Capítulo 40
Emma
Perfume:
Riviera Madness
Rosa amarilla, naranja limonera, almizcle cálido
—¿Volvió alguna vez a Auschwitz después de la guerra, madame ? —tengo que preguntar.
—Sí. En la primavera de 1975. Lance y yo fuimos juntos.
Como si lo hubiera ensayado, saca una foto del bolsillo del pantalón.
Parpadeo. Qué pareja tan poderosa formaban.
En la Polaroid en color, Madame posa en Auschwitz con un traje pantalón blanco de pernera acampanada, botas blancas y grandes gafas de sol oscuras.
El cabello platino recogido en un moño. Lance se alza a su lado —no tenía ni idea de que fuera tan alto—, con cazadora de cuero negra, vaqueros, gafas de aviador, barba de unos días y el pelo oscuro largo, atado con una tira de cuero.
Un hombre endiabladamente atractivo para…
, ¿qué edad tendría entonces, sesenta y tantos?
No puedo dejar de mirarlos. Verlos juntos me pone la piel de gallina.
Nunca piensas en los abuelos de nadie como personas atractivas, pero vaya si lo eran.
—Nunca imaginé que volvería al campo para intentar salvar mi matrimonio —dice.
—¿Qué quiere decir, madame ?
—No éramos las mismas dos personas que fuimos durante la guerra, el apuesto agente doble y la salvaje muchacha romaní.
Intentamos hallar nuestro lugar en tiempos de paz, pero al hacerlo nos fuimos distanciando.
Volver a Auschwitz fue algo que debíamos hacer antes de poder seguir adelante.
Tenía que enfrentarme a las sombras que tiraban de mí y concentrarme en lo que mantenía mi espíritu fuerte.
—¿Y qué era eso, madame ?
— Mon amour . No tuve ocasión de decirle cuánto lo amaba aquel día en el Jeu de Paume , antes de que las SS me separaran de él.
Me dolió tanto que juré que volvería a ser libre para abrazarlo y no soltarlo jamás.
Estaba decidida a mantenerme firme. Por él.
—Un largo suspiro se escapa de sus labios—.
Aquel día afrontamos juntos mis demonios.
Antes me daba demasiada vergüenza hablar de ello.
Nunca creí que compartiría el horror de lo que me ocurrió con nadie más que con Lance .
—Sonríe.— Y entonces apareciste tú, mademoiselle .
Avergonzada, me obligo a volver a conectar con mi bloc amarillo y mi lápiz, y espero a que continúe.
—Nos reconciliamos antes de que él partiera hacia El Cairo, después de visitar Auschwitz —dice—.
Antes de que se fuera, hablamos sinceramente sobre la guerra.
Algo que no hicimos cuando nos reencontramos en 1945.
¿Quién querría recrearse en el pasado? La suciedad, la humillación, el hedor de la muerte.
No es propio de los romaníes. Además, estábamos demasiado llenos de planes de futuro, y no fue hasta años después de aquel día de abril en París cuando supe que Lance había planeado mi fuga de la prisión militar, pero tuvo que cancelarla al enterarse de que Angéline de Cadieux estaba «muerta», aunque no lo creyó.
No tenía ni idea de que yo iba en un camión rumbo al campo de tránsito bajo la identidad de la gitana Tiena Cordova .
—Debió ser devastador saber lo cerca que estuvo de recuperar la libertad.
—Así fue. Nuestra relación tuvo cosas buenas y cosas malas…
Las pesadillas…, por no mencionar la culpa del superviviente.
También me avergonzaba la humillación que sufrí a manos de los nazis y me acomplejaba mi cuerpo.
Lance lo comprendía y me abrazaba cada vez que tenía un «mal momento», pero los ataques de pánico no cesaban.
Rezábamos para que lograra lidiar con lo que viví en Auschwitz , cómo escapé de la muerte, y pudiéramos seguir adelante.
—¿Nunca regresó a Dachau ?
—No. Era demasiado doloroso. Ya no podía llorar; las lágrimas no aliviaban mi angustia.
Se refiere a la pérdida de su hija.
Odio verla tan abatida. Como si lo hubiera enterrado en el pasado, pero ahora regresara sigilosamente y ella no supiera cómo afrontarlo. Me concentro en las dos personas de la foto.
—¿Cómo logró ese viaje salvar su matrimonio?
—No eran solo mis pesadillas y mis problemas de autoestima los que causaban dificultades.
Yo dirigía la Casa Doujan , creando distintos perfumes maravillosos, mientras Lance buscaba aventuras en sus viajes a Egipto y Oriente Próximo.
