La chica perdida en París Capítulo 39
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Capítulo 39

Angéline

Perfume:

Mademoiselle Mimi

Rosa de Marsella, jazmín, vainilla salada

Tirito de frío, agitando los brazos como las alas de un colibrí. Llevamos como una hora en un vehículo descubierto, rumbo al este de París, el viento dándonos en la cara y el estómago vacío.

Y yo sin abrigo.

Sigo temblando por dentro, sin forma de satisfacer mi rabia contra aquella alemana que se apropió del abrigo de Yvette .

Un símbolo de su sacrificio y su valor. A cambio, tengo mi cinta de seda azul que huele a Le Courage para recogerme el pelo, y eso me da fuerzas.

Es una tontería, claro, pero pensar en otra cosa impide que el pavor me invada el cerebro.

Lo desconocido que nos espera. Mujeres llorando… Otras inquietas… Pero una, muy amable.

—¿Puedo, mademoiselle ?

Una mujer de cincuenta y pocos abre su sencilla maleta marrón, con las correas de cuero gastadas, pero las hebillas de latón relucientes, y saca un jersey azul con un cuello festoneado y una estrella de David amarilla cosida en el lado izquierdo.

Con mano cariñosa va soltando los hilos uno a uno y guarda la estrella en el bolsillo.

Luego, sonriendo, me coloca el jersey sobre los hombros.

Vuelvo a estremecerme, esta vez por la bondad de una desconocida.

— Merci , madame .

—Me llamo Sara —me dice.

Me pregunto si los nazis la detuvieron cuando tenía el pan en el horno. Huele a harina y manteca. Sal kosher . La esposa de un panadero del barrio del Marais . Tiene una cara dulce, mejillas de manzana y unos ojos graves que brillan mientras me ajusta el jersey sobre los hombros.

—Lo tejí hace una vida con lana gruesa de oveja, cuando las estanterías de nuestra tienda estaban llenas de pan trenzado de huevo y bollos salados de cebolla.

—Suspira—. Ahora solo tengo harina para hornear dos hogazas al día…

Una para el oficial nazi que nos hostiga con sus amenazas…

y la otra para su amante. —Entorna los ojos—.

No es una shiksa agradable como tú, mademoiselle .

Es mala, con una boca que no se la deseo ni a los perros.

—Soy romaní, madame .

—Oh… —murmura, apretándome la mano en gesto de hermandad entre quienes sufrimos la opresión nazi, cualquiera que sea nuestra fe—. ¿Y dónde está tu hombre? —Baja la mirada—. Al mío se lo llevaron a los trenes. No sé si volveré a verlo.

Entonces empieza a llorar en silencio y yo la rodeo con el brazo y noto sus sacudidas.

Si supiera que estoy embarazada y no casada, ¿importaría que mi amante fuera de la Resistencia?

¿Lo haría menos pecado? Veo que hay cosas que es mejor callar, cosas que jamás diré…

Nunca. No permitiré que me juzguen por atreverme a amar a un hombre bueno y fuerte.

En su lugar, le cuento que hago perfumes para la Casa Doujan mientras jugueteo con las mangas largas que me cubren las manos y me las calientan.

También lloro cuando me cuenta que una amiga le dejó ponerse una gota de Naomie ’s Dream detrás de las orejas y cuánto le gustaba a su marido olerla así…

Fue la semana antes de que los nazis se lo llevaran.

Terminamos el viaje en silencio, cada una con sus pensamientos, y llegamos a la prisión ya de noche. Piedra fría, más fría aún bajo el amparo de la oscuridad. No distingo gran cosa, pero el olor a indiferencia apesta. Tabaco fuerte. Hedores corporales.

En las dos semanas siguientes no mejora.

La prisión aloja sobre todo mujeres, hacinadas en celdas diminutas.

El guardia me trae un cuenco de sopa y media hogaza como ración diaria.

Apenas logro retenerla. Cada día me golpea una oleada de miedo cuando oigo a los guardias golpeando a las mujeres, sus gritos rebotando en la torre de vigilancia frente a mi celda.

Me pregunto si seré la siguiente, y me aterra abortar.

Los guardias son brutales con las presas que identifican como operativas o rehenes de represalia.

Por suerte, se saltan mi celda, llamándome «gitana sucia» y que no vale la pena molestarse por mí.

Rezo para que Sara esté a salvo. No la he visto desde que llegamos.

Ojalá nos pusieran juntas; tengo tanta hambre de una palabra amable, una mirada tierna, cualquier cosa que me recuerde que sigo viva y no me muero por dentro lentamente de pura soledad.

Hambrienta, enferma, alucino. No veo a las mujeres torturadas, pero tengo pesadillas.

Me abofetean el cerebro con visiones que giran a mi alrededor como fantasmas que aúllan, colándose por la cerradura de mi mente.

Me tapo las orejas para bloquear los gritos de agonía, pero la mente es una maga poderosa que convierte lo desconocido en algo peor de lo que pueda ver.

Imagino a mujeres inmovilizadas, la piel de la espalda abierta por los latigazos una y otra vez, los ojos vacíos, el cabello otrora hermoso apelmazado con su propia sangre.

Hasta que, un día, el patio está en silencio. Sin gritos, sin alaridos de guardias. Me pregunto si los boches han abandonado la prisión, pero la paz que se asienta dentro de mí dura poco.

—Levántese, mademoiselle —grita el guardia, abriendo de par en par la puerta de la celda—. Se va de viaje.

—¿Adónde? —exijo, apretándome el jersey al cuerpo mientras sus ojos me recorren, como decepcionados de que me trasladen.

— Ravensbrück .

—¿Dónde está eso?

—En Alemania… Es un campo de mujeres.

Dios, no. Aprieto en las manos el haz de paja, con sus puntas ásperas clavándose en la carne de mis dedos.

El dolor del corazón es peor. Lance nunca me encontrará, me repito una y otra vez, incluso cuando Sara corre hacia mí y la veo con su maleta de siempre, los ojos alegres de verme mientras nos empujan a la camioneta de carga.

Está demacrada, la barbilla vencida, ojeras oscuras como lunas negras.

¿Yo también estoy así?

—¡Vosotras dos, halt !

El guardia nos señala. Nos aferramos la una a la otra, con los oídos zumbando cuando nos informa de que acaban de llegar órdenes: tres mujeres judías y la gitana serán reasignadas a Auschwitz .

¿Qué más da? Ravensbrück … Auschwitz . Lo que importa es que vamos juntas, y vuelvo a agradecer la compañía de la mujer del panadero cuando nos trasladan a otro camión.

Su jersey y sus palabras suaves de esperanza me dan calor durante el viaje largo mientras intento sobrevivir soñando con Lance , pensando en el futuro, en que algún día, cuando seamos viejos y nuestra pasión sea un oleaje manso en lugar de un temporal, miraremos atrás a este tiempo y nos preguntaremos cómo demonios salimos adelante.

Rezo por que así sea.