Capítulo 46 #3
—Hasta ahora te he contado solo la parte buena, como te gusta decir, nuestra hermandad de madres embarazadas, mademoiselle Emma . —Me gusta pronunciar su nombre—. También hubo un aspecto siniestro, sofocante… un ser humano que encarnaba la crueldad de la doctrina nazi.
—¿Una oficial alemana, madame ?
—Sí… una mujer de las SS.
Se vuelve hacia mí, atónita.
—¿Una mujer?
—Berta era una guardiana de las SS asignada a la lavandería; rubia amarillenta, el pelo siempre desgreñado, cejas negras espesas.
Se pavoneaba con una pistola en la cartuchera, el látigo en la mano derecha, dispuesta a golpear a cualquier presa que flojeara un minuto.
—Suelto un suspiro—. Sentí su furia más de una vez cuando estuvo a punto de golpearme el vientre.
Mi bebé daba patadas sin control cada vez que esa mujer se me acercaba.
Le veía odio en los ojos hacia mí, hacia las otras embarazadas, como si tuviéramos algo que ella deseaba. Con desesperación.
Me encorvo un poco, bajo la cabeza. Estoy agotada.
Emma me abraza.
—Estoy aquí, madame , ya no puede hacerle daño.
Le sonrío.
— Merci , mon enfant , pero es importante que entiendas a esa mujer.
A Berta le encantaban los perfumes y se rociaba con fragancias.
Hallaba insoportable el olor de la lavandería, se jactaba de que su «amante» le traía perfumes caros de París.
También presumía de saber qué llevaba cada perfume solo con olerlo.
Mi nariz andaba saturada por tantos olores, pero incluso con las manos en agua caliente le recitaba la composición del perfume que usaba y el nombre si reconocía la fragancia de la Casa Doujan .
Me odiaba porque la dejaba en ridículo ante las otras presas y se reían de ella.
—¿Y qué pasó, madame ?
—Se enfureció cuando le dije que no sabía nada de perfumes ni de cómo llevarlos.
—¿Tomó represalias contra usted?
—Me amenazó con golpearme, pero una joven guardia de las SS le recordó que estaba prohibido hacer daño a una embarazada y que la denunciaría. Eso me dio esperanzas de que mi bebé pudiera nacer sano y salvo.
—¿Quiere decir que no todas las SS eran horribles?
—No. Esa chica trabajaba en una tienda de ropa antes de que la reclutaran. Le fascinaban mis historias de París y que yo fuera parfumeuse de verdad. Me traía comida extra a escondidas en los bolsillos amplios de su chaqueta.
—¿Recuerda su nombre?
— Luise .
Emma se lleva la mano a la garganta.
—¿Está segura, madame ?
—Sí. Llevaba el pelo oscuro recogido en una trenza larga alrededor de la cabeza y era delgada y de pecho liso, algo que Berta no le dejaba olvidar. Que no encarnaba el ideal robusto alemán y no podría darle muchos hijos al Führer .
Emma se ha quedado pálida; le suda la cara y ha dejado de escribir.
—¿Está bien, mademoiselle ?
—Ahora lo entiendo. Nadie creería que una mujer de las SS la ayudó después de la liberación de Dachau .
El horror, la vergüenza, los vecinos obligados por el Ejército de Estados Unidos a enterrar a los muertos, a los prisioneros desnudos.
El miedo a ir a prisión. Pero ella siguió su corazón e hizo lo correcto.
—¿Qué hizo, mademoiselle ?
—Salvar a su bebé.
Ahora soy yo la que siente una descarga de emoción como jamás he sentido.
—¿De qué está hablando, mademoiselle ?
Sí, reconocí a Luise en la foto del artículo de Emma , pero no veo cómo pudo salvar a mi hija. Debo de haber estado demasiado tiempo al sol. Me estoy mareando.
—No puedo decirle más, madame , hasta que consiga más detalles de lo que ocurrió después de que naciera su bebé… Entonces se lo diré. Lo prometo.
Se cierra en banda, deja el bloc amarillo. Conozco bastante a Emma como para saber que lo dice en serio. Es periodista y quiere tener los hechos atados antes de abrirse conmigo.
Es hora de irnos, de dejar este lugar con más preguntas que cuando llegamos.
Pensaba cerrar aquí el último capítulo…, pero no será así.
Nuestro día en Kaufering termina con una revelación increíble: ¿ Emma me dice que Luise salvó a mi hija?
¿Cómo? Jamás he olvidado aquel día, cada minuto, cada estallido de dolor cuando no volví a ver a mi niña.
Ryker me ayuda a incorporarme, pero me tiemblan tanto las piernas que me derrumbo en sus brazos. Es demasiado para mí. Me recoge y me lleva al coche, y me recuerda que soy una mujer de cierta edad, pero que no pienso dejar que eso me frene. Tengo grandes planes para la Casa Doujan … Para Emma .
Conducimos hasta el hotel en Dachau en silencio. Emma repasa sus notas, murmurando:
—Claro, tiene sentido, ¿cómo no lo vi?
Luego, con té fuerte con limón y hojas de frambuesa, le cuento el resto: la desesperación nazi por borrar sus huellas de sangre, cómo creció el odio de Berta hacia mí y el horror inconcebible que siguió cuando, en abril de 1945, a mí y a las siete madres húngaras y a nuestros bebés nos metieron en un tren rumbo al campo principal de Dachau .
No sabíamos que semanas antes había llegado la orden de enviarnos a Bergen-Belsen.
Para ejecutarnos.
Pero la orden no se había cumplido. Hasta ahora.
Íbamos camino de la muerte.