La chica perdida en París Capítulo 41 #2
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Capítulo 41 #2

Nos hacen correr como animales de cuatro patas hacia la sauna donde el mismo oficial sádico cambia el agua de fría a caliente…

y luego fría. Empapadas y temblando, volvemos a alinearnos, pasando por turnos frente a unas prisioneras estoicas armadas con tijeras y navajas.

Una prisionera de rostro pétreo, caderas anchas y un trapo en la cabeza me corta el pelo y para siempre se pierden los restos de mi tinte negro que mostraba con tanto orgullo aquel día en el Hôtel Ritz.

No puedo creer que ese día haya existido siquiera, de pie aquí en esta amalgama de humanidad, hombres, mujeres y niños…

despojados de nuestra dignidad como liebres despellejadas.

Por sus gestos con la mano, me está ordenando subir al taburete.

Titubeo, y el golpe de la porra de un guardia en la parte posterior de mis piernas me obliga a obedecer con tanta rapidez que me tambaleo sobre el taburete hacia delante y hacia atrás.

Entonces, para mi horror, me afeita el vello púbico.

«Cómo se atreve, qué indecente…». En ese momento me derrumbo, encorvo los hombros y pongo las manos, palmas hacia abajo, sobre mi vientre ligeramente abultado.

Ella las empuja hacia los costados, refunfuñando en polaco, y un instante de comprensión la atraviesa.

Me mira con ojos hostiles e inquisitivos.

Me pongo rígida, luego me encojo, desesperada por contener el miedo.

Pero ella lo sabe. Lo sabe.

Para mi sorpresa, sus ojos marrón oscuro se ablandan; se lleva el índice a los labios, advirtiéndome que guarde silencio. Con movimientos rápidos y parejos de la maquinilla, baja la cabeza y termina el trabajo con cuidado antes de pasar a la siguiente mujer. Su compasión me da coraje.

Permanezco inmóvil sobre el pequeño taburete.

Desnuda.

La piel lisa. Afeitada por completo. Es increíble la corriente que siento entre las piernas, me da escalofríos, incluso en esta habitación caliente.

Debería avergonzarme, pero a menudo me baño desnuda en los arroyos que rodean el château …

Mon amour me salpica con agua fría, y yo llevo un collar de flores silvestres con el que reclamo mi derecho como reina de las hadas.

Tengo que pensar en algo para mantener la calma o me volveré loca rodeada de hombres malvados e inhumanos cuando…

— Raus ! ¡Fuera! —grita un guardia de las SS.

Se acerca lo bastante como para ver la determinación en mis ojos y levanta la porra para golpearme otra vez, pero esta vez no retrocedo; desato mi «espíritu gitano» sobre él, provocándole descaradamente con el contoneo de mi cuerpo, advirtiéndole con la mirada que no dañe la mercancía…

No soy tonta. La violación y el sexo forman parte de la guerra tanto como los disparos y el avance de las tropas.

Este soldado nunca ha intentado humillar a una chica romaní antes.

Mejor aprovecho la ocasión mientras puedo, antes de perder mis curvas femeninas que lo enloquecen, antes de perder el atractivo por la falta de comida, por la inmundicia…

, antes de que, Dios no lo quiera, si ocurre lo peor, se apague el fuego en mí.

Si la crueldad que he presenciado aquí indica el trato subhumano que nos espera a romaníes y judíos por igual… entonces afronto mi mayor desafío.

Me deslizo descalza del taburete y me uno a las demás. He aprendido una cosa: muestra coraje y encuentra sus debilidades. Úsalas contra ellos, explótalas, porque no me importa lo que hagan conmigo.

Sobreviviré.

Dos semanas después

—Le llaman el Ángel de la Muerte.

—¿A quién, Rosela ? —pregunto, observando a los oficiales de las SS que rondan los barracones del hospital, riendo, fumando. Leyendo números de una larga lista. Contando prisioneros…, siempre contando. Llamando a recuento por la mañana, por la noche. Cuando les place. Me vuelve loca.

—A ese de ahí…, el moreno de buen porte. Es tan malvado como el mismo Lucifer.

Nos pegamos al lateral del barracón de madera, nuestros pañuelos cuadrados bien anudados en pequeños hatillos y llenos de hierbas que recogimos alrededor del perímetro para la sopa del campo.

Jengibre. Romero. Albahaca. Y ajo silvestre que crece en el bosque.

No puedo comer demasiado ajo porque provoca sangrados.

Una caída, un golpe de un guardia… podría abortar y desangrarme hasta morir.

Por fortuna, nadie nos presta atención. Como mujeres romaníes, estamos sujetas a normas distintas de las otras presas, pero eso no mejora nuestras vidas. He oído demasiadas veces que «a Auschwitz no se viene a vivir, sino a morir».

Aun así, tengo curiosidad. Me asomo un poco y miro alrededor…

Rosela me tira hacia atrás. «No lo mires… es retorcido y no te puedes fiar de él. Sobre todo, no le digas que estás embarazada».

—¿Por qué?

—Es sentencia de muerte para tu hijo.

Sí, ella conoce mi estado. Era un riesgo que tenía que correr.

Nos colocamos juntas en la lista de recuento cada mañana y noche, comemos juntas, cuidamos a los niños en la «guardería».

Nos cubrimos mutuamente la espalda. Ella también está sola aquí, después de perder a su marido en una pelea durante una redada y quedar separada del resto de su familia. No tiene ni idea de qué fue de ellos.

—Y no te fíes de sus artimañas —termina, me empuja y nos alejamos de ese hombre horrible antes de que nos vea— o acabarás en el crematorio, quemada viva.

—No puedo ocultar mi embarazo para siempre.

Se acerca a mi oído.

—Conozco a una médica, una prisionera, que puede ayudarte con eso.

Palabras duras, violentas, que atraviesan el alma de una madre con un tenedor del diablo, pero sus ojos cuentan otra historia. Ojeras profundas cargadas de tanto dolor que tengo que preguntar…