Capítulo 43
Angéline
Perfume:
Gypsy Fleur
Rosa Pasión, jazmín de Casablanca, sándalo
Voy a enloquecer si no me deshago del hedor de este lugar.
Tengo el olfato tan sensible que el olor es una tortura física que me atraviesa el cerebro, me hincha la nariz y me impide respirar bien.
Tengo que hacer algo para curarme. Con el suéter envuelto sobre la cabeza, avanzo por la calzada ancha que lleva a la enfermería de los hombres.
Casi me desmayo durante el recuento de la tarde cuando el guardia de las SS descubrió que faltaba alguien y tuvimos que permanecer de pie dos horas hasta que la encontraron.
Me perdí la ración de la cena y ahora estoy lo bastante desesperada como para pedirle al médico amable con quien he hecho amistad que me permita una gota de aceite de menta de los suministros médicos.
A los prisioneros solo se les concede un corto rato de tiempo libre para socializar en los barracones, pero me arriesgué y me escabullí.
El médico no me denunciará al kapo. Me conoce por mi trabajo con hierbas en la cocina; sabe que soy de París.
Hillel Platt también es prisionero, un médico judío de Polonia, pero estudió en París y habla francés…
Un deleite para mis oídos incluso cuando mi nariz sufre.
Me limpio la cara con la falda; la humedad me deja la piel caliente y pegajosa.
Llevo la cinta azul de Le Courage atada a la muñeca, el humo negro hoy es especialmente espeso.
Estoy a punto de dar la vuelta cuando oigo toses…
no un sonido áspero, sino un estallido violento de frustración que sale de alguien en apuros.
Curiosa, me asomo por la puerta entornada y veo al doctor Platt golpear la espalda de un oficial de las SS que se está ahogando, mientras intenta sacarse algo de la garganta.
Se me corta la respiración, el pulso se me acelera: reconozco al oficial a cargo del bloque.
Casi siento alegría al ver sufrir al nazi…
¿por qué no habría de sufrir? ¿A cuántas mujeres ha matado, violado?
Aun así, no puedo apartar la mirada.
La intensidad de verlo sufrir me provoca algo que jamás habría imaginado.
Me recuerda que soy humana, aunque él no lo sea.
—Podría matarlo, docteur , haciéndole eso —digo en francés—. Lo he visto pasar.
El médico me mira, con el puño golpeando la espalda del hombre. Luego el reconocimiento le ilumina los ojos.
—¿Qué está diciendo, mademoiselle ?
—Si lo que lo atraganta se mueve, bloqueará por completo la respiración.
—Tengo que intentarlo, mademoiselle . Ayúdeme.
Vuelvo a dudar: mi rabia, mi desesperación y el odio puro por todo lo que representa el hombre de las SS martillean en mi cabeza; y, sin embargo, también oigo la voz de mamá suplicándome que no la defraude ni me convierta en uno de ellos cuando sé cómo ayudar.
Papá me mostró qué hacer cuando alguien de nuestra caravana se atragantaba, un truco que aprendió de un tragasables del circo.
Un hombre con demasiadas situaciones de vida o muerte por asfixia.
—Ponga su pierna entre las suyas, monsieur —empiezo, indicándole al médico que se coloque detrás de él—. Localice el ombligo con el dedo…, luego cierre el puño y colóquelo con el pulgar contra su estómago.
—No consigo abrirle la chaqueta.
—Tiene que hacerlo.
El hombre de las SS tose cada vez con más violencia y, aunque me revuelve el estómago, me acerco tanto que le huelo el pollo grasiento en el aliento.
Debe de haberse tragado un hueso. Aprieto la mano en su cinturón y lo desabrocho, luego los botones de la guerrera, con el temible emblema de las SS mirándome de frente.
Cada medalla, cada galón, cada símbolo representa vidas destruidas.
Lo odio…, los odio a todos. Y aun así no puedo detenerme.
Le abro la chaqueta de golpe para darle al médico acceso al abdomen, con las manos en posición como le indiqué y entonces…
—Manténgase por debajo de las costillas; ahora agarre su propio puño con la otra mano y empuje hacia dentro y hacia arriba, una y otra vez…
El preso judío no es alto, pero es fornido, brazos fuertes, pecho ancho. Sigue empujando hacia dentro y hacia arriba con fuerza sin parar… el médico gruñe, el oficial de las SS se ahoga con una violencia tal que tiemblan las paredes cuando…
—¡Aaaah…, mein Gott ! —grita el hombre de las SS cuando el hueso de pollo sale despedido, llevándose las manos al cuello, los ojos desorbitados como si no pudiera creerlo. Aprieto los puños, expectante. El médico asegura al hombre en alemán que se recuperará; luego él se vuelve hacia mí.
—¿Dónde aprendió eso, mademoiselle ?
—De mi papá. —Reto al oficial con la mirada y añado con orgullo en alemán—: Un Zigeuner .
El de las SS me observa sin cambiar la expresión: ni agradecimiento ni odio. Entonces los veo a él… a ellos… tal como son. Bastardos arrogantes y faltos de respeto, incapaces de sentir o de emocionarse.
