Capítulo 42
Angéline
Perfume:
Sintessa
Uva moscatel, lirio del valle, cedro
—Me armé con un cuchillo y un palo largo, con piedras en los bolsillos, y luego me atrincheré con los demás en el campo gitano, esperando… desafiando a los nazis a que nos hicieran salir.
Emma deja de escribir y se aprieta las manos.
—¿El levantamiento romaní, madame ?
—Sí. El 16 de mayo de 1944, una horda de hombres de las SS armados con ametralladoras rodeó los barracones, gritando «Los! Los!» para que todo gitano saliera y se mostrara.
—¿Y salieron? —pregunta.
—¿Para que nos gasearan? No, juramos que no nos rendiríamos tan fácilmente.
Nos mantuvimos firmes en silencio… Hombres con palancas y palas, muchos con experiencia militar, aguardaban para liderar la carga.
Yo ocupé mi puesto junto a Rosela , armada como los hombres y lista para luchar.
Pasaron horas. Silencio total en los barracones.
El crepúsculo se hizo noche… y ningún gitano salió de los barracones.
Los hombres de las SS se quedaron atónitos, soldados tan acostumbrados a dar órdenes, desconcertados por nuestro valor.
—Estoy tan orgullosa de usted y de su pueblo.
—Por fin oímos un silbido —prosigo—. Fuerte.
Luego el sonido de las botas claveteadas retirándose y todo terminó.
Oh, la euforia que sentimos, la fuerza, el poder.
Habíamos hecho retroceder a los boches atrincherándonos en los barracones; les demostramos que éramos capaces de resistencia organizada.
Estábamos convencidos de que tendrían que dejarnos marchar.
—Suspiro—. No lo hicieron, por supuesto, y la vida siguió…
más sucia, más fea… con menos comida. Y yo fui creciendo…
El vientre más redondeado, los pechos más llenos, aunque, con la malnutrición que sufríamos en el campo, la hinchazón no era rara.
Jugué esa baza, sabiendo que mientras pudiera trabajar y mantenerme en pie en el recuento de la mañana y de la tarde, sobreviviría un día más.
Ayudó que me volviera imprescindible en la cocina con mis habilidades para mezclar hierbas.
Para mi alegría, el kapo hacía la vista gorda cuando robaba margarina, salchicha y mermelada de las despensas nazis y lo compartía con Rosela .
A la larga, dio resultado. No nos moríamos de hambre lentamente… Todavía no.
Me reclino, agradecida por haber verbalizado por fin el horror de aquellas primeras semanas en Auschwitz . «Quitarse un peso de encima», dice Emma . Está visiblemente conmocionada y me pide si puede hacer una pausa. Le veo las lágrimas asomando a los ojos. A mí también me asoman.
—Necesito ir a llorar —dice—. Un llanto de dolor.
Asiento. La comprendo.
Ryker emerge de las sombras y se acerca a mí con una pregunta en los ojos y la frente arrugada de preocupación.
—Si me permite, madame … Ella me necesita.
—Sí, ¡ve con ella! Estoy bien.
No lo estoy, pero he tenido más de cincuenta años para rumiar estos hechos horribles y he aprendido a sobrellevarlos.
Emma no. En medio de tanto dolor y horror, me reconforta sentir cómo crece la cercanía entre esos dos y haré cuanto pueda por fomentarla.
Ya más tarde, esa misma noche, después de un ligero picoteo de queso, fruta, baguettes recién hechas y café, continúo mi relato.