transporte llegó a Dachau .
De algún modo, Luise le arrebató de las manos a aquella mujer de las SS, Berta, el bebé de madame , pero a partir de ahí aún estoy recomponiendo el hilo.
Necesito oír otra vez la versión de mi abuelo.
Además, Granger quiere una biografía de madame de Cadieux cuanto antes.
Dice que el interés por su historia está creciendo en todo el mundo y quiere ampliar la entrevista para que no sea un artículo blandengue.
Sus palabras, no las mías.
Y eso nos trae a este momento. Hemos vuelto a París.
Los tres. Ryker está al lado de madame mientras nos preparamos para la rueda de prensa de hoy en la Casa Doujan , pero sus ojos están puestos en mí.
No hemos tenido mucho tiempo para hablar desde que regresamos de Dachau , pero hemos forjado un nuevo vínculo entre nosotros.
Parece que los dos somos demasiado testarudos y necesitábamos a una mujer sabia como madame para juntarnos.
Ahora toca ayudarla. Hoy es el día en que le contaré a madame mi vínculo personal con Dachau y que, de algún modo, creo que lo que Luise le dijo a mi abuelo fue una mentira, una forma de proteger al bebé de madame para que aquella mujer de las SS no la encontrara jamás.
Le contaré que creo que soy su nieta.
Oscilo entre la esperanza y la desesperación, el coraje y el miedo. Hay algo más.
Es mamá.
Me necesita. Me carcome una culpa enorme por no estar ya en un avión de vuelta a Filadelfia.
Anoche, cuando llamé a papá para saber de ella, rompió a llorar.
Las noticias no son buenas. Mamá entra y sale de la conciencia y su cuerpo está perdiendo la batalla.
El cáncer se ha extendido. Se me hiela la sangre cada vez que pienso en mi hermosa madre postrada en una cama de hospital, el cuerpo devastado por un enemigo contra el que no puede luchar.
Aun así, tengo que ver esto hasta el final. En cuanto cerremos la rueda de prensa, volaré a casa y rezaré para poder convencer a madame de que venga conmigo. No puedo probar mi teoría, pero madame necesita saberlo antes de que sea demasiado tarde.
Hasta entonces, no puedo dejar traslucir la locura que me desgarra por dentro.
Madame está tan ilusionada como una niña en su primer recital de ballet; me promete un «gran acontecimiento» y el «remate perfecto» para mi historia (¿me ha escuchado a mí esa expresión?).
Recorro la famosa perfumería con paredes de seda marfil acanalada, mullida alfombra roja y un medallón art déco elevado en el techo.
Dos grandes escaparates dan a la rue Saint - Honoré , con luz natural para lucir las preciosas exposiciones de los perfumes de madame .
Naomie ’s Dream .
Angéline .
Y.
El decorado es puro lujo. Méridienne de terciopelo azul Naomie , butacas Luis XIV en terciopelo blanco…
y una mesa redonda napoleónica al centro.
Madame revolotea por la tienda, espantando a las dependientas que se mueren por mirar bajo la carpa de seda que oculta el expositor especial, un secreto que desvelará en la rueda de prensa de hoy.
Ni a mí me lo cuenta. No puedo esperar.
—Lo hemos conseguido, Emma , gracias a ti —dice madame , mientras se alisa el vestido de lamé plateado, una única rosa roja húngara prendida al hombro, guantes blancos.
Lleva el pelo rojo recogido con un flequillo pluma.
Nadie luce el glamour como madame , pero sigo viendo a aquella fogosa chica romaní de faldas crujientes y enagua roja, con las pulseras tintineando.
Luego a la sofisticada parisina con el abrigo negro trenzado de Yvette .
A menudo me pregunto si aquel abrigo sobrevivió a la guerra.
—¿Lo hemos conseguido? —pregunto, sin entender—. ¿Qué quiere decir, madame ?
—Que puedo soltar el pasado y abrazar aquello a lo que dediqué la vida.
—Se vuelve hacia mí con los ojos brillantes—.
Estuve a punto de perderlo porque dejé que la soledad me gobernara, en lugar de abrirme a nuevas aventuras.
—Me hace la V—. Por eso estamos aquí hoy.
Para agitar las cosas, como decís los americanos.
—Antes de que prenda fuego al mundo, como también nos gusta decir a los americanos —bromeo—, me queda una pregunta.
—Cojo mi bloc amarillo por última vez; me hormiguean los dedos.
¿En serio ya me estoy poniendo nostálgica y aún no hemos terminado?
—. Cuénteme cómo llegó a lo más alto como parfumeuse tras la guerra.
Quiero oírlo de usted, no sacarlo de una nota de prensa.
—¿De veras?
—Sí. Por favor.
Aspira hondo.
—Trabajé muy duro después de la guerra, mademoiselle : leyendo, estudiando cada libro que me dio el profesor, cursando química y siempre, siempre entrenando mi nariz con nuevos aromas, ampliando mi rango de olfato.
Aprendí a detectar los matices de innumerables ingredientes que componen un perfume…
y luego usé la imaginación para crear la magia.