Se relame, se alisa el pelo rubio rapado, se ajusta la chaqueta y sale corriendo, ni siquiera un « Heil Hitler ». No sé si sentirme insultada o agradecida. Me da igual. He hecho lo correcto. Cierro los ojos, exhalo, escucho. A mi alrededor queda un aura asombrosa.
El médico polaco murmura.
Yo me pregunto si me arrepentiré de haber salvado al hombre de las SS.
Un pensamiento extraño, pero real: que algún día ese mismo hombre me envíe a la muerte.
—Está embarazada, mademoiselle .
Entro en pánico y le agarro la manga al médico.
—Por favor, no me denuncie. Matarán a mi bebé.
—¿Hemos llegado a eso, mademoiselle ? —dice el doctor Platt , frotándose la frente.
Es un médico joven, de no más de treinta y pocos, pero el rostro se le cae, lastrado por los horrores que ha visto—.
¿A olvidar mi juramento, lo que prometí hacer?
Salvar vidas, no quitarlas. —Me sujeta por los hombros, y el dolor en sus ojos oscuros y profundos se arremolina como las cortinas de lluvia que convierten este campo en ríos de barro.
Han pasado dos semanas desde que le ayudé a salvarle la vida al hombre de las SS.
Nos hemos vuelto cercanos: él me consigue raciones extra a escondidas, medicinas para las enfermas de mi barracón.
Recuerdo cómo me miró aquel día, cuando salvamos al nazi: el blanco sucio de su bata era un faro de bondad frente al verde oliva apagado del uniforme alemán, sus ojos me mostraban respeto.
Algo que no he sentido desde que estoy aquí.
Hablamos en francés en voz muy baja; el pulso se me acelera. Me pregunto si puedo confiar en él. Mi hijo corre peligro cada día que pasa. No se me nota… todavía, pero si el médico nazi lo descubre, no puedo soportar imaginar lo que nos ocurrirá. A mí. A mi hijo.
—Estaré a salvo en el campo gitano. —Empiezo a pasear, olvidándome del jengibre que venía a buscar para calmar los dolores de estómago—. Allí los nazis nos dejan en paz…
—Tiene que escucharme, mademoiselle ; ha llegado otra orden —dice, y sus ojos me suplican con tal intensidad que me enfada y me confunde a la vez—. El levantamiento de mayo solo fue un aplazamiento.
—¿Un aplazamiento? ¿Qué quiere decir?
—Esta noche vendrán camiones para llevarse a todos los del campo gitano… No puedo ayudarlos, pero puedo salvarla a usted, mademoiselle . La esconderé en el hospital del campo, donde no la encontrarán.
Con la mandíbula apretada, mi cerebro no alcanza a comprender lo que intenta decirme: que el horror es un fuego vivo que respira y que no se apaga.
Ingenuamente creí que podría sobrellevar el suplicio continuo de sobrevivir, los retortijones de hambre que me desgarran por el día y el terror que me hiela la sangre y me mantiene despierta por la noche.
He aprendido a no decir nada, a rezar para que cualquier tarea que se le ocurra al oficial de las SS sea algo que pueda hacer, a mantener la vista baja.
«Sobrevivir… un día más», me repito, con el calor volviéndose insoportable, sobre todo de noche, cuando nos apiñamos en la litera.
El sudor humano mezclado con un deseo crudo tan abrumador que entierro la cabeza en las manos y casi dejo de respirar para que el hedor no me invada el cerebro.
Los sonidos de sexo urgente entre hombres y mujeres desesperados, acurrucados en la letrina, sus almas clamando no solo por el desahogo físico, sino por la fuerza de una caricia humana y amorosa…
No los culpo. Yo ansío el contacto de Mon amour , pero encuentro consuelo al frotarme el vientre, sabiendo que su amor vive dentro de mí.
Durante el día recojo mis hierbas, y ayudo a Rosela con los niños.
—¡ Rosela ! —suelto, presa del pánico—. Tengo que avisarla.
¿Cómo he podido ser tan estúpida y no ver venir este día?
Las señales estaban ahí. Trasladaron a otros campos a los hombres romaníes aptos para trabajar, y les permitieron despedirse de sus familias: les prometieron que pronto se reunirían con ellos.
Fue una farsa. Los nazis tienen un plan, siempre lo tienen.
—Debo volver a los barracones antes de que lleguen los camiones, buscarla… nos esconderemos juntas, nos…
El doctor Platt Hillel me rodea la cintura. Tiene el hedor del asqueroso desinfectante que usan los alemanes impregnado en la ropa, pero me da un abrazo cálido, protector. Me susurra con aliento caliente, me suplica:
—No puede hacerlo, mademoiselle .
La voz se le vuelve tierna, y trasluce lo que siente por mí. No lo esperaba. Le he oído hablar de una prometida, una maestra polaca que trabaja en la Resistencia. Dios sabe si sigue viva.
—No puedo quedarme aquí, doctor. No puedo.
—Si intenta salvarla, las gasearán a las dos, mademoiselle . —Pausa—. Piense en su bebé.
Sus palabras me golpean con fuerza. Ya no puedo seguir durmiendo en un sueño sin fin donde estamos a salvo el bebé y yo. Con esas palabras, todo lo que sé sobre la vida en Auschwitz deja de existir.
Los camiones llegan esta noche, dijo, para llevarse a todos los gitanos y asesinarlos.