La chica perdida en París Capítulo 45
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Capítulo 45

Angéline

Perfume:

Red Apple

Flor de manzano, canela, ámbar

—¿Por qué lleva el pelo tan corto, Fräulein ? ¿Está enferma?

Niego con la cabeza ante aquella joven madre con una cesta de fruta sobre las rodillas.

No puedo apartar la vista de la piel roja y lustrosa de la manzana, salpicada de vetas doradas.

Dos hombres de las SS me arrojaron junto a esa mujer alemana en un tren de pasajeros y luego se fueron al vagón contiguo a fumar, prometiéndome una sorpresa a su regreso.

¿Van a tirarme de un tren en marcha?

El olor a tabaco, el aroma de gente en movimiento y la dulzura de una manzana fresca contribuyen a la sensación irreal que me da vueltas en la cabeza.

Tengo un vago recuerdo de haber preguntado por qué hemos cambiado de tren hace un rato, pero los hombres de las SS me ignoraron.

Pienso en mi destino, sin importarme que la mujer no aparte la vista del triángulo rojo cosido en mi vestido, mientras su hija señala mi pelo corto, rizado en la nuca.

Lo había cubierto con un pañuelo gris y apagado, pero me he quedado dormida y se me ha escurrido.

Me lo coloco de nuevo, estirando la tela fina del vestido azul descolorido con la presión de mi barriga, sin botones ya en la chaqueta negra para poder taparme.

—Estoy en un campo de trabajos forzados —digo, mirando la manzana.

La expresión vacía de su rostro me dice que no tiene idea de qué significa eso.

En ese momento, me entran ganas de llorar.

Una oscuridad inminente se cierne sobre mi alma.

¿Por qué puede ella moverse libremente y hacer lo que quiere, tener una hija buena, manzanas frescas y hermosas?

Mientras yo me siento aquí temiendo por mi vida, por la de mi bebé…

y el hombre de mi corazón no sabe dónde estoy, ni siquiera que llevo a su hijo dentro.

¿Qué cruel giro del destino me ha traído hasta aquí?

Echo tanto de menos a Lance , nuestra vida de antes, mis perfumes exquisitos, y cuando llegue el momento, estaré sola.

Sin su presencia intensa capaz de hacer temblar la tierra bajo mis pies cuando me toca, cuando me besa.

Es alto, magnífico y apasionante, pero también sensible a mis miedos, a mis necesidades…

y Dios sabe que soporta mi osadía. Pero no estará conmigo cuando el llanto de mi bebé rompa el silencio del vientre, y eso me llena de una tristeza y una rabia infinitas.

Observo a aquella joven que me mira; no veo odio en sus ojos, solo curiosidad. Oigo la voz de mamá diciéndome que no la juzgue, que me concentre…, que sobreviva.

Me reclino en el asiento, apoyo la cabeza.

Debo de estar volviéndome loca. No es de extrañar; no he tenido comida ni agua desde que salimos de Augsburgo.

A los hombres de las SS no les importa. Soy otra prisionera más para la cámara de gas.

El estómago me ruge y mi bebé me da una patada, como si dijera: tengo hambre.

Seguramente Dios no se enfadará si intercambio algo por una manzana, ¿no?

—Puedo leerle la fortuna, meine Frau . —Me siento segura hablando alemán con aquella mujer joven, agradecida por las horas que Rosela dedicó a enseñarme. La sombra más profunda, negra y vacía cae sobre mí cuando recuerdo su nombre. Ella querría que sobreviviera. Que sobreviviera el bebé.

—¿Es usted gitana? —Sus ojos se agrandan.

—Sí. —Apoyo la mano sobre el antebrazo tapando el número. Si los hombres de las SS me sorprenden hablando con ella, no dudarán en golpearme—. Desciendo de una reina gitana…, se llamaba Naomie y me enseñó a leer las palmas.

—Oh, sí, por favor. Léame la fortuna. —Baja la vista—. No tengo mucho dinero.

—Una manzana, meine Frau . Eso es todo lo que pido.

— Ja, gut .

Ríe, y me muestra la palma. No sé leer la fortuna; esa era la habilidad de mamá. Ella me animaba, en cambio, a deslumbrar con mis perfumes. Pero eso no me detiene.

—Su marido es apuesto, fuerte… está en el frente oriental.

—Sí, ¿cómo lo sabe?

Sonrío. Los alemanes estaban empeñados en avanzar en Rusia antes de que me enviaran a Auschwitz . Una suposición fácil.

—Tiene frío, mucho frío —prosigo, modulando la voz con dramatismo—, pero su corazón se calienta cuando piensa en usted y en…

— Else .

—Ja, Else . —Trazo un círculo en su palma con los dedos—. Ah, está escribiéndole una carta… «La victoria llegará pronto…».

Un alboroto en el vagón me distrae cuando los pasajeros, molestos, se apartan para dejar pasar a los dos hombres de las SS que avanzan por el pasillo riendo y hostigando a todos con un « Heil Hitler ».

No, tengo que conseguir esa manzana.

—Volverá pronto a casa, se lo prometo.

Alargo la mano para coger la manzana de su cesta, pero el guardia de las SS me grita que me levante justo cuando el tren se detiene. «¿Ya, tan pronto?». Me agarra del brazo y me arrastra por el pasillo hacia la salida.

—¡Se deja la manzana, Fräulein !

La joven me lanza la manzana, pero el soldado la atrapa en el aire y se burla.

Da un mordisco a la fruta preciosa antes de arrastrarme fuera del tren.

Casi caigo de rodillas, pero me niego a suplicar.

Ceñudo, aún no ha terminado conmigo. Lanza la manzana al andén de madera.

Me abalanzo a por ella, las rodillas me flaquean y me derrumbo.

No me importa. Aprieto la media manzana contra el pecho y la devoro con ansia mientras los dos soldados alemanes sueltan comentarios repugnantes.

Cerda. Sucia puta francesa.

No me importa. La textura blanda me cubre la boca seca, me alivia los labios. Está deliciosa, el aroma dulce y jugoso llenándome las fosas nasales.

— Steh auf , Fräulein ! ¡Levántese!

Mi alegría dura poco cuando me obligan a ponerme de pie. Es entonces cuando veo el cartel colgado en el almacén de la estación. Una ciudad que no había oído nombrar nunca.

Dachau .