—Hace una pausa—. En los años setenta, estaba en la cima en la Casa Doujan .
Tendría poco más de cincuenta y había dejado atrás el horror de los campos.
Era una mujer sofisticada, con un marido que me amaba y un imperio de perfume que dirigir.
Lo tenía todo. —Se lleva la mano al corazón, los ojos húmedos—.
Permíteme que esta tonta sentimental recuerde un instante imborrable, un momento al que vuelvo a menudo: cuando Lance y yo nos reunimos tras la guerra.
—Sí, madame , por favor.
—París volvía a brillar con el corazón de Francia latiendo por los bulevares, en los cafés, y las estrellas reluciendo en el cielo cuando mi tren entró en la Gare de l’Est .
Lance me esperaba con rosas, un coche y un lugar en sus brazos para siempre, me dijo.
Había querido venir a buscarme a la oficina de triaje del Ejército estadounidense en Múnich , pero la verdad es que yo necesitaba tiempo para descomprimir, para volver a casa en mi mente, para afrontar la pérdida de mi bebé…
y arreglarme para él. —Se pasa la mano por el pelo—.
Aún lo llevaba corto; la piel bronceada…
el cuerpo delgado, pero los pechos llenos, aunque la leche se me secó pronto por el trauma.
Nada de eso importó cuando Lance me estrechó entre sus brazos musculosos, sujetándome por la cintura, con nuestros cuerpos irradiando calor mientras nos fundíamos en uno.
Y así seguimos… unidos durante casi cincuenta años.
—El mundo era suyo, madame .
—Tuvimos más éxito que nunca con la eclosión del pop británico y francés y el mercado juvenil en los sesenta, luego el mundo de la disco en los setenta y el regreso de las hombreras y el power dressing en los ochenta.
Mis ideas de marketing incluían hacer que las mujeres respondieran cuestionarios para saber qué perfume les iba mejor, y modelos jovencitas con minifalda y botas de gogó repartiendo muestras gratis en Galeries Lafayette .
Descubrí que tenía talento para leer las necesidades de nuestras clientas y la Casa Doujan las satisfacía.
Ajustamos precios para atraer al público joven y no pude pedir mejor equipo…
—se le quiebra la voz—, aunque perdí al profesor años antes.
—¿Y monsieur Baptiste ? ¿Cómo asumió usted la dirección de la empresa?
— Frederic entraba y salía de la clínica por un problema con el alcohol, pero se redimió ante la prensa escribiendo sus memorias, con una redacción que lo presentaba como víctima de la opresión nazi.
—¿Y usted no protestó?
—Era un hombre muy enfermo, mademoiselle , y no puso reparos cuando su padre, Jean-Claude , me dejó el control de la empresa. Lo vio como una manera de pedirme perdón.
—¿Y usted… lo perdonó?
—Después de la miseria humana que vi en los campos, no quería más sufrimiento. —Suspira—. Y volvemos a estar en una encrucijada.
—¿Lo estamos?
—Hemos llegado al final de la entrevista. Ya lo sabe todo sobre mí, la guerra, los campos, Mon amour . Me gustaría saber más de usted, mademoiselle .
—Es cierto que me he guardado algo. Ryker y yo hemos descubierto que uno es un número muy solitario y queremos seguir viéndonos.
Ríe.
—¿Por qué no me sorprende? —Me aprieta la mano y me guiña—. Es un buen hombre, Emma .
—Hay algo más, también. Pensaba esperar, pero mamá ha empeorado y tengo que estar allí, volver a Filadelfia… —se me traban las palabras.
Aparto la mirada de su gesto de sorpresa.
¿Qué diría si le confesara que estoy segura de que madame es mi abuela?
Encaja. Luise atragantándose con su relato…
, cambiando hechos y luego retractándose.
Mi obsesión loca por los aromas… Se salta generaciones, dijo madame .
Tenemos que ser familia…, me da en la nariz…
y sí, es un juego de palabras tonto, pero es cierto.
Quiero decírselo… debería decírselo… esperaré a después de la rueda de prensa.
— Madame de Cadieux , la prensa se impacienta —interrumpe Henri-Justin , señalando a la multitud de reporteros estirando el cuello para conseguir el mejor ángulo y disparar sus cámaras.
Distingo entre ellos la melena desgreñada de Brooke Hansen . Miro a Ryker buscando respuesta. Asiente y se acerca a ella. Ese es mi chico.
—Ahora voy.
Madame se vuelve hacia mí. Está visiblemente afectada; nunca la había visto tan pálida. Aletea las pestañas, luego recobra la compostura y me atrae a un abrazo cálido; la exquisita nota de salida, limón-melocotón, de su perfume me captura con una sola bocanada.
—Naturalmente, Emma , debes irte justo después de la rueda de prensa. —¿Cómo la convenzo para que venga conmigo?—. Haré que Henri-Justin prepare los vuelos, pero antes tengo una sorpresa para ti.
—¿De veras?
—Relanzamos Le Courage con la fórmula original de 1943. Perfume, colonia, lociones…, incluso jabón de baño.
—Oh, madame , ¿qué puedo decir?