La chica perdida en París Capítulo 44
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Capítulo 44

Angéline

Perfume:

Ma Capri

Rosas rosadas azucaradas, pomelo rosa, benjuí

—No volvió a Auschwitz , madame , ¿qué ocurrió?

Emma clava los dedos en la tapicería de cuero del Mercedes de alquiler que avanza a toda velocidad por la carretera comarcal hacia el recinto del campo de concentración de Dachau , incrédula.

Sus ojos inquisitivos se oscurecen hasta un azul más profundo y hoy hay en ellos una intensidad, un empeño por entender cómo mi historia entró en barrena después de que me condenaran a muerte segura en Auschwitz , en la cámara de gas.

—Dos hombres de las SS me acompañaron a la estación —empiezo.

Bajo la ventanilla trasera y me lleno los pulmones con la fragancia más dulce de flores; dejo que los ojos se empapen de la belleza que ha vuelto aquí desde aquellos tiempos insufribles.

La llegada de la primavera insufla nueva vida a los campos cubiertos de dientes de león que flanquean la carretera y luego se adentran en densos bosques—.

Muy pronto lo sabrás todo, te lo prometo.

—Su historia no deja de sorprenderme, madame —dice Emma .

Confieso que alargo mi relato porque no quiero que la entrevista termine.

Si alguna vez la he necesitado es ahora.

Venir aquí, a Alemania, es mi intento torpe de prolongarla.

El vuelo de París a Múnich duró una hora y media, nada que ver con el viaje en tren que hice entonces, custodiada por dos guardias de las SS.

Luego la marcha desde la estación hasta el subcampo de Dachau , de noche, sin saber si me iban a violar, pero por suerte los soldados de las SS me dejaron en paz.

Entonces no olía flores; qué agradecida estoy de olerlas ahora.

Alquilamos un coche en Múnich para venir hasta aquí.

Emma está a mi lado; Ryker delante con el conductor, que habla inglés y algo de francés.

Noto una nueva cercanía entre Emma y Ryker , y eso me complace.

Ella necesitará su fortaleza para superar esto.

¿Y yo? Los tengo a los dos y, por primera vez, me siento preparada para revivir aquellos meses en Kaufering I y mi arriesgada fuga.

No fue hasta después de la guerra cuando comprendí la fortuna que tuve al convivir con las mujeres más extraordinarias y un brillante médico judío.

Dejamos atrás los campos abiertos y, al acercarnos al sitio, el conductor nos señala dónde se alzaban distintos edificios del campo.

Yo los veo en mi mente, aunque ahora los árboles del bosque hacen guardia alrededor de los claros donde estuvieron los barracones, llenos de sufrimiento y miseria, prisioneros que morían de hambre, de palizas.

No queda nada.

— Madame , hemos llegado.

Palabras sencillas. Hemos llegado. Oí las mismas palabras cuando el tren se detuvo y los hombres de las SS me trajeron aquí, aquel día gélido de noviembre de 1944.

Descorro la cortina de mi pasado, el corazón desbocado.

—Nunca pensé que lo recordaría con tanta claridad, Emma .

—¿El qué, madame ?

—Veo los focos de las torres de vigilancia, oigo a los perros furiosos ladrando…

Huelo la fetidez del sufrimiento, peor que la de la propia muerte.

Una miseria humana que jamás debe repetirse.

Pero también hubo bondad y hermandad entre mujeres y aquí nació mi hija.

Y por eso acepto lo que estoy a punto de revivir.

Y lo que perdí. —Mi bebé, susurro para mí, esforzándome por no romper a llorar—.

Y todo mi interior tiembla de miedo, Emma … Dios, qué miedo.

— Madame …, estoy aquí. Siempre estaré aquí.

Me agarra la mano sin dudar y, mientras pienso lo que dice y cómo me reconforta, me aprieta sin soltarme. Y ya no tengo miedo.

—Empezó con aquel viaje en tren, mademoiselle —digo con voz firme—. Y con una manzana.