Capítulo 46
Angéline
Perfume:
Dancing Princess
Caléndula silvestre, melocotón, musgo de roble
—Nunca olvidé el sabor suculento de aquella manzana, mademoiselle …
, el olor azucarado, su textura suave sobre la lengua…
, la sensación de plenitud asentándose en el vientre.
Después de la guerra, creé un perfume que evocaba la ligereza de las flores de manzano en primavera —le digo a Emma , que se ha quedado boquiabierta tras escuchar mi historia del tren—.
Mi manera de enfrentar los malos momentos y calmar el alma.
—¿Arrastrarse de rodillas para agarrar una manzana sucia? ¿Una manzana con la baba de un SS? —Me sostiene la mirada, desafiante—. Yo se la habría estampado en la…
—Entonces estarías muerta, Emma , con las manos untadas de tu propia sangre tras el disparo.
—Miro por la ventanilla lateral cuando el coche se detiene.
Estamos donde antaño se alzaron búnkeres de hormigón subterráneos y miles de prisioneros judíos trabajaron y murieron—.
Es fácil plantar cara con palabras cuando estás segura en tu propia piel, mademoiselle .
Pero cuando se te retuerzan las tripas porque has visto lo que hace una bala o un cuchillo en el cuerpo humano, cuando te ahogue el hedor de la carne podrida, entonces podrás hablar.
Durante demasiado tiempo se ha criticado a los supervivientes por las decisiones que tomamos.
Por eso quiero que sientas, huelas, saborees lo que significa sobrevivir.
Se le apagan los humos.
—Perdóneme, madame , tiene razón.
Mi franqueza la serena; se le contrae la comisura de la boca. La oigo murmurar mientras Ryker abre la puerta trasera y me ayuda a bajar del coche, y luego a Emma . Él ha escuchado cada palabra —sus ojos me lo dicen—, pero guarda silencio. No es de endulzar un mal trago, ni siquiera para ella.
Seguimos en silencio el sendero de piedra alrededor del área despejada que fue Kaufering I, uno de los once subcampos de Dachau .
Hay algunas placas, un cercado de piedra con una puerta conmemorativa judía…
, pero nada más. Más tarde visitaremos el campo principal de Dachau , presentaremos nuestros respetos, veremos el museo y escucharemos la audioguía.
El conductor nos ha dicho que los barracones se han reconstruido, que todo está aseado, por eso hemos venido aquí primero, para que Emma absorba lo que yo vi, lo que viví.
Me caería al suelo si creyera que es posible ver la caseta de madera donde nació mi hija, tan consciente soy del poder que este lugar ejerce sobre mí.
Señalo donde creo que estaba…, luego el oscuro calabozo del sótano adonde me llevaron primero, la cocina donde trabajé —conjeturas por mi parte, pero mi momento desgarrador está haciendo efecto en Emma , obligándola a ver cuánta desesperación comporta querer vivir.
Que soltar bravatas es fácil. Llevarlas a cabo es muy distinto.
Bon . Se ha quedado de piedra. Ahora lo pondrá en su texto de una forma oscura, poderosa y contundente.
No deja de mirarme con recelo, ese azul tan suyo enviándome de nuevo un susurro de reconocimiento que me dispara la tensión.
Soy una vieja tonta, leyendo señales en su presencia porque quiero hacerlo.
Porque la necesito. La he arropado bajo mi ala porque no tengo con quién estrechar lazos como otros supervivientes, familia que haya pasado por el horror de los campos.
Mon amour lo entendía, pero ya no está. Creí haber dejado atrás los campos, pero nunca desaparecen…
Nunca he cortado el cordón que me une a este lugar.
Dachau . Hoy lo voy a hacer.
—Quería…, necesitaba sobrevivir, mademoiselle . Por mi bebé.
Emma sigue callada, los ojos concentrados en grabar en la mente lo que ve, lo que huele.
No hay flores; el polvo se nos mete por la nariz.
Aspira, estornuda. Está tan incómoda como yo.
Se me deshilachan los nervios. Le conté la historia de la manzana porque preparaba el terreno para lo que me ocurrió aquí.
Esperanza, miedo, dolor y el valor de hacer lo necesario para sobrevivir.
Arrastrarme cuando fue preciso. Para entonces estaba insensibilizada a todo salvo a las pataditas de mi bebé.
—Me faltan palabras, madame . Su determinación y su coraje y su franqueza me obligan a enfocar de otra manera esta parte de su historia —reflexiona—. ¿No corría usted más peligro, madame , con el parto cerca? Estaba… ¿de ocho meses?
—Sí. No podía imaginar por qué me habían enviado aquí, a este subcampo, y no lo supe hasta después de la liberación: el Ejército Rojo avanzaba hacia Auschwitz y lo liberaría a comienzos de 1945; se estaba produciendo un cambio de mentalidad en el Alto Mando nazi.
Necesitaban monedas de cambio para lo que parecía una derrota… Yo era una de esas monedas.
Emma deja escapar un silbido bajo.
