La chica perdida en París Capítulo 46
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Capítulo 46

Angéline

Perfume:

Fleurine

Angélica, madreselva, lavanda

Observo a la mujer de las SS con una concentración obstinada; su fuerte olor a jazmín y civeta me provoca arcadas mientras los guardias nazis cargan a varios cientos de prisioneros en los vagones abiertos del tren.

Berta se regodea al verme esperar mi turno, con el bebé pegado al pecho, envuelto en harapos contra el frío, su carita asomando bajo la tela.

Doy gracias a Dios de que esté sana. El kapo nos procuró leche y comida a las madres, aunque se nos partía la espalda cargando cadáveres; los nazis insistían en que siguiéramos trabajando.

Siento una necesidad desesperada de mantenernos con vida a las dos y pongo la mano sobre el diminuto pecho de mi niña para sentirle el latido, negándome a creer que pueda apagarse por lo que nos espera.

Es tarde y un crepúsculo inevitable arroja un resplandor fantasmagórico sobre la cara de la guardiana.

No deja de mirarme. Acuno a mi bebé, meciéndolo de un lado a otro.

Mi hija tiene hambre, agita los brazos; lo que queda de mi cinta azul le rodea la muñeca.

No puedo abrirme el corpiño para darle de mamar.

La forma obscena en que esa mujer de las SS me mira cuando acerco a mi bebé al pecho me repugna.

Me recorre un escalofrío.

Tengo la mirada fija en ella, por eso no veo al guardia de las SS hasta que me empuja dentro del vagón con cincuenta, sesenta prisioneros.

Quedo aplastada entre dos mujeres; el olor a orina reseca que impregna la paja del suelo me da náuseas.

Protejo la naricita de Fleurine del hedor, pero no deja de llorar.

Han pasado tres, cuatro horas desde que la alimenté.

Nos evacuaron del campo de Kaufering , nos obligaron a marchar hasta el tren bajo la nieve, algunos sin zapatos, con hombres de las SS a los dos lados y los perros ladrando.

No daba crédito a mi suerte cuando apareció Luise , sonriendo al encontrarme y ayudándome a llevar a Fleurine .

Entonces dijo algo que no olvidaré jamás: que le avergonzaba no haber hecho más por ayudarme, y que lo sentía, que lo sentía muchísimo.

Al llegar a las instalaciones ferroviarias, dieciocho o diecinueve vagones vacíos nos aguardaban.

—¿Adónde vamos? —le pregunté.

—A Dachau —susurró, y desapareció.

Casi perdí la esperanza entonces. Nos mandan a Dachau para asesinarnos.

Berta lo sabía; sonreía con una lentitud sádica que le retorcía el rostro, dejándome indefensa ante los nazis; mi dicha de madre se vio sustituida por un pavor fulminante.

Encogida entre las sombras del vagón, sus palabras son un recordatorio brutal de la crueldad nazi: enviarnos a otro campo cuando los aliados están tan cerca. Cruzaron el Rin semanas atrás, según los rumores del campo, y los rusos estaban bombardeando Berlín.

El tren traquetea por la vía; el tacataca me destroza los nervios, el olor penetrante del miedo, los aullidos insufribles…

Cuando el tren chirría hasta detenerse, las ruedas grandes y pesadas chisporrotean sobre los raíles…

Ese siseo incandescente me zumba en los oídos.

No podemos haber llegado aún a Dachau , y entonces oigo « zug steckt fest », tren atascado.

Rezo para que no sea mucho tiempo. Fleurine duerme, gracias a Dios, cuando lo impensable me sacude el alma.

Un zumbido ensordecedor cubre el cielo y me llena los oídos con un estruendo de trueno. Me inclino hacia delante, ansiosa por ver.

Bombarderos aliados, volando bajo.

Los prisioneros chillan y se asoman por los vagones abiertos, bocas abiertas, asombro, júbilo… y luego horror cuando los bombarderos ametrallan el tren. El ratatatá desata el pánico: empujones, golpes… gente saltando del tren detenido.

¿Por qué? Somos prisioneros… civiles.

Entonces me arrastra una conclusión terrible que me hunde el corazón.

No lo saben…, no lo saben.

Fleurine no deja de llorar, agita sus manitas, el cuerpecito le tiembla. Tengo que decidir.

Quedarme o saltar.

Me vuelvo hacia un hombre con uniforme a rayas y le suplico que me sostenga al bebé.

Asiente. Me quito los zuecos y mis pies apenas tocan el suelo cuando los guardias de las SS empiezan a disparar a los prisioneros que corren en todas direcciones con una locura que hiela.

El prisionero se inclina, me entrega a Fleurine y salta y echa a correr.

Cae la oscuridad, pero no puedo permitir que eso me detenga ni que los alaridos de los prisioneros alcanzados me paralicen.

Puedo correr… Correr hacia la libertad.

—No tan deprisa, Fräulein .

Me giro. Es Berta, con la pistola desenfundada, apuntando a la cabeza de Fleurine .

—Suéltame —grito, y la ira sustituye al miedo—. Esos son bombarderos americanos. La guerra se ha acabado. Tú y tus amigos nazis estáis acabados.