Tampoco ayudaba que no pudiéramos tener otro hijo y que nuestra bebé se nos hubiera ido.
Otra razón más por la que no quería volver a Auschwitz , la sola idea me provocaba episodios de náuseas, me hacía hervir la sangre, me temblaban los labios y no podía parar.
Luego me invadía una humedad fría, un desespero que cortaba como un cuchillo…
el mismo miedo que sentí en el campo gitano cuando lavé mi ropa interior y tuve que dormir con ella puesta.
Mojada. —Está reviviendo el momento; luego me lanza una mirada, casi como si hubiera olvidado que estoy allí—.
Envuelta en un hatillo, guardaba mi ropa interior bajo la pierna hasta la mañana siguiente para que nadie me la robara.
—¿Robar era algo común en los campos?
Durante un momento me observa como si sopesara si responder o no.
—Sí… Yo robaba comida, mademoiselle , cambiaba cosas para conseguir zapatos que mantuvieran mis pies secos, trapos con los que envolver a mi bebé; luego los cosía para cubrir su pequeño cuerpo tembloroso.
Cambiaba mi ración de pan por leche para alimentarla, celebrando cada onza que ganaba como si fuera una derrota nazi.
Mentía cuando era necesario, cualquier cosa para sobrevivir un día más.
Me servía del instinto animal, del ingenio y de mi don romaní para el trueque para obtener lo que necesitaba para vivir.
Estaba acostumbrada a los cambios fuertes, y eso jugó a mi favor.
Cuando regresé era distinta, quería dejar atrás a aquella chica, pero su sombra me seguía a todas partes, hasta que al fin la dejé descansar cuando volvimos a Auschwitz .
Una purificación que tardó semanas en completarse.
Anhelaba con todas mis fuerzas salvar mi matrimonio.
Aquel viaje nos sanó, fue una manera de reparar la grieta que habían provocado el sufrimiento y la degradación que soporté a manos de las SS.
Lance me comprendió mejor, comprendió por qué me había vuelto más independiente.
»Él también tenía que enfrentarse a sus propios demonios.
Era un hombre rico. No trabajaba para el Instituto de Boston: era su propietario, además de dueño de una acería.
Su abuelo había sido un gran filántropo y fundó el instituto para devolver algo a la ciudad que le había hecho rico y ofrecer a los niños la educación que él nunca tuvo.
Lance no necesitó trabajar ni un solo día de su vida, pero su pasión por corregir los errores del presente estudiando el pasado lo dominaba por completo.
Durante la guerra financió varias operaciones de la Resistencia mucho antes de que el Foreign Office británico creyera en él.
Sin embargo, su verdadera pasión era la arqueología, el desafío, el misterio.
En 1975, estaba empeñado en unirse a una expedición en Egipto para explorar una tumba recién descubierta, pero no quería dejarme.
Yo le insistí en que fuera, sabiendo lo que significaba para él.
¿Cómo no hacerlo? Lo amaba y entendía su pasión, aunque casi le costó la vida cuando quedó atrapado en un derrumbe.
Nunca volvió a ser el mismo, pero no quedó postrado en cama hasta principios de los años ochenta. Lo cuidé hasta el final.
—Dios mío…
Me reclino, con el corazón encogido, y cierro los ojos. Ya era bastante duro escuchar lo difícil que fue su matrimonio, pero saber que aquella fue la última vez que estuvieron juntos antes del accidente me deja atónita.
—Por eso nunca hablé de nuestro viaje a Auschwitz .
—¿Por qué lo hace ahora, madame ?
—Tú, Emma , con tu curiosidad sincera, tan distinta a la de otros periodistas, y tu profundo deseo de comprenderme.
Y de entender lo que ocurrió en los campos.
—Suspira hondo—. Me convenciste de que llega un momento en que hay que hablar de ello para que el mundo no olvide jamás lo que allí sucedió.
— Merci , madame . —Agradezco el cumplido y prosigo—. ¿Qué la ayudó a sobrevivir en el campo?
—No qué, mademoiselle , sino quién. —Se inclina hacia delante.— Se llamaba Rosela y era sintisa…, una gitana alemana. No habríamos sobrevivido la una sin la otra. Necesitabas a alguien cuando las cosas se ponían tan mal que ya no sabías si podrías resistir.
Sus ojos se oscurecen y vuelve a Auschwitz . Esta vez no es en 1975, con Lance , después de la guerra.
Es abril de 1944.