—Vaya bombazo, madame . Soy toda oídos.
—Jamás he contado esta parte de mi historia, mademoiselle . Cuando un periodista me preguntaba por los campos, siempre admitía haber estado presa en Dachau . Nunca mencioné Kaufering .
—Por eso la tal Hansen la acusó de mentir. No pudo encontrarla en la lista de prisioneros de Dachau porque miles de presos nunca fueron inscritos, n’est-ce pas?
Sonrío. Se afana en tomar notas.
—Por eso quiere ver su número —prosigue—, para poder localizarla.
Nos miramos, con un instante de miedo. No creo que nos podamos olvidar aún de esa reportera, sobre todo después de que yo haga mi anuncio especial sobre mis planes para la Casa Doujan cuando regresemos a París. No voy a inquietar a Emma con eso ahora.
—Los franceses presos en Dachau fueron muy pocos —digo—.
Nunca supe si había mujeres. Los guardias de las SS me dejaron en el subcampo y me metieron en una celda en un sótano para las embarazadas.
Una única bombilla colgaba del techo, encendida día y noche.
Fueron llegando una a una, hasta que fuimos ocho.
Judías húngaras y yo. Oh, mademoiselle , no puedo describir la riada interminable de lágrimas que derramábamos cada vez que una nueva mujer bajaba aquellas escaleras a nuestro mundo.
—¿Cuánto tiempo las tuvieron en el sótano?
Cierro los ojos.
—Una semana…, quizá dos. Recuerdo el terror cuando unos guardias de las SS irrumpieron en el sótano a grito de Raus !
Nos agarramos unas a otras, decididas a que no nos separaran.
Nos trasladaron a una caseta de madera. Sin calefacción, ventanas cubiertas con lona.
Creímos que era el final, pero se convirtió en nuestra sala de partos.
—¿Trabajó en el campo? Estaba en el último trimestre… No podía cargar piedras, ladrillos.
Abro los ojos y arrugo la nariz.
—Lavábamos la ropa de los prisioneros en la lavandería, les quitábamos el hedor y los parásitos con jabón pardo, que olía a naftalina.
Un prisionero valiente, el kapo de cocina, arriesgó la vida para traernos suficiente comida para mantenernos sanas a nosotras y a los bebés que llevábamos dentro.
Y jamás olvidaré a la valiente joven letona, también presa, que soportó una paliza a manos de las SS para conseguirnos una estufa y luego trapos para nuestros niños.
—¿Los nazis validaron su propósito de tener a sus hijos? —pregunta Emma , escribiendo en su bloc—. ¿Qué les hizo cambiar de idea después de empeñarse tanto en asesinar a las embarazadas?
—Con el poco húngaro que aprendí en Augsburgo, fui encajando las piezas que me contaban las otras.
Los nazis sabían que sus días estaban contados; evacuaban prisioneros, borraban sus crímenes con asesinatos en masa.
Lo más probable es que quisieran salvar el pellejo, así que decidieron mostrar «compasión» con nosotras, en la última etapa del embarazo.
—Ocho futuras madres… Dígame que nacieron ocho bebés sanos —pide Emma , con esperanza.
Le sonrío, ella siempre optimista, buscando un final feliz.
—Tienes un don, mademoiselle Keane , para desarmarme.
—Culpable, madame . —Sonríe.
¿Qué voy a hacer sin ella?
Emma
Madame es una rebelde con una causa impresionante.
Directa, con criterio, justa… y atinada al llamarme la atención como lo hizo.
Yo escribo las historias, no las vivo. No tengo derecho a colar mi opinión en el reportaje, por mucho que sea mi familia de la que estamos hablando.
Estoy deseando decírselo, pese a que hemos tenido un momento tenso cuando ha revivido la escena de la manzana y mi arrebato le ha sentado mal.
Me he dejado llevar, pero tiene razón: no sé lo que es plantar cara a dos SS medio muerta de hambre y embarazada.
Y sin embargo tengo que conseguir que mis lectores y mis espectadores sientan lo que sentía ella.
Vaya lección la de hoy. Ryker me ha mirado con cara de «a madame no la engañas», atento a todo, pero comprensivo.
Y también me he dado cuenta de lo mucho que confío en él.
Su inteligencia, sus recursos… y que sea guapo tampoco está de más.
Pero hoy ha sido su compasión lo que me ha reconfortado, susurrándome «está bien equivocarse» y «ella admira tu pasión».
Lo que me trae de vuelta a mi tarea: reunir los hechos sobre el schwanger kommando —la unidad de embarazo— y dar vida al viaje emocional de madame y de esas mujeres y sus bebés milagro.
Ryker nos trae agua embotellada de la nevera y los tres nos sentamos en un banco de piedra bajo unos árboles de grandes ramas: un lugar para contemplar, meditar.
Y perfecto para seguir con la entrevista; el espíritu de cada mujer que caminó aquí hace más de cincuenta años escucha, asiente.
Y espero que les guste que madame cuente la historia de todas.