La guardiana dice gruñendo:

— Dame … a… la niña.

—No, jamás. —La aprieto contra mi pecho.

—Dámela ahora o te disparo a ti y a ella.

—No te atreverías.

—Ponme a prueba, fräulein . —Muestra los dientes; un gesto que solo puedo describir como de perra en celo cruza su rostro—. ¿Quién va a notar a dos prisioneras muertas más?

Trago saliva, pero tengo la garganta tan seca que le escupo las palabras:

—¿Por qué no puedes dejarnos en paz? Mi hija no significa nada para ti.

—Lo significa todo, Fräulein . Perfecta y rubia.

Mira a mi hija; le tiembla la mano, pero hay un dolor en sus ojos que me revela lo que no había visto: se pavonea como el ideal Ario, pero no puede tener hijos. Ha fallado al Führer y quiere a Fleurine . ¿Entonces por qué la amenaza, por qué apoya el cañón en su cabeza?

Porque trato con una mujer que se regocija matando como otros haciendo el amor.

Busca el único modo que conoce de recuperar su lugar en el Tercer Reich : quitarme a la niña y reclamarla como suya.

No ve cómo se desmorona el régimen nazi a su alrededor.

O no quiere verlo. Está desesperada. Y eso la hace peligrosa.

Para mí. Para mi bebé. La matará si no hago lo que me exige.

Tomo una decisión con la que tendré que vivir.

Darle lo que quiere… por ahora.

Muero un largo instante; se me rompe el corazón, las lágrimas me queman las mejillas, pero abro despacio los brazos y le entrego a mi hija.

No hago caso de los gritos a mi alrededor, del fuego de las SS, de los aviones que descienden en picado sobre nosotros, ametrallando el tren y sembrando el caos.

Solo veo a mi bebé tendiéndome los brazos, los ojos muy abiertos, la boquita temblorosa.

Un sollozo fuerte se me escapa. Tengo que dejarla ir o la perderé para siempre.

—Ahora corre, Fräulein . ¡Corre por tu vida!

—No te saldrás con la tuya… Te encontraré.

—Nunca la encontrarás y ese será tu infierno, Fräulein . No voy a matarte, prefiero que sufras sabiendo que está viva, pero sin saber nunca dónde está. Ahora corre, antes de que cambie de idea y os pegue un tiro a las dos.

Dispara y la bala me rasga el vestido hinchado por el viento y casi me alcanza la pierna.

¿Qué otra opción tengo? Si me hiere, me desangraré en la nieve.

No: debo confiar en que su ansia demencial por tener un hijo propio la hará cumplir su palabra y no dañará a mi niña y que algún día, de algún modo, encontraré a Fleurine .

«Nunca dejaré de buscarte, ma petite . Te lo prometo».

Con un beso y una oración para mi bebé, echo a correr en la oscuridad, las balas silbándome junto a la cabeza.

Prisioneros en fuga que caen a mi alrededor, cuerpos por todas partes.

No puedo morir aquí. No voy a hacerlo. Le quito las botas a un SS muerto por las ráfagas para calentarme los pies.

Milagrosamente, no me alcanzan antes de llegar al bosque denso.

Busco abrigo bajo una gran rama colgante que casi toca el suelo, a resguardo del frío y del viento.

Se me une otra prisionera, checa, luego una mujer judía alemana…

Nos acurrucamos juntas, aferrándonos unas a otras; el calor de nuestros cuerpos impide que nos congelemos; permanecemos escondidas en el bosque hasta que amanece y caminamos hacia el este.

Hacia Dachau por la posición del sol… Tropezando, levantándonos, pero sigo.

Tengo que encontrar a mi hija… y una oleada de emociones salvajes me sacude cuando oímos motores rugiendo por el terreno…

Dos vehículos abiertos con ruedas enormes y grandes estrellas blancas pintadas en el capó vienen directos hacia nosotras, media docena de soldados armados dentro.

Los vehículos se detienen y un soldado salta.

—¡Manos en alto!

Se me para el corazón. Americanos.

Caigo al suelo.

—¡Ayúdennos, por favor! —grito en inglés—. Somos prisioneras de Dachau .

—¿Prisioneras? ¿ Dachau ?

El soldado se sube el casco a la frente.

No tiene idea de qué le hablo. Querría llorar, pero ya no me quedan lágrimas por los muertos; sí por los vivos.

Rezo para que no sea tarde. Si hay justicia en el corazón de los hombres, estos soldados descubrirán el horror de Dachau y de cada campo que los nazis han orquestado con tanto cuidado para esconderlo del mundo.

Salvarán vidas y enterrarán a los muertos.

Y luego contarán al mundo lo que vieron aquí.

El soldado se me acerca, ve mi ropa hecha jirones, el pelo corto…, el número tatuado en el brazo.

—Dios mío, ¿qué te han hecho esos bastardos? —Se le quiebra la voz. Entonces grita—: ¡Sanitario, aquí!

Luego se quita la chaqueta y me la echa por encima. Me derrumbo en brazos del soldado americano, delirante.

—Mi bebé… Por favor, encuentren a mi bebé.