La chica perdida en París Capítulo 41
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Capítulo 41

Angéline

Perfume:

Angéline

Mimosa española, tuberosa, almizcle

— Sei ruhig , Fräulein ! ¡Quédate quieta!

Aparto mi brazo del prisionero judío que sostiene la aguja larga en la mano.

¿Qué acto de barbarie pretende llevar a cabo?

Él me grita en alemán. Yo le grito en francés.

Entonces un guardia de las SS me golpea en la espalda con la culata de su fusil.

Maldiciendo en romaní, caigo al suelo, y me abrazo el vientre, me muerdo el labio, decidida a no mostrar debilidad delante de los boches, cuando una voz grave de mujer me susurra al oído:

—¿Quieres morir, chica? —dice en romaní—. Morirás si no te tatúan el número.

Inclina mi cabeza para que la mire y veo a una joven de mi edad que lleva un vestido azul desteñido, con un chal beis ceñido a la cintura y un pañuelo rojo y amarillo cubriendo su pelo corto y negro.

Su piel es tersa y oscura, sus ojos refulgen como brasas.

Por su dialecto, es sintisa. Una gitana alemana.

—Quiero vivir —susurro en nuestra lengua y, al mirar por encima del hombro, veo a otros esperando que la aguja les atraviese la piel, los ojos desorbitados, la boca abierta.

En estado de shock . Ancianos esparcidos en el barro del suelo, gimiendo y rezando, niños llorando.

A diferencia de los judíos que llegan en los trenes, las familias romaníes no son separadas; siguen a las SS inmersas en un trance.

No es de extrañar que los nazis hagan con nosotros lo que quieran.

—Entonces levántate. —Me empuja hacia el prisionero con la aguja larga, el ceño fruncido. En voz baja añade—: Te ayudaré.

Se llama Rosela . Con los dientes apretados, hago lo que me dice; sus palabras escalofriantes me atraviesan. Por primera vez desde aquel día en París cuando el hombre de las SS me ató las manos a la espalda tan fuerte que se me entumecieron los dedos, temo no volver a ser libre jamás.

¿Cómo puede el hombre hacerle esto a su semejante, mamá?

Astutos, crueles, se recrean en destruir la autoestima de una mujer como fichas de dominó que caen una tras otra con cada humillación.

Nos conducen como ganado en un camión de carga o en un vagón; nos ordenan dejar nuestras pertenencias fuera, en un montón, y luego nos marcan como ovejas sin sentido.

Rezo para que su fantasma no esté cerca.

A pesar del miedo, no puedo evitar seguir con el drama: observo al tatuador judío meter la aguja, unida a un portaplumas, en el fuego de la estufa mientras Rosela toma mi muñeca izquierda y me empapa el antebrazo por fuera con alcohol de una botella sucia.

Luego sostiene un papel con números mientras mantiene mi brazo firme.

—A los gitanos no los registran por nombre —susurra—, solo por número.

El tatuador moja en tinta el otro extremo y me perfora la piel con la aguja caliente. Mi piel es blanda, sangra. Me estremezco; cada clavada de la aguja me aguijonea como un insecto zumbador y un doloroso ajuste de cuentas sella mi destino.

La letra z… de zigeunerin . Gitana.

Luego cuatro cifras.

Trazada en mi piel, la tinta negra reluce en mi brazo sudoroso, cada pinchazo fijando en mi mente el proceso extenuante que me trajo hasta aquí.

Me visualizo de pie, en fila recta tras habernos sacado del camión a gritos y empujones los hombres de las SS.

Tiritando, desesperada, tomé mi sitio en la fila, mirando a todas partes, mi sentido del olfato saturado por el hedor de la quema y las nubes negras de humo.

Lo que me llamó la atención fueron las llamas rojo sangre tocando el cielo.

Percibí un leve aroma afrutado en el aire, de dónde venía, no lo sé.

Evalué un plan de fuga. Imposible. Guardias armados, perros aullando y tirando de sus correas, hombres de las SS blandiendo porras, gritando, chillando para que nos mantuviéramos firmes mientras nos contaban una y otra vez, hasta que un vagón se estacionó al final de las vías con más de cien personas apiñadas dentro, judíos y romaníes, los muertos yaciendo encima de los vivos.

Justo cuando pensé que podía respirar, empezó el proceso de selección.

¿Selección para qué?

Todas las miradas clavadas en un imponente oficial de las SS que tomaba la decisión desde una lista en la mano, el aire nocturno mordiendo mis mejillas, la espera insoportable sobre todo cuando me di cuenta de que los presos asustados no lograban ni un pestañeo de sus pesados párpados conforme avanzaba la fila.

El boche señaló a la izquierda y luego a la derecha…

¿A dónde los enviaban? Cuando llegó a la mujer del panadero, sonrió con sorna y señaló a la izquierda… Me sonrió… y señaló a la derecha.

Yo no protesté cuando Sara me empujó su maleta, suplicándome que la tomara, rezando para que muriera pronto antes de que alguien profanara su cuerpo, prohibido por la Torá.

