Capítulo 43 #2
Con su ayuda, me escondo en el hospital del campo, moviéndome de una sala a otra… Paso dos horas inmóvil bajo un cadáver antes de ocultarme bajo una camilla en el despacho del médico cuando cae la noche y la habitación queda en completa oscuridad.
Entonces oigo el rugido de los camiones, los chirridos de los neumáticos, los gritos de los guardias de las SS, los ladridos de los perros, disparos, los alaridos de los prisioneros confinados en los barracones del campo gitano.
Sacan a rastras a mujeres y niños, a los enfermos y a los pocos hombres que quedan, los suben a los camiones y los llevan a la cámara de gas, donde queman sus cuerpos en fosas junto al crematorio.
Jamás olvidaré esta noche. Es 2 de agosto de 1944.
El campo gitano queda completamente arrasado y listo para recibir un nuevo convoy de prisioneros judíos húngaros.
El zumbido de mis oídos no cesa en días; el pulso se me dispara cada vez que oigo botas claveteadas retumbar por el pasillo del hospital. «No puedo quedarme aquí, no es seguro. Si me encuentran, nos torturarán y nos colgarán de un gancho de carnicería, al médico y a mí».
Me escondo en el gran armario de la cocina durante los recuentos de la mañana y de la noche…
, aplastada entre sacos de patatas; luego el médico me oculta en su despacho, a veces bajo el escritorio, otras con una bata de enfermera con una estrella amarilla que me cubre el antebrazo para que nadie vea mi número de gitana.
Llego a tal perturbación que empiezo a tener alucinaciones, sueño que he vuelto a París, sin saber qué día es, pero agradecida por el descanso, sin trabajos forzados…
, con mi bebé a salvo. Dos…, tres semanas después, no estoy segura, sigo aturdida cuando el doctor Platt irrumpe para sacarme del armario; su voz es seca, pero tranquilizadora.
«Ha llegado el momento», dice, y añade mi número a la lista de presas transferidas fuera de Auschwitz …
Añade dos cifras y omite la Z de gitana para que coincida con los demás números de la lista.
Luego iguala con un rotulador negro el número de mi brazo, rezando para que aguante, e intenta decolorar la Z.
Quién sabe si funcionará. Para completar la transformación, me indica que me ponga un vestido de presa con un triángulo rojo cosido.
Una presa política. «Necesitan trabajadoras donde va», susurra, y se me hiela la sangre.
¿ Ravensbrück ? Corren rumores en el campo de que allí obligan a las prisioneras a prostituirse… , ¿soy la siguiente?
Sin embargo, no puedo creer que el médico polaco me envíe a la muerte.
Es un buen hombre. Jamás me pidió favores sexuales a cambio de más raciones, como es tan habitual aquí.
Le sostengo la mirada cuando me levanta la barbilla y me desea buen viaje con voz ronca, cálida y tierna, como si no estuviéramos en el hospital del campo, sino bajo un dosel prometiéndonos.
Está enamorado de mí.
Me aferro a ese pensamiento, y rezo para que no lo descubran cuando, ya entrada la noche, me veo de pie bajo la lluvia junto a las vías del tren, empapada, con hombres de las SS dando vueltas como gallos de pelea, ansiosos por terminar su tarea y librarse de nosotras.
Mujeres consideradas lo bastante aptas para trabajar para el Führer .
No en un burdel.
Sino en una fábrica de Messerschmitt .
—No es usted judía, ¿qué hace aquí? —Es lo primero que oigo al llegar al campo de concentración de Augsburgo. El hombre de las SS con gafas de montura metálica alude al triángulo rojo cosido en mi vestido.
—Soy francesa —respondo con voz serena—. Prisionera política.
—Ah, ja, lo veo aquí…, una prisionera francesa —lee en una lista de la oficina del kommandant de Auschwitz .
De algún modo, el doctor Platt cambió la lista original por otra donde añadió mi nombre.
Me examina el brazo ajustándose las gafas, el sol se le refleja en los cristales—. Su número no se ve claro…
Antes de que pueda mirar mejor, recito mi nuevo número en alemán y luego en francés, intentando confundirlo, pero sin desafiar su autoridad.
Conozco el juego. El proceso de selección se despliega igual en todos los campos, como un reloj.
Los nazis siguen un procedimiento establecido, como hormigas sin mente que ejecutan ejercicios interminables sin saber por qué.
Algún día, rezo por que un gigante con un pie enorme los aplaste a todos.
Otro oficial de las SS grita:
—¿Qué retrasa la fila?
El hombre de las SS rezonga y bufa, la frustración le puede.
Me marca en la lista y me hace señas para que avance a las duchas.
No tiene ningunas ganas de explicarle a su superior que, de entre trescientas prisioneras judías húngaras, está perdiendo el tiempo interrogando a una francesa de pelo claro con aspecto ario.
Sigo a las otras mujeres hacia el edificio de la fábrica para ducharme, pero no siento el horror que me devastó en Auschwitz .
Estamos aquí para servir a la maquinaria de guerra alemana como mano de obra esclava, trabajando en la fábrica de armamento, no para que nos asesinen.
Los aliados se acercan; los nazis necesitan aviones, pero eso no me ocupa la mente cuando me deshago de la ropa húmeda y sucia, de los zapatos —como siempre, escondo mi cinta azul, deshilachada y mellada, en el zapato— y me ducho sin miedo a una violación.
El agua fría me cae encima y borra todo rastro de Auschwitz ; la tinta negra corre por mi brazo.
Ya está hecho. Si consigo mantenerme fuera de la línea de fuego, mi bebé y yo tenemos una oportunidad de sobrevivir.
Cojo jabón, aspiro con placer el aroma de los tacos de grasa con su matiz ácido a limón, luego me seco y recojo un vestido limpio. Calcetines, zapatos. Doy gracias por el valiente médico polaco que arriesgó su vida para traerme hasta aquí y nos salvó, a mi hijo y a mí, de un destino atroz.
Pronto descubro que mi pelo corto rubio y mis ojos avellana, que chispean verdosos en este septiembre otoñal, me consiguen un trabajo especial, digno de mi «inteligencia superior».
Me salva la vida. Por un tiempo.
De niña romaní, mamá y papá insistían en que asistiera a la escuela parroquial allí donde acampábamos. A veces nos quedábamos toda una temporada en un pueblo y las monjas me enseñaron una caligrafía preciosa, que daba un toque elegante a las etiquetas que pegábamos a nuestros frascos de perfume.
Ahora copio tablas en alemán sobre componentes de armamento, que luego se producen en serie en una máquina grande. No tengo más elección que obedecer. Cualquier sabotaje significa la muerte inmediata.
Me siento detrás de un escritorio durante mi turno de doce horas, con el vientre en crecimiento oculto a la vista. Salvo para el supervisor alemán: un hombre mayor, de manos grandes y agrietadas, que resopla con mal genio.
Lo sorprendo mirándome con compasión y a menudo encuentro comida extra envuelta en gasa en el cajón: patatas cocidas, zanahorias hervidas.
Me mantengo diligente para pasar desapercibida a medida que me crece el vientre y el verano se va.
El otoño se desprende del bosque en oleadas de rojos herrumbrosos, amarillos, naranjas.
Pronto empezaré la cuenta atrás. Estoy de siete meses y salgo de cuentas en diciembre.
Mantengo la cabeza baja, las manos ocupadas, la boca cerrada.
Tengo un trabajo de oficina en la segunda planta, así que no me presento al recuento.
El abrigo del supervisor en estos días fríos me disimula el vientre en los trayectos entre los barracones de mujeres y la fábrica.
Encuentro una paz extraña en este ritual diario hasta que mi mundo se derrumba a principios de noviembre.
Voy con retraso para imprimir, apilar y entregar el encargo de hoy al oficial de las SS responsable.
El chirrido del mimeógrafo me taladra los oídos mientras escupe el trabajo del día, pero los engranajes se atascan.
Unos chillidos agudos, estridentes y… oh, no, hojas con tinta azul salen disparadas de la máquina y vuelan por todas partes. Por todas partes.
Al suelo, bajo mi mesa.
Tengo la cara cenicienta, húmeda. El sudor me resbala por la columna. No puedo agacharme a recogerlas. Si me pongo a cuatro patas, no me levantaré.
Y el maldito teléfono no deja de sonar.
Me entra el pánico cuando, minutos después, el kommandant de las SS irrumpe en la oficina y descarga la porra contra el mimeógrafo, luego patea los papeles esparcidos por el suelo y exige saber por qué los planos del día no están en su mesa. Himmler los necesita… schnell .
El corazón se me va a salir del pecho; el instinto me empuja a cruzar los brazos sobre la barriga hinchada para proteger a mi bebé.
El oficial arrogante brama, con voz de trueno, que lo pagaré…
y se dispone a golpearme con la porra cuando mi supervisor alemán entra corriendo en la oficina y encaja el golpe; la sangre le chorrea por el brazo mientras suplica clemencia para mí.
Una mujer embarazada.
El oficial de las SS parpadea; esa noticia lo empuja a un desenlace fatal. Inflado de orgullo y desprecio, despide al alemán y luego se vuelve hacia mí, gruñendo.
¿Mi castigo?
—De vuelta a Auschwitz , Fräulein .