Capítulo 46 #2
—En diciembre el viento aullaba y sacudía por las noches nuestra caseta de madera; por la mañana, el suelo amanecía nevado —dice madame , dando un sorbo—.
Cada día estaba más grande; me dolía la espalda y tenía un resfriado constante, mi nariz sufría tanto con los horribles olores que sangraba.
El kapo de cocina me contó que había guardado hierbas secas del jardín de los nazis en Dachau en una bodega improvisada.
Me volví loca machacando hojas secas de albahaca sobre el pan para intentar provocarme el parto, y tomaba infusión de menta para calmarme.
Con mi conocimiento de hierbas ayudaba a las otras madres; sentía la mano de mamá en el hombro guiándome, pero no habría sobrevivido sin el médico judío que jamás se rindió con nosotras.
—¿Tenían un médico para los nacimientos…? Increíble.
—Sí, el oficial de las SS al mando encontró a un ginecólogo judío húngaro, también prisionero. Sufría desnutrición y no se sostenía en pie sin ayuda, pero todas nos uníamos cada vez que alguna se ponía de parto.
—¿Y a usted, madame ? —pregunto, con la voz entre pensativa y emocionada—. ¿Cuándo le llegó el momento?
Los ojos le brillan y la forma en que se lleva las manos al pecho me dice que es un instante que llevaba años esperando revivir.
—Jamás olvidaré el día, mademoiselle , en que tuve a mi hijita en brazos por primera vez. Fue el 28 de diciembre de 1944.
Angéline
—«¡Empuje, fräulein , empuje! No voy a dejar que mueran ni usted ni su bebé», me aseguraba el doctor, con una voz cálida y profunda que me traía algo que necesitaba desesperadamente.
Fe. La certeza de que no estaba sola en la lucha, de que mi niña tenía la posibilidad de regalarme su primera sonrisa —le digo a Emma ; aquellas palabras de antaño me resuenan en los oídos.
—¿Cuánto tiempo estuvo de parto? —pregunta Emma .
—Horas… Un día… Más.
« Lance , amor mío, ¿me oyes? Es el momento…», lo llamé entonces como lo llamo ahora.
Quiero compartir contigo ese instante en que nació nuestra niña, cómo nuestro viaje culminó aquella noche en el nacimiento de nuestra hija…
y sí, Mon amour , esta joven también nos pertenece; el rubor que le enciende las mejillas me dice que Emma siente el vínculo, aunque no sepa qué hacer con él.
Que nuestra historia tiene un final nuevo.
—Afuera bramaba una ventisca que sacudía las vigas —prosigo—; la vieja estufa escupía el calor que podía.
Alguien me echó una manta por los hombros mientras paseaba por la caseta, con una mano en la espalda, aferrando con la otra lo que quedaba de mi cinta azul, las contracciones cada vez más seguidas…
Una madre húngara me enjugaba la frente, otra me sostenía del brazo para que no me tambaleara…
y entonces se me rompió la bolsa. El médico me aseguró que el bebé estaba bien colocado y listo para… ¿cómo lo decís, despegar?
Emma ríe.
—Ay, madame , solo usted puede hacer que eso quede bien.
Suspiro, agradecida por el respiro. Me siento cómoda contándole todo.
Tras una vida de desconfianza, de suspicacia, no estoy habituada a tener apoyo, a poder contar con alguien…
Sí, tengo a Ryker , pero el oído de una mujer es esencial para compartir las pruebas del parto.
El dolor, el primer llanto. Eso es sagrado; el olorcito sentimental de un recién nacido. No se puede duplicar.
Ni olvidar jamás.
Como el recuerdo de unos mofletes regordetes y una boquita perfecta. No, nunca… ni décadas después. Nunca dejé a nadie acercarse tanto. Y sienta bien. Las lágrimas de gratitud me asoman a los ojos mientras sigo:
—Jamás olvidaré el miedo, el dolor lacerante, como si me desgarraran, mademoiselle , pero el dolor era bienvenido. Significaba vida, no muerte. No pensaba rendirme, aunque el doctor no tenía instrumentos…, apenas unos trapos y un cubo de agua caliente.
—¿Anestesia? —deja caer sin mucha fe.
—Ninguna. Me tumbé en un banco de madera; el doctor me urgía a empujar y seguir empujando, listo para coger a la criatura con las manos desnudas —le digo a Emma , con los puños cerrados y un empuje hacia delante, y luego suelto un gran resuello—.
El cielo retumbaba encima… ¿Truenos? ¿O bombarderos aliados?
Sabíamos que venían… americanos, británicos, rusos…
¡Cuándo! Y entonces, con un último empujón, Naomie Fleurine vino a este mundo: dulzura y alegría, mofletes rollizos y un llanto potente.
Y me cruzó un pensamiento extraño. Mi bebé jamás conocería la humillación de llevar un número de presa tatuado en el muslo.
Mi bebé nacía libre. Y me deshice en llanto.
Nos quedamos juntas en silencio, de la mano, con el rumor de las hojas por encima, como alas de ángeles barriendo el pasado para que abrace el futuro. Ya lo he dicho. He terminado. Es hora de seguir.
Por fin, Emma pregunta:
—¿Se documentaron los partos, madame ?
—Sí, el doctor registró siete nacimientos vivos en Kaufering I, cuatro niñas y tres niños, pero como yo era romaní y, por orden de Himmler , debían exterminarme, omitió mi nombre. Nunca aparecí en el diario del campo.
—Ajá, otro obstáculo para mantener a la tal Hansen alejada de los asuntos de su familia. Y de los míos.
Sigue escribiendo, me hace sonreír; no se da cuenta de que acaba de confirmar lo que me ronda desde que empezó esta entrevista.
De algún modo, esta encantadora mademoiselle es familia mía.
No sé cómo, pero no puedo contener las lágrimas.
Las señales están ahí… el azul único de sus ojos, su extraordinaria capacidad como nariz…
su tozudez tan parecida a la mía. Estoy exultante, pero aún no hemos terminado.
Falta un personaje oscuro que apareció en Kaufering .