Se refería al tatuaje.

Ya está hecho.

Miro la tinta fresca. Ya no soy Tiena ni Angéline , sino un número. Las primeras palabras que aprendo en alemán proceden de ese número. «Memorízalo —susurra Rosela — y díselo cuando pregunten o te darán una paliza».

Asiento. La dura realidad se instala en mis huesos; lucho mentalmente contra la indecencia que nos han infligido.

Estas mujeres inocentes, sus hombres, incluso niños.

No puedo ignorar los susurros; voces quedas, los sollozos mientras salimos de los barracones, por una amplia calzada, yendo… ¿a dónde?

Si van a asesinarnos, me convenzo, no se molestarían en inscribirnos, lo que significa que Sara está muerta. ¿Cómo? No oí disparos, pero el olor a humo contamina mis fosas nasales con un aroma potente que me revuelve el estómago. Mi agudo olfato capta lo que detecto como carne asándose.

¿Qué? No, no… No puede ser.

Me pitan los oídos en negación, se me retuercen tanto las tripas que me falta el aire, pero sigo andando, agarrando el asa de cuero gastado de la maleta con la palma sudorosa.

Mis nervios se entumecen ante el dolor punzante en el brazo embadurnado de tinta, sangrando por los pinchazos, pero el corazón me pesa como una losa en el pecho.

Estoy desesperada por saber qué ocurre, ordeno a mi cerebro que permanezca alerta…

Me concentro en el montón de ropa, maletas, zapatos atados cerca del gran edificio de ladrillo del que sale humo por la chimenea.

Incluidos unos zapatos rojos con medias de algodón metidas dentro, bajo el foco acusador. Esperando que su dueña vuelva.

Es entonces cuando me doy cuenta de que no regresará jamás.

—¡Desnúdate, Fräulein , vamos!

Titubeo desabrochando los botones del suéter, preparándome para perder lo último de mi dignidad.

Aspiro aire hondo, contengo el vientre, todavía plano.

Me pregunto si tendrían compasión de una embarazada.

Por la expresión burlona del guardia descarto esa idea inútil y me quito los zapatos, las medias —escondo mi cinta azul en el zapato izquierdo—, luego los pantalones, la blusa…

Giro la espalda al bajarme los tirantes del sujetador por los hombros; la piel se me eriza por el frío repentino, como si alguien hubiera abierto la puerta.

Un oficial de las SS, bajo, recio y con gafas, pasea entre las filas de mujeres y chicas semidesnudas y empieza a azotar con fuerza con su gato de nueve colas, apurándonos, diciéndonos que vamos con retraso… y anuncia con tono gozoso que las duchas son lo siguiente. « Macht schnell !»

Es de madrugada y este infierno viviente empeora a la luz del día.

Veo ola tras ola de carne humana de todas las formas convirtiéndose en una masa sin nombre…

la humillación final. Durante la noche más larga, después de recibir la marca del demonio teutónico, los guardias de las SS llevaron otro vagón de hombres, mujeres y niños sinti y romaníes a los barracones para tatuarlos; luego, presos con camisetas y pantalones a rayas se afanaron como ratones para coser en nuestra ropa un triángulo negro invertido junto con nuestro número.

Después, una gran x en aceite rojo en la espalda.

Nos dijeron que las limpiarían y las desinfectarían de parásitos, que luego nos las devolverían porque íbamos al zigeunerlager , el campo gitano, en Birkenau , a unos dos kilómetros y medio del campo principal de Auschwitz .

No sé si reír o llorar.

He vuelto con los míos, mamá.

Pero nunca había visto a los romaníes así: en shock , horrorizados, estos orgullosos nómadas desencajados y aterrados.

Siento compasión por las mujeres mayores obligadas a desnudarse ante los suyos.

Estoy paralizada por el caos hasta que oigo pasos de botas pesadas detrás y un hombre de las SS me arranca el sujetador, luego lo hace girar en la punta de su bayoneta, riéndose.

Riéndose.

He visto monstruos antes… y volveré a verlos, pero nunca me había llenado de tanto odio hacia todos los boches como ahora.

Cerdos repugnantes sin decencia. Tengo un miedo terrible de morir aquí y él se ríe.

A duras penas consigo sujetarme la lengua para no sellar mi destino.

Se me ponen los pelos de punta. He sentido la mano pesada del enemigo antes, y sé que responder significa la muerte, pero no le permitiré que me degrade.

Un momento después, cuando va a por mis bragas, me escabullo entre las sombras, luego me quito la ropa interior y se la lanzo a la cara; casi espero sentir la hoja de su bayoneta entre los omóplatos.

Mi desafío provoca un grito del oficial bajo de estatura, que obliga a las mujeres histéricas a ponerse en fila y nos hacen atravesar a todas —cien, doscientas— un pasillo de sus hombres que nos insultan y gritan en alemán; sus gruñidos guturales me provocan un odio tan ardiente que no siento el frío